Capítulo 10 El diario del alquimista #4
Eleazar era una persona muy estricta, pero nunca me negaba el conocimiento. Alimentaba mi curiosidad de formas tan ingeniosas que me tenía aprendiendo cosas nuevas todo el día sin que yo lo notara; cientos de juegos, en apariencia inocentes, encerraban importantísimas lecciones.
La cena tardó mucho tiempo en llegar; como siempre que uno espera algo, el tiempo se mueve con lentitud.
La cocina olía delicioso y Eleazar había puesto dos bandejas cubiertas con campanas, cada una frente a nuestros lugares habituales.
Él levantó la campana que cubría su comida. Un suculento olor se adueñó del comedor. Podía detectar el olor del ajo, pimienta, hierbas finas, pollo asado, papas, salchichas; en fin, era todo un banquete y, después de un arduo día en el laboratorio, parecía una comida digna de un rey.
Él colocó una servilleta sobre sus piernas y examinó que los múltiples tenedores y cucharillas estuvieran perfectamente alineados. Pese a su obsesión por comer de acuerdo a todas las reglas de etiqueta, esas formalidades me parecían innecesarias y carentes de todo sentido.
—Provecho.
Agradecí a Eleazar y retiré la campana que cubría mi plato.
Si hubiera tenido algo en el estómago lo hubiera vomitado.
Uno de los peores aromas de putrefacción que había olido en toda mi vida emanaba de mi plato. Él comenzó a reír.
—Tu plato tiene exactamente la misma comida que el mío, pero como te podrás dar cuenta está en un estado de putrefacción avanzada.
Sin embargo, conserva los mismos elementos que el mío, así que, teniendo en cuenta tus conocimientos actuales, deberías de ser capaz de transmutarlo en algo comestible y de aumentar la velocidad de las moléculas de tu comida para que se caliente.
—¿Y si no puedo?
Tenía demasiada hambre, pero comer lo que tenía enfrente resultaba una idea nauseabunda.
—Entonces te quedas sin cenar y no haces tu homúnculo.
Para mi desagrado, tuve que tocar todos los “alimentos” que estaban en el plato para lograr captar su composición exacta.
No me atrevía a transmutar todo el plato en un solo proceso. Si algo salía mal, me vería obligado a quedarme sin cenar, así que los transmuté uno por uno.
Después de oler individualmente cada uno de los alimentos para asegurarme de que fueran comestibles, estimulé las moléculas de agua de los alimentos hasta que alcanzaron una temperatura tolerable.
—Muy bien.
Eleazar ya casi había terminado de comer.
—Tengo que admitir que una parte de mí pensaba que esta noche irías sin cenar a la cama.
—Yo todavía no estoy seguro.
Di el primer bocado con miedo. Afortunadamente, la comida sabía bien.
—Te daré una lista mañana de lo que necesitas para tu homúnculo, ve al mercado y compra lo necesario.
La lista estaba compuesta por materiales increíblemente comunes y de un precio bastante accesible; la mayoría de las cosas las teníamos en el laboratorio o podíamos transmutarlas de otros elementos.
Regresaba del mercado cuando varios niños mayores que yo se acercaron a molestarme. Eso era bastante común; no tenía más amigos que Eleazar y los vendedores del mercado me veían con lástima y tristeza por no tener padres y vivir con el loco ermitaño del pueblo.
El más grande de ellos y líder del grupo me habló usando un tono de superioridad y burla.
—Hey, tú, niño ermitaño, ¿qué llevas ahí? ¿Estupideces para tu jueguito de química?
Yo seguí caminando sin prestarles atención y él comenzó a reír.
—Pobre idiota, sabe química, pero no sabe hablar; eso es lo que pasa cuando vives con un loco.
El coraje se apoderó de mí.
—Yo estudio alquimia, y Eleazar no es un loco. Él es un genio y sabe más cosas de las que tú jamás vas a llegar a aprender.
Tal como he dicho, Eleazar era la única persona en el mundo que cuidaba de mí, y no iba a tolerar que alguien lo insultara ni a él ni al noble arte que practicábamos y que los pueblerinos no entendían.
Todos los amigos del niño que me había hablado comenzaron a reír. Él me cerró el paso y se puso frente a mí; desgraciadamente, la morfología del país les confería una mayor estatura y corpulencia que la mía.
—A mí no me vas a hablar así, el viejo está loco y tú eres un maldito huérfano idiota y fracasado que terminará igual de chiflado que él.
—Yo voy a ser Sebakhem y para ese entonces tú vas a seguir siendo un triste y mediocre leñador, igual que tu padre y tus abuelos.
Gracias a las enseñanzas de Eleazar, podía identificar las vulnerabilidades de las personas, aunque jamás me puse a considerar que el hijo de un leñador tenía muchos más músculos y amigos que yo.
Sus amigos se burlaban de mi sueño de convertirme en Sebakhem e incitaban al hijo del leñador a golpearme, mientras su rostro se tornaba rojo por el coraje.
—Eres un imbécil.
Yo comencé a reírme de él.
—Yo sé alquimia, y tú seguramente no sabes ni escribir tu nombre, pero no te preocupes: nadie recordará tu nombre; para todo el pueblo serás eternamente el hijo del leñador.
Un golpe en el rostro interrumpió mis palabras.
Intenté defenderme, pero ellos eran más fuertes que yo. Comenzaron a golpearme como jamás lo habían hecho en toda mi vida. Mis titánicos esfuerzos por defenderme eran totalmente infructuosos.
Una vez que se aburrieron de golpearme y patearme en el suelo, fueron por mis bolsas, que tenían los elementos que necesitaba para la creación de mi homúnculo.
—NO TOQUEN ESO.
Evidentemente no me hicieron caso, desgarraron las bolsas y me aventaron pedazos de carbón, vaciaron el contenido de las demás bolsas, robaron mi dinero y me golpearon nuevamente.
—Entiende, nadie los quiere por aquí jugando a ser alquimistas, ¿por qué no se largan de una buena vez?
Una certera patada a mi abdomen me dejó sin aliento.
—¡DEJEN A ESE PObrE NIÑO EN PAZ O LOS VOY A ACUSAR CON SUS PADRES!
Una señora que por azares del destino había decidido tomar la misma calle que yo dispersó a la banda de niños que me estaba golpeando.
La señora se acercó para auxiliarme.
—Niño, ¿estás bien?
Salí corriendo en cuanto me logré poner en pie. Estaba empleando todas mis fuerzas en intentar contener el llanto.
Entré a la casa prácticamente sin aliento.
Sentía la cara hinchada, tenía raspones en los brazos y las piernas, los nudillos me sangraban, tenía el labio partido, los golpes se convertirían rápidamente en moretones, y me dolía respirar por culpa de las patadas que me habían dado en las costillas y en el abdomen.
Eleazar me miró horrorizado y yo corrí a sus brazos a llorar totalmente cubierto de tierra, carbón, azufre y los demás elementos que había comprado.
—Leo, ¿qué te pasó?
Eleazar jamás me decía Leo, siempre me hablaba por mi otro nombre.
Intenté explicar entre sollozos lo que me había pasado.
—Unos niños dijeron que era idiota y que tú estabas loco y que nunca podría ser alquimista, y yo les contesté, y después me pegaron, y me quitaron mi dinero, y después tiraron mi material, y me pegaron otra vez, y dijeron que nadie nos quiere aquí y y y…
No pude seguir hablando, el llanto se apoderó nuevamente de mí y Eleazar me abrazó con fuerza.
—¿Usaste alquimia o magia?
Negué con la cabeza. Eleazar me había dicho que no debíamos usar nuestros poderes contra las personas normales, y menos la magia, ya que eso nos pondría en peligro. Cosa que no recordé cuando me estaban golpeando, pero tampoco recordé que tenía poderes con los cuales defenderme.
—Hiciste bien, estoy orgulloso de ti.
Él no dejó de abrazarme hasta que terminé de llorar. Me sentía humillado, vulnerable, adolorido y había perdido todo el material para hacer mi homúnculo.
—Ven, vamos a curarte.
Había dejado de llorar, pero seguía hablando entre sollozos.
—¿Y mi homúncu…?
Eleazar me interrumpió colocando cariñosamente un dedo sobre mis labios.
—Mañana iremos por tu material; por hoy, solo descansa.
Afortunadamente, las pociones de Eleazar calmaron el dolor; me ayudarían a sanar más rápido y desvanecerían los moretones en pocos días.
—Deberías elegir con más cuidado tus batallas.
Para ese momento el llanto había sido reemplazado por la furia.
—Lo que debería de hacer es regresar y atacarlos con todo mi poder.
Eleazar me veía con preocupación.
Para cualquier otro niño haber dicho eso era algo totalmente hilarante y fuera de la realidad.
En mi caso, en verdad tenía el poder de lastimar a las personas, y una mente infantil con el orgullo herido y conocimientos avanzados era muy peligrosa.
Una simple transmutación podía poner a hervir la sangre de mi enemigo; podía hacer que su corazón explotara; era capaz de lanzar esferas de energía y de generar por medio de alquimia grandes cantidades de electricidad; podía levantar varias veces mi peso con el poder de mi mente y, sin embargo, no había hecho absolutamente nada para defenderme.
—¿No has pensado que sería mejor aprender a pelear? Es trampa usar tus poderes en contra de leñadores.
Eleazar usó el mismo tono que empleaba cada que estaba a punto de enseñarme algo nuevo.
—¿Me vas a enseñar a pelear?
Mi voz mostraba esperanza.
—Estoy en contra de la violencia y el uso de poderes en batalla. Sin embargo, conozco la naturaleza humana y la próxima vez que te ataquen vas a usar tus poderes para defenderte, así que es mejor que te enseñe a pelear como lo hacíamos en Atlantis.
—¿Cómo peleaban en Atlantis?
Eleazar empezó a sonreír.
—Ya lo verás. Descansa, mañana te espera un día muy largo.
Salió de mi cuarto y me recosté para dormir un poco.
Desperté temprano al otro día; quería aprender cómo defenderme.
En la mesa de la cocina encontré una nota de Eleazar.
“Ve al jardín”.
Desayuné ligero y seguí la indicación de la nota.
—Buenos días, ¿ya te sientes mejor?
—Todavía duele un poco, pero es tolerable.
Eleazar me indicó que me parara frente a él.
—Aprenderás a defenderte con tu cuerpo y con espada. No necesitarás nada más; conforme te vayas volviendo más hábil, te iré enseñando nuevas cosas.
La forma de defensa y de ataque era muy extraña; distaba mucho de los tipos de pelea que había visto.