Capítulo 6 La familia del alquimista #5
La esfera reaccionó instantáneamente. Al parecer, todo lo que necesitaba hacer era imaginar la trayectoria de la esfera y esta obedecía inmediatamente a mi pensamiento.
Desgraciadamente, me di cuenta demasiado tarde. La esfera iba en curso de colisión con el techo y había dejado al maniquí a un par de metros.
Me concentré rápidamente e imaginé una nueva trayectoria en la cual la esfera se alejaba del techo, bajaba con rapidez, hacía una curva y golpeaba al maniquí.
El efecto fue inmediato. A escasos centímetros de golpear el techo, la esfera obedeció mis pensamientos.
Vesta suspiró.
—Y yo que pensaba que esta vez podía escapar sin responder nada. Amelia estaría orgullosa.
Yo me sentía muy cansada; manipular la trayectoria de una esfera de energía era más cansado que crearlas y lanzarlas.
—¿Es normal que sea más cansado cambiar su trayectoria que hacerlas?
—Completamente normal. De hecho, mientras más lejos esté y más poderosa sea, más energía consume si la intentas mover.
—¿Pero podríamos considerar que sí aprendí a hacerlo?
Vesta me volteó a ver de reojo.
—Adelante, haz tu pregunta. Pero mañana vas a tener examen y si no lo pasas, seguiremos en lo mismo hasta que logres dominar estas técnicas.
Tenía que practicar un poco cómo mover las esferas de energía, pero lo haría antes de irme a dormir. Además tenía la esperanza de que el dormir excesivamente cansada me salvara de los sueños de Leo.
Afortunadamente, el pensar en Leo me hizo saber qué pregunta iba a elegir.
—¿Leo sale mucho con Alexandra?
Sabía que acababa de desperdiciar mi valiosa pregunta, pero fui víctima de unos celos infantiles.
Lo que había visto en las fotografías de Leo era que mi “padre” pasaba una amplia cantidad de tiempo en compañía de la hija de Vesta.
Y, a juzgar por el hecho de que no tenía fotografías de todos los miembros de la familia en su escritorio, supuse que les tenía un cariño especial a ambas.
Vesta me miró con curiosidad.
—¿En verdad quieres desperdiciar tu pregunta de esa manera?
Yo me encogí de hombros.
—Hagamos algo. Si me dices la razón por la que estás preguntando eso, te regalo otra pregunta.
Era un buen trato.
—Supongo que sentí algo de celos.
El rostro de Vesta indicó que había entendido la situación inmediatamente.
—Sí. Leo pasa mucho tiempo con Alexandra, salen de compras, de vacaciones, etc. De vez en cuando los acompaño.
Mi rostro debió de demostrar cierto dolor al darme cuenta de que Leo prefería pasar tiempo con Alexandra en vez de ir conmigo.
Al percatarse de esto, Vesta intentó corregir lo que había dicho.
—Pero tienes que entender que mi hija también es inmortal. Han estado juntos desde antes de que tú nacieras; es normal que haya pasado más tiempo con ella. Al menos hasta que tú naciste.
Ese comentario le dio un vuelco a la conversación.
—¿En verdad?
Una fugaz sonrisa cruzó de manera casi imperceptible el rostro de Vesta.
—Sí. De hecho, Alexandra se ha molestado un par de veces con Leo por culpa tuya. Él solía pasar mucho tiempo con ella hasta que tú naciste.
—Pero Leo nunca ha pasado tiempo conmigo.
Lo cual, hasta donde yo era consciente, era totalmente cierto. Sin embargo, el comentario pareció alterar a Vesta.
—Desde que tú naciste, Leo ha dedicado buena parte de su tiempo a cuidarte casi ininterrumpidamente. Aunque no lo creas, tu nacimiento cambió nuestras vidas de formas que no puedes imaginar.
Vesta respiró profundamente.
—Perdón, perdí la compostura por un momento, aquí adentro no hay hostilidades.
Sabía que no era una buena idea preguntar de qué forma cambié sus vidas. Pero estaba segura de que Vesta tenía un resentimiento en contra mía y no me iba a decir cuál era el problema. Así que hice una nota mental para recordarme buscar la razón cuando tuviera el diario en mi poder.
—¿Por qué Leo no tiene fotografías de mi mamá?
—Eso es algo demasiado difícil de explicar, pero creo que sí tiene fotografías de ella, al menos yo tengo un par. Es posible que él te dé una cuando regrese.
Vesta pensó por un momento y comenzó a sonreír.
—Mejor aún, yo te voy a dar una, pero tendrás que usar magia para conseguirla y, créeme, no va a ser fácil.
—Me parece bien.
Yo también comencé a sonreír. En ese instante sentí que no había ningún ejercicio de magia que Vesta pudiera enseñarme y que yo no pudiera hacer.
Según todos en el palacio, yo tenía un gran talento para la magia y además era la hija de “uno de los alquimistas más poderosos”.
Por un momento, sentí que un antiguo poder corría por mis venas.
Empezaba a comprender que ahora formaba parte de un mundo en el que las cosas imposibles eran solamente limitaciones de mi mente.
—¿Aún piensas ir con la gata de compras?
Asentí con la cabeza.
—Deberían irse ya: no es seguro salir de noche y, hasta que regrese Leo, eres nuestra responsabilidad.
—Gracias.
Salí del cuarto de entrenamiento con una renovada esperanza. Estaba comenzando a aceptar el hecho de que la magia existía. Cada día podía sentir cómo se hacía más fuerte; pese a tener solo un par de días usándola me sentía increíblemente cómoda con ella.