El Diario del Alquimista Capítulo 10 El diario del alquimista #5
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Capítulo 10 El diario del alquimista #5

Estaba prácticamente seguro de que el estilo de pelea atlantiano estaba pensado para ser usado con alquimia; los golpes con la palma de la mano y la forma de moverse sugerían oportunidades para transmutar no solo las cosas que me rodearan, sino también a mi enemigo.

Los movimientos también sugerían el uso de magia en combate; las posiciones básicas de pelea eran excelentes para realizar escudos y lanzar esferas de energía.

Los siguientes días transcurrieron divididos en dos partes: una parte del día entrenábamos y la otra la pasábamos en el laboratorio.

Estaba verdaderamente exhausto, pero feliz, sobre todo con mis habilidades con la espada; había mejorado muchísimo y mis movimientos eran rápidos y precisos.

Sin embargo, tanto con la espada como en pelea cuerpo a cuerpo, tenía el mismo problema: jamás lograba tocar a Eleazar.

Él era un hombre de edad avanzada, y yo era más rápido que él; aun así, era imposible tocarlo. Siempre conseguía esquivarme; empezaba a moverse una fracción de segundo antes de que realizara mi ataque, obligándome a defenderme y bloqueando todas mis opciones de contraataque.

—Es ilógico. Soy más rápido que tú. ¿Cómo demonios logras esquivarme?

Él me miró satisfecho de que por fin hubiera hecho esa pregunta.

—Intenta adivinar.

Me puse a reflexionar. Era evidente que estaba haciendo algo, pero no era ningún conjuro ni encantamiento, tampoco estaba usando alquimia; ni siquiera sentía que su energía aumentara mientras peleábamos.

Se me ocurrió una idea demasiado descabellada como para haberla considerado antes.

—¿Puedes ver el futuro o leer mi mente?

Él comenzó a reír.

—Tu madre era la que podía ver el futuro y no tengo el poder de leer la mente, pero estuviste cerca. Inténtalo de nuevo.

De acuerdo, Eleazar no podía leer la mente ni ver el futuro, pero había estado cerca. Quería decir que podía leer o ver algo que estaba pasando por alto.

Usé el ojo del alquimista y lo observé. Podía ver su aura, cosa normal al usar el ojo del alquimista.

En ese momento Eleazar cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna y pude ver el movimiento de un pequeño flujo de energía en su pierna izquierda una fracción de segundo antes de que hiciera el movimiento.

Respondí con asombro.

—Estás leyendo el flujo de energía.

—Muy bien, ahora dime, ¿por qué pasa eso?

La respuesta era tan evidente que me sorprendió no haberla visto antes.

—Los músculos se mueven gracias a impulsos bioeléctricos, pero la energía viaja más rápido que la corriente eléctrica en el cuerpo.

—De acuerdo, ahora intenta pelear usando el ojo del alquimista.

Fue la mejor batalla que jamás había tenido. Ambos nos movíamos con una sincronización perfecta, leyendo nuestros movimientos centésimas de segundo antes de que ocurrieran.

Luchamos con y sin espada; el resultado era siempre el mismo: leyendo correctamente el flujo de energía, podíamos anticiparnos a los movimientos. Esto era una ventaja impresionante en batalla.

—Mañana vamos a ir por el material para tu homúnculo.

No lo había olvidado, y ahora que tenía resuelto el problema de la banda de niños que me molestaban, me sentía con mucha más confianza. No solo eso: una parte de mí deseaba venganza.

—De acuerdo.

Esa noche no hubo instrucción acerca de las estrellas; simplemente me fui a dormir sintiéndome como si fuera un soldado la noche antes de la batalla.

Era una sensación gloriosa: una mezcla de miedo, ansiedad, adrenalina, esperanza, incertidumbre; en fin, deseaba que el día llegara pronto y, sobre todo, deseaba encontrarme con el hijo del leñador y sus amigos.

La fortuna me sonrió al día siguiente, cuando Eleazar y yo los encontramos de regreso del mercado.

—¿Ellos fueron los que te golpearon?

—Sí, fueron ellos.

—Ahora entiendo por qué te dejaron así, estás en desventaja numérica. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

Decir que me sentía completamente confiado era una mentira: la verdad es que sentía miedo, pero necesitaba demostrarme que era capaz de hacerlo.

—Sí, estoy seguro.

El grupo de niños nos vio y empezó a acercarse a nosotros.

—Miren, es el viejo loco y el “Sebakhem”, ¿vienes por más?

Eleazar sonrió al escuchar esas palabras.

—Solo por esta ocasión puedes usar tus poderes. Intenta no lastimarlos permanentemente.

Todos comenzaron a reír.

—No importa que hayas traído al ermitaño, podemos hacerle un favor al pueblo y deshacernos de los dos.

El hijo del leñador hizo alarde de una pequeña y rústica navaja que había sacado de la bolsa de su pantalón, mientras uno de sus amigos lanzaba una piedra hacia Eleazar.

Los ojos de Eleazar se iluminaron por un momento en plateado y la piedra se pulverizó antes de tocarlo ante la atónita mirada de los niños.

—¿Tienes miedo, leñador?

Él se acercó a mí rebosando confianza y le indicó a sus amigos que lo dejaran solo.

—Te sientes muy valiente porque tienes al viejo que te protege, ¿verdad?

Eleazar levantó las manos.

—Yo no pienso hacer nada, pero te advierto que puedes resultar lastimado.

El hijo del leñador cambió su navaja a la mano izquierda y lanzó un puñetazo con la derecha. Esquivé el golpe con extrema facilidad; ahora que podía ver sus movimientos antes de que estos tuvieran lugar, tenía la ventaja sobre él.

Sus amigos lo incitaban a golpearme y me llamaban cobarde por limitarme a esquivar sus movimientos.

Comencé a golpearlo, apuntando siempre al rostro, y después de un par de golpes logré mi objetivo: se enojó tanto que comenzó a usar su navaja.

En el momento en que la navaja se acercó a mí tomé su mano y transmuté la navaja en una inofensiva cuchara.

Él vio su navaja y después de lanzarla al suelo comenzó a intentar golpearme con más furia que antes. Yo esperé a que un golpe fuera dirigido a mi cara para poner mi mano y crear un escudo de energía contra el cual se estrelló su puño.

Antes de que pudiera reaccionar ante la sorpresa que le había causado, lo lancé con telequinesis a un par de metros de distancia y concentré mi poder para que mis ojos brillaran en color esmeralda. Un círculo de transmutación apareció debajo de mis pies.

—La siguiente vez que me molesten los voy a convertir en polvo.

El grupo de niños levantó al hijo del leñador y huyó completamente aterrado.

Eleazar no podía caminar de la risa.

—¿Qué tal lo hice?

—Hacer aparecer el círculo de transmutación que usamos para calentar el café, jamás se me habría ocurrido.

Eleazar comenzó a reír nuevamente.

—¿Cómo se te ocurrió?

—Supuse que era mejor utilizar su ignorancia a mi favor. Solo tenía que mostrarles algo que ellos temieran y la siguiente vez no se atreverían a molestarme por miedo a lo que les podría hacer con “fuerzas oscuras”.

Contesté con orgullo.

Eleazar me despeinó con la mano.

—Una actitud muy sabia. La estupidez y el poder son peligrosos para quien los posee y para quienes lo rodean, sin embargo, el conocimiento tiene armas más poderosas que los músculos.

Regresamos a la casa y comimos para celebrar mi pequeña victoria.

Ese mismo día creamos un homúnculo. Era un ser de aproximadamente un metro de altura; lo moldeamos a la imagen del hijo del leñador y lo habíamos obligado a crecer aceleradamente, por lo cual su tiempo de vida se vería reducido a un par de horas, tiempo suficiente para que preparara la cena.

Eleazar entró a la cocina.

—Huele bien, espero que sepa igual.

Se sentó a la mesa y el homúnculo llevó un plato con comida a su lugar.

—Podría acostumbrarme a esto, un homúnculo que llevara el café en las mañanas, vaciara los ceniceros, preparara la comida y se ocupara de las tareas del hogar, definitivamente sería muy útil.

Su idea sonaba muy tentadora.

—Puedo hacerlo, ya sé cómo crearlos y permitiendo que se desarrollen por más tiempo podríamos vivir como reyes.

Eleazar negó con la cabeza.

—Los homúnculos son solamente un ejercicio más, no debemos hacer mal uso de ellos, recuerda que somos sus creadores y crearlos para servirnos sería casi como autoproclamarnos los dioses de esta casa, y aquí no se adora a ninguna deidad.

Para mi desgracia, me di cuenta de que no solo tenía razón, sino que me sentiría incómodo con homúnculos corriendo por todos lados.

—Prepárate, mañana te voy a enseñar un truco que, usándolo correctamente, te sacará de muchos problemas, pero usándolo de manera incorrecta te volverá rico y famoso, aunque te meterás en más problemas de los que puedes imaginar.

Estaba casi seguro de cuál sería la lección del día siguiente: la transmutación de un metal innoble en oro.

Tal como lo había sospechado, la siguiente lección fue la transmutación de un elemento a otro.

El concepto era bastante sencillo, aunque su ejecución requería de mucha destreza, además de una sustancial cantidad de energía.

La transmutación de plomo a oro la realicé sin problemas; sin embargo, transmutar carbón en diamante era más complicado.

El carbón comenzó a volverse cristalino en mis manos. Lentamente, el color negro desaparecía, dando paso a una superficie transparente y cristalina de menor tamaño que el carbón original.

—Déjame verlo.

Le di mi diamante recién creado a Eleazar. Él lo examinó a contraluz y después lo lanzó al fuego.

—Tiene impurezas, hazlo de nuevo.

Después del tercer intento logré hacer un diamante que no tenía ningún tipo de impureza.

—Excelente —dijo Eleazar después de verlo a contraluz—. Esto sí puede considerarse un diamante.

Después de eso lo arrojó al fuego al igual que mis demás intentos fallidos.

—¿Por qué hiciste eso?

Carecía de todo sentido para mí. Había conseguido hacer un diamante a la perfección basándome en un simple y vulgar trozo de carbón, y él lo había lanzado al fuego.

—No hacemos alquimia para enriquecernos, sino para aprender más del funcionamiento del mundo.

Para mi desgracia, él tenía razón. Todo lo que había aprendido con Eleazar era mucho más valioso para mí que todo el oro y los diamantes que pudiera conseguir.