Capítulo 8 El peso de una imagen #3
—La alfombra irá a donde tú pienses. Si quieres ir a la derecha, piensa en ir a la derecha; si quieres ir a la izquierda, piensa en ir a la izquierda. Subir y bajar funcionan igual que dar vuelta. Para llamarla solo tienes que gritar “alfombra” y, para hacer que se levante, di “despierta”.
Miré con desconfianza a la alfombra.
—¡Despierta!
La alfombra se levantó unos centímetros del suelo mientras sus bordes ondeaban suave y rítmicamente.
Me encontraba sin palabras. Saber que estaba en un lugar rodeado de magia era una cosa, pero verla en acción seguía sorprendiéndome.
—Deberías de practicar un poco y después ir a retar a Vulcan; no es sano para un hipogrifo permanecer tanto tiempo sin moverse.
—Gracias.
Estaba fascinada y me hubiera gustado dar un mejor agradecimiento, pero cuando Azul mencionó a Vulcan recordé los amplios jardines del palacio y su hermosa vista cuando se observaban desde lo alto.
La alfombra salió disparada hacia la primera ventana abierta que encontró en su camino y rodeó el palacio a una velocidad vertiginosa.
Me vi en la necesidad de aferrarme con todas mis fuerzas a las puntas de la alfombra para no caerme.
En cuestión de segundos, el viento casi ensordecedor que se estrellaba contra mi rostro comenzó a disminuir.
Me encontraba justo sobre el jardín que había recordado.
La alfombra flotaba inmóvil sobre el jardín.
Intenté maniobrar con ella sin salir disparada hacia algún otro lugar. Pero aún no confiaba en mis habilidades en cuanto a conducción de alfombras.
Decidí que mi primer y posiblemente más sensato movimiento sería hacer que la alfombra descendiera a una altura desde la cual cualquier error se tradujera en un moretón y no en huesos rotos o una muerte segura.
La alfombra empezó a descender mientras estaba pensando en mi seguridad.
Sus movimientos eran suaves, muy diferentes a volar en hipogrifo, aunque suponía que cada transporte debía de tener sus ventajas y desventajas.
La primera era evidente: mi alfombra no necesitaba comer y no tenía grandes y atemorizantes garras.
Moverme en alfombra era una experiencia muy relajante.
Podía alcanzar grandes velocidades, tal y como lo había visto hace unos momentos, pero también tenía la capacidad de desplazarse lento, de manera fluida, y permanecer en un mismo lugar.
Incluso llegué a considerar el quedarme dormida en la alfombra.
Pensé que si la alfombra recibía órdenes, solo necesitaba darle la orden de no moverse hasta que despertara.
La alfombra flotó a unos treinta centímetros del suelo y la conduje hasta la sombra que proyectaba un enorme manzano.
Por culpa del cansancio del examen, el sueño se apoderó de mí rápidamente.
En esta ocasión detecté inmediatamente que se trataba de uno de los sueños en los que veía a Leo.
Estaba en las faldas de una montaña; el cielo no tenía ni una sola nube que bloqueara el paso de la plateada luz de la luna.
Podía sentir la tensión en el ambiente.
Leo no se movía; frente a él se encontraba un hombre con cabello negro, ojos tan azules como el mar y piel color ceniza. Vestía con porte y elegancia.
—Leo, ¡qué agradable sorpresa! Veo que vienes solo. ¿En dónde dejaste a tu perro guardián?
Su voz era suave, envolvente, grave y hermosa, con un toque de excitación.
—Buenas noches, Valdrek, ha pasado mucho tiempo. Desde que escapaste de mí en Estambul, si mi memoria no me traiciona.
Leo hablaba de una forma calmada, aunque podía notar que se encontraba en alerta.
—Esa noche destruiste a todo mi clan.
La voz de Valdrek se tornó oscura.
Leo comenzó a reír animadamente.
—Es una pena que no te hayas quedado para ver cómo terminó todo, fue una noche de lo más entretenida. Espero que no los extrañes mucho.
Valdrek dirigió una mirada asesina a Leo.
—No te preocupes, hice uno nuevo. De hecho, sería un honor para mí que los conocieras.
—Preferiría no hacerlo. Verás, tengo una agenda muy apretada en estos días y no me gustaría perder el tiempo con formalidades. ¿Quizá en otra ocasión?
Valdrek rió con un tono maniático.
—Por favor, acompáñanos a cenar, esta noche tenemos alquimista en el menú.
Decenas de sombras pálidas flanquearon a Valdrek y rodearon a Leo, bloqueando toda ruta de escape. Cuando las sombras dejaron de moverse, pude ver que eran hombres y mujeres que observaban a Leo como si fuera un suculento platillo.
—¿Esto es absolutamente necesario? Ambos sabemos cómo va a terminar esto.
—Hoy la historia será diferente. ESTA NOCHE NO SALDRÁS CON VIDA.
Valdrek chasqueó los dedos y un gruñido gutural rompió la tranquilidad de la noche.
La primera fila de personas avanzó con rapidez hacia Leo.
Empecé a sentir miedo. No era posible escapar con vida de una situación así.
Un resplandor dorado formó un círculo que apareció debajo de los pies de Leo. Las personas que lo atacaban se estrellaron en el perímetro del círculo.
Leo comenzó a lanzar esferas de energía en contra de quienes lo atacaban. Sin embargo, y para mi sorpresa, las personas no explotaban ni se desvanecían; solo caían sobre sus espaldas y se levantaban nuevamente para intentar romper la protección que Leo había establecido.
—¿Perdiste tu flamante pistolita?
Valdrek demostraba en su voz lo histéricamente feliz que se encontraba por la situación de Leo.
—La dejé en casa. Ya sabes, uno sale armado y no pasa nada, pero va por cigarros sin ningún tipo de arma y empieza el Apocalipsis.
Me parecía increíble, pese a las circunstancias, Leo estaba bromeando.
Los fuertes golpes de las personas contra la protección de Leo comenzaron a dar frutos. Los resplandores dorados que aparecían cada vez que golpeaban el perímetro de su protección comenzaron a romperse como cuarteaduras en un vidrio.
A espaldas de Leo se escuchó un gruñido más cercano que los que rodeaban la protección.
Leo giró rápidamente.
Un rostro con ojos desorbitados e inyectados de sangre se aproximó a él, emitiendo un gruñido mientras un par de colmillos se asomaban de entre sus labios.
Lo último que vi antes de despertar fue un resplandor esmeralda.
Desperté bañada en sudor; tenía el pulso acelerado y respiraba con rapidez.
Laura tenía razón. Mis sueños mostraban lo que Leo estaba viviendo.
No lo conocía bien, pero cualquiera que estuviera en esa situación necesitaba ayuda inmediatamente. Sentía que Leo tenía los minutos contados.
—¡Alfombra, llévame con Rubiel!
Mi alfombra levantó el vuelo a una velocidad increíble; esquivaba los pilares que salían del palacio y pasaba por entre las torres y los domos.
La alfombra dio un amplio giro y se encaminó hacia un balcón que tenía las puertas cerradas.
No disminuía la velocidad y nos aproximábamos cada vez más y más a ellas.
Levanté las manos para protegerme del inminente impacto que estaba por sufrir. Sentí un flujo de energía que se concentraba en ellas.
Las puertas se abrieron de par en par justo en el momento preciso para que yo entrara con mi alfombra a un despacho inmenso.
Azul se encontraba detrás de un escritorio de madera; junto a él estaban Vesta, Laura y Rubiel, quienes se sobresaltaron ante mi abrupta entrada.
—¿QUÉ FORMA ES ESA DE ENTRAR?
Vesta me fulminó con la mirada. No me importó.
Salté de mi alfombra en cuanto esta se detuvo frente a Rubiel.
—Están atacando a Leo.
Mis palabras fueron casi un susurro, pero tuvieron más impacto que si las hubiera gritado.
—Tranquilízate —dijo Azul—. Sabemos que no está de vacaciones; es normal que lo ataquen de vez en cuando.
Empecé a negar con la cabeza, pero Rubiel habló antes de que yo pudiera explicar la situación.
—Se acaba de transformar.
El silencio se apoderó de la habitación.
Los rostros de todos los presentes reflejaban la misma preocupación.
—¿Qué ves?
Vesta habló con un hilo de voz.
Rubiel respiró profundamente y cerró los ojos para concentrarse.
—¿Qué hace?
Las palabras de Vesta carecían de lógica.
Azul contestó mi pregunta.
—Rubiel y Leo son lo que podríamos llamar una pequeña manada, y Rubiel tiene mucha experiencia siendo licántropo; así que puede “sintonizarse” con Leo cuando él está transformado en licántropo.
—¿Por qué no lo había hecho antes?
Laura habló con una voz fría y carente de emoción.
—Hace siglos que Leo no se veía en una situación tan difícil que necesitara el uso de fuerza bruta y velocidad sobrehumana.
—Ya lo veo.
Rubiel permanecía con los ojos cerrados.
—Maldición, lo tienen rodeado.
—¿Cuántos son?
Vesta parecía dispuesta a salir en ese momento en su ayuda.
—Demasiados; puede que treinta o más.
—¿Cómo va?
La pregunta de Azul sonaba casi absurda. Leo era uno y estaba luchando contra más de treinta personas.
—Nada mal, considerando que está peleando contra vampiros.
—¿QUÉ?
Todos exclamamos a coro.
—¿De qué clan?
No tenía idea de qué pudiera servir el conocer el clan de los vampiros que atacaban a Leo.
—No lo sé, no reconozco el olor.
Pensé que el nombre de la persona con la que Leo había estado hablando podría ser de utilidad.
—Valdrek.
Todos excepto Rubiel voltearon a verme.
—¿No fue el vampiro que se le escapó en Estambul?
Vesta le dio la razón a su hermano asintiendo con la cabeza.
—No lo conozco.
Laura hacía un esfuerzo por recordar.
—Leo destruyó su clan junto con Rubiel, debió de crear uno nuevo, por eso no reconoces el olor.
Vesta volteó a ver a Rubiel nuevamente.
—¿Qué más ves?
Rubiel se concentró nuevamente.
—Está peleando bien, pero está cansado; no sé cuánto tiempo aguante. BUENA ESTRATEGIA, HERMANO.
—¿QUÉ?
Azul sonaba desesperado por no ser capaz de ver la pelea.
—Le arrancó la cabeza a un vampiro de una mordida y recubrió sus garras con plata.
Laura vio a Rubiel casi tan confundida como yo.
—¿Cómo demonios hizo eso?
Vesta contestó con una sonrisa en el rostro.
—Transmutó el hierro de la sangre en plata.
—Ya los empezó a quemar.
Rubiel sonaba tan emocionado como si estuviera narrando un apasionante partido de fútbol.
—¿Cuántos lleva?
En el rostro de Vesta se asomaba una pizca de esperanza.
—Unos diez, pero están reemplazando a los caídos.
—Malditos cobardes.
Azul golpeó su escritorio con la mano ante la imposibilidad de hacer algo para ayudar a Leo.