Capítulo 6 La familia del alquimista #3
Solo Laura comió conmigo. Los demás al parecer ya habían comido, o bien, no tenían hambre.
—¿Tú conociste a Leo cuando estaba en el ejército?
Era posible que ella pudiera darme alguna respuesta acerca de la fotografía.
—No. Yo lo conocí mucho tiempo después y en circunstancias casi patéticas.
Comenzó a reír para sí misma ante el recuerdo.
—¿Cómo fue?
—Verás, yo tenía una pequeña taberna en Italia, y conocí a tu padre por accidente cuando fui a la parte trasera y lo encontré recargado en un escalón, con hambre y una herida de espada en el abdomen.
Abrí los ojos por la impresión.
—¿En serio?
Laura comenzó a reír nuevamente.
—Lo llevé adentro e intenté curarlo. Pero él insistió en que ya había sobrevivido con la herida por un par de días y unos minutos más no iban a matarlo. Después de comer, tu padre se levantó, me dio las gracias e intentó pagarme.
—¿No estaba herido?
—Lo estaba, pero sobre todo había tenido una batalla muy intensa y su energía era tan escasa que no podía curarse correctamente. Cuando tuvo el estómago lleno, se curó al instante.
Laura hizo una pausa dramática y continuó.
—El problema era que en ese entonces yo no sabía mucho de magia, así que me causó bastante impresión. Casi me muero del miedo; yo pensé que se trataba de un demonio o algo peor.
Podía hacerme una muy buena idea de lo que ella habría sentido en ese momento. Ver a una persona sanar en segundos era algo que yo misma había vivido ese mismo día.
Laura continuó con su relato.
—Aun así, él rentó un cuarto. Eran tiempos difíciles y las mujeres que teníamos manera de mantenernos a nosotras mismas éramos tratadas con mucha crueldad en una sociedad machista, y él, demonio o no, tenía dinero que yo necesitaba.
Laura dio un sorbo a su taza de té.
—Ese mismo día en la noche llegaron unos sujetos a cobrarme una renta injustificada. La taberna era herencia de mi difunto esposo y ellos abusaban de su posición de recaudadores de impuestos.
Su voz se tornó dura al recordar esa escena de su vida.
—Amenazaron con destruir mi taberna si no les pagaba. Leo estaba sentado cerca de la chimenea bebiendo una copa de vino, fumando su pipa y leyendo un libro.
Esta vez sonrió al recordar.
—Amenazó a los recaudadores diciéndoles que si no me dejaban tranquila les iba a ir muy mal.
Estaba tan absorta en la historia que incluso había dejado de comer. Podía imaginarme la situación que vivió Laura, pero era incapaz de imaginar a Leo haciendo eso.
—Ellos evidentemente hicieron caso omiso a las amenazas de Leo. Eran cinco hombres fuertes y tu padre parecía solamente un muchacho que estaba a unos cuantos segundos de ser golpeado hasta el cansancio. Yo les dije que dejaran en paz a mis clientes, y uno de ellos me pegó una bofetada.
Por la forma en la que hablaba, me di cuenta de que la parte interesante estaba por llegar.
—Leo bebió el vino que le quedaba de un solo sorbo, puso su pipa sobre el libro a modo de separador y se acercó a los cinco hombres.
Les dijo que tenían exactamente tres segundos para salir de la taberna o conocerían la furia de un alquimista.
Los cinco hombres comenzaron a reír y yo estaba segura de que lo iban a matar.
Los alquimistas que yo conocía eran charlatanes que soñaban con hacerse ricos de la noche a la mañana.
Laura comenzó a reírse.
—Uno de ellos intentó golpear a tu padre en la cara. Él esquivó el golpe y comenzó a pelear de una forma que yo jamás había visto.
Me di cuenta de que yo también había comenzado a sonreír.
—Pasaron unos segundos y el único recaudador que seguía en pie era justamente el que me había golpeado. El hombre sacó una espada y amenazó a Leo.
No podía imaginar lo que hubiera sido ver esa escena, pero estaba maravillada y completamente absorta en las palabras de Laura.
—Tu padre se puso a jugar con él. Esquivaba la espada, hacía reverencias, se subía a las mesas y saltaba cuando la espada estaba a punto de cortarlo.
Finalmente, el recaudador dijo que Leo era poco hombre por no atreverse a pelear y limitarse a realizar actos de circo.
Leo cruzó la distancia que los separaba y puso su mano en el pecho del recaudador, que se quedó inmóvil y su rostro se convirtió en la personificación del miedo.
Leo habló con una voz que era casi un susurro: “Poco hombre es atreverse a golpear a una mujer. Si vuelves a esta taberna te juro que vas a salir muerto”.
Yo contenía la respiración ante la historia.
—En el momento en que Leo quitó su mano del pecho del recaudador, este comenzó a vomitar sangre y a pedir ayuda a sus compañeros, que se encontraban semiconscientes en el suelo.
Leo levantó la mano y una esfera esmeralda apareció en ella.
Lanzó la esfera contra una mesa y esta explotó en mil pedazos.
Laura comenzó a reírse.
—Nunca había visto a nadie salir corriendo tan rápido de un lugar. Tomaron a su compañero, que para ese momento se mantenía en pie con esfuerzo, y jamás regresaron. Leo regresó a su mesa, encendió su pipa, me pidió otra copa de vino y prometió pagar por los daños.
Yo sabía lo que era estar en una situación así, así que me intrigó la reacción de Laura.
—¿Tú qué hiciste?
—Bueno, yo estaba muerta de miedo, así que le llevé su copa de vino lo más rápido posible y él me invitó a sentarme con él.
Era evidente que no iba a desobedecer a alguien que podía hacer todo lo que acababa de ver.
Así que tomé valor, le di las gracias y le pregunté cómo lo había hecho y qué demonios era.
Y así fue como conocí a tu padre y entré al mundo de la magia.
—¿Él te enseñó magia?
—Muy poca —confesó Laura—. Lo que hizo fue despertar mis poderes; después regresé con mi abuela, que era matriarca de mi clan, y ella terminó de educarme.
No podía imaginar al Leo que vi en la fotografía abrazando a Vesta haciendo esas cosas, parecía una persona normal. Aunque la verdad era que prácticamente todos en esa casa parecían personas normales.
—Deberías ir a dormir, mañana la señorita Vesta te va a seguir entrenando y necesitas reponer fuerza.
Neritha me hizo caer en la cuenta de lo cansada que me sentía.
—Tiene razón, además podemos seguir platicando otro día, mejor ve a descansar. Quiero mucho a Vesta, pero no me la quiero imaginar enseñando magia.
Laura simuló un escalofrío ante tal idea.
—Sí. Hasta mañana.
Ambas se despidieron de mí y subí a mi habitación.
Me quedé dormida tan pronto como mi cabeza tocó la almohada.
Tuve varios sueños. En todos predominaba el turquesa.
Mi mente seguía tan impresionada como yo por las experiencias vividas ese día. Sin embargo, como las noches anteriores, la sensación de estar en un sueño ajeno se apoderó de mí.
Podía escuchar el correr del agua y su caída unos metros más adelante. La mañana comenzaba a despertar, confiriéndole al verde de los árboles un tono rojizo.
Sentía el viento silbante en mi rostro mientras corría. Los árboles se apartaron, revelando un caudaloso río que conducía a una cascada. Podía escuchar que las hojas que se encontraban en el suelo crujían bajo las pisadas de una muchedumbre.
Unos segundos después, de entre las sombras, emergieron una docena de panteras cuyo aliento congelaba la hierba y formaba una nube de vapor.
Con gruñidos felinos, comenzaron a atacarme.
Los movimientos que hacía para esquivarlos eran demasiado rápidos para mí.
Las manos, demasiado toscas para ser las mías.
Tomé conciencia de que nuevamente era espectadora dentro de mis sueños.
Una de las panteras saltó hacia la persona que peleaba. Después de un destello color esmeralda, la pantera cayó sobre su espalda y comenzó a desvanecerse.
Recordé las palabras de Laura. La energía de Leo era esmeralda. ¿Era posible que la persona con la que estaba soñando fuera él?
La persona que posiblemente era Leo continuó peleando contra las panteras con ferocidad, desenvainando su espada y lanzando esferas de energía contra ellas.
Con un último movimiento de espada mató a la única pantera que seguía con vida.
Podía escuchar que más criaturas se acercaban. La temperatura comenzó a bajar.
El hombre levantó la mano y unos delgados rayos dorados cruzaron el río, formando un puente que parecía estar hecho de oro.
Él atravesó el puente y, chasqueando los dedos, lo hizo desaparecer.
Después, levantando su mano hacia los árboles que se encontraban del otro lado del río, pronunció la palabra: ignis .
El bosque comenzó a arder en llamas.
Desperté con una sensación extraña. Yo había comenzado a tener esos sueños antes de que supiera que la energía de Leo era esmeralda.
Vi la hora en el reloj de mi celular; decidí tomar una ducha y bajar a desayunar.
Cuando llegué a la cocina, saludé a todos los presentes y vi el lugar de Vesta vacío.
—Dice que te espera en el cuarto de entrenamiento en cuanto termines de desayunar.
Agradecí a Rubiel por darme el mensaje y me senté a desayunar.
Aika estaba sentada junto a él, abrazando el brazo derecho de Rubiel; Laura mantenía una conversación con Neritha acerca de las propiedades medicinales de los condimentos que tenía en su cocina.
Azul leía el periódico, haciendo expresiones de sorpresa o incredulidad según leía.
—¿Algo interesante? —preguntó Rubiel.
—La política es un asco como siempre. Y el reportaje está mal redactado.
—Por eso es mejor ver la tele. Es más divertido.
El comentario de Aika sonó como el de una niña chiquita.
Eso me hizo reaccionar, no había visto una sola televisión desde que estaba en el palacio.
—¿Ustedes no tienen tele?
Todos comenzaron a reírse.
—Muchas, y en buena parte de los cuartos, pero las escondemos porque desentonan con la decoración del palacio.
Azul hizo una seña a Neritha, quien comenzó a abrir una repisa de la cocina en donde se encontraba una televisión y la prendió con un control remoto que sacó de un cajón.
—También tenemos un cine.
Aika dijo esas palabras casi con adoración y sus ojos se abrieron desmedidamente.
—¿Un cine?
Esa idea me parecía casi inconcebible.
Azul habló con voz solemne.