Capítulo 8 El peso de una imagen #2
"Hola, solo quería decirte que estoy bien.
Un demonio destruyó mi casa, pero los amigos de Leo me ayudaron; ahora vivo con ellos.
Pueden hacer magia, hay una mujer gato que está casada con un licántropo, mi papá es un alquimista y está siendo perseguido por demonios.
Aunque no todo es malo, vivo en un palacio, conocí al hipogrifo de Leo y volé alrededor del palacio en su espalda.
Por cierto, puedo hacer magia y destruir cosas lanzando esferas de energía de mis manos".
Lo inverosímil de mi plática imaginaria me hizo sonreír.
Llegué al cuarto de entrenamiento y toqué la puerta.
—Adelante.
Esta vez el cuarto estaba acomodado de una manera diferente.
Una serie de maniquíes se hallaban formados en varias líneas. Varios tiros al blanco con círculos concéntricos estaban pegados en la pared opuesta a la entrada.
Exhalé aliviada.
Vesta comenzó a reír.
—¿Esperabas que tu examen fueran demonios?
Yo asentí con la cabeza.
—No te desilusiones, este es tu primer examen. En el momento en el que aprendas más, tus exámenes serán demonios.
Sentí un nudo en el estómago. Si Vesta no me mataba cuando estábamos fuera del cuarto de entrenamiento, sus clases seguramente lo lograrían.
—Lo lamento.
Escuchar a Vesta escupir esas palabras me desconcentró de mis sarcásticos pensamientos.
—No debí de comportarme de esa manera hace rato, pero estoy preocupada y tus sueños podrían darnos una clave que nos permita ayudar a Leo.
—Creí que habían dicho que Leo podía defenderse muy bien en estas situaciones.
Vesta asintió y esbozó una sonrisa.
—Leo sabe desenvolverse muy bien, incluso en las circunstancias en las que se encuentra. Pero eso no quiere decir que no estemos preocupados. Antes era prácticamente invulnerable, pero ahora puede morir y él se sigue comportando como si nada pudiera detenerlo.
Me di cuenta de que Vesta estaba compartiendo más información de la habitual por culpa del nerviosismo que sentía.
—Rubiel me habló un poco de eso. Pero no me dijo que Leo era invulnerable. ¿Cómo funciona eso?
Vesta me dirigió una sonrisa.
—Te lo diré si apruebas el examen.
Suspiré.
—¿Qué tengo que hacer?
—Dos cosas simples. Número uno.
Vesta formó una esfera de energía y la lanzó contra uno de los tiros al blanco; dio en el centro.
Respiré profundamente y empecé a concentrarme en mi energía. Mi puntería no era algo de lo cual pudiera presumir, pero ahora sabía que solo necesitaba concentrarme en la trayectoria para que la esfera de energía diera en el blanco.
Formé una esfera y la lancé lo más despacio que pude, imaginando con precisión el punto de impacto.
Para mi sorpresa, di justo en el centro. Vesta me miró algo sorprendida.
—Esperemos que tengas la misma suerte en la segunda parte de tu examen.
Creó una nueva esfera de energía y la lanzó contra los maniquíes.
La esfera zigzagueó entre ellos, dio una vuelta en el último y repitió el proceso hasta regresar a su mano; la esfera desapareció.
—¿Cuántos intentos tengo?
Mi confianza inicial comenzó a flaquear. Vesta lo consideró por un momento.
—Tres intentos. Es mucho más de lo que necesitó mi hija para lograrlo.
Una punzada de coraje me atravesó al sentirme nuevamente en comparación con otra persona.
—¿Cuántos necesitó ella?
Vesta comenzó a reír con orgullo.
—Lo logró al primer intento cuando tenía tres años.
Esa revelación me sorprendió.
—¿Le enseñaron a hacer esferas de energía a los tres años?
Ella negó con la cabeza.
—Alexandra comenzó a hacer esferas de energía a los dos años sin que nadie le enseñara.
Empecé a creer que Rubiel no exageraba cuando dijo que los más poderosos del palacio eran Vesta, Leo y Alexandra. No podía imaginar a una niña de dos años con la capacidad de matar o dañar seriamente a las personas.
Vesta sonrió al ver mi cara, que reflejaba incredulidad y asombro.
—Toma el tiempo que consideres necesario para concentrarte.
Me relajé tanto como me fue posible, respirando profundamente y visualizando a los maniquíes.
No quería ser la joven que necesitó veinte intentos para lograr lo que una niña de tres años logró a la primera. Tenía que lograrlo en mi primer intento y a una velocidad mayor que la usada en la prueba anterior.
Sabía que no tenía que probarle nada a Vesta, pero era algo que tenía que demostrarme a mí misma.
Me concentré en todos los detalles que fui capaz: la distancia de los maniquíes y su posición. Repetí el disparo y su recorrido varias veces en mi mente, para evitar cualquier error. Poco a poco comencé a imaginarlo cada vez más y más rápido.
Después de cinco minutos me sentía lo suficientemente segura como para intentarlo.
Formé una esfera de energía.
Tal y como lo había visualizado, la arrojé con todas mis fuerzas, concentrándome en el recorrido que había planeado.
Sentí cómo una gran cantidad de energía abandonaba mi cuerpo y el cansancio se apoderó de mí de manera casi inmediata.
La esfera regresó a mis manos después de hacer el recorrido de una manera impecable.
Deshice la esfera y sentí cómo una pequeña fracción de mi energía regresaba a mi cuerpo.
Vesta parecía casi desilusionada.
—Hubiera sido mucho más divertido si Rubiel estuviera presente. Con su suerte, seguramente la esfera se habría salido de tu control y se habría estrellado directamente en su cara.
Yo me sentía exhausta.
—¿Eso quiere decir que pasé?
—Para ser honesta, no esperaba que lo consiguieras en tu primer intento. Pero felicidades, pasaste la prueba.
Desearía decir que me sentí poderosa al escuchar esas palabras, pero solo pude sentir felicidad; estaba demasiado cansada como para sentirme poderosa.
—Genial.
Intenté sonreír, pero un bostezo me interrumpió.
Vesta comenzó a reír y se encaminó hacia la puerta.
—¿Y mi respuesta?
Vesta se detuvo a un par de metros de la puerta.
—Esperaba que lo hubieras olvidado.
Giró sobre sus pies para estar de frente a mí.
—Te daré la versión corta. Por razones que no soy la indicada para decirte, hace siglos Leo se convirtió en ángel.
Torcí una ceja al escuchar sus palabras; sin embargo ella continuó con su explicación.
—Los ángeles son una de las criaturas más poderosas que existen.
Una de las razones es que resulta casi imposible matarlos.
Durante esa época Leo podía pelear sin la preocupación de poner su vida en riesgo, pero después de un tiempo decidió que no podía seguir siendo ángel, así que abandonó sus poderes junto con todo lo que eso implicaba.
La idea me parecía inverosímil por muchas razones. No solo había demonios, sino que también existían los ángeles; además, no entendía por qué razón alguien como él decidiría abandonar un don tan útil como la invulnerabilidad.
—¿Por qué dejó de ser ángel?
Una mirada cargada de rencor dirigida a mí apareció en los ojos de Vesta.
—Lo dejó por ti, era la única forma en la que podía cuidarte.
Vesta pronunció esas palabras como si le causaran dolor y salió del cuarto de entrenamiento.
Seguía sin comprender la razón por la que Vesta me odiaba, pero suponía que tenía que ver con todo lo que Leo había sacrificado por mí.
Aunque esa idea tampoco me hacía feliz. Yo había creído toda mi vida que Leo se dedicaba a cualquier cosa con tal de no estar conmigo; pero ni en mis más descabellados sueños llegué a imaginar que en verdad fuera un alquimista inmortal que vivía en un palacio con sus amigos y luchaba contra demonios.
Intenté relajarme mientras salía del cuarto de entrenamiento, imaginando la cara de Alika cuando se enterara de eso.
Sentí una presión en el pecho.
¿Alika me volvería a ver de la misma manera cuando supiera que tenía poderes o me consideraría un monstruo?
Inmersa en mis pensamientos no me di cuenta de que casi me estrellaba contra Azul.
—Buenos días, Maga.
—Buenos días.
Azul se veía jovial; tenía un largo cilindro de papel en la mano, con un moño en el centro.
—¿Qué es eso?
Azul sonrió con satisfacción.
—Te debía tu regalo de cumpleaños.
Me sentí apenada.
—No era necesario.
—Yo nunca olvido una deuda. ¡Adelante, ábrelo!
Me dio el cilindro de papel. Pesaba más de lo que yo esperaba.
Comencé a romper la envoltura.
Un tapete gastado, con elaborados grabados hechos con hilos de oro y de seda, tenía un diseño que se unía en el centro para formar un círculo.
—Todos debemos de tener un medio de transporte digno y funcional.
Lo miré de reojo.
—¿Un medio de transporte?
—Es una de las pocas alfombras mágicas que vale la pena tener. Desde luego, encontrarás muchas personas vendiendo alfombras nuevas, pero ya no las hacen como antes.
Recordé las películas infantiles donde los protagonistas escapaban de peligros infames haciendo uso de alfombras voladoras.
—¿Es en serio?
No tenía nada mejor que decir.
—Leo no te había regalado nada que tuviera magia porque vivías entre mortales y no eras consciente de la magia. Pero ahora que lo sabes, no veo ninguna razón por la cual no puedas tener artefactos mágicos, sobre todo uno tan útil como una alfombra.
Me quedé mirando la alfombra. Parecía una antigüedad, pero quitando el bello grabado que tenía no parecía diferente a cualquier otra alfombra del mundo.
Azul tomó las puntas de la alfombra y la extendió en el suelo.
—Sube a ella y pon la mano en el centro del círculo.
Seguí sus indicaciones pese a que una parte de mí se sentía ridícula estando arrodillada en una alfombra a la mitad del pasillo.
Cuando mi mano tocó el centro de la alfombra, un destello de color turquesa cruzó fugazmente por sus grabados.
Para mi sorpresa no pasó nada.
—¿Qué hice mal?
—Nada —contestó Azul—. Lo que hiciste es solamente indicarle a la alfombra quién es su dueña. Pero tienes que darle instrucciones.
—De acuerdo, ¿cómo hago eso?
Manejar mi camioneta era evidente, tenía volante, pedales y palanca de velocidades. Pero una alfombra era… bueno, una alfombra.