El Diario del Alquimista Capítulo 10 El diario del alquimista #3
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Capítulo 10 El diario del alquimista #3

Recorrí la mesa con la mirada. Lo único extraño eran dos vasos con agua.

Tomé el primer vaso y lo olí. Nada.

El segundo vaso olía distinto; era un olor muy sutil, pero podía detectar la diferencia.

—¿Este es el antídoto?

Eleazar sonrió nuevamente.

—No hay más comida envenenada, puedes comer tranquilo y cuando termines te espero en el laboratorio.

En el momento en que salió por la puerta, me puse a olfatear toda la comida. Afortunadamente, tal y como lo había dicho Eleazar, no había nada envenenado.

Comí como si jamás hubiera probado bocado en toda mi vida; prácticamente tragué sin masticar toda la comida y bebí toda el agua que tenía frente a mí. Nunca en toda mi vida había estado tan hambriento.

Terminé de comer y fui al laboratorio. Abrí la puerta y sentí que la sangre me bajaba a los pies.

—¿Qué le pasó al laboratorio?

Mi voz fue casi inaudible.

—Me decepcionan tus capacidades de observación. Por si no te has dado cuenta, fue destruido.

Eleazar no estaba molesto; incluso parecía que la situación le resultaba cómica.

—¿Fui yo?

Pese a que las imágenes saltaban en mi mente, era incapaz de creer que yo había podido causar tal destrucción.

—Así es, tus poderes se salieron de control y neutralizaste el sello.

Él comenzó a reír.

—Tengo que aceptar que no esperaba eso.

Yo miraba horrorizado las ruinas de nuestro querido laboratorio; ambos pasábamos ahí más tiempo que en cualquier otra parte de la casa.

Eleazar controló su ataque de risa y suspiró para recobrar por completo la compostura.

—Lo que te pasó es normal al despertar el ojo del alquimista. Tu mente no sabe cómo analizar la cantidad de información que recibe y tus poderes se vuelven caóticos.

—¿Para qué sirve el cristal?

—Es una medida de precaución transitoria. Almacenará el exceso de poder que aún no puedas controlar y, después de un tiempo, será innecesario para esa función, pero adquirirá nuevas facultades.

—¿Cómo cuáles?

El cristal transparente que colgaba de mi cuello no parecía nada especial, sin embargo, cuando lo toqué no logré identificar de qué estaba hecho.

—Paciencia, joven alquimista, paciencia. Primero tenemos que enseñarte a usar tus nuevas facultades.

Fui incapaz de contener un leve tono de sarcasmo en mi voz.

—Claro, ¿y eso lo vamos a hacer en qué laboratorio?

Eleazar se levantó y un círculo con un arreglo desconocido apareció bajo sus pies, brillando en un débil color plata.

Me hubiera gustado decir que el laboratorio empezó a reconstruirse por arte de magia, pero era alquimia, siendo utilizada de una manera en la que jamás creí posible.

Los frascos y los pedazos de piedra que habían sido destruidos por mí fueron absorbidos por el suelo. Otros fragmentos volaban por el aire como si fueran dos imanes juntándose.

En pocas palabras, fue un espectáculo magnífico.

—Es la última vez que limpio tus estupideces. De ahora en adelante, serás responsable de todo lo que hagas y de todo lo que crees. A partir de este momento, entenderás que no debes crear nada que no puedas controlar y, sobre todo, no destruirás nada que no seas capaz de crear nuevamente.

Estaba completamente asombrado.

—Es imposible.

Eleazar comenzó a reír.

—Hasta hace poco aprendiste prácticamente todo lo que un alquimista normal puede hacer; ahora te enseñaré a volver posible lo imposible.

Una duda saltó a mi cabeza. Sabía que no debía preguntar, pero la curiosidad era demasiada.

—¿Cómo es posible que se destruyera una ciudad en donde todos tenían esta clase de poder?

Esperaba un regaño: Eleazar me había prohibido preguntar por el pasado. Sin embargo, un sentimiento de dolor y temor atravesó su rostro.

Jamás había visto que Eleazar le tuviera miedo a algo; creía que el hombre sencillamente había nacido sin la capacidad de sentir una emoción así.

—Hay cosas en este mundo que no deben ser nombradas; poderes demasiado grandes como para ser destruidos y seres más antiguos que el mismo tiempo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—Solamente pudimos detenerlo; es imposible matarlo.

Yo también me estremecí ante sus sombrías palabras. Según lo que decía, un solo individuo había logrado destruir la ciudad de Atlantis.

La mirada de Eleazar estaba perdida en sucesos que habían tenido lugar a siglos de distancia.

—Necesitan civilizaciones avanzadas para poder salir de su prisión. No sabemos quién los encerró ni cuándo pasó, pero nunca había conocido un poder más grande que ese.

Sus ojos se concentraron en mí con una seriedad e intensidad que jamás había visto en ellos.

—Tienes que prometerme que si te encuentras con alguno de ellos harás todo lo que esté en tu poder para detenerlos, sin remordimientos, sin tocarte el corazón. No importa qué, ni a cuántos tengas que sacrificar. No puedes permitir que regresen.

Mi respiración era agitada y mis manos sudaban. ¿Qué podría ser tan terrible que causara ese efecto en mi mentor?

—PROMÉTELO.

Asentí con la cabeza.

—¿Quiénes son?

—Los dioses de los mismos dioses, la primera raza que habitó el universo y dio forma a todas las dimensiones. Dioses primigenios. Los absolutos y verdaderos maestros de las fuerzas que dieron origen a la magia y a la alquimia.

Sentí que la temperatura de mi cuerpo descendía. La sangre se concentró en mis piernas; era una reacción instintiva en presencia del miedo. Mi cuerpo quería darle a mis piernas la mayor cantidad de recursos para poder escapar.

—No hagas más preguntas. Tienes el día libre; haz lo que te plazca y vete a dormir.

Eleazar salió del laboratorio dejándome hecho un manojo de preguntas y nervios.

Ni Eleazar ni yo profesábamos otra religión que la alquimia y la ciencia; el razonamiento lógico era el altar donde consagrábamos nuestra fe.

Conocer la existencia no solo de dioses, sino de los dioses de los dioses, era una idea aterradora.

Podía entender el origen de su temor, esos seres debían tener un poder devastador.

Pasé el resto del día pensando en las palabras de Eleazar. Estaba demasiado nervioso como para dedicarme a transmutar o a estudiar por mi cuenta.

Fue uno de los días más largos de mi corta vida. Era tan solo un niño, descendiente de una civilización extinta, heredero de un gran rosario de poderes, poseedor de conocimientos avanzados en magia y alquimia, pero sobre todo, me di cuenta en ese momento de lo pequeño e indefenso que era.

Había sido criado con la idea de que mis poderes me facultaban a realizar cualquier tarea que mi mente pudiera imaginar. Darme cuenta de mi vulnerabilidad ante algo más grande y poderoso que yo era algo para lo cual no estaba preparado; me fui a dormir con miedo por primera vez en mi vida.

Una patada a mi cama me despertó sobresaltado.

—Te espero en el observatorio, tienes diez minutos.

Eleazar había regresado a ser el mismo viejo sin sentimientos de siempre.

Debían de ser las tres de la mañana cuando subí al ático que habíamos transformado en observatorio, tras cambiar el techo por un gigantesco vidrio. Al llegar, Eleazar me ofreció un trago de su taza de café.

—¿Qué aprendiste hoy?

Contesté con honestidad.

—Soy pequeño y hay cosas más grandes y poderosas que yo.

—Excelente deducción. Recuéstate en el suelo y si te quedas dormido te levanto a patadas.

Eleazar también se acostó en el suelo.

—Dime qué ves.

Aún seguía molesto por la forma en la que me había despertado.

—Veo el cielo y el cristal.

—Evidentemente, ¿sabías que cada estrella tiene un nombre y una historia?

—Sí, pero no las conozco.

En verdad estaba fanfarroneando; jamás me había puesto a considerar eso.

—Muy buena forma de encubrir tu ignorancia.

Eleazar rió.

—¿Quieres conocerlas?

No recordaba que eso tuviera mucha relación con alquimia, al menos no el conocer sus historias.

—¿Esto tiene alguna finalidad además de mantenerme despierto?

—Podría llegar a serte útil si quieres conquistar a alguna mujer.

Sabía que era inútil discutir contra él, así que me resigné y estiré mi mano para preguntar por una estrella.

Jamás había pensado que la astronomía y la astrología fueran interesantes hasta ese día; resultaron no solo entretenidas, sino también relajantes.

Escuchaba ensimismado cientos de historias, aventuras, tragedias, romances, todo de boca de Eleazar, quien las conocía perfectamente y las relataba con tanta pasión que parecía que había estado presente mientras ocurrían.

La mañana nos alcanzó y aún faltaban cientos de historias por contar.

—¿Podemos seguir en la noche?

Lo acepto, al principio parecía una idea aburridísima, pero había terminado por gustarme bastante.

—Desde luego, pero necesitas dormir. Después de desayunar vas a reponer las horas de sueño y te espero en el laboratorio; tienes mucho que aprender.

Las siguientes semanas transcurrieron básicamente con la misma rutina, aunque eran todo menos monótonas.

Mis conocimientos en alquimia estaban avanzando a un ritmo impresionante, a tal grado que Eleazar se atrevió a decir que si seguía a ese ritmo dentro de poco ya no tendría nada más que enseñarme.

Sabía que era falso, él mismo había dicho que la alquimia siempre tenía algún secreto que no hubiéramos descubierto, pero su comentario me hizo sentir orgulloso de mí mismo.

—¿Podemos hacer un homúnculo?

Era uno de los retos más grandes de la alquimia: la creación artificial de un ser vivo, un sirviente que tendría las características que uno le diera en su proceso de creación. Era simple y sencillamente jugar a ser dios, y la idea me encantaba.

—¿Para qué quieres un homúnculo?

Eleazar me había enseñado que no debíamos usar nuestros poderes de forma irresponsable, si quería crear algún ser vivo tendría que hacerme responsable de él y, sobre todo, darle una razón para existir.

—Porque eso aumentaría mis conocimientos, y además podríamos hacer un homúnculo que nos hiciera de comer mientras nosotros estamos en el laboratorio.

Eleazar rascó su barbilla por un momento, considerando mis palabras.

—Te tengo una prueba para la cena; si la pasas, podrás hacer tu homúnculo.