El Diario del Alquimista Capítulo 11 A siglos de la infancia
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Capítulo 11 A siglos de la infancia

Estaba impresionada. Nunca me había puesto a considerar que Leo, en algún momento, también había sido niño, pero, sobre todo, no tenía idea de cómo hubiera sido tener una infancia así.

Creció con alguien que nunca daba ninguna muestra de cariño y que desapareció de la noche a la mañana; no podía imaginar cómo hubiera sido crecer rodeado de material de laboratorio, alquimia y magia, ser puesto a prueba continuamente, incluso para comer.

Me parecía monstruoso que un niño fuera obligado a leer y aprenderse libros completos de memoria bajo la amenaza de retirarle la palabra por semanas, pero, sobre todo, me parecía increíble que el niño que había sido golpeado por niños mayores que él fuera el mismo que ahora luchaba por su vida y se enfrentaba con maestría a decenas de vampiros y criaturas mitológicas.

Quería saber qué había pasado una vez que entró a la Academia de Alquimia.

Su mundo parecía fascinante y contradictorio.

Aunque todo hubiera pasado hacía siglos, Leo describía trenes, electricidad y una sociedad muy compleja; sin embargo, el sueño comenzaba a vencerme y no sabía qué reacción esperar por parte de Vesta al día siguiente.

Guardé el diario en el cajón después de poner nuevamente el medallón sobre él para cerrarlo. Dejé que el sueño me tomara entre sus brazos, por primera vez con la esperanza de soñar con Leo; quería saber si seguía vivo.

Tuve varios sueños en los que me encontraba en el lugar que Leo había descrito. Me parecía increíble lo distintas que habían sido nuestras infancias, aunque seguía sin comprender las verdaderas razones de las acciones de Leo, entendí por qué se había esforzado en darme una infancia normal.

Desperté varias veces a lo largo de la noche sin haber tenido ningún sueño que me diera algún dato de Leo. Faltaban dos horas para que amaneciera, e hice un último intento para soñar con él.

Afortunadamente, funcionó.

Leo seguía en la cueva y tenía muy mal aspecto. Aún tenía escalofríos, pero ahora parecía que la roca de la cueva hubiera formado grilletes sobre él.

Esta vez, a diferencia de otras ocasiones, Leo se retorcía y amenazaba con matar a alguien, pese a que yo no podía ver a nadie más con él. Se notaban el sudor frío en su frente y las contracciones de dolor que se sumaban a los escalofríos.

Podía ver que la fogata que tenía estaba casi extinta y no lograba ver nada de comida a su alrededor.

Desperté con un profundo remordimiento y preocupación. Nosotros estábamos a salvo en el palacio y teníamos comida en abundancia, mientras que él luchaba por su vida en una cueva.

Bajé a desayunar con una actitud abatida. No estaba segura de que Leo sobreviviera, era evidente que se había vuelto completamente loco.

Cuando llegué a la cocina me encontré solamente con Rubiel.

—Buenos días, ¿dormiste bien?

Negué con la cabeza.

—Tuve muchos sueños y Leo no se ve muy bien, creo que está alucinando.

—Perfecto. Ya casi termina.

Lo miré extrañada.

—En nosotros, el veneno de vampiro causa efectos secundarios bastante curiosos.

Primero pasamos por la etapa del dolor, que es cuando el veneno apenas está entrando en nuestro sistema.

Después el dolor extremo da lugar a escalofríos y fuertes contracciones de dolor, pero no tan intensas como las anteriores.

Luego llegamos a la etapa de la paranoia y las alucinaciones, que es cuando el veneno llega al cerebro.

Cuando pasa esa etapa llegamos a un punto en el cual estamos muy cansados por la lucha contra el veneno, pero lo peligroso ya pasó. ¿Se encadenó?

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—La primera vez que me mordieron, intenté matarlo en la etapa de las alucinaciones.

Después, cuando lo mordieron a él, intentó matarme.

Desde entonces, nos encadenamos y vamos a lugares donde no podamos lastimar a nadie durante esa etapa.

Aunque me siento mal; ninguno de los dos había pasado por esto solo.

Siempre nos teníamos el uno al otro para intentar controlarnos y hacer el proceso más soportable.

Rubiel bajó la mirada y guardó silencio por un momento.

—Pero bueno, estoy seguro de que va a estar bien, ha pasado por cosas peores, ¿no?

El ánimo pareció regresar al rostro de Rubiel.

—Desde luego, somos más fuertes que unas cuantas mordidas de vampiro.

Rubiel se rió de su propio chiste.

—¿Y ya empezaste a leer su diario?

Asentí con la cabeza justo cuando Vesta entraba a la cocina.

—¿Encontraste algo interesante?

Vesta me volteó a ver de reojo en espera de que le respondiera a Rubiel.

—Muchas cosas, empezando con su nombre. No sabía que tenía otro.

Vesta volteó hacia mí con una sonrisa en la cara.

—¿No puso su nombre completo?

Comenzó a reír.

—Bueno, es de esperarse —dijo Rubiel—. Todos sabemos que detesta ese nombre; de hecho, eres la única que le puede decir así sin que le arranque la cabeza.

Vesta sonrió en un evidente desplante de orgullo y superioridad.

—¿Cómo se llama?

Rubiel estaba a punto de contestarme cuando Vesta lo interrumpió.

—Tienen que estar todos antes de contestarle. Hay que compartir la diversión.

Ella sacó su teléfono celular y marcó un número.

—Hermanito, ven a la cocina y trae a Laura. Va a pasar algo muy divertido… Ok, pero tú ven, rápido.

Colgó su celular.

—Laura ya se fue; al parecer, le surgió una emergencia, pero nos dejó saludos a todos y pidió que le informáramos de cómo sigue Leo.

Rubiel asintió y un par de minutos después Azul cruzó la puerta.

—¿Qué pasa?

—Quiere saber el nombre de Leo.

Todos, incluida Neritha, que acababa de entrar a la cocina por la puerta trasera, comenzaron a reír.

Vesta me volteó a ver.

—Leo se llama Leonard Edward.

Hizo una pausa en la que todos contenían la risa, para después hablar a coro:

—Con W.

No entendí la broma. Es cierto que Vesta hacía énfasis en la W al pronunciar su nombre, pero no era un nombre tan extraño.

Azul detectó mi confusión y explicó el motivo de la burla.

—Ese nombre es más o menos común en estos días, pero en su tiempo no lo era y mucho menos escrito con W. Escribirlo así era un error; durante mucho tiempo, Leo fue el único cuyo nombre tenía una W en Edward. Además, tienes que ver cómo reacciona cada vez que mencionan ese nombre.

Rubiel continuó la plática donde Azul la había dejado.

—Además, tengo entendido que su mentor siempre usaba ese nombre cuando lo quería regañar, reprender o hacer sentir mal por algo que hubiera hecho. Se podría decir que le tiene fobia al nombre.

En ese momento me empezó a dar un poco de risa, no tanto como a ellos, pero podía ver cómo Leo había hecho un gran esfuerzo por evitar que su nombre saliera en sus memorias.

—¿Ya aparecí en el diario?

Negué con la cabeza ante la pregunta de Rubiel.

—Apenas voy por su infancia.

—Rayos, espero que sus memorias incluyan mis increíbles batallas.

Vesta me volteó a ver con una expresión de nerviosismo mientras que Azul comenzó a ridiculizar el comentario de Rubiel.

—Por favor, “mis increíbles batallas”. Si cuando te conocimos no tenías ni siquiera magia y no eras licántropo.

—Perdóname, pero formaba parte de las fuerzas especiales y nunca necesité magia ni licantropía para darle una excelente batalla a todo aquel que se atreviera a luchar contra mí.

—Desde luego, y por eso mandaban a los alquimistas y no a las “fuerzas especiales” a luchar contra nosotros.

—Evidentemente, ustedes tenían magia y lo más cercano a la magia que teníamos nosotros eran los alquimistas, era batalla de monstruos contra monstruos.

—Nosotros no somos monstruos; esos eran ustedes. ¿Te recuerdo cómo los obligaban a entrenar?

Rubiel balbuceó por un momento antes de contestar.

—Servía para forjar el espíritu y el carácter, además los resultados son evidentes, mírame ahora, siglos después, y ponte tú frente a un espejo.

—Como si necesitara de músculos para dejarte en el suelo.

—¡BASTA! —dijo Neritha con exasperación al tiempo que Vesta salía discretamente de la cocina—. Si se siguen comportando como niños se van a quedar sin cenar.

Ambos pusieron cara de miedo y dejaron de pelear al instante.

—No sé si deba ir a entrenar hoy.

Sabía que Vesta estaba enojada por el hecho de que yo hubiera podido abrir el diario y ella no, sin embargo, recordé el motivo por el que estaba entrenando, el mismo motivo que tenía a Leo luchando entre la vida y la muerte.

—No creo que haya ningún problema —dijo Rubiel—. Al parecer ha intentado controlarse mientras están entrenando, además, solo tienes que ir al cuarto de entrenamiento. Si no está ahí, ya sabes la respuesta.

Lo consideré por un momento y me di cuenta de que Rubiel tenía razón.

Si Vesta quería enseñarme algo ese día, estaría en el cuarto de entrenamiento. De lo contrario, lo más probable era que no supiera de ella en todo el día.

Así que me despedí de ellos y fui al cuarto de entrenamiento. Para mi sorpresa, Vesta estaba en él, nuevamente revisando su celular, el cual guardó en el momento en que me vio.

—Pensé que no iba a haber entrenamiento hoy —dije, algo apenada.

—Para ser honestas, yo tampoco esperaba que fueras a venir; estaba a punto de irme.

Vesta sonrió, aunque pude notar que ese gesto requirió de un profundo esfuerzo y autocontrol.

—¿Estás enojada?

Fue una pregunta honesta. Vesta parecía ser una persona muy orgullosa y el día anterior en verdad parecía molesta.

—Te contesto cuando termine el entrenamiento.

Su voz reflejaba cierta molestia, pero no parecía dirigida a mí.

—De acuerdo, ¿qué vamos a ver hoy?

Me sentía un poco nerviosa. Si bien Vesta no parecía muy molesta directamente conmigo, sospeché que con toda facilidad podría usarme para descargar su tensión.

—En vista de que ya puedes mover cosas con telequinesis con tanta precisión, ahora vas a hacer lo mismo, pero con objetos en movimiento.

Empecé a sentirme nerviosa nuevamente.

—¿Qué tipo de objetos?

Ella sonrió ampliamente.

—Esferas de energía.

Sentí como si una cubeta de agua helada hubiera caído sobre mí.

—No estoy segura de que esté lista para eso.

Mi voz temblaba casi tanto como yo.

—Bueno, pues yo estoy casi segura de que lo estás.

—¿Casi?