El Diario del Alquimista Capítulo 7 Un día normal para los Nu
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Capítulo 7 Un día normal para los Nu

De camino a mi cuarto me encontré con Aika.

Ese día tenía puesto un pantalón de mezclilla, tenis y una blusa roja muy ajustada.

—Hola, amiga.

Sonrió al verme.

—Sobreviviste al entrenamiento con la bruja.

Yo comencé a reír.

—No es tan mala cuando estamos entrenando.

Me di cuenta de que, a diferencia del día anterior, hoy no tenía tanta hambre.

—¿Lista para ir de compras?

Aika estaba ansiosa por salir. Una parte de mí compartía ese entusiasmo; tener contacto con el mundo real me iba a ayudar a aceptar el hecho de que la magia conviviera con el mundo que hasta hacía un par de días era todo lo que conocía.

—Solo voy por mi bolsa y estamos listas.

—Te veo en la cochera.

Aika se alejó dando pequeños saltitos.

Tomé la tarjeta que Leo me había regalado en mi cumpleaños.

No tenía dinero en efectivo, pero esperaba que adonde fuéramos aceptaran tarjeta.

Tomé las llaves de mi camioneta y también una chamarra, aunque tampoco tenía idea de qué tipo de ropa sería la mejor, teniendo en cuenta que no sabía a dónde íbamos.

Llegué a la cochera.

Rubiel estaba junto con Aika. Por su forma de vestir, me di cuenta de que no quería llamar la atención. Pantalón de mezclilla, tenis, una camisa morada y una chamarra de cuero completaban su vestimenta.

Después de los saludos, Rubiel preguntó:

—Y bien, ¿hay algún lugar al que siempre hayas querido ir de compras?

Contesté de manera automática y con tono bromista.

—Inglaterra siempre me ha llamado la atención.

Aika volteó a ver a Rubiel con una ancha sonrisa.

—Me encanta Inglaterra.

Rubiel comenzó a reír con aire de superioridad.

—Leo y yo vivimos un tiempo en Inglaterra y hace tiempo que no vamos; me parece una buena idea.

En ese momento mis ganas de bromear desaparecieron.

—¿En verdad vamos a ir a Inglaterra?

—Claro.

Rubiel abrió una pequeña repisa repleta de varios controles que parecían mandos de alarma para coche. Cada uno tenía el nombre de un país.

—Leo descubrió que los portales que se encuentran distribuidos a lo largo del planeta emiten una frecuencia infrasónica y tienen un pulso definido.

Aika comenzó a reír.

—Se pasó dos semanas acampando en una cueva que tenía un portal.

Rubiel continuó con la explicación.

—Nos dimos cuenta de que, recreando la misma frecuencia con pulsos diferentes, podíamos crear nuestros propios portales para viajar sin necesidad de ir al portal natural más cercano.

—¿Entonces ese control nos va a llevar a Inglaterra?

Rubiel asintió con la cabeza.

—Genial.

—Amor, tus orejitas.

Aika sacó una pequeña bolsita de cuero de una de las bolsas de su pantalón y la comenzó a abrir.

Miré a Aika con curiosidad.

—Es otro de los inventos de Leo —explicó Rubiel al tiempo que Aika espolvoreaba un polvo plateado sobre su cola y sus orejas—. Hace desaparecer temporalmente las partes del cuerpo de Aika que la harían notoria para las demás personas; el efecto dura doce horas.

Tal y como había dicho Rubiel, las orejas y la cola de su esposa comenzaron a desaparecer.

—Leo pasa mucho tiempo investigando cosas.

Rubiel comenzó a reír a causa de mi comentario.

—Era verdad lo que te dijimos cuando fuimos a su laboratorio; hay veces que tenemos que obligarlo a salir a comer o a dormir. Es uno de los defectos de los alquimistas, suelen perderse con mucha facilidad en su trabajo.

—Ya estoy lista.

Aika se veía muy distinta sin sus orejas y su cola. Tenía la apariencia de cualquier otra joven. Incluso caminaba de manera distinta.

Rubiel apuntó a una pared con el control.

La pared comenzó a distorsionarse como si se tratara de un espejismo. Pude sentir una energía que salía de ella, que para ese momento era un gran círculo con destellos blancos.

—¿Es seguro?

Jamás había utilizado un portal y la idea de aparecer en otro lado me causaba nerviosismo.

—Totalmente seguro. Lo que hace es crear una deformación en el espacio, alterando la…

Rubiel guardó silencio por un momento.

—Creo que tengo que empezar a ponerle más atención a tu padre cuando habla.

Se rascó la cabeza.

—El punto es que funciona y solo se siente un pequeño cosquilleo cuando lo cruzas.

—De acuerdo.

Mi voz sonaba insegura.

—¿Quieres llevar tu camioneta?

Rubiel se acercó a mi regalo de cumpleaños.

—Me gustaría, pero no sé si podamos.

—Claro. Solo tengo que ponerle placas.

Rubiel abrió un cajón y comenzó a buscar placas para mi camioneta al tiempo que me explicaba.

—Tenemos placas y licencias para prácticamente cualquier país del mundo.

Rubiel sacó un par de placas y comenzó a ponerlas en mi camioneta.

—Eso me recuerda que necesitas una licencia. Amor, dale una, por favor.

Aika caminó hasta una repisa y comenzó a buscar entre los papeles.

Después de unos segundos encontró una pequeña cartera y me la dio.

—Con esto no deberíamos de tener ningún problema.

Dentro de la pequeña cartera de plástico estaba una licencia de conducir. No tenía ni datos ni fotografía.

—¿Y cómo funciona?

Rubiel había terminado de poner las placas de mi camioneta y se acercó a mí.

—A lo largo de la historia nos hemos visto en la necesidad de cambiar varias veces nuestras identidades para pasar desapercibidos. Así que somos bastante buenos falsificando documentos. Solo tienes que tocarla y pensar en tu nombre.

Saqué la licencia de la cartera de plástico y pensé en mi nombre completo.

La licencia comenzó a rellenarse inmediatamente, incluso apareció una fotografía mía.

—Felicidades, acabas de obtener tu licencia de conducir.

Aika me veía con una gran sonrisa.

Estaba impresionada.

—¿También fue idea de Leo?

—No —contestó Rubiel—. Azul es el diplomático del palacio. Él se encarga de conseguir toda la documentación necesaria. Tu papá y yo preferimos arreglar las cosas de una manera diferente, aunque al parecer nuestras técnicas son ilegales en la mayoría de los países.

—¿Qué tan ilegal?

Aika fue quien contestó mi pregunta.

—Digamos que cuando la falsificación no funciona, usan soborno, y cuando eso tampoco sirve, pasan a la intimidación o sacan a relucir todas las técnicas que aprendieron en el ejército.

Rubiel se sonrojó.

—Hace mucho tiempo que no hacemos nada de eso, mi vida; generalmente nos limitamos a engañar a las personas. Ya sabes lo que dice Leo: “Nunca hay que mentir, pero engañar es algo totalmente diferente”.

Levanté una ceja y me quedé viendo a Rubiel.

—Lo sé, lo sé, es una pésima excusa. Pero nos hemos visto en situaciones en las que es necesario hacerlo para mantener nuestras identidades en secreto.

Empezaba a sospechar que Rubiel y Leo tenían una amplia carrera delictiva, pero aparentemente sabían bajo qué circunstancias ejecutar determinadas técnicas.

—¿Qué tal si ya nos vamos?

Incluso la voz de Rubiel sonaba apenada.

—¿Qué hay que hacer?

Era una pregunta totalmente lógica para alguien que nunca había usado un portal.

—Solo tenemos que atravesar el portal y saldremos en un lugar alejado de la civilización.

Subimos a mi camioneta. Al ponerla en marcha, el motor sonó particularmente poderoso.

—¿Le hicieron alguna modificación al motor?

Rubiel comenzó a sonreír con malicia.

—Muy poco.

No confié en su respuesta, así que comencé a mover la camioneta con extremo cuidado.

Puede que mi camioneta no sufriera daños fácilmente, pero no estaba segura de que los demás carros en la cochera estuvieran blindados igual que el mío.

Me detuve antes de atravesar el portal y respiré profundamente.

—¿Qué tan rápido tengo que cruzarlo?

—No importa la velocidad, aunque lo más conveniente es que no lo hagas demasiado rápido.

Rubiel comenzó a dudar.

—Voy a cruzar el portal y regreso para decirles si el camino está despejado.

Rubiel bajó de la camioneta y cruzó el portal. Era como si atravesara una cortina de humo.

Después de unos segundos, regresó e hizo un gesto con la mano, indicando que era seguro salir.

Lentamente acerqué la camioneta al portal. Contuve la respiración y pisé el acelerador.

Contrario a lo que mi sentido común me indicaba, la camioneta no chocó contra la pared.

Vi cómo el cofre desaparecía. Cerré los ojos.

La sensación era un cosquilleo generalizado, parecido a cuando se duerme una pierna por haberla cruzado por mucho tiempo o por haber dormido sobre tu mano durante toda la noche.

Cuando abrí los ojos, nos encontrábamos en una pequeña arboleda. A lo lejos podía escuchar los autos pasando en una autopista.

Rubiel cruzó nuevamente el portal y le apuntó con el control. Este se desvaneció rápidamente. Subió a la camioneta y dijo:

—Sigamos el camino, en un par de horas deberíamos de estar en Londres, aunque es posible que gracias a las modificaciones lleguemos más rápido.

En el trayecto me di cuenta de que efectivamente las modificaciones al motor de mi camioneta eran una ventaja; podía alcanzar grandes velocidades sin ningún problema.

Después de casi media hora en silencio, Aika habló.

—¿Le pusieron música?

La pregunta iba dirigida a Rubiel.

—Sí, de hecho puedes conectar tu MP3.

Rubiel me volteó a ver.

—No venía en mi maleta; supongo que mi mamá no lo consideró algo de vital importancia.

Eso era una verdadera lástima; tenía ganas de escuchar algo de música.

—Puedes comprar otro en el centro comercial al que vamos.

Empezaba a darme cuenta de que en verdad Aika no salía mucho del palacio; la mayoría de las soluciones que daba eran casi infantiles.

—No creo que mi economía soporte esos lujos.

Rubiel comenzó a reír.

—La tarjeta que te regaló Leo está a su nombre, no tenemos límite de crédito y la cuenta le llega a él. Y créeme, en el palacio no estamos acostumbrados a limitarnos en cuestiones económicas. En verdad, siéntete libre de cumplir todos tus caprichos.

Supuse que eso era cierto, teniendo en cuenta que cada uno tenía su coche o motocicleta de lujo y contaban con un jet privado. Comenzó a darme curiosidad de dónde salían tantos recursos, pero decidí que esa pregunta la guardaría para más tarde.

Tal y como había dicho Rubiel, tardamos menos de dos horas en llegar a Londres.

Siguiendo sus indicaciones, atravesamos por varias calles y zonas que se especializaban en diferentes productos.