Capítulo 7 Un día normal para los Nu #2
Visitamos Oxford Street, Regent Street, Mayfair, Burlington Arcade, Bond Street, Carnaby Street y Leicester Square.
Compramos prácticamente de todo mientras recorríamos cientos de tiendas con aparadores repletos de maniquíes vestidos según las últimas tendencias.
A nuestro alrededor, los lugares más emblemáticos de Londres aparecían ante nuestros ojos: el Big Ben, el palacio de Buckingham y el río Támesis.
Entre el brillo de los escaparates, el murmullo de la gente y el sonido de las bolsas acumulándose en la camioneta, por momentos olvidé que veníamos de un palacio oculto en el desierto.
Aika y yo conseguimos vestidos de noche, ropa de última moda, lentes, collares, aretes, perfumes, joyas, un nuevo MP3, una infinidad de CDs de música, películas y muchas cosas más.
Nunca me había divertido tanto en una salida de compras.
Finalmente, llegamos a un restaurante, completamente cansadas y con mi camioneta llena de compras.
Pedimos algo de comer.
—Nunca me había divertido tanto comprando cosas.
Rubiel y Aika se abrazaron y comenzaron a reír.
—Bienvenida a nuestro mundo.
—Es increíble. No puedo creer que combinen la magia y la vida normal con tanta naturalidad. Su vida debe de ser de lo más tranquila que existe.
Por un momento olvidé que Leo se encontraba desaparecido.
Rubiel dejó de sonreír y una nota de dolor acarició sus palabras.
—No siempre ha sido tan fácil. Casi todos hemos sufrido más de lo que te puedas imaginar.
Vivimos constantemente con la preocupación de que nuestra magia sea descubierta por los mortales.
Todo el tiempo estamos cuidando nuestras espaldas; libramos guerras a espaldas de la humanidad para mantenerla ajena al mundo de la magia.
Mientras Rubiel hablaba, pude ver el verdadero peso que implicaba la inmortalidad. Ellos estaban condenados a ver cómo cambiaba el mundo; se enfrentaban a criaturas que las personas consideraban cuentos y fantasías.
—Los demonios son más abundantes de lo que te gustaría creer y han aprendido a mezclarse con los mortales con la misma facilidad que nosotros; incluso puede que con mayor éxito.
Rubiel hizo una pausa.
—Hemos visto horrores que los humanos han olvidado en sus mitos; perdimos ciudades, amigos, familiares.
Afortunadamente, la época en la que naciste es mucho más civilizada que aquella en la que nosotros éramos jóvenes.
A tu edad, Leo ya formaba parte del ejército y era considerado un arma humana.
Yo tenía unos veintitrés años cuando me reclutaron para ser miembro de las fuerzas especiales.
Aika tenía cuatro años cuando la rescaté de ser una esclava que sufría los maltratos de sus amos.
Vesta perdió a sus padres cuando era una niña.
Rubiel suspiró y por un momento pude ver el peso de los años sobre él.
—No es una vida fácil, pero tenemos que sobrevivir, y si gracias a Industrias Azul podemos darnos algunos lujos y diversiones, lo hacemos con gusto.
Sentí un vacío después de escuchar a Rubiel. No tenía idea de que la vida de todos en el palacio hubiera sido tan difícil y dolorosa.
Decidí que no quería saber más de ese pasado oscuro. Sabía que tarde o temprano me iba a terminar enterando de él, pero no quería arruinar la tarde obligando a Rubiel y Aika a hablar de temas dolorosos.
—¿Y a qué se dedica Industrias Azul?
Seguramente Rubiel se percató de mi burdo intento de cambiar la dirección de la plática, pero contestó mi pregunta con gusto y renovado entusiasmo.
—Vendemos prácticamente de todo: telas, libros, materias primas, materiales exóticos, equipo médico, medicinas, armas, robótica y muchas cosas más.
Todo empezó hace siglos, en mercados de Egipto, Arabia y España.
Poco a poco fuimos creciendo hasta que el mercado que era prácticamente controlado por Azul se transformó en Industrias Azul.
Aika bajó la voz como si me fuera a confiar un secreto.
—También hicimos trampa.
Emitió una pequeña risita.
—¿Trampa?
No entendía cómo podían hacer trampa en la formación de un negocio que llevaba siglos funcionando.
—Bueno, esa es la ventaja de contar con un alquimista en la familia. Leo conoce el secreto de la piedra filosofal, así que podemos transmutar metales comunes en oro cuando las circunstancias lo requieren. Incluso ha llegado a transmutar arena en oro y pedazos de carbón en diamantes.
Con la explicación de Rubiel entendí cómo se hacía trampa en un negocio. Él continuó hablando.
—Pero no me malinterpretes, nos preocupa más el hecho de ser felices y vivir tranquilamente que el saber cuántos ceros tiene nuestra cuenta en el banco.
Viéndolo desde ese punto, suponía que la magia y la inmortalidad superaban con creces al dinero. De hecho, es algo por lo que muchos millonarios darían hasta su último centavo. De pronto, sentí un peso en el estómago.
—¿Están seguros de que Leo va a estar bien?
Yo no conocía a Leo lo suficiente como para sentir un gran afecto por él, pero ellos eran una familia desde hacía siglos.
—Seguramente el maldito se está divirtiendo de lo lindo. Hace mucho tiempo que no teníamos una batalla decente y ahora él se está llevando toda la diversión.
Rubiel sonrió por un momento, pero dejó de hacerlo al ver que su respuesta no me había dejado tranquila.
—Es posible que no regrese muy feliz que digamos, pero ten en cuenta esto: jamás habríamos sobrevivido tanto tiempo si no fuéramos suficientemente capaces de defendernos de nuestros enemigos.
Esa era una respuesta más lógica y mucho más honesta.
Terminamos de comer y Rubiel pagó la cuenta.
—Ya tenemos que irnos.
Rubiel comenzó a levantarse ante la mirada suplicante de Aika.
—Pero aún es de día.
—Ya lo sé, amor, pero no quiero que nos alcance la noche de regreso al portal; además, Magali necesita descansar porque tiene que entrenar mañana.
En ese momento no me sentía tan cansada, pero sabía que en el momento en que mi cabeza tocara la almohada, me quedaría perdidamente dormida.
Comenzamos el recorrido de regreso a la arboleda donde habíamos aparecido en la mañana.
El regreso fue más rápido de lo que esperaba y la conversación se centró en todas las cosas que habíamos visto y que habíamos comprado.
Empezaba a oscurecer cuando llegamos a nuestro punto de partida.
Tres hombres estaban de pie junto al lugar donde habíamos creado el portal.
Uno nos volteó a ver y, sin decir ninguna palabra, levantó su mano derecha. Una esfera con centellantes rayos de color azul pálido apareció en ella.
Antes de que pudiera frenar, lanzó la esfera contra el parabrisas de la camioneta. Hubo un estruendo y un resplandor azul eléctrico. Una oleada de pánico empezó a invadirme.
En ese momento comprendí por qué Leo había blindado mi camioneta.
—Yo me encargo. Quédate con ella.
Rubiel bajó de mi camioneta con rapidez y cruzó los brazos por debajo de su chamarra. Sus manos empuñaron un par de cuchillos con hoja curva.
—¿Qué son?
Mi voz temblaba tanto como mis manos, que se aferraban con fuerza al volante.
—Demonios rastreadores.
El miedo que sentía seguía aumentando; los demonios tenían exactamente la apariencia de cualquier otra persona. Estaba segura de que podía encontrarme con ellos en la calle y no los reconocería.
En ese momento comprendí las palabras de Rubiel. Ellos vivían en un estado de alerta y peligro constante.
Aika observaba con preocupación cómo su esposo luchaba contra los demonios.