El Diario del Alquimista Capítulo 10 El diario del alquimista #2
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Capítulo 10 El diario del alquimista #2

—La paciencia es una virtud poderosa, pero la curiosidad y la iniciativa lo son aún más.

Felicidades, a partir de ahora empezará tu verdadero aprendizaje.

Si aprendes correctamente lo que te voy a enseñar, jamás necesitarás trazar un círculo de transmutación, obtendrás el ojo del alquimista, entenderás el funcionamiento del mundo y finalmente comprenderás que las leyes que tú creías irrompibles son solamente falta de poder y de voluntad.

No podía creerlo. Sabía que sus lecciones serían increíblemente duras y difíciles, pero por fin aprendería a usar todo el conocimiento que tenía.

—Creí que era imposible transmutar sin círculo.

Eso era una afirmación. No había ni una sola referencia en todos los libros que había leído de alguien que pudiera hacer eso.

Eleazar sonrió de una forma en que jamás lo había visto sonreír.

Su mano tocó suavemente su taza de café y, tras el resplandor plateado de una transmutación, la taza comenzó a humear.

Mi sorpresa era mayúscula. Jamás había visto a Eleazar utilizar sus poderes de esa forma.

—Usaste magia.

Desgraciadamente, mi voz demostraba lo impresionado que estaba ante tal demostración de maestría, lo cual le restaba fuerza a mi acusación.

—La alquimia, al ser usada correctamente, puede parecer magia, pero entenderás que, si se domina, puede alcanzar objetivos imposibles incluso para la magia.

A partir de entonces comenzó un entrenamiento verdaderamente exhaustivo. El café se convirtió en mi mejor amigo, y sentía que en cualquier momento el cerebro me iba a explotar por tanta información.

No tenía muchos conocidos en el lugar donde vivía. Puede que la razón fuera que me pasaba el día encerrado estudiando con Eleazar. Pero no podía quejarme por eso, estaba aprendiendo cosas que alquimistas avanzados consideraban imposibles.

Aún recuerdo cuando Eleazar me enseñó a usar el ojo del alquimista.

—Según los libros, ¿por qué tenemos que trazar un círculo de transmutación?

La respuesta era evidente.

—Para indicarle el camino a la energía y permitir que active el círculo, realizando su función con la energía empleada en la activación.

La respuesta era algo enredada, pero era una de las definiciones que había leído en los libros.

—Exacto. Ahora, ¿por qué puedo transmutar sin necesidad de un círculo?

—¿Porque eres un error de la naturaleza?

Mi relación con Eleazar había mejorado considerablemente desde que la teoría se convirtió en práctica.

Él comenzó a reír.

—Lo divertido es que en parte tienes razón. Los hijos de Atlantis podemos manejar magia y alquimia; nuestros cuerpos no tienen un límite para la producción de energía, y tenemos la capacidad de proyectar los círculos de transmutación mentalmente gracias a que dominamos el ojo del alquimista.

Eleazar se pasaba el día hablando del ojo del alquimista, pese a que no había ninguna referencia de ello en los textos que conocía.

—¿El ojo del alquimista es un poder?

Él negó con la cabeza.

—Es una habilidad que nos permite conectarnos con la quinta esencia, reconocer la materia prima, comprender sus modificaciones, combinaciones y la forma de alterarla a nuestra voluntad.

—¿Solo nosotros podemos?

Respiró profundamente, y su rostro dejó ver que tenía cierta dificultad para encontrar las palabras adecuadas.

—Es una capacidad que puede variar de generación en generación teniendo en cuenta la mezcla de sangres. Pero tengo entendido que no fuimos los únicos que escapamos a la ciudad de Auralia; muchos vinieron a vivir aquí antes de que Atlantis fuera destruida.

Sabía lo difícil que era para Eleazar hablar de esos temas.

—¿Hace cuánto tiempo pasó eso?

—Esa respuesta es relativa. En términos prácticos, unos ocho años desde que llegamos a Auralia. En otros términos, podría decirse que fueron muchos siglos, ya que durante la destrucción de Atlantis se abrieron portales hacia diferentes dimensiones y momentos del tiempo para escapar.

—Es imposible viajar en el tiempo.

—Lo que es imposible es lograr que te concentres en lo que es verdaderamente importante. El pasado es útil cuando puedes aprender algo de él. De otra forma, es una pérdida de tiempo pensar en ello, ¿entendido?

Asentí con la cabeza. Sabía que era inútil iniciar una discusión con él para pedirle que hablara del pasado, ya que tenía que concentrarme en mejorar mis habilidades.

—Bien, ahora acércate.

Eleazar colocó sus manos sobre mi cabeza y cerró los ojos por un momento. Después de eso se alejó y, haciendo un movimiento con la mano, hizo aparecer debajo de mis pies un círculo que jamás había visto; este empezó a brillar tenuemente en plateado.

—No pasa nada.

Eleazar se limitó a dibujar una macabra sonrisa en su rostro.

—En verdad, no sé qué debería pasar, pero no siento absolutamente n…

Un fuerte temblor me invadió; mi cuerpo brillaba en un centelleante esmeralda y sentía que mi cuerpo estaba a punto de explotar.

Un intenso zumbido taladraba mi mente y podía ver miles de círculos de transmutación cruzando mi mente a una velocidad vertiginosa. La confusión se adueñó de mí.

De pronto entendí a la perfección todos los libros que había leído; prácticamente todo su contenido era basura. Estaba tan alejado de la realidad que me dio miedo el haber confiado tan ciegamente en la veracidad de sus palabras.

El poder corría por mis venas a una velocidad impresionante y aumentaba cada segundo que pasaba.

Miré a Eleazar con horror. Quería pedir ayuda, pero no podía emitir ningún sonido, o al menos no era consciente de ello.

Su círculo de transmutación brillaba intensamente. Esta vez logré saber el propósito del círculo. Su función era muy simple: era una prisión que aumentaba su efectividad utilizando la energía desprendida por el ser que se encontrara dentro de él.

Era un torbellino de emociones, al punto de que no podía distinguir lo que estaba sintiendo.

De mis manos salía fuego color esmeralda y sentía mis ojos en llamas.

Miles de ecuaciones alquímicas seguían cruzando mi mente.

Era consciente de mi poder, de la presencia de Eleazar, del círculo debajo de mí.

Sabía cómo desactivarlo.

Pensé en el arreglo correcto, y este se proyectó inmediatamente sobre el círculo de Eleazar, que se rompió como si fuera vidrio sometido a un brusco cambio de temperatura.

Podía ver a Eleazar hablándome. Sabía que movía los labios, pero era incapaz de escucharlo por culpa del zumbido que aumentaba de intensidad.

Mi cuerpo empezó a desprender rayos de color esmeralda que destruían cualquier cosa con la que entraran en contacto.

Los ojos de Eleazar se convirtieron en el vivo reflejo de la luna y su cuerpo comenzó a brillar en un potente color plateado.

Tenía miedo de lastimarlo, así que levanté la mano hacia él para pedirle con señas que no se acercara. Sentí que mi energía fluía de una forma ilimitada hacia él.

Un destello esmeralda se estrelló contra su resplandor plateado y lo hizo retroceder unos cuantos pasos.

La pared que se encontraba a la izquierda de Eleazar explotó en mil pedazos.

Lo último que recuerdo es que lo vi moverse a una velocidad que jamás creí posible para alguien de su edad.

Colocó su mano en mi pecho y perdí el conocimiento por primera vez en mi vida.

Al despertar, me sentía mareado y totalmente exhausto. Mi boca estaba seca y me dolía todo el cuerpo.

—Buenos días.

Eleazar entró a mi cuarto con una charola que tenía una jarra de cristal llena de agua y un vaso.

—¿Qué pasó?

Tomé el vaso y lo llené con agua para después beberlo como si jamás la hubiera probado y hubiera vivido eternamente en el desierto.

—El ojo del alquimista.

Los fragmentos de mi memoria comenzaron a reagruparse con rapidez, formando rápidos destellos de imágenes de lo que había pasado.

Cerré los ojos con fuerza y pude ver miles de círculos de transmutación.

Abrí los ojos y tomé el vaso de agua con la mano.

En el momento en que mis dedos tocaron el vaso, supe perfectamente lo que tenía que hacer para transmutarlo.

Esa sensación me hizo soltar el vaso.

Eleazar hizo un movimiento casi imperceptible con la mano y el vaso flotó hasta la charola que había dejado sobre el buró.

—Como te podrás dar cuenta, ahora conoces la estructura de la materia de una forma en la que los alquimistas normales jamás han soñado. A partir de ahora puedes detectar la composición y funcionamiento de las cosas con solo verlas o tocarlas.

—Me duele la cabeza.

Las palabras de Eleazar retumbaban en mi aturdido cerebro.

—Acostúmbrate, será totalmente normal por un par de semanas o hasta que logres controlarlo.

Comenzó a caminar hacia la puerta.

—Arréglate, baja a desayunar, tienes mucho que aprender y por ningún motivo te quites el cristal.

Hasta ese momento, no había sido consciente de que un cristal colgaba de una fina cadena de plata en mi cuello.

Ponerme presentable me llevó más tiempo del que esperaba. No podía ver ni tocar nada sin que se dispararan cientos de visiones acerca de círculos de transmutación.

Cuando bajé a desayunar, Eleazar tenía la mesa puesta y, frente a mi desayuno, una copa de vino de mesa.

—Bébelo.

No tenía ni fuerza ni ánimo para discutir.

Me senté frente a él y tomé la copa en mis manos. En ese momento sentí algo extraño, algo que no pertenecía ahí. Por instinto, acerqué la copa a mi nariz y respiré suave y profundamente.

Eleazar me observaba con una mirada expectante. Dejé la copa en la mesa.

—Tiene belladona.

Mi voz era temblorosa.

No sabía cómo había llegado a esa conclusión, pero en el momento en que sentí el sutil olor de la belladona, mi mente se llenó de cientos de cosas que podía hacer con ella, al igual que sus riesgos y beneficios.

Eleazar explotó en una sonora carcajada.

—Te felicito, joven alquimista, has sobrevivido a tu primera prueba.

—¿Querías matarme?

—La copa tiene suficiente belladona como para matarte, pero te daría el tiempo suficiente para encontrar un antídoto.

¿Encontrar un antídoto?

Eleazar cuidaba mucho sus palabras. Si decía que hubiera tenido tiempo para encontrar el antídoto, significaba que estaba en un lugar bastante evidente.