El Diario del Alquimista Capítulo 6 La familia del alquimista #4
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Capítulo 6 La familia del alquimista #4

—Verás, somos inmortales y tenemos magia, pero no has jugado videojuegos hasta que lo haces en una pantalla lo suficientemente grande como para que tu coche se vea de tamaño real.

Sonrió.

—Además, cuando vemos películas es incómodo verlas en una pantalla pequeña.

La televisión estaba prendida en el noticiero.

—Voy a ver si ya empezó mi novela de la mañana.

Neritha estaba a punto de cambiar el canal, cuando una imagen me llamó la atención.

—Espera.

Neritha me volteó a ver confundida.

Era imposible.

La noticia hablaba de un incendio en el Amazonas.

Los habitantes de la zona comentaban que no habían tenido incendios en todo el año, y no era temporada de sequía.

—Las autoridades no han logrado explicar cómo el incendio alcanzó estas proporciones en tan poco tiempo. Se cree que el incendio empezó junto al río, aunque es difícil decir el punto exacto debido a que el fuego aún no ha sido controlado.

El reportero continuó con su nota y se despidió.

Me di cuenta de que mi atención se había perdido y miraba la pantalla de la televisión sin prestarle atención.

—¿Estás bien?

Laura me tocó el brazo para hacerme reaccionar.

—Hoy soñé con ese lugar.

Mi voz sonó seca.

—Vi a una persona peleando con un tipo de panteras extrañas. Él se defendía con energía color esmeralda y fue quien le prendió fuego a la selva, pero era un sueño; por eso se me hizo extraña la noticia.

Esperaba que alguien se riera de mi sueño.

Todos estaban en completo silencio.

—¿Es el primer sueño de ese estilo que tienes?

Laura no mostraba ni el más mínimo rastro de broma en la manera en la que habló.

Yo pensé por un momento.

—Los empecé a tener un par de días antes de que me atacaran en mi casa.

—¿Alguno de estos sueños es de lugares que hayas visto con anterioridad?

Azul también habló con total seriedad.

Yo negué con la cabeza.

—¿Creen que sea Leo?

La voz de Rubiel mantenía una pequeña nota de esperanza.

—Es lo más seguro —contestó Laura—. ¿Cuántas personas conoces con energía esmeralda?

Azul habló con una sonrisa en la cara.

—¿Y cuántos serían tan irresponsables como para incendiar una selva para matar a panteras demoniacas?

—¿Será consciente de la conexión?

—No lo creo, Rubiel. Sabemos que puede hacerlo conscientemente, pero en estas situaciones no le gusta establecer esos vínculos. Así que lo más probable es que Magali lo esté sintonizando inconscientemente.

Azul se rascaba la barba mientras hablaba.

—Pero está en el Amazonas, ¿cómo llegó ahí tan rápido?

La voz de Laura reflejaba cierta incomodidad.

—Leo conoce los puntos de varios portales alrededor del mundo, seguramente está intentando perder a lo que sea que lo esté siguiendo.

La curiosidad me superó.

—¿Entonces estoy soñando con Leo?

Eso no era para nada reconfortante, los sueños que había tenido eran verdaderas pesadillas.

—Todo parece indicar que sí.

Laura me volteó a ver entrecerrando los ojos.

—¿Qué más has soñado?

Podía recordar todos los sueños a la perfección, pero eran demasiado increíbles y estaba segura de que por lo menos uno era totalmente una pesadilla. Si en verdad era Leo, no hubiera podido sobrevivir a la mordida del león con alas.

—La mayoría de las veces sueño con peleas, pero nadie puede salir vivo de lo que he estado soñando. Además, ¿cómo es posible?

Azul fue quien contestó mi pregunta.

—Bueno, eres la hija de Leo, así que tienen cierta conexión natural y tus poderes acaban de despertar. Eso, en algunos aspectos, te convierte en alguien muy susceptible a percibir eventos mientras sueñas, debido a que tu mente aún está aprendiendo a protegerse de ella misma.

Aika bostezó cuando Azul terminó su explicación.

—Mejor ve a entrenar con Vesta, nosotros intentaremos averiguar todo lo que podamos, pero cuando termines, vamos a necesitar tu ayuda para algunos detalles.

Aika hizo un carraspeo con la garganta y Rubiel corrigió sus palabras.

—Cuando regresemos de ir de compras.

Esta vez Aika sonrió.

Yo acepté y me dirigí hacia el cuarto de entrenamiento.

Se me hacía difícil entender cómo podían pensar en ir de compras cuando su amigo estaba desaparecido.

Era una pregunta que le haría a Rubiel cuando estuviéramos a solas.

La puerta del cuarto de entrenamiento estaba entreabierta.

Me asomé discretamente y pude ver a Vesta marcando un número en su celular y esperando.

—Contesta, por favor, contesta.

Un suspiro terminó de enmarcar la nota de preocupación que expresaba su voz.

Esperé un momento antes de entrar.

Toqué la puerta en cuanto Vesta colgó el teléfono.

—Buenos días. Pasa, por favor.

Increíblemente no sonaba molesta, teniendo en cuenta que un día antes había intentado incinerarme.

Caminé, y cuando estuve cerca de ella, me disculpé por mi intromisión del día anterior.

Sabía que no era la persona más agradable para Vesta y si tenía que vivir en el palacio por un tiempo, lo mejor sería que estuviera en paz con todos los habitantes.

—Perdón por haber entrado ayer a tu cuarto.

Mi voz sonó con el mismo tono que usan los niños pequeños cuando se disculpan por algo que según ellos estaba bien.

—La que tiene que disculparse soy yo.

Volteé a verla extrañada.

—Tienes que tocar cuando vayas a mi cuarto. Aunque yo no esté presente, te voy a escuchar, pero hay demasiadas cosas personales ahí, cosas que no comparto con prácticamente nadie.

Podía ver a dónde intentaba llegar.

—Y de la noche a la mañana llega una extraña e invade tu territorio.

Completé su frase y Vesta dibujó una pequeña sonrisa en su rostro.

—Escuché que vas a ir de compras con la gata.

Por su voz pude darme cuenta de que la idea no la hacía feliz.

—Rubiel también nos va a acompañar.

Vesta se encogió de hombros.

—Siempre es bueno llevar un perro que cargue las bolsas.

Ese comentario me recordó la licantropía de Rubiel y de Leo.

—Entonces Leo también es un hombre lobo —dije casi para mí.

Vesta negó con la cabeza.

—Leo es un lobo, Rubiel es un perro.

Comenzó a reír animadamente.

—Lo siento, es un chiste local.

Yo reí suavemente.

—Está bien.

Cuando terminó de reír me preguntó:

—Y bien, ¿ya sabes qué vas a preguntar el día de hoy?

—Sí, creo que ya tengo una pregunta, pero te la digo cuando terminemos.

La verdad era que tenía demasiadas preguntas y necesitaba tiempo para elegir una.

—Muy bien, hoy vamos a seguir con esferas de energía.

La sonrisa en su rostro indicaba que la lección prometía ser tan compleja que no iba a poder preguntar nada.

Vesta comenzó a hacer una pequeña esfera de color morado y la lanzó hacia el fondo de la habitación.

Esta dio una curva antes de golpear la pared y atravesó la habitación con rapidez para golpear un maniquí a mis espaldas.

—Cualquier idiota puede lanzar una esfera de energía, pero estoy segura de que Amelia hubiera querido que aprendieras a defenderte bien.

Vesta nunca hacía ningún comentario que me relacionara con Leo. Eso me agradaba, pero no entendía sus motivos.

—¿Mi mamá podía hacer eso?

Vesta negó con la cabeza.

—Ella era una bruja de bajo nivel, cambiar la trayectoria de sus ataques era algo que estaba muy por encima de sus capacidades. Pero es posible que tú puedas hacerlo.

—¿No es suficiente con poder lanzar energía que explota?

La idea de hacerme cada vez más peligrosa me causaba incomodidad.

—Imagina que estás peleando con alguien y tu enemigo esquiva tu ataque, dejando a tu compañero en el camino de tu “energía que explota”. ¿Qué harías?

La respuesta era obvia.

—¿Cambiar la trayectoria?

Ella sonrió.

—Primero vamos a ver si aún recuerdas cómo hacer una esfera de energía.

Yo asentí y reuní la energía en mi mano.

Me di cuenta de que cada vez que lo hacía me sentía menos cansada y me resultaba más fácil.

—Muy bien.

Vesta no parecía asombrada en lo más mínimo.

—Ahora, necesito que te concentres en la esfera. Recuerda que es parte de ti y, como parte de ti, la puedes controlar.

Tardé aproximadamente quince minutos en lograr detectar la esfera de energía con la suficiente fuerza como para sentir que podía influir en ella.

Vesta me daba pequeñas indicaciones para que la tarea me resultara más fácil.

—Ahora tienes que concentrarte en mover la esfera sobre tu mano.

—No puedo.

Me empezaba a doler la cabeza a causa del esfuerzo.

—El problema es que estás pensando demasiado en intentar moverla. Es como tu mano, no piensas cuando la vas a mover, solo lo haces.

Las indicaciones de Vesta por lo general eran bastante precisas, pero esta vez eran casi imposibles de seguir.

—Inténtalo una última vez. Mientras la lanzas contra el maniquí, desvíala y haz que golpee el que se encuentra atrás.

Comencé a desesperarme. Si fallaba no iba a obtener ninguna respuesta.

Me concentré nuevamente.

Lancé la esfera lo más lento que pude. Sentí el flujo de energía y una conexión con ella. Imaginé que se elevaba para esquivar al primer maniquí.