El Diario del Alquimista Capítulo 10 El diario del alquimista #7
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Capítulo 10 El diario del alquimista #7

—Primero necesitas entrar en la Academia de Alquimia y terminar especializándote en alquimia de guerra, que es una de las ramas más complicadas porque abarca a profundidad todas las materias que imparte la Academia.

Además, tienes que aprender alquimia de combate, estrategia, planificación militar, etc.

Después de eso tienes que entrar como alquimista de Segunda Orden y hacer méritos para que te asciendan al rango de Primera Orden.

Luego viene el entrenamiento de los Sebakhem, y tienes que ir pasando pruebas y exámenes para seguir siéndolo.

Seguramente la desesperanza se reflejó en mi rostro. Eran muchísimos pasos; si tenía suerte y éxito, terminaría siendo alquimista a los treinta y cinco años. Alaric vio mi cara.

—Pero no te preocupes. Estoy seguro de que si quieres hacerlo lo vas a conseguir fácilmente. Yo mismo lo acabo de ver, en un día resolviste un problema en el cual llevaba cuatro meses trabajando.

Puede que fuera la clásica mentira piadosa que uno le dice a los niños, pero, como clásica mentira, funcionó.

Eleazar apareció por la puerta notablemente molesto.

—Deja de meterle ideas en la cabeza. Si en algo tienen razón los habitantes de Auralia, es en que son armas, son asesinos y perros de los militares.

Eleazar me volteó a ver.

—Sube a tu cuarto.

Su tono de voz indicó que no era una petición. Subí a mi cuarto sin saber que no volvería a ver al alquimista de la Vida hasta dentro de varios años y bajo circunstancias que jamás hubiera imaginado.

Había pasado más de un año desde la visita de Alaric y las lecciones que estudiábamos ya combinaban la magia con la alquimia.

Descubrí que era mucho más fácil adaptar la magia a la alquimia que al revés.

Eso significaba que podía emplearla no solo para modificarla, sino también para neutralizarla; también descubrí que Eleazar se rehusaba firmemente a mi ingreso a la Academia de Alquimia, lo cual fue motivo de varias discusiones y tensiones entre ambos.

Era de noche cuando escuché ruidos en la sala. Bajé con precaución y me encontré con una situación extraña. Eleazar estaba bloqueando la entrada y varios hombres con túnicas negras estaban afuera de la puerta.

—Pueden regresar y pregonar que nos encontraron y que estamos advertidos; sin embargo, no pienso acompañarlos ni mucho menos permitir que se lo lleven.

Uno de los hombres con la túnica habló.

—No es una solicitud; es una orden. Él no puede conocer lo que tú le has enseñado, y tú has cometido un delito al enseñarle magia.

Eleazar empezó a concentrar energía alrededor de su cuerpo.

—Niño, he acabado con seres mucho más poderosos que ustedes y en grupos definitivamente mayores. ¿En verdad piensan que solo ustedes cinco pueden detenerme?

—Eleazar, esto no tiene que acabar así, tenemos la orden de llevarlos con el consejo y de no lastimarlos.

Eleazar comenzó a reír.

—Como si pudieran hacerlo. El chico ya tiene la capacidad de acabar con ustedes en un pestañeo.

Él iba a seguir hablando, pero uno de los hombres con túnica logró verme e hizo un gesto con la cabeza para captar la atención de los demás.

Eleazar me volteó a ver sorprendido.

—Sube a tu cuarto. Solo estoy hablando con estos caballeros, pero ya se van.

La situación evidentemente no era amistosa, así que, desobedeciéndolo, me acerqué a la puerta y, al igual que Eleazar, empecé a liberar mi poder.

La habitación estaba iluminada por una luz plateada y otra esmeralda; nuestras presencias eran mucho más poderosas que las de los cinco hombres que se encontraban afuera.

—Eleazar, el niño puede salir lastimado. No hagas esto.

—Yo estaría más preocupado por ustedes que por él.

Un círculo de transmutación apareció debajo de los pies de Eleazar.

—Tienen exactamente cinco segundos para largarse de mi casa.

Ellos voltearon a ver horrorizados el círculo de transmutación.

—Volveremos.

—Los estaré esperando con los brazos abiertos.

Los hombres dieron media vuelta y empezaron a alejarse. Eleazar suspiró con alivio y cerró la puerta.

—¿Qué demonios haces aquí?

—Escuché ruidos y vine a investigar. ¿Quiénes eran esas personas?

—Vendedores de puerta en puerta. Llegan a ser muy tercos cuando uno les dice que no.

Su respuesta me indicó que no estaba dispuesto a revelarme ningún tipo de información.

—¿Van a regresar?

Eleazar asintió.

—Eventualmente, pero no es nada de lo cual debas preocuparte. Además, parece que ellos también le tienen miedo al círculo de transmutación para café.

Su broma relajó el ambiente.

—No parecían soldados.

—Eso es porque no eran soldados, eran mensajeros.

Guardó silencio por un momento.

—Vete a dormir. Mañana vas a aprender a destilar conjuros y a hacer hechizos contenidos en forma líquida.

Mi curiosidad acerca de los procesos que me describió superó la que sentía por los extraños individuos que habían visitado nuestra casa unos minutos antes, así que me despedí y fui a mi cuarto a descansar.

La lección fue increíblemente interesante: al crear una base líquida por medio de alquimia, era posible el almacenamiento de conjuros y hechizos para ser utilizados en un momento posterior sin la necesidad de gastar energía durante su activación.

Las siguientes semanas transcurrieron de manera casi igual. Aprendía las múltiples formas de combinar alquimia y magia; era una mezcla versátil y poderosa cuyos límites eran la capacidad e imaginación que uno tuviera. Los conjuros, hechizos y pociones fueron tan practicados como la alquimia.

Después de un par de meses, Eleazar me dio un sobre que contenía un boleto de ida y vuelta desde el pueblo de Urb, donde vivíamos, hasta el centro de Auralia.

—¿Qué es esto?

—Querías estudiar en esa estúpida Academia, ¿no? Pues las inscripciones empiezan en una semana. Estoy totalmente en desacuerdo con que estudies con esos salvajes, pero ya estás en edad de decidir por ti mismo.

Estaba sorprendido. Eleazar nunca había cedido ni un solo centímetro en esa discusión, y de la noche a la mañana me compraba boletos para ir a la Academia.

—¿Es en serio?

—Sales en tres días. Tienes un pequeño lugar rentado en donde te puedes quedar por un día para que regreses en el siguiente tren hacia Urb. Más te vale que pases el examen.

No podía creerlo; incluso había rentado un lugar para mí.

—Pero necesito mandar una solicitud y una carta de recomendación.

—¿Con quién crees que estás hablando? Ya mandé todo eso.

Eleazar se levantó y salió de la habitación.

Era increíble. La posibilidad de materializar mis sueños estaba dentro del sobre que tenía en la mano y en el desempeño que tuviera en el examen.

Durante los próximos días, Eleazar se rehusó a enseñarme nada más, argumentando que en las últimas semanas habíamos trabajado demasiado, lo cual era cierto. Así que se dedicó a pasar tiempo de calidad conmigo, cosa que muy pocas veces hacía.

De esa forma pasaron esos tres días de espera e incluso me acompañó hasta el tren y se despidió de mí dándome un fuerte y prolongado abrazo.

—Tu futuro aguarda más cosas de las que puedes llegar a imaginar. Te verás envuelto en una infinidad de desgracias y vivirás situaciones que la mayoría de las personas serían incapaces de resistir. Prométeme que nunca olvidarás la promesa que me hiciste y que harás todo lo posible por sobrevivir.

—Eleazar, solo es un viaje de tres días, voy a estar bien.

Él me tomó por los hombros y sacudió la cabeza.

—Promételo.

—De acuerdo, te prometo sobrevivir, y si algún dios se quiere pasar de la raya, lo voy a detener.

Eleazar sonrió.

—Eres mi mejor alumno y siempre ha sido un honor para mí enseñarte. Estoy orgulloso de ti.

Eleazar jamás me había hablado de esa manera. Me sentía halagado y honrado; seguramente por eso no logré detectar que todo aquello parecía una despedida.

—Gracias.

Me abrazó nuevamente y me ayudó con mi pequeña maleta a subir al tren.

La cabina era pequeña, con asientos largos y mullidos, un pequeño maletero cerca del techo, y la ventana apuntaba al andén.

Desde ahí pude ver a Eleazar agitando la mano para despedirse de mí, mientras el tren comenzaba a lanzar grandes y densas nubes de humo blanco que no tardaron en cubrir al andén y a Eleazar.

Yo también me despedí de él sin saber que esa sería la última vez que vería a mi mentor en toda mi vida.

Pero en ese momento, yo no era consciente de ello. Una sensación de nerviosismo y esperanza me impulsaba hacia el futuro; estaba en camino de cumplir el primer paso que sería el comienzo de mi viaje para convertirme en Sebakhem.

Me permití dejar volar mi imaginación mientras el tren se alejaba del pueblo de Urb hacia Auralia.

Poco a poco los paisajes boscosos fueron reemplazados por campos y praderas.

Había viajado muy pocas veces en tren y siempre en compañía de Eleazar cuando necesitábamos materiales que no pudiéramos encontrar en el pueblo. La noche caía y el sueño comenzó a vencerme.

Cuando desperté, las praderas habían dado paso a la civilización.

Grandes edificios se levantaban ante mis ojos; tiendas, por minúsculas que fueran, eran más grandes que las tiendas de Urb; soldados vestidos de azul vigilaban en las esquinas de las calles, y más personas de las que habitaban el pequeño pueblo en donde crecí fluían en todas direcciones.

Finalmente, la Academia de Alquimia se levantaba a lo lejos, grande, con piedra negra como la noche, orgullosa como solo podía ser el edificio que sabe que dentro de él se forman a los hombres y mujeres que forjarían el destino de una nación.

El tren entró al andén y todos descendimos de él.

Mi primer paso fue ir al lugar que Eleazar había rentado para mí. Era un pequeño hostal en el que nos habíamos quedado una vez, hace años, cuando visité por primera vez la ciudad de Auralia.

—Buenos días —dijo la señora que atendía el hostal con actitud bonachona, acercándose a mí como si estuviera perdido—. ¿En qué puedo ayudarte, jovencito?

—Tengo una habitación rentada por un par de días. Mi mentor la consiguió para mí.

La expresión de la señora demostró su entendimiento.