Capítulo 10 El diario del alquimista #9
—Sé hacer homúnculos; conozco prácticamente todos los vínculos alquímicos y procesos de laboratorio; asimismo, puedo recrear en el laboratorio prácticamente todo lo que puedo hacer con un círculo de transmutación y viceversa.
—¿Ya estás interesado en algún área en específico?
—Sí, señor, me gustaría estudiar alquimia de guerra para convertirme en Sebakhem.
—Tienes potencial, y para tu edad tienes muchos más conocimientos que alquimistas que han dedicado más tiempo de estudio al arte. Puedes retirarte; una carta llegará a tu casa en los próximos días para darte nuestra respuesta.
—¿Es una broma? Es un niño.
El hombre en el centro me observó por unos momentos.
—Sí, pero admitimos a los alquimistas por sus conocimientos, no por su edad.
Hizo un gesto con la cabeza para indicar que me retirara.
No estaba seguro de qué impresión había causado en ellos. Básicamente, había cometido un delito frente a ellos y, pese a que corregí mi falta de manera teatral, era consciente de que mi edad iba a presentar una limitación.
Regresé al hostal. Carmen me dio de cenar y tuvo la delicadeza de preguntarme cómo me había ido.
—Parece que les causaste una buena impresión.
—No estoy seguro, debí de haber hecho algo más, posiblemente un homúnculo, una pared, algo.
Me sentía inseguro. Siempre había sido evaluado por Eleazar y no tenía idea de cómo sería ser examinado por alguien más.
—Como sea, yo digo que lo hiciste bien, y además es hora de que te vayas a dormir. Mañana tu tren sale temprano, ¿cierto?
Asentí. Ella tenía razón; lo que podría haber hecho lo hice y ahora solo quedaba esperar a su veredicto, así que después de despedirme de ella me fui a dormir.
El tren me relajó. Era un viaje largo y había muchas cosas interesantes que ver durante el camino, sobre todo un pequeño bosque que se encontraba a una hora de distancia de Auralia. Me prometí a mí mismo que algún día visitaría ese bosque.
En el andén no hubo nadie que me recibiera, así que después de una hora de espera me encaminé de regreso a la casa.
En verdad esperaba que Eleazar me fuera a recibir después de mi primer viaje solo a la ciudad de Auralia.
Entré a la casa y noté un silencio más profundo de lo habitual.
No había ningún olor reciente a tabaco ni a café, mucho menos a comida, y estaba más frío de lo habitual, por lo que pude deducir que la chimenea no había sido usada recientemente.
Llamé a Eleazar sin obtener respuesta y recorrí la casa sin encontrar ningún signo de vida; lo único que había cambiado era que en mi cuarto había un sobre a mi nombre.
Confío en que los hayas impresionado y seas aceptado en esa estúpida Academia. Tienes una pequeña fortuna escondida en la caja fuerte detrás de la pintura de V.I.T.R.I.O.L. Úsala sabiamente; recuerda que hay recursos que son finitos.
También hago de tu pertenencia la gabardina de tu padre. Él decía que siempre le había traído suerte; yo nunca estuve convencido de ello, pero por lo menos te protegerá del frío.
Te deseo suerte y éxito. Cumple tu promesa.
A partir de este momento estás solo.
Eleazar
No podía creerlo. Eleazar, la única persona cercana a mí, me había abandonado en la primera oportunidad que tuvo; me había dejado dinero, una gabardina y la peor despedida que jamás hubiera visto.
Nunca había estado tan confundido en toda mi vida.
Esa noche grité, golpeé cosas, rompí cuanto tuve en mis manos.
Los sentimientos que me acosaban eran prácticamente indefinibles; me sentía herido, terriblemente enojado, también tenía más miedo del que jamás había sentido, pero sobre todo estaba triste.
Esa noche la tormenta de mi mente se encargó de brindarme oscuras pesadillas en donde la soledad y la confusión reinaban en todo momento.
Pasó una semana sin ninguna señal de Eleazar. Esos días me movía casi como si fuera un autómata; me limitaba a cumplir con las necesidades básicas que tenía mi organismo. Comí y dormí; no tenía mente para nada más.
El sonido de una carta deslizándose por debajo de la puerta me distrajo por un momento.
Me di cuenta de que el sobre tenía el escudo de la Academia de Alquimia.
Abrí la carta con miedo.
Ha sido aceptado en la Academia de Alquimia.
Debido a sus conocimientos, hemos decidido que no curse los niveles básicos e ingrese directamente en el curso de alquimia de guerra.
Lo esperamos dentro de cinco días en la Academia.
Por fin, una buena noticia. En vista de que Eleazar no pensaba regresar, tomé mis cosas, el dinero que me había dejado y la gabardina de mi padre. Salí de la casa prometiéndome no regresar nunca más al pueblo de Urb ni a la casa de Eleazar.
Subí al primer tren que me llevara hacia Auralia. Mi pasado me había dado la espalda, pero tenía un futuro por delante; el mañana era lo único que me quedaba y forjarlo estaba enteramente en mis manos.
Regresé al hostal de Carmen para encontrarme con la sorpresa de que Eleazar había rentado el cuarto por cuatro años. Eso no me alegró; no quería saber nada de él, pero por otra parte, haría rendir mucho más el poco dinero que tenía para sobrevivir.
Después de dos días, me dirigí a la Academia de Alquimia, que se veía mucho más grande y aterradora ahora que sabía que estaba solo.