El Diario del Alquimista Capítulo 8 El peso de una imagen #4
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Capítulo 8 El peso de una imagen #4

—NO.

—¿Qué le hicieron?

Vesta sonaba completamente invadida por la preocupación.

—Lo mordieron en el brazo.

El color abandonó el rostro de Vesta, quien cerró los ojos por un momento.

Laura contenía la respiración.

—Lo están acorralando. Son demasiados. Leo, sal de ahí antes de que… MALDITA SEA.

Rubiel se agachó como si esquivara el ataque que vio en Leo.

—Lo acaban de morder en el hombro.

Azul daba lentas y profundas respiraciones.

Yo sentía la boca seca. Había visto en las condiciones en las que estaba peleando Leo, así que podía imaginar con total claridad lo que estaba pasando.

El silencio de la habitación solo era interrumpido por la narración de Rubiel.

—Lo están intentando inmovilizar. Se acaba de abrir la pierna pateando a un vampiro en la boca.

Rubiel hablaba cada vez más lento, como si supiera que el fin de Leo estaba cerca.

—Lo mordieron en el costado. Hermano, vete de ahí, por favor.

La respiración de Rubiel se interrumpió y abrió los ojos.

—Rompió la conexión.

Vesta desapareció en una nube morada.

Después de unos segundos, Azul recobró la compostura.

—Gracias por avisarnos.

No tenía palabras para contestar. Prácticamente les había anunciado la muerte de Leo.

—¿Crees que lo logre?

Laura sonaba terriblemente preocupada.

—No me preocupa tanto que salga vivo de la batalla. La recuperación es lo que me preocupa, no sabemos cuánto veneno le hayan inyectado.

Pese a sus palabras, Rubiel no sonaba convencido.

—¿Se va a convertir en vampiro?

Azul negó con la cabeza.

—Tu padre y Rubiel son licántropos auténticos; ellos metabolizan la infección de los vampiros como veneno. Sus cuerpos empiezan a luchar contra él y, si son lo suficientemente poderosos, sobreviven; si no…

Azul no terminó la frase, pero sabía lo que pasaría si no podía luchar contra el veneno.

—No es la primera vez que nos muerden vampiros, pero el proceso de recuperación es increíblemente doloroso y delicado. Nuestros cuerpos empiezan a perder la capacidad para transformarse en licántropos y se concentran en luchar contra el veneno.

Azul tomó el control de la situación.

—Rubiel, lleva a Magali a algún lugar más tranquilo. Laura, intenta ver en dónde está Leo.

Azul sacó su celular.

—Alguien debe de saber en dónde está ese maldito vampiro.

Agradecí las palabras de Azul. Quería estar sola un momento. Sentía la necesidad de entrenar. Antes sabía que era importante; ahora lo consideraba vital.

Rubiel se levantó y me acompañó a la puerta. Mi alfombra comenzó a seguirme en cuanto me moví.

Una vez que cruzamos la puerta, hablé con Rubiel.

—¿Puedo usar el cuarto de entrenamiento por un momento?

Rubiel me miró confundido por un instante, pero después su expresión se suavizó.

—Desde luego, no tienes que pedirlo, úsalo cuando quieras.

—Gracias.

No quería que Rubiel me acompañara. Subí a mi alfombra y pensé en el cuarto de entrenamiento.

En cuestión de segundos estaba frente a la puerta.

No quería que me tomaran por sorpresa. Después de ver los ataques de los que fue víctima Leo, entendí la verdadera razón de mi entrenamiento. No era un juego; era algo que en realidad podía salvarme la vida.

Entré al cuarto y comencé a lanzar esferas de energía con furia en contra de los maniquíes; hacía que cambiaran su trayectoria, intentaba hacerlas cada vez más rápidas, con mayor precisión en cada disparo y con más energía.

Tenía miedo. Jamás me había sentido tan impotente.

Rubiel no podía estar eternamente cerca de mí para salvarme cada que fuera necesario. Sabía que en algún momento iba a ser atacada y no habría nadie cerca para protegerme.

El mundo de la magia era fascinante, lleno de bellezas y cosas increíbles, pero su lado oscuro era atemorizante. Los seres que nos atacaban no intentaban solamente lastimarnos; empleaban todo su poder y su astucia para matarnos.

Era su vida o la mía.

Estuve practicando lo que sabía por una hora. Me sentía completamente exhausta y hambrienta, pero satisfecha conmigo misma. Aún tenía mucho que aprender, pero ya no lo consideraría un juego.

Fui a la cocina y Neritha me sirvió de comer abundantemente.

Se veía preocupada al igual que el resto.

Comí en silencio. Estaba cansada, pero no quería dormir. No quería enterarme del final de la batalla, al menos no de momento.

Fui a tomar una ducha y después decidí visitar a Vulcan.

En ese momento no quería estar sola, pero tampoco quería estar con nadie que pudiera hablar.

Cuando estaba cerca del corral de Vulcan escuché la voz de Vesta.

Me escondí detrás de una jardinera que estaba lo suficientemente cerca para escuchar y ver todo, sin ser descubierta.

—¿Quieres más carne?

Vesta lanzó un gran pedazo de carne al aire. Vulcan atrapó la carne y comenzó a tragarla.

—¿No te gustaría dar un paseo?

Para mi sorpresa, Vulcan asintió.

—A mí también me gustaría salir.

Vesta acarició el cuello de Vulcan.

—¿Sabes en dónde está Leo?

Vulcan asintió de nuevo.

Vesta comenzó a sonreír.

—¿Qué te parece si vamos con él?

Vulcan lo consideró por un momento y después negó con la cabeza.

Estaba impresionada con la demostración de inteligencia de Vulcan. No podía emitir palabras, pero era perfectamente posible tener una conversación con él.

—Imagina lo feliz que se pondría Leo si nos viera.

Vulcan negó con la cabeza y comenzó a gruñir.

—Leo nunca se enojaría conmigo.

Vulcan bajó la cabeza hasta que su pico chocó contra su pecho; después comenzó a gruñir de nuevo.

—Tampoco se va a enojar contigo. Yo lo voy a convencer de que no te regañe.

Vulcan negó nuevamente y juntó sus patas delanteras, levantando el cuello y la cabeza.

—Ya sé que te dio una orden, pero tú lo has desobedecido antes.

Vulcan recargó su cabeza contra el hombro de Vesta.

—Por favor, Vulcan. Será como en los viejos tiempos, ¿recuerdas?

Vulcan concentró sus grandes ojos en Vesta.

—Cuando yo te ayudaba y tú me ayudabas.

Vulcan asintió.

—¿Recuerdas cuando íbamos al lago?

Vulcan asintió de una forma efusiva y Vesta comenzó a reír.

—¿Qué te parece si vamos a buscar a Leo y después de eso te regalo una vaca, muy, muy grande para ti solo?

Vulcan negó nuevamente y adoptó una postura firme, como si recordara una orden.

Vesta bajó la mirada y fingió una voz triste.

—Lo que pasa es que tú quieres que Alexandra y yo estemos tristes.

Vulcan negó con la cabeza. Vesta le dio la espalda y él se acercó a ella dándole un pequeño empujoncito con la cabeza.

Ella volteó a ver a Vulcan con una sonrisa en el rostro.

—Nadie se tiene que enterar. Va a ser nuestro secreto, ¿qué dices?

Vulcan la miró por más de medio minuto; después volvió a negar y adoptó una postura firme, como si recordara una orden.

Vesta dio un pequeño grito de exasperación y, después de dar media vuelta, comenzó a caminar al tiempo que maldecía.

—Maldita sea, pero eso sí, yo le digo que mantenga a Leo lejos y lo primero que hace es arrastrarlo hasta donde yo estoy. Claro, tenía que pensar como un soldadito igual que su dueño. Pero cuando regrese me va a oír.

La voz de Vesta se perdió mientras se alejaba.

Vulcan miró al cielo y después regresó con pasos abatidos hasta su corral.

El cansancio de la hora que pasé entrenando empezaba a surtir efecto.

Decidí dejar para otra ocasión el pasar tiempo con Vulcan y me dirigí a mi cuarto.

No sabía qué esperar cuando me quedara dormida.

¿Soñaría con Leo?

¿Y si no lo hacía? ¿Quería decir que no había sobrevivido al ataque?

Mis sueños se convirtieron en pesadillas. Me vi siendo atacada por los vampiros que habían atacado a Leo. Demonios disparaban esferas de electricidad en contra de mí. Sentía que cada segundo que dormía una nueva amenaza me acechaba.

Finalmente, reconocí la sensación de los sueños de Leo.

Corría montaña arriba, su respiración era rápida y pesada, sus piernas se doblaron y terminó estrellándose contra un árbol.

Leo volteó a ver sus manos.

Seguía transformado en licántropo. Sus garras comenzaron a convertirse en manos y después nuevamente en garras. Volteó a ver la montaña.

Una pequeña cueva se encontraba no muy lejos de donde él estaba y reanudó el paso con esfuerzo.

Después de un par de minutos se encontraba en la entrada de la cueva.

Entró y su garra se cubrió de chispas esmeralda. Formó un amplio círculo y un destello del mismo color brilló en la entrada de la cueva.

Leo volvió a su forma humana, caminó apoyando el cuerpo contra la pared de la cueva. Finalmente, resbaló hasta el suelo.

Tenía contracciones violentas y estaba sudando. Respiraba con dificultad.

Después de una contracción más fuerte que las anteriores, Leo comenzó a gritar por causa del dolor.

Cuando abrí los ojos, la mañana empezaba a despertar.

No sabía cómo sentirme; Leo de alguna manera había conseguido sobrevivir a la batalla, pero según Rubiel, ahora estaba pasando por la parte más difícil y peligrosa.

Después de tomar una ducha, bajé a desayunar.

Me sorprendió encontrar a todos los miembros de la familia reunidos en la cocina.

—Buenos días.

No parecía que hubieran dormido mucho la noche anterior.

—¿Soñaste algo?

Laura preguntó con un hilo de voz, a lo que yo asentí con la cabeza.

—No sé cómo lo hizo, pero salió con vida y logró encontrar una cueva en una montaña, aunque no tiene buen aspecto.

—¿Cuánto veneno crees que tenga?

Vesta dirigió su pregunta a Rubiel.

—Por lo menos lo mordieron cuatro veces. Hemos sobrevivido a más mordidas, pero no sabemos qué tan cansado estaba ni cuánta energía gastó para escapar.

Azul habló con un tono mucho más relajado que la noche anterior.

—Seguramente no se llevó comida.

—¿Tiene su licorera?

Laura volteó a ver a Rubiel.

—Sigue en su gabardina. Pero cuando termine de desayunar, voy a equipar a Vulcan.

Desayunamos en silencio y todos fueron abandonando la mesa conforme terminaban de comer. Solo quedábamos Vesta y yo.

Antes de que se levantara, hablé con ella.

—¿Hoy vamos a entrenar?

Vesta me miró fijamente.

—Pensaba darte el día de descanso.

Ella me observó en silencio, como si pudiera ver a través de mí.

—Te veo en diez minutos.