Capítulo 10 El diario del alquimista #6
—Además, eso es una nueva lección para ti. Se supone que un diamante es una de las estructuras moleculares más duras que existen; aun así, todo tiene un punto débil. Nada es completamente indestructible.
Era evidente que esa lección encerraba un significado mucho más profundo que el simple hecho de quemar un diamante; fue una de las lecciones más importantes que aprendí en todos mis años con Eleazar. Nada era indestructible ni invencible; solamente tenía que descubrir su vulnerabilidad.
Al poco tiempo llegó un hombre que cambiaría mi futuro en formas en las que yo jamás imaginé; no solo salvó mi vida, sino que salvó la vida de la mujer que amaba. Pero me estoy adelantando a los hechos; pasarían años para que eso sucediera.
Me fui a mi cuarto, como hacía siempre que algún alquimista viajaba hasta el alejado poblado en donde vivíamos y solicitaba la ayuda de Eleazar.
Este alquimista trataba a Eleazar de una manera diferente, casi con familiaridad, como si se conocieran desde hacía tiempo.
Yo podía escuchar la conversación desde mi habitación.
—Buenos días, Alaric.
—Hola, Eleazar, ha pasado mucho tiempo.
—Por lo que veo, sigues siendo el perro faldero de los militares.
Alaric comenzó a reír.
—Y tú sigues siendo la única persona que conozco que puede hablar con un alquimista de Primera Orden y hacerlo sentir como un perdedor.
—No los hago sentir como perdedores; lo son. Poner sus conocimientos y poderes al servicio de los militares para que los usen como armas humanas es uno de los actos más deprimentes que conozco.
—Seguramente podrías ser de utilidad para ellos.
Esta vez fue Eleazar el que comenzó a reír.
—Desde luego, ellos están deseosos de utilizarnos como armas. Lo cual me lleva a preguntar el motivo de tu visita.
—Algo que me encomendaron y no estoy completamente seguro de que sea posible.
El silencio reinó en la habitación por unos instantes; solamente era perturbado por el sonido de las hojas de papel al pasar.
—¿En verdad quieren hacer esto?
Eleazar sonaba casi molesto con la idea.
—Es la intención, aunque ni yo, que soy el especialista en esa materia, sé cómo hacerlo.
—Necesitas multitransmutaciones.
Escuché a Eleazar respirando profundamente para analizar la situación.
—Vuelve mañana temprano.
—Gracias.
La puerta se cerró cuando los pasos se alejaron de la entrada.
—Sé que estás escuchando. Baja.
Era inútil fingir que no había estado escuchando su conversación a hurtadillas.
—¿En verdad era un alquimista de Primera Orden?
—Sí, lo conozco desde que era un simple alquimista de Segunda Orden, y ahora es un “poderoso” alquimista de Primera Orden.
—Genial.
Era fascinante: uno de los seres más poderosos que podían existir en todo el mundo había estado en mi casa.
Las leyendas acerca de los Sebakhem eran fabulosas; la gente decía que podían hacer cualquier cosa.
No había misión que representara un reto para ellos; no existía enemigo lo suficientemente grande o poderoso como para derrotarlos.
Eran invencibles. Nadie mataba a un Sebakhem, nadie.
Sin embargo, Eleazar no compartía mi emoción.
Para él, los alquimistas al servicio del ejército eran hombres que prostituían sus poderes, vendiéndolos al mejor postor, obligados a seguir órdenes por el contrato que firmaban y a proteger una ciudad que estaba constantemente en guerra para expandir sus fronteras.
—No entiendo por qué alguien quisiera ser alquimista militar; es una desgracia. ¿Sabes a qué vino?
Yo negué con la cabeza.
—Dale un vistazo a lo que le pidieron.
Me acercó una carpeta, que abrí con curiosidad. La primera hoja era simple y explícita: el escudo del ejército se encontraba en la parte superior central de la hoja, y el sello de los alquimistas de Primera Orden estaba estampado con tinta azul en la parte superior derecha.
Sebakhem Alaric. Alquimista de la Vida.
Se le encomienda la investigación de las bases teórico-prácticas para la modificación y combinación de homúnculos y quimeras para su empleo en tareas diversas de la milicia.
Cuartel general.
—¿Quieren combinar quimeras con homúnculos?
Eleazar asintió.
—¿Qué necesitaría Alaric para lograrlo?
Revisé rápidamente la investigación que tenía en las manos. Sus teorías eran muy interesantes y demostraban grandes conocimientos acerca de la naturaleza de las quimeras y los homúnculos.
—Los procesos para realizar esto tienen que estar encadenados, y deben realizarse muy rápido debido a la inestabilidad de ambas criaturas.
—Multitransmutación. La habilidad única de los atlantianos para hacer alquimia sin la necesidad de trazar un círculo de transmutación.
Aquí el problema no son sus investigaciones; esas no me interesan.
Lo que necesitamos hacer es encontrar la manera de que él logre hacer multitransmutaciones.
Ve a tu cuarto y piensa en ello; si se te ocurre algo, puedes estar con nosotros mañana.
—De acuerdo.
Subí a mi cuarto lo más rápido que pude. Tenía que idear alguna manera de lograr que Alaric pudiera hacer multitransmutaciones; de esa manera, podría estar con ellos y le podría preguntar qué necesitaba para convertirme en Sebakhem.
La posibilidad de volver realidad mi sueño me motivaba a pensar en una solución.
Invertí toda la tarde y buena parte de la noche sin encontrar una respuesta. Me sentía cansado mentalmente y con la moral por los suelos.
Al otro día, el alquimista de la Vida llegó a la casa pasado el mediodía y, por lo que podía escuchar, Eleazar tampoco había encontrado una solución factible. La mejor opción que los escuché debatir en tono bromista fue cubrir el cuerpo de Alaric hasta los huesos con círculos de transmutación.
Entré a la sala con entusiasmo. Era una opción increíblemente ingeniosa y funcional, aunque no estaba seguro del procedimiento; aun así, confiaba en que Eleazar ideara algo que volviera factible mi idea.
—¿Qué haces aquí?
—Encontré la solución.
Alaric se puso de pie y me estrechó la mano.
—Buenos días, joven maestro, es un honor conocer al discípulo de Eleazar.
—El honor es mío, nunca pensé conocer a un Sebakhem.
Me sentía como si estuviera frente a algún tipo de celebridad; sin embargo, Eleazar respiró fuertemente para expresar su exasperación.
—¿Qué se te ocurrió?
—Es imposible que él realice multitransmutaciones; sin embargo, no es imposible que active una serie de círculos en cadena, ¿cierto?
—Cierto.
—Entonces lo único que tenemos que hacer es grabar esos círculos en un lugar en donde puedan activarse tan rápido como la energía pueda moverse; por ejemplo, grabarlos en los huesos.
El alquimista de la Vida comenzó a reír ante lo descabellada que sonaba mi idea, a diferencia de Eleazar, quien empezó a considerar qué tan factible era.
—Es una posibilidad, joven maestro, pero sería mejor dejarlo en manos de alquimistas más experimentados.
Mi confianza estaba por desmoronarse totalmente cuando Eleazar se decidió a hablar.
—¿En dónde pondrías el primer círculo?
Alaric volteó a ver casi horrorizado a Eleazar por atreverse a considerar la opinión de un niño.
—Justo sobre el tercer ojo para suministrar energía y controlarlos, y otro más en la nuca para activar los demás a través del sistema nervioso. De otra forma, tendríamos que crear conexiones para los círculos, pero podemos aprovechar las conexiones naturales.
—¿Tercer ojo?
Increíblemente para mí, el alquimista de la Vida no sabía qué era el tercer ojo.
—El niño posee conocimientos que ustedes considerarían como teorías absurdas y retrasadas, pero provienen de épocas en donde la verdad era buscada a través de uno, y no de ayudas externas como lo hacen ustedes, los alquimistas de Primera Orden.
Alaric me volteó a ver demostrando su asombro mientras Eleazar continuaba hablando.
—Supongo que los primeros lugares que consideraste para poner los círculos serían las costillas.
Yo asentí con la cabeza.
—Y después los brazos para pequeños detalles, pero las costillas parecen un lugar indicado dada su proximidad con el plexo solar, y los brazos para activar varios círculos de transmutación en un mismo movimiento, controlados desde el tercer ojo para obtener un mayor control y vista áurea de las transmutaciones.
—Yo había considerado empezar por el plexo solar y después unirlo al sistema nervioso, pero la idea del tercer ojo como regulador de las transmutaciones es casi tan ingeniosa como el círculo de transmutación para café. ¿Alguna otra idea?
Después de pensarlo un momento, hablé.
—Podrías hacer un círculo extra en el omoplato con la opción de grabar nuevos círculos.
El alquimista de la Vida cuestionó a Eleazar.
—¿Por qué en el omoplato?
Eleazar contestó como si fuera la respuesta más evidente del mundo.
—Porque si lo colocamos en el círculo primario, podría activarse por equivocación. ¿En verdad te ganaste el puesto de alquimista de Primera Orden?
El alquimista de la Vida comenzó a reír e ignoró el comentario de Eleazar.
—Joven maestro, sus conocimientos me sorprenden. Le pido una disculpa por haber dudado de usted; me ha enseñado una valiosa lección el día de hoy.
Volteó a ver a Eleazar.
—Se ve que has invertido mucho tiempo en él. No se podía esperar menos de tu discípulo.
Eleazar, como era su costumbre, ignoró el cumplido.
—Si no tienes nada mejor que hacer, podríamos empezar en este momento; así puedes regresar lo más pronto posible con tus amigos del ejército para hacer juguetitos de guerra.
—Sí, está perfecto.
Eleazar salió de la habitación y se dirigió al laboratorio para preparar lo necesario.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Me sentía intimidado ante el uniforme militar de Alaric.
—Desde luego, joven maestro, pregunte.
—¿Qué se necesita para ser Sebakhem?
Es verdad: había sido mi sueño durante toda mi vida, y ser alquimista de Segunda Orden era relativamente sencillo, solo necesitabas demostrar que sabías alquimia tanto de laboratorio como práctica, pero los Sebakhem eran la élite del ejército, un grupo tan cerrado y selecto que muy pocos lograban entrar.