El Diario del Alquimista Capítulo 7 Un día normal para los Nu #3
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Capítulo 7 Un día normal para los Nu #3

Rubiel esquivaba los ataques eléctricos, desviaba las esferas de energía con sus cuchillos y poco a poco ganaba terreno frente a ellos con movimientos que ponían en evidencia la experiencia y maestría adquirida a lo largo de siglos de batalla constante.

Finalmente, Rubiel tuvo al primer demonio lo bastante cerca. Un rápido movimiento con su arma bastó para que la cabeza del demonio se desprendiera de su cuerpo. El demonio se cubrió de electricidad y desapareció casi de inmediato.

El segundo demonio tuvo un final distinto. Rubiel se desenvolvía en la batalla con total seguridad. Se colocó frente a él, dándole la espalda al demonio que nos había atacado al principio.

Me sobresalté cuando ese demonio lanzó una esfera hacia Rubiel. Pero este se convirtió en una silueta borrosa por la velocidad a la que se desplazaba. La esfera de electricidad golpeó al demonio en el pecho, electrocutándolo hasta que desapareció como su compañero.

No podía ver a Rubiel. Al no encontrarlo, el demonio comenzó a caminar hacia nuestra posición.

Las manos me sudaban; no tenía idea de qué hacer. Mi instinto me gritaba la necesidad de escapar, pero mi cuerpo se rehusaba a moverse. Respiraba con rapidez y estaba comenzando a hiperventilarme.

El demonio se encontraba a unos tres metros de nosotras cuando Rubiel apareció frente a él y lo golpeó con una fuerza tan devastadora que hizo caer al demonio de espaldas.

Rubiel tomó al demonio por la camisa y lo levantó con facilidad.

—¿Quién te envió?

Las palabras de Rubiel eran una mezcla de voz humana y gruñido animal.

El demonio comenzó a reír histéricamente, concentrando su desorbitada mirada en mí.

—La hija del Alquimista está condenada y solo es cuestión de tiempo para que nuestros ejércitos maten al Alquimista y, junto con él, a todos sus secretos.

Su ronca y áspera voz era la encarnación de la demencia.

La furia se apoderó de Rubiel, quien con un ágil movimiento sacó nuevamente uno de sus cuchillos curvos y lo enterró en el estómago del demonio.

Sus ojos brillaron en dorado por un fugaz instante y después el demonio comenzó a electrocutarse para desaparecer al igual que los otros dos.

Rubiel se acercó a la camioneta.

—¿Están bien?

Mi silencio fue la única respuesta que obtuvo.

—¿Puedes conducir?

Aika me tomó del brazo para llamar mi atención y tranquilizarme.

Hice un par de inhalaciones profundas antes de poder recobrar el control de mi cuerpo.

—Sí.

Mi voz era prácticamente un susurro.

—Vámonos, antes de que lleguen más rastreadores.

Rubiel sacó el control de una de las bolsas de su chamarra y lo apuntó hacia un árbol.

El tronco comenzó a distorsionarse al igual que la pared de la cochera horas atrás.

En el momento en que el portal emitió su resplandor blanco, Rubiel me indicó que podíamos cruzar.

Pisé el acelerador a fondo y la camioneta atravesó el portal con rapidez.

La sensación de cosquilleo regresó. Esta vez olvidé cerrar los ojos y pude ver que el cambio era inmediato.

No había luces ni túneles, era como abrir una puerta y entrar a otra habitación.

Frené la camioneta a escasos centímetros de chocar contra el Jaguar de Vesta.

Rubiel cerró el portal tan pronto como salió de él.

Azul entró a la cochera con una gran taza cubierta de crema batida y pequeños bombones.

—¿Cómo les fue?

Su jovial expresión cambió al notar la tensión que reinaba en la cochera.

—¿Los atacaron?

Rubiel asintió con la cabeza.

—Rastreadores. Los estuve esperando todo el día. Supongo que fue demasiado infantil suponer que no aparecerían.

—¿Están bien?

—No nos hicieron nada. Pero Magali está muerta de miedo.

Hasta ese momento me di cuenta de que Aika estaba frotando su mano contra mi brazo para tranquilizarme.

Me estiré como pude a pesar de tener puesto el cinturón de seguridad y la abracé.

No era la primera vez que un demonio me atacaba, pero en ese momento me di cuenta de que mi vida había cambiado de maneras que yo aún no alcanzaba a entender.

¿Estaba condenada a ser víctima de un ataque tras otro hasta que me lograran matar solamente por ser hija de Leo?

Aika deshizo el abrazo después de unos momentos y sugirió salir de la camioneta.

Una parte de mí necesitaba aire fresco, pero no quería abandonar la seguridad que el blindaje de mi camioneta me proporcionaba.

Pasados unos segundos, me obligué a recordar que mi temor ya no tenía sentido. Estaba en el palacio y rodeada de personas con la capacidad de protegerme.

Me quité el cinturón de seguridad, apagué la camioneta y bajé de ella.

—¿Por qué nos atacaron?

Me sorprendí al notar que mi voz sonaba más estable.

—Eran rastreadores —contestó Rubiel—. Gracias a la reputación de tu padre, tu cabeza tiene un alto precio para los demonios.

Azul emitió una pequeña risita.

—Todos somos un excelente trofeo para los demonios.

El silencio incómodo que se formó fue perturbado por el sonido de la puerta cuando Aika bajó de mi camioneta.

—¿No tienen hambre?

Rubiel castigó con la mirada a Azul.

Para mi sorpresa, me di cuenta de que en verdad tenía hambre.

—Yo sí —confesé con cierta pena.

Rubiel suspiró, demostrando que la situación le parecía hilarante.

—Es normal —dijo Azul con superioridad—. Las situaciones estresantes siempre me dan hambre. Además, Neritha hizo taquitos.