Capítulo 10 El diario del alquimista #8
—Claro, la habitación que Eleazar rentó, tú debes ser…
—Leo —interrumpí. Nunca me había gustado mi segundo nombre por la cantidad de burlas que despertaba.
—De acuerdo, Leo, ¿quieres comer algo? Debes de venir hambriento después de ese viaje. Ya que termines de comer, te mostraré tu habitación.
—Muchas gracias.
Durante la comida logré obtener cierta información.
La señora se llamaba Carmen e insistía en que le hablara con confianza. Me explicó que la mayoría de los alquimistas que habitaban en esa ciudad eran ajenos al gobierno y trabajaban en distintas áreas, desde la industria de la construcción, nutrición, medicina, etc.
Contrario a lo que se podría esperar, la cantidad de alquimistas no era tan grande como yo pensaba; se podría decir que representaban una minoría en la sociedad; una minoría que tenía poderes y facultades que los demás habitantes de Auralia no tenían.
La mayoría eran respetados por sus funciones y los servicios que proporcionaban, aunque también eran temidos por muchos.
Desde el principio de los tiempos, las personas siempre han temido a lo que no entienden y la mayoría de las personas no entendían la alquimia.
Aunque buena parte de ella se realizaba en un laboratorio y con procesos químicos, también existían la transmutación y la transmodificación de materiales y sustancias.
Esta era mucho más espectacular que la alquimia realizada en un laboratorio; era justamente el tipo de alquimia que requería un círculo de transmutación y una cantidad considerable de energía por parte del usuario, además de una comprensión de lo que se intentaba transmutar.
Nunca había considerado a la alquimia como algo tan extraño y misterioso para tanta gente.
Era de esperarse que en Urb los pueblerinos temieran a la alquimia que hacíamos Eleazar y yo, pero suponía que en una ciudad protegida por alquimistas el pensamiento sería diferente.
Aun así, las personas dedicaban su tiempo a cosas mucho más productivas que el encierro en un laboratorio con la esperanza de realizar algún descubrimiento que cambiara sus vidas.
Mi habitación resultó ser un pequeño cuarto cerca del establo. Contaba con todos los servicios básicos que uno podría requerir: tenía electricidad, baño, una pequeña cocina, un escritorio y una cama. No podía pedir más.
Intenté descansar esa noche, pese a que los nervios me mantenían despierto por la expectativa de lo que podría pasar al otro día.
Carmen había sido incapaz de decirme en qué consistían los exámenes para entrar a la Academia de Alquimia.
Tal parecía que todos los alquimistas eran personas muy herméticas y no compartían nada de lo que ocurriera dentro de las paredes de la Academia.
El nuevo día llegó, y con él, mi nerviosismo aumentó. No tenía idea de qué me esperaba en cuanto cruzara las puertas de la Academia, y, pese a los casi incontrolables nervios, me encontraba feliz; el primer paso para lograr mi sueño de ser Sebakhem dependía del desempeño que tuviera ese día.
Salí del hostal a mediodía. La ciudad era un lugar bullicioso y siempre en movimiento, muy diferente a Urb, en donde las calles morían al caer el sol.
Seguí las indicaciones que Carmen me había proporcionado para llegar a la Academia, pese a que eran prácticamente innecesarias, ya que era posible verla desde una distancia considerable gracias al tamaño que ostentaba.
Aun así, mi sorpresa fue mayúscula cuando logré apreciar el edificio frente a mí.
Lo que había alcanzado a contemplar era solamente una de las torres que conformaban la Academia, que en realidad era un majestuoso castillo que se erguía de entre los demás edificios.
Parecía totalmente fuera de lugar: los edificios que lo rodeaban estaban hechos con cemento y ladrillos, mientras que la Academia parecía estar formada de una sola piedra gigantesca de color negro que hubiera sido moldeada hasta tomar la forma que poseía en ese momento.
Sus puertas eran de madera con incrustaciones en pesado hierro cuyas dimensiones me sorprendieron; nunca en toda mi vida había visto puertas de esa magnitud.
Un letrero pegado en los pasillos de piedra, iluminados por antorchas, indicaba el camino hacia la sala de admisiones, en donde encontré a varias personas de una edad superior a la mía.
Había jóvenes de veinte a veinticinco años, aunque también había personas de más de treinta.
Todos ellos, al igual que yo, habían dedicado su vida al estudio de la alquimia; la única diferencia es que yo contaba solamente con doce años.
Los aspirantes fueron entrando a un gran salón, y después de unos minutos, la puerta se abría para permitir el paso a los demás.
—Siguiente.
Era mi turno y, para ser honestos, el hecho de que los demás aspirantes hubieran estado repasando las cosas que les podrían haber preguntado, y me lanzaran constantes miradas de burla y desaprobación, no había tenido un efecto muy benéfico en mí.
Entré a un gran salón, ocupado solamente por un largo escritorio en donde se encontraban sentados cinco hombres, y un escritorio más que tenía material de laboratorio.
Frente a este, se encontraban varios elementos: carbón, metales, piedras, agua y otros elementos útiles para realizar distintas transmutaciones.
El hombre que estaba sentado en el centro me miró por un momento y después levantó una hoja de papel.
—¿Eres el alumno de Eleazar?
Yo asentí con la cabeza.
—Como sabrás, en esta Academia no enseñamos alquimia desde cero. Todos los que lleguen a solicitar acceso a ella tienen que saber por lo menos ciertas nociones básicas de ella.
—Sí, lo sé, señor.
—La carta que mandó tu maestro dice que, pese a tu corta edad, eres bastante hábil y que tus conocimientos son superiores a los de la mayoría de los alquimistas. ¿Es eso cierto?
—Sí, señor, he estudiado alquimia desde que tengo memoria.
Otro de los hombres habló.
—Muéstranos tu círculo de transmutación.
Sentí que la sangre me bajaba a los pies.
—No sabía que necesitaba uno.
Estaba apenado y asustado.
El hombre comenzó a reír.
—Entonces, ¿cómo esperas realizar una transmutación y demostrarnos que tus conocimientos son superiores a los de los demás alquimistas?
—No necesito un círculo de transmutación.
La risa cesó.
—Demuéstralo.
Sabía que tenía que impresionarlos. No tenía ni idea de qué hubieran hecho los demás aspirantes, así que me acerqué a la mesa y tomé dos vasos. Los llené con agua. También tomé un pedazo de carbón y una barra de plomo.
Los hombres examinaban cada uno de mis movimientos.
Yo intenté concentrarme lo mejor posible y relajarme para que mis emociones no interfirieran con lo que estaba a punto de hacer.
Cerré los ojos y empecé a dejar fluir mi energía hacia el material que había seleccionado.
Después de unos segundos, abrí los ojos ante las exclamaciones de sorpresa.
Tal y como lo había planeado, el agua de uno de los vasos se había evaporado, mientras que la del otro se había congelado totalmente. El carbón era ahora un diamante perfecto y el plomo se había convertido en oro.
Ellos empezaron a cuchichear y, después de unos momentos, se dirigieron a mí.
—Muéstranos el diamante y el oro.
Los tomé y me acerqué a ellos. Sabía que mi transmutación había sido perfecta; acababa de realizar una multitransmutación sin círculo de transmutación. Estaba seguro, por lo que me había dicho Eleazar, de que esa habilidad era muy poco común.
Ellos examinaron tanto el oro como el diamante con admiración.
—¿Sabías que la creación de diamantes y oro por medio de la alquimia es un delito?
Para ser honestos, no tenía ni idea de que fuera un delito; sin embargo, esa información funcionó perfectamente para lo que tenía planeado.
—Sí, lo sabía, por eso hice una transmutación cronometrada.
Era un viejo truco que le había aprendido a Eleazar.
Una transmutación cronometrada consistía en realizar modificaciones inestables a nivel molecular; de esa forma, después de un tiempo, la estructura creada se rompería y regresaría a su estado original.
Se requería un gran control para que una transmutación cronometrada fuera un éxito; pero era algo que yo dominaba a la perfección.
El diamante y el oro dieron un pequeño destello esmeralda y se convirtieron nuevamente en carbón y plomo.
—Veo que tu mentor no mentía cuando hizo referencia a tus habilidades y conocimientos: multitransmutación sin círculo, transmutaciones cronometradas… ¿Qué más sabes hacer?
Había tenido suerte al escapar de la acusación del delito de enriquecimiento ilícito por medio de alquimia, pero no podía arriesgarme a exponer mi magia.