Capítulo 8 El peso de una imagen #6
Vesta lanzó una esfera de energía que cruzó con lentitud la habitación.
La golpeé con el dorso de la mano y la esfera salió proyectada hacia la pared.
Vesta cerró los ojos por un momento.
—Muy bien, ahora intenta lanzarla a la puerta.
—¿Qué?
—Confía en mí, si lo logras te doy la fotografía y seguimos entrenando mañana, ¿te parece?
Por la emoción, me sentí más poderosa que antes.
Vesta hizo una esfera mucho más poderosa que antes y la lanzó a una mayor velocidad.
Yo estaba totalmente concentrada y pude golpear la esfera sin problemas.
Vi con horror cómo alguien abría la puerta.
La cara de Rubiel apareció una fracción de segundo antes de que la esfera de energía golpeara la puerta; el impacto era inevitable.
—PERO QUÉ DEMO…
Rubiel salió proyectado sobre el marco de la puerta.
Vesta casi lloraba de la risa.
—Te ganaste la fotografía.
Vesta siguió riendo animadamente.
Corrí con Rubiel.
—¿Estás bien? Perdón, perdón, perdón.
Rubiel se levantó con el rostro completamente rojo y parpadeando repetidamente.
—VESTA, ¿QUÉ RAYOS TE PASA? ¿AHORA QUÉ HICE?
Me pareció imposible, pero Rubiel estaba totalmente ileso. Siempre y cuando no se contara el hecho de que le faltaba una ceja.
—¿Estás bien?
Jamás me había sentido tan apenada en toda mi vida.
Rubiel me volteó a ver.
—No te preocupes, no me pasó nada.
Yo miré su ahora inexistente ceja y Rubiel levantó su mano siguiendo mi mirada.
—MALDITA brUJA, ME VOLASTE UNA CEJA.
Vesta casi se revolcaba en el suelo de la risa.
Rubiel respiró profundamente y su ceja comenzó a crecer nuevamente.
—¿Sabes en dónde está la pistola de Leo?
Vesta contestó entre risas.
—En el cajón de los cigarros.
Rubiel salió casi de inmediato, aunque no parecía molesto.
Sentí la necesidad de excusarme con Vesta.
—Te juro que no lo hice a propósito.
Ella comenzó a recuperar la compostura.
—Ya sé. Lo sentí venir y tenía la esperanza de que su mala suerte tuviera alguna influencia sobre tu entrenamiento.
Nuevamente comenzó a reír.
—¡Y TENÍA RAZÓN!
Yo seguía notablemente preocupada por Rubiel y esto se proyectaba en mi rostro.
—Relájate, mujer. No le pasó nada: la esfera que te lancé solamente era como una cachetada. Existía la posibilidad de que fallaras al intentar desviarla.
Eso me tranquilizó. Me hubiera sentido terriblemente mal si en verdad hubiera lastimado a Rubiel.
—Ten, te la ganaste.
Vesta dibujó en el aire un pequeño círculo con su mano.
Una fotografía apareció entre sus dedos índice y medio. Me acerqué lentamente a ella y me di cuenta de que mis manos tenían un pequeño temblor cuando tomé la fotografía.
Era casi como me la había imaginado.
Su largo cabello negro estaba recogido en una coleta.
Sus ojos eran iguales que los míos y su sonrisa era idéntica a la mía.
Vestía con una blusa holgada de color azul claro y estaba ligeramente de lado en la fotografía.
Una mano hacía el signo de amor y paz, mientras la otra descansaba suavemente sobre su prominente vientre.
En su cuello, colgada de una fina cadena de plata se encontraba una triquetra.
Mi mamá se veía muy feliz, sin ningún tipo de preocupación.
Intenté hablar para agradecer a Vesta por darme la fotografía. Pero tenía un enorme nudo en la garganta.
La fotografía empezó a tornarse borrosa al tiempo que mis ojos se llenaban de lágrimas.
—Le tomé esa foto un par de días antes de que nacieras.
Me sentía completamente incapaz de retirar la mirada de la fotografía.
—Ten —dijo Vesta—. Un regalo.
Con un sutil y fluido movimiento de mano hizo aparecer entre chispas de color morado un portarretratos de plata y oro.
—Muchas gracias.
Tal y como lo esperaba, mi voz se quebró en el momento de hablar.
Ella asintió y salió del cuarto de entrenamiento.
Tal vez era una estupidez, pero quería estar a solas con mi fotografía. Era la única evidencia palpable que tenía de mi mamá.
Llegué prácticamente corriendo a mi cuarto y puse la fotografía en mi portarretratos.
Fui víctima de una nostalgia que había estado reprimiendo desde hacía mucho tiempo. Hubiera deseado conocerla. Quería saber más de ella. Quería que Leo regresara para que pudiera hablarme de ella.
También sentí la repentina necesidad de saber de él. Al fin de cuentas, y me gustara la idea o no, Leo era mi padre y biológicamente hablando, era la única familia que tenía.
La herencia inmediata que me había dejado eran poderes mágicos.
Quería saber acerca de la vida de Leo y de mi mamá.
Desgraciadamente, hasta que Leo regresara, la información más cercana que podía obtener se encontraba en su diario, y el hecho de que Vesta hubiera decidido secuestrarlo quería decir que ese diario contenía información que Leo jamás le había revelado a nadie.
Un pensamiento comenzó a atormentarme. Leo no creía sobrevivir. ¿Por qué otro motivo me diría dónde estaba su diario, que contenía secretos que ni Vesta conocía, si él podía regresar y contármelo todo?
Abracé la fotografía de mi mamá con fuerza.
Nunca había pensado en Leo como en un padre, pero quería saber más de él y de mi mamá.