Capítulo 9 La llave de oro y plata
Aún era demasiado temprano como para irme a dormir, así que, para relajarme un poco, subí a mi alfombra y decidí ir con Vulcan con la esperanza de encontrar a Rubiel junto a él.
Una vez que abrí la ventana, mi alfombra salió disparada a través de ella.
Dejé que el viento que soplaba en mi cara arrancara todas mis preocupaciones. Sabía que estas iban a regresar en cuanto volviera a mi cuarto, pero por un momento fui capaz de abandonarlas.
Mi alfombra se movía lentamente. Esta vez no tenía prisa por llegar; lo que quería era gastar todo el tiempo posible para que empezara a caer la noche.
Un par de minutos después pude ver a Vulcan y a Rubiel en el jardín.
Descendí hasta donde estaban y Rubiel me saludó antes de que bajara de mi alfombra.
Afortunadamente no parecía molesto conmigo.
—Sobreviviste al entrenamiento —dijo Rubiel en tono burlón.
Bajé de la alfombra.
—Yo estaría más preocupada por ti.
Rubiel soltó una carcajada.
—No te preocupes, tengo una especie de imán para los accidentes.
Me acerqué a Vulcan y lo acaricié.
—¿Vulcan puede encontrar a Leo?
Rubiel estaba ajustando una correa detrás de las alas de Vulcan.
—Los hipogrifos crean una conexión con sus dueños. Es algo muy similar a lo que hice cuando Leo se transformó en licántropo. Así que Vulcan tiene una muy buena idea de dónde se encuentra Leo y él puede llamarlo si lo llega a necesitar.
Eso explicaba por qué Vesta había intentado convencer a Vulcan de que la llevara con Leo.
Rubiel colocó una pequeña mochila y una gabardina que me resultaba extrañamente familiar.
—¿Qué le estás poniendo a Vulcan?
—Unas cosas que Leo va a necesitar cuando lo llame. Algo de comida, armas, cigarros, un poco de ropa y su licorera.
—¿Para qué necesita una licorera?
Sabía perfectamente para qué servía, pero me parecía una pérdida de espacio llevar alcohol cuando podría necesitar algo que le ayudara más.
—No es lo que tú crees.
Rubiel sacó una pequeña licorera muy gastada con una infinidad de símbolos grabados por todos lados y me la dio.
—Leo puede transmutar el contenido en prácticamente cualquier cosa. Puede purificar agua, hacer vino, calentar o enfriar líquidos, crear medicinas, pociones, venenos, antídotos y muchas cosas más.
—¿En verdad?
Rubiel asintió.
—El contenido de esa licorera nos ha salvado la vida a tu padre y a mí en repetidas ocasiones.
—Suelen meterse en muchos problemas, ¿verdad?
Rubiel empezó a reír.
—Tenemos facilidad para encontrar problemas y nuestra reputación no nos ayuda.
—¿Reputación?
—Se podría decir que en nuestro mundo somos famosos por motivos no muy agradables.
Recordé que habían dicho que yo era un blanco perfecto para todo el que quisiera vengarse de Leo.
—¿Los demonios quieren vengarse de Leo?
—No solo de él. Todos nosotros hemos matado a demasiados demonios. Somos una familia que a lo largo del tiempo ha conseguido reunir una gran cantidad de riqueza, poder y conocimiento. Eso nos vuelve peligrosos para ellos.
—¿Peligrosos?
Por las cosas que los había visto hacer entendía que eran peligrosos, pero los demonios eran igual o más atemorizantes que ellos.
—Cada vez que nos enteramos de sus planes intervenimos para detenerlos. Luchamos por mantener la magia oculta al mundo de los mortales.
—¿Por qué se ocultan?
Suponía que ellos no eran las únicas personas que tenían magia y el tener que vivir todo el tiempo escondidos parecía una vida muy triste.
—Para no llamar la atención. Imagina qué pasaría si todo el mundo supiera que Leo puede transmutar simples trozos de carbón en diamantes, o que Vesta puede hacer que llueva fuego y Azul puede convertir un desierto en un bloque de hielo.
Alexandra sería torturada para saber hasta dónde pueden llegar sus poderes.
Mi esposa sería motivo de estudio para los científicos modernos y yo sería diseccionado vivo para estudiar mi regeneración.
Sabía que los ejemplos podían seguir infinitamente. Vivir escondidos no era fácil, pero la exposición de su secreto traería consecuencias mucho más graves que guardar un secreto.
Volteé a ver a Vulcan; en el mejor de los casos, lo exhibirían como un animal raro; en el peor, lo matarían para estudiarlo.
El tema de la conversación me estaba poniendo incómoda, así que decidí cambiar el tema.
—¿Alexandra no vive con ustedes?
—Está de vacaciones —contestó Rubiel—. Leo iba a ir con ella, pero como tu cumpleaños estaba cerca decidió quedarse para intentar hablar contigo.
—¿En verdad Leo iba a venir por mí?
—Ya era momento de que supieras quién eras en realidad. Pero, como ya sabes, tuvo algunos imprevistos.
Por un fugaz momento me sentí culpable al recordar el comentario de Vesta.
—¿Es mi culpa que Leo esté desaparecido?
Rubiel negó con la cabeza.
—Él puede meterse en problemas sin la ayuda de nadie.
—Hace un par de días me dijiste que eras el protector de Leo. ¿No se supone que deberías de haber estado con él?
Rubiel comenzó a rascarse la cabeza.
—No sabíamos que lo iban a atacar; estaba en camino de ir a verte, por eso ni siquiera fue armado.
Se escuchó el sonido de una campana.
—Por fin. Me muero de hambre. ¿Tú no tienes hambre?
Me di cuenta del burdo intento de Rubiel para cambiar la plática, aunque tenía tanta hambre que no me importó.
—Muchísima.
Esta vez la cena fue mucho más tranquila que el día anterior. Aika y Rubiel se dedicaron a platicar de cosas intrascendentes.
Cuando terminé de cenar fui a mi cuarto.
Aún no tenía demasiado sueño. El día parecía haber transcurrido con una lentitud desesperante.
Empecé a desempacar las cosas que había comprado en Inglaterra. Prendí mi computadora y copié los discos de música que conseguí en una de las tiendas a las que Aika y yo fuimos. Después pasé esa música a mi nuevo MP3.
Me recosté en mi cama y tomé la fotografía de mamá preguntándome cómo hubiera sido mi vida si ella no hubiera muerto. Posiblemente estaríamos los tres juntos. Leo no estaría desaparecido y luchando por su vida en una cueva; estaríamos viviendo en el palacio o en algún otro lugar.
Mis pensamientos se volvían cada vez más difusos mientras la música me arrullaba hacia un sueño profundo.
Esa noche mis sueños fueron confusos.
Leo estaba recostado sobre el suelo duro y frío de la cueva; de alguna manera había conseguido prender una pequeña fogata y se acercaba a ella lo más que podía.
Tenía fuertes escalofríos y fiebre; estaba sudando.
Con cada minuto se le notaba más débil y respiraba con dificultad.
Esta noche no gritaba, pero podía ver que aún sentía dolor.
Volteaba constantemente a ver la entrada de la cueva para asegurarse de que la fina capa esmeralda seguía brillando intacta.
Ese sueño fue muy largo. No hubo nada que me sobresaltara, ninguna agresión, ninguna batalla. Solo podía ver a Leo luchando contra el veneno de los vampiros.
No era una batalla tan vistosa como las que lo había visto librar hace días, pero seguramente era una mucho más difícil.
Desperté con una sensación amarga. Después de tomar una ducha, me dediqué a tocar la guitarra por casi una hora para despejar mis pensamientos.
Por lo menos tenía una buena noticia para cuando viera a los demás. Leo seguía vivo. Aún.
Cuando bajé a desayunar, solo Aika estaba sentada a la mesa.
—Buenos días, amiga, ¿cómo amaneciste?
—He tenido mejores noches.
Neritha me ofreció una taza de té y un suculento plato para desayunar.
—La bruja dijo que te esperaba en el cuarto de entrenamiento.
Era evidente que Aika no sentía un gran cariño por Vesta.
—No la quieres mucho, ¿verdad?
Aika suspiró con desesperación y apuntó un dedo hacia su oreja derecha. Vi que le faltaba un pequeño pedazo.
—La maldita casi me mata y, en el proceso, me arrancó un pedacito de mi oreja.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Qué le hiciste?
Ella levantó los brazos para remarcar su sorpresa.
—Nada, está loca.
Neritha intervino en la conversación.
—No seas mentirosa. Tú sabes perfectamente lo que hiciste y tienes suerte de haber perdido solo un pedazo de oreja.
—Tú la defiendes porque la quieres, pero no hice nada malo.
Neritha le dirigió una mirada de reproche.
—Casi los matan por tu desobediencia.
Su conversación era tan críptica que despertó mi curiosidad.
—¿Qué pasó?
Neritha habló antes de que Aika tuviera la oportunidad.
—Una vez tu papá y Rubiel fueron a luchar contra unos demonios y a esta niña le dieron la orden de quedarse en el palacio.
—Nita, el amor de mi vida estaba en peligro, ¿qué querías que hiciera?
Aika hablaba completamente convencida de que su forma de actuar era la correcta.
—Niña, ellos ya habían ganado guerras antes de que tú hubieras nacido.
Neritha decidió ignorarla y continuó explicándome.
—El punto es que ellos estaban peleando contra demonios y, de la nada, apareció Aika en pleno combate. En ese entonces no era tan buena peleadora como lo es ahora.
Aika hizo un puchero y se cruzó de brazos para expresar su inconformidad.
—Rubiel tuvo que ir a salvarla y Leo se quedó peleando solo contra una horda de demonios. Finalmente, uno logró herirlo con una espada envenenada.
Aika volvió a intervenir.
—Cuando regresamos al palacio, la bruja lo curó y después de eso me empezó a perseguir para matarme.
La historia sonaba divertida, pese al evidente trasfondo trágico de la experiencia cercana de Leo con la muerte. Él parecía tener una facilidad para plantarse frente a la muerte y salir con vida.
Suponía que había mucho más en esa historia, pero para entenderla completamente tendría que preguntarle a Vesta. Siempre es necesario conocer ambos puntos de una historia.
—Creo que mejor voy a ir a entrenar. No quiero que Vesta me espere tanto tiempo.
Aika asintió.
—Sí, mejor ve. Pero ten cuidado; recuerda que la bruja está loca.
Hablaba sin una pizca de broma en su tono de voz mientras Neritha dirigía una mirada de reproche hacia ella.
Me dirigí al cuarto de entrenamiento. Esperaba convencer a Vesta de que me contara la historia sin que contara como la pregunta que me daba cada vez que lograba aprender algo nuevo.
La puerta del cuarto de entrenamiento estaba abierta.