Capítulo 8 El peso de una imagen
Caminamos hacia la cocina. Esto me dio tiempo para pensar en las preguntas que quería hacerles mientras comíamos.
Neritha nos recibió con una sonrisa.
—¿Cómo les fue?
Rubiel se quitó su chamarra y pude ver sus cuchillos firmemente sujetos a su espalda.
—Nos atacaron cuando estábamos a punto de cruzar.
Neritha comenzó a reírse.
—Se tardaron mucho en encontrarlos.
Rubiel negó con la cabeza.
—Los cobardes nos estaban esperando. Pero no les sirvió de mucho.
Aika revoloteó hasta Nita y habló animadamente, dando pequeños saltitos.
—Lo hubieras visto, Nita. Estuvo increíble. Se veía guapísimo peleando contra esos demonios.
Azul comenzó a reír.
—Por favor, eran rastreadores. Son demonios de nivel medio bajo, un duende ciego y manco podría matarlos.
Neritha dirigió una mirada de reproche hacia Azul.
Me parecía fascinante ver cómo podían tratar un ataque demoníaco con tanta tranquilidad. Su forma de comportarse me indicó que, sin importar los demonios que los atacaran, ellos se empeñaban en vivir de la manera más feliz que podían.
Vesta entró a la cocina mientras revisaba su celular y tomaba una manzana casi tan roja como el color de sus uñas.
—¿Cuántos fueron?
Rubiel levantó tres dedos en respuesta.
—¡SOLO TRES!
Hizo un gesto que indicaba lo insultante que le parecía el número de atacantes.
—¿Pero con quién creen que están tratando? Si solo hubiera ido la gata, se entendería, pero hasta ella, que apenas está aprendiendo magia, podría haberlos matado sin problemas.
Vesta me volteó a ver mientras ignoraba los gestos de Aika, la cual se mostraba seriamente ofendida por el comentario.
—Es posible que no los hubiera matado, pero aun así es insultante.
Neritha comenzó a servir los platos de comida y cada quien ocupó su respectivo lugar.
—¿Esto es muy común?
Mi pregunta era totalmente válida, al menos viniendo de alguien que hasta hace una semana desconocía la existencia de la magia.
—Es casi obligatorio que alguien intente matarnos cada que ponemos un pie fuera del palacio. Como te dije, tu padre y mi hermanita han dedicado mucho tiempo para asegurarse de que los terrenos del palacio sean completamente seguros para nosotros.
Vi cómo Rubiel, Aika, Vesta y Neritha respiraban profundamente en espera del discurso de Azul.
—Ahí radica la importancia de tu seguridad: por ningún motivo puedes abandonar los terrenos del palacio sin protección.
Todo el tiempo somos atacados y el palacio es analizado constantemente en busca de la menor debilidad por cientos de demonios que están ansiosos por terminar con nuestras vidas de la manera más cruel, horrible y sanguinaria posible.
Azul hizo una pausa solemne.
—Ni el mismísimo Dante podría describir las infamias de las que seríamos víctimas si esos demonios logran atravesar las murallas de lo que nosotros llamamos hogar.
Vesta fue la primera en perder la paciencia.
—¿Cientos de demonios?
Su voz tenía un toque de ironía.
Rubiel se colocó en la misma posición que Azul y comenzó a imitar su solemne voz.
—Ni el mismísimo Dante podría describir las infamias de las que seríamos víctimas si esos demonios logran atravesar las murallas de lo que nosotros llamamos hogar.
Todos comenzaron a reír.
—No es mi culpa que mi manera de expresarme sea más sofisticada que la de ustedes.
Azul sonaba un poco apenado.
Neritha tocó mi hombro.
—No te preocupes, mi niña, hace siglos que ningún demonio logra atravesar las protecciones que tu padre y la señorita Vesta pusieron.
Las palabras de Neritha me tranquilizaron. Puede que fuera del palacio hubiera demonios intentando atacarnos. Pero dentro del palacio estábamos a salvo.
Me di cuenta de que Laura no estaba presente.
—¿Dónde está Laura?
Azul respondió mi pregunta.
—Se fue a dormir. Pasó todo el día frente a su bola de cristal buscando a tu padre; estaba exhausta.
Neritha comenzó a platicar con Aika.
—¿A dónde fueron de compras?
—Inglaterra.
Aika sonrió efusivamente.
—Compramos de todo.
En ese momento recordé que todas nuestras compras se hallaban aún en mi camioneta.
—Qué tal si sacamos todas las cosas por la mañana. Estoy muerta.
Rubiel comenzó a reír.
—Dame las llaves y yo lo saco; son demasiadas bolsas para ustedes.
—Están en la camioneta.
Aika hizo un comentario para molestar a Vesta.
—Y la camioneta está a dos centímetros del Jaguar de Vesta.
Ella me volteó a ver con una mirada asesina.
Rubiel habló en mi defensa.
—No le pasó nada, ni lo tocó.
Vesta suspiró con desesperación.
—Si algo le pasa a mi Jaguar, Vulcan va a cenar mujer gato toda la semana.
Aika miró indignada a Vesta mientras esta se retiraba de la cocina.
Comencé a bostezar.
—Toma esta poción.
Neritha me dio una copa con un líquido azul translúcido.
—Te ayudará a no tener pesadillas.
Azul me miró de reojo.
—Eso puede evitar que sueñe con Leo.
Neritha me acercó la copa pese al comentario de Azul.
—Perdido ya está. No lo vamos a encontrar si la obligamos a soñar con él y con los demonios que vio. Además, ¿qué crees que haría Leo en esta situación?
Rubiel contestó con una sonrisa en la cara.
—Seguramente le daría la poción y diría lo mismo que Nita.
Sin pensarlo, bebí la poción. Era prácticamente insípida, casi como beber una nube.
Sentí que un sueño pesado se apoderaba de mí. La voz de Aika sonaba muy lejana.
—¿No tenía que haber llegado primero a su cuarto y después tomarla?
Vi cómo Rubiel se acercaba a mí.
La noche pasó en un parpadeo; me impresionó despertar y encontrarme en la cama de mi cuarto.
Aún tenía puesta la ropa del día anterior.
Al incorporarme, pude darme cuenta de que alguien, posiblemente Rubiel, había llevado todas mis compras a mi cuarto.
Después de tomar una ducha, fui a desayunar. No tenía idea de cuánto tiempo había dormido en esta ocasión, pero me sentía mareada a causa del hambre.
Al llegar a la cocina me encontré con Neritha, Vesta y Laura.
Extrañamente, Vesta me recibió con una flamante sonrisa.
—Buenos días, Magali, espero que hayas dormido bien.
—Sí, gracias.
Resultaba casi alarmante ver a Vesta de tan buen humor fuera del cuarto de entrenamiento.
Laura dio un sorbo a su café.
—Yo también acabo de despertar. No cabe duda: los años pasan y me vuelvo cada vez más vieja. Antes podía ver en la bola de cristal durante todo el día y en la noche seguía la fiesta; ahora tengo que dormir.
Era agradable saber que no era la única que dormía hasta altas horas del día.
Neritha me sirvió el desayuno y fue a ver su novela.
—¿Soñaste con algo?
La voz de Vesta dejó entrever un tono de esperanza.
Yo negué con la cabeza.
—Después de que me tomé esa poción no sé ni cómo llegué a mi cama.
La máscara de felicidad de Vesta se quebró.
—Tienes examen cuando termines de desayunar.
Vesta se levantó y salió de la cocina.
Laura pareció entender algo que yo pasé por alto y comenzó a reír discretamente.
—¿Hice algo malo?
—Vesta se enteró de que estabas soñando con Leo y tenía la esperanza de que tus sueños nos ayudaran a encontrarlo.
Comprendí la razón de la extraña amabilidad de Vesta. Quería sacarme información y, gracias a la poción, mis sueños habían desaparecido por esa noche.
Comencé a comer.
—¿Viste algo en tu bola de cristal?
Laura negó con la cabeza.
—Leo está encubriendo su presencia y seguramente hizo encantamientos para que no lo puedan localizar por medio de la adivinación.
—¿Por qué quieren matarlo?
Laura se encogió de hombros.
—Tu padre ha ganado muchos enemigos a lo largo de los años. Puede que tenga más enemigos que amigos, así que es casi imposible saber quién decidió tomar el riesgo de enfrentarse con él.
Sentí un nudo en el estómago. Los sueños que había estado teniendo eran lo que Leo estaba viviendo; era imposible sobrevivir a los ataques que había sufrido.
—¿Por qué no toma un portal que lo traiga de regreso al palacio?
—Los portales no siempre son tan seguros como el que tú usaste. Muchas veces terminan llevándote a lugares en los que en verdad no quieres aparecer. Además, aunque Leo pueda abrir portales a voluntad, no quiere mostrarles el camino al palacio.
Su comentario despertó mi curiosidad.
—¿Leo puede crear portales?
Laura comenzó a reír.
—Prácticamente todos en el palacio pueden hacer portales.
Ambas nos quedamos en silencio durante un momento.
—¿Y qué te parece la magia?
La respuesta a esa pregunta era difícil de expresar.
—Es confusa. Las cosas que he visto en estos días van en contra de todo lo que conocía; es como vivir en un sueño que por momentos se vuelve pesadilla.
—Con el tiempo, las cosas te van a parecer más normales. Además, tienes un gran talento y un poder envidiable. ¡Lo que hubiera dado en mi juventud por aprender a hacer esferas de energía tan rápido como tú!
Resultaba casi imposible creer que Laura hubiera tenido problemas para hacer esferas de energía. A mí me había resultado algo muy simple.
Laura terminó de desayunar.
—Con tu permiso.
Se levantó de la silla.
—Azul me dijo que necesitaba ayuda para no sé qué cosa.
Su rostro mostró una falsa expresión de aburrimiento.
Terminé mi desayuno y, después de darle las gracias a Neritha, me preparé para ir a entrenar.
No tenía idea de en qué consistiría el examen de Vesta, pero estaba casi segura de que iba a terminar exhausta.
En el camino al cuarto de entrenamiento me puse a pensar en Alika y en mis padres.
Sabía que ellos estaban bien, pero mi amiga debía de estar preocupada por mí.
El problema era que tenía miedo de hablar con ella.
La vez que habló Leo, habían rastreado su llamada y el simple hecho de salir de compras era igual a una pelea con demonios.
No quería que Alika estuviera en peligro; además, no sabía qué decirle.
Imaginé una conversación con ella.