El Diario del Alquimista Capítulo 10 El diario del alquimista
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Capítulo 10 El diario del alquimista

Crecí en la ciudad de Auralia, conocida comúnmente como la Ciudad de la Alquimia, gracias al gran número de alquimistas que habitábamos en ella.

El gobierno era militarizado. Los soldados eran entrenados desde muy temprana edad en el arte del combate y la supervivencia bajo cualquier situación. Simplemente no existían mejores soldados; manejaban con una destreza absoluta armas cortas, espadas, armas de fuego y vehículos militares.

Pero no eran la mejor arma que nuestra nación tenía para defenderse.

La verdadera arma de nuestra nación eran los alquimistas; hombres y mujeres que comprendían el funcionamiento de la naturaleza y podían influir sobre ella basándose en complicadas ecuaciones alquímicas, usando su energía para modificar y transmutar el mundo que los rodeaba según su voluntad.

Evidentemente, había diferentes tipos de alquimistas. Estaban los alquimistas de Segunda Orden; ellos podían resolver prácticamente cualquier problema que pudiera surgir, pero cuando la situación superaba sus capacidades, entraban en acción los Sebakhem, alquimistas de Primera Orden.

Los Sebakhem eran militares con un arduo entrenamiento, conocimientos impresionantes y un poder devastador.

Los Sebakhem eran las verdaderas armas secretas del Estado. Armas humanas cuyo poder alquímico y político era prácticamente ilimitado. No estaban por encima de la ley: ellos eran la ley.

Nuestra próspera y avanzada civilización debía su forma de vida a sus investigaciones.

Toda la población sabía que eran simple y sencillamente imparables, indestructibles; cumplían sus misiones con efectividad y rapidez; jamás se tocaban el corazón para tomar una decisión.

Eran infalibles, y yo deseaba convertirme en uno de ellos con todas mis fuerzas, pero primero tenía que aprender el complicado arte de la alquimia.

Jamás conocí a mis padres. Mi maestro, tutor y mentor era un excéntrico hombre llamado Eleazar. Era un genio; no había pregunta a la cual no supiera la respuesta, problema que no pudiera resolver ni situación que se le escapara de las manos.

Mis padres no sobrevivieron a la caída de Atlantis.

Dieron su vida para que Eleazar lograra escapar conmigo en brazos hacia Auralia.

Él se encargó de mi cuidado y formación.

Me enseñó prácticamente todo lo que sé y me dio las armas y los conocimientos necesarios para sobrevivir, aunque no puedo hacerlo responsable de los horrores que cometí usando lo que él me había enseñado.

Eso fue producto de mis propias decisiones, y no siempre fueron las mejores.

Él me explicó que en Auralia la magia era considerada un delito; era una práctica que iba en contra de todo lo que la alquimia sostenía, y cualquier persona con la facultad de usarla que se atreviera a practicarla sería condenada a muerte.

En Atlantis, en cambio, la magia y la alquimia eran artes que podían practicarse juntas. Los atlantianos habían acumulado tal cantidad de poder porque dominaban ambas y combinaban sus conocimientos, lo que los convertía en enemigos formidables para cualquiera que intentara atacarlos.

Todo parecía sencillo cuando Eleazar lo explicaba.

Yo lo admiraba más que nadie en el mundo, y me gustaría decir que Eleazar fue como un padre para mí, pero él parecía preocuparse solamente por mi educación y era un maestro duro e implacable.

Desde muy temprana edad comenzó a enseñarme alquimia; en el momento en el que aprendí a leer, me llevó a su enorme biblioteca.

Las paredes estaban cubiertas de libros. Había un amplio ventanal y un par de escritorios con sillas y lámparas de mesa.

—Eres descendiente de una de las más grandes civilizaciones que ha existido; nuestros cuerpos tienen la capacidad de producir cantidades ilimitadas de energía, aunque, como tú sabes, está limitada solamente por la capacidad de nuestro cuerpo para manejarla.

Ahora dime, ¿en qué nos diferencia eso del resto de los alquimistas que viven en esta ciudad?

Sus preguntas siempre tenían un significado oculto, así que medité acerca de la pregunta antes de responder.

—Quiere decir que somos más poderosos que ellos.

Su voz se tornó hosca, como cada vez que me equivocaba.

—MAL. Un simio puede tener el arma más poderosa del universo y sería completamente inofensivo por el simple hecho de que no sabe cómo utilizarla.

Tú no eres más que un idiota que cree tener poder.

Yo voy a intentar quitarte lo idiota y, si llegas a aprender algo, entonces podrás decir que tienes poder. El poder del saber.

Me dio un libro con alquimia básica. Su contenido lo conocía prácticamente de memoria. Era solamente un niño, pero durante toda mi vida él se había dedicado a hablarme del arte que pretendía enseñarme.

Leí el libro con voracidad, y después de una semana lo había terminado. Tal como esperaba, Eleazar me interrogó acerca de él.

Después de preguntas generales, tomó el libro en sus manos y abrió una página al azar.

—Página ochenta y dos, tercer párrafo.

Los nervios se apoderaron de mí. No tenía idea de que tuviera que recordar el libro al pie de la letra. Mis manos comenzaron a temblar y mi mente se quedó en silencio.

Eleazar dejó el libro sobre la mesa del estudio y comenzó a hablar mientras salía de la habitación.

—Vuelve a leerlo y no te atrevas a dirigirme la palabra hasta que no puedas recitar el libro de memoria.

Sabía que le gustaba entrenar mi mente. Frecuentemente me ponía a prueba haciéndome cerrar los ojos y decir todos los objetos que se encontraban en la habitación, y con un juego parecido al ajedrez, que tenía que jugar con los ojos vendados, recordando la posición de mis piezas y las suyas conforme estas avanzaban en el tablero.

Tardé dos semanas en aprenderme el libro palabra por palabra.

—Te llevó más tiempo de lo que esperaba.

Sus palabras golpearon directamente mi orgullo.

—No volverá a pasar.

Ahora sabía que tenía que recordar los libros de una forma perfecta cada vez que Eleazar me diera uno.

—Página cincuenta y seis, segundo párrafo.

Cerré los ojos por un momento.

Podía recordar las páginas conforme las había leído. Recordaba todo a mi alrededor: el clima, la temperatura del cuarto, el olor de los libros que rodeaban la biblioteca.

Recité el párrafo a la perfección.

—Página noventa, quinto párrafo.

—Esa página solo tiene cuatro párrafos.

Eleazar sonrió.

—Excelente, veo que en verdad lo aprendiste de memoria.

Arrojó el libro a la chimenea ante mi sorprendida mirada.

—Ya lo aprendiste, así que ya no lo necesitas. Vamos a dar por concluido tu aprendizaje teórico cuando logres vaciar la biblioteca.

Me sentí desanimado; eran cientos de libros y yo deseaba hacer alquimia.

—Ahora lo más importante es que aprendas a quitar todo lo que no sirve de lo que leíste.

Para fines prácticos, ese libro es basura; puedes olvidarlo totalmente si recuerdas una simple cosa.

El universo y tú son uno mismo. Formas parte de él y el universo forma parte de ti.

Las leyes que lo rigen se aplican directamente a ti y, si aprendes a usarlas a tu favor, lo podrás modificar a voluntad.

Con la misma facilidad con la que tu mente le ordena a tu mano que se mueva, podrás ordenarle al universo que cambie por el simple hecho de ser una parte de ti.

Aprendí que los alquimistas podían desarrollar prácticamente cualquier poder de la mente: telequinesis, piroquinesis y otras facultades semejantes.

Todo esto era alcanzable también por el camino de la magia.

Mientras más leía y más aprendía, más impaciente me volvía ante la idea de tener que esperar hasta vaciar la biblioteca para aprender a hacer todas esas cosas.

Empecé a hacer intentos de aplicar lo que había aprendido en los libros.

Era difícil, pero después de un tiempo podía transmutar utilizando círculos de transmutación, los cuales servían para canalizar la energía del usuario hacia un fin específico.

Podía mover cosas con la mente y concentrar mi energía en esferas.

Durante el tiempo que duraron mis intentos secretos de aprender magia y alquimia, Eleazar me llamaba frecuentemente para resolver problemas de otras personas.

Nosotros sobrevivíamos gracias a las asesorías que él daba.

Todo tipo de alquimistas entraban en nuestra casa cuando sus investigaciones habían llegado a un punto muerto.

Ellos se referían a Eleazar como “Maestro”.

Tal y como lo había dicho, el hombre era un verdadero genio, y no tenía más aprendiz que yo. Para ponerme a prueba, me llamaba a resolver los problemas de alquimistas consagrados.

Para su sorpresa, lograba encontrar el problema en sus investigaciones, y pese a que era consciente de que Eleazar me llamaba cuando el problema no era verdaderamente imposible para mí, siempre representaba un reto, y yo estaba feliz de superarlo.

Tardé casi dos años en lograr vaciar la biblioteca, que no solo tenía libros de alquimia, sino también de magia. Ambos explicaban poderes y criaturas que me resultaban increíblemente fascinantes. Pero lo que yo podía aprender sin la correcta instrucción tenía un límite, y había llegado a él.

—¿Cuándo piensas enseñarme algo de verdad?

Eleazar leía un libro y contestó mientras apoyaba su pipa en la mesa para tomar su taza de café.

—Todo lo que has aprendido no solamente es cierto, sino que también es verdadero, al menos lo es si lograste quitar la basura y entendiste las claves que contienen los textos que leíste.

—Tú sabes a lo que me refiero. Quiero hacer alquimia de verdad y no solamente leer acerca de ella. Sé todos los vínculos mágicos que estaban en los libros y conozco a la perfección el funcionamiento de la materia.

Eleazar bajó su libro y concentró su penetrante mirada en mí; sin embargo, yo seguí hablando.

—Todo eso lo sé en teoría, pero necesito practicarlo.

Una esfera de energía plateada se formó en la mano de Eleazar y la lanzó contra mí.

Yo canalicé mi energía y formé un sólido escudo esmeralda.

Eleazar comenzó a reír.