Capítulo 9 La llave de oro y plata #3
—Porque… Lo que pasa es que… Porque es de la familia. Estaría igual de preocupada si cualquiera de los demás estuviera perdido. Menos Aika; sería una bendición deshacernos de ella.
Evidentemente, había mucho más detrás de esa respuesta, pero estaba segura de que no iba a contestarme con la verdad.
—Bueno, tengo que hacer algunas cosas. Te veo mañana.
Vesta salió rápidamente del cuarto de entrenamiento.
—De acuerdo.
No me sentía tan cansada como en otras ocasiones, así que decidí ir a comer, guardar las compras que había hecho en Inglaterra, y ver una película en mi computadora.
Una serie de explosiones lejanas captó mi atención. Subí a mi alfombra y empecé a seguir el sonido que provenía del cuarto de Vesta.
Llegué prácticamente al mismo tiempo que Azul, Rubiel y Aika.
—¿Qué pasa?
Rubiel contestó a la pregunta de Azul al tiempo que derribaba la puerta.
—No lo sé.
Cuando entramos al cuarto, Vesta se encontraba en el suelo y salía humo del diario de Leo.
—Hermanita, ¿qué te pasó?
Vesta habló, totalmente encolerizada.
—EL MALDITO DIARIO NO SE AbrE.
Todos se relajaron.
—¿Ya intentaste con…?
Vesta interrumpió a su hermano.
—YA LO INTENTÉ TODO.
Vesta se levantó y su mano se cubrió de un intenso fuego.
Señaló al diario con la mano y el fuego se transformó en un potente rayo que se estrelló contra el diario. Pensé que lo iba a destruir, pero el rayo cambió de dirección en cuanto tocó el diario y terminó impactando en el pecho de Rubiel, quien salió disparado contra la pared.
—¡Amor! ¿Estás bien?
La quemadura en el pecho de Rubiel sanó inmediatamente sin dejar rastro de que en algún momento hubiera estado lastimado.
—Sí.
Extrañamente, Rubiel sonaba jovial.
—Es posible que el diario no se abra porque Leo lo dejó para mí.
Vesta me volteó a ver con una mirada asesina.
—Intenta abrirlo tú.
Rápidamente tomé el diario entre mis manos.
El cuero que lo protegía era suave, y una pequeña correa lo mantenía cerrado con un broche que tenía un símbolo que reconocí inmediatamente. Era idéntico al símbolo de mi medallón.
Movida por el instinto, saqué el medallón que colgaba de mi cuello y lo puse sobre el seguro del diario.
Un pequeño clic silenció la habitación y la correa que lo mantenía cerrado se deslizó.
El rostro de Vesta se enrojeció de furia.
—¡LARGO DE MI CUARTO!
Todos salimos corriendo del cuarto de Vesta, motivados por el hecho de que ella acababa de cubrirse las manos con fuego.
—Te dije que no iba a poder leerlo.
Rubiel me sonrió con orgullo.
Azul entró en defensa de su hermana.
—Estoy seguro de que con algo más de tiempo lo hubiera logrado. Pero bueno, ya lo tienes. Estoy seguro de que tienes muchas ganas de leerlo, y yo tengo cosas que hacer, así que ya me voy.
Rubiel comenzó a reír.
—De hecho, Aika y yo queremos ver una película y tú nos vas a llevar palomitas.
Azul volteó a ver a Rubiel notablemente molesto por la forma en la que le habló.
—¿Por qué no vas tú por tus malditas palomitas?
—La forma correcta de hablarme es: “¿Quiere mantequilla extra en sus palomitas, amo?”
Azul estaba a punto de contestarle a Rubiel cuando este habló nuevamente.
—Una apuesta es una apuesta. Y si tienes honor, vas a cumplir.
Azul se cruzó de brazos.
—¿Quiere mantequilla extra?… amo.
Era evidente que Azul tenía muchos problemas para hablarle de esa manera a Rubiel.
—Sí, por favor.
Rubiel y Aika se alejaron mientras Azul caminaba refunfuñando maldiciones contra Rubiel.
Yo subí a mi alfombra y me dirigí lo más rápido que pude hacia mi cuarto.
Finalmente, tenía el diario de Leo en mi poder. Podría encontrar las respuestas que había estado buscando; seguramente Leo había mencionado a mi mamá en él y, por fin, su vida dejaría de ser un misterio.
Me senté en mi cama, abrí el diario y encontré una carta dirigida a mí.
Desdoblé la carta.
Hija:
Si estás leyendo esto, es muy probable que esté muerto.
Me hubiera gustado vivir tantas cosas contigo: platicarte mi vida, mis aventuras, cómo conocí a tu madre, qué fue lo que le pasó, por qué no creciste conmigo.
En fin. Tantas cosas que ya no soy capaz de hacer.
Por eso te dejo mi diario.
Contiene cosas que nadie sabe de mí: secretos, pensamientos, la verdad de quién fui.
Muchos me conocen como un héroe, una leyenda. Para otros soy simplemente un asesino, un arma humana.
He robado, engañado, matado, amado; he sufrido más que la mayoría de las personas; he viajado hasta las profundidades de la locura y del infierno. No soy quién para decir lo que fui en realidad. Lo único que intenté fue sobrevivir.
Tú misma te formarás una idea de quién fui.
Me hubiera gustado poder decirte cuánto te quiero en realidad.
Con amor,
tu padre,
Leo E.
Las manos me temblaban cuando terminé de leer la carta. Leo no creía regresar con vida.
Guardé la carta en el cajón del buró donde tenía la foto de mi mamá.
Respiré profundamente.
Por fin conocería la vida de Leo.
Volteé la primera página con nerviosismo. Después de la carta que acababa de leer no tenía idea de qué esperar. Una cosa era saber que iba a conocer su vida, pero no sabía qué cosas encontraría en aquel grueso diario de páginas amarillentas.
Empecé a leer la primera página del diario.