El Diario del Alquimista Capítulo 6 La familia del alquimista #2
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Capítulo 6 La familia del alquimista #2

Un gruñido animal explotó a mi derecha y algo que se movía demasiado rápido para distinguir su figura se postró frente a nosotras, permitiendo que la esfera se estrellara contra su mano, la cual comenzó a sanar antes siquiera de sangrar.

La herida se llenó de pelo y pude ver que su mano era, en realidad, una garra.

Vesta dio un gritito de desesperación y me concentré en ver al ser que nos había salvado.

Era muy alto, totalmente cubierto de pelo, tenía cola. Llevaba puestos unos pantalones casuales, sin zapatos. Su cabeza tenía un par de orejas.

El ser me volteó a ver.

Su cabeza era como la de un gran lobo de color negro.

Respiró profundamente y el pelo comenzó a desaparecer, su estatura se redujo y las facciones lobunas fueron cambiando hasta convertirse en el rostro de Rubiel.

—¿Qué está pasando?

Vesta contestó, notablemente molesta.

—Ella iba a entrar a mi cuarto y tu gata me dijo algo que soy demasiado decente como para repetir.

La mujer con orejas de gato miró fijamente a Vesta y le mostró la lengua.

—Vesta, por favor, lleva un día con nosotros, ¿en verdad crees que merece que la ataquen solo por intentar entrar a tu cuarto?

Ella sonrió con malicia.

—No le apunté a Magali.

Rubiel entrecerró los ojos y miró con rencor a Vesta.

—Si Leo hubiera escuchado lo que me dijo esa miserable gata, él mismo la habría atacado.

Rubiel se relajó un poco.

—Amor, vámonos.

Rubiel comenzó a caminar y la mujer con orejas de gato me tomó de la mano y comenzó a caminar junto conmigo.

Yo seguía tan impresionada que no podía decir nada.

—¿Qué le dijiste?

La mujer con orejas de gato le contestó a Rubiel con el mismo gruñido, aunque en esta ocasión tenía una entonación bromista. Rubiel comenzó a reírse.

—Tiene razón. Si Leo te hubiera escuchado, te dispara.

—O le ordena a Vulcan que me coma.

Ella también comenzó a reírse.

Llegamos a una habitación y Rubiel abrió la puerta.

—Adelante. Ponte cómoda.

La habitación tenía las paredes completamente cubiertas con armas.

Cuchillos, espadas y una infinidad de armas blancas que jamás había visto decoraban las paredes.

Dos puertas parecidas a las que había en mi cuarto me indicaron que cada uno tenía su guardarropa.

Una cama matrimonial y varias pieles completaban el decorado de la habitación.

—¿Qué fue todo eso?

Mi voz era prácticamente un susurro y mis ojos saltaban entre Rubiel y la mujer con orejas de gato.

—Creo que deberíamos empezar por las presentaciones, ¿no?

—Perdón, amor.

Rubiel se excusó.

—Magali, te presento a mi esposa, Aika Hiromi.

Ambos se miraron con ternura.

—Hola, Magali, es un honor conocerte.

Ella me tendió la mano.

Yo tomé su mano y me presenté.

—Hola, yo soy…

Aika me interrumpió.

—La hija del Alquimista.

Me sonrió abiertamente.

Rubiel retomó la plática.

—Lo que viste fue un lamentable accidente. Quería mostrarte mi licantropía, pero no de esa forma.

—¿Entonces eres un hombre lobo?

Esas palabras hubieran sonado increíblemente absurdas de no ser por el hecho de que acababa de ver cómo Rubiel cambiaba ante mis ojos.

—Así es, licántropo auténtico.

Sonrió.

—Eso quiere decir que, al igual que tu padre, me puedo transformar a voluntad y sin influencia de la luna.

—¿Leo también es licántropo?

Estaba confundida. Sabía que Leo era un alquimista, pero no tenía idea de que también fuera licántropo.

—De hecho, Leo se transformó en licántropo antes que yo, aunque hace siglos que no lo utiliza para pelear.

Rubiel se anticipó a mi pregunta.

—Suele pelear usando alquimia o magia.

Rubiel hizo una cara que expresaba que esa idea le parecía casi una herejía.

Miré a Aika.

Nuevamente Rubiel se anticipó a mi pregunta.

—Aika es la última sobreviviente de su especie; nos conocimos en Japón hace mucho tiempo.

Se miraron de nuevo con ternura.

—Tiene un tipo muy raro de zooantropía. A diferencia mía, ella no puede destransformarse.

—Así es —continuó Aika—. Soy la mujer gato del hombre lobo.

Los dos comenzaron a reírse.

Aika era una mujer muy bella; sus facciones felinas le conferían un toque misterioso y, si uno ignoraba las orejas y la cola, seguramente sería la envidia de más de una modelo.

—¿Cómo es que un hombre lobo y una mujer gato terminan siendo pareja?

La idea me sonaba graciosamente absurda.

Los dos comenzaron a reírse y se dieron un beso.

—Sé que nos deberíamos de odiar como perros y gatos, pero Rubiel me salvó la vida y para mí es la persona más encantadora que hay en todo el mundo.

Aika abrazó fuertemente a Rubiel.

Yo también comencé a sonreír.

—Sabes, mi mejor amiga se llama Alika. Ustedes no tienen nada que ver, ¿cierto?

Ambos negaron con la cabeza.

—Es una coincidencia extraña, mi nombre no es muy común, pero a lo largo del tiempo nos hemos encontrado con algunas personas que se llaman igual que yo o parecido.

Aika pensó por un momento.

—¿Qué te parece si tú y yo somos amigas? Al parecer tienes la capacidad de hacer enojar a Vesta y ya sabes lo que dicen: el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Yo comencé a reírme. Vesta había dicho que mientras estuviéramos en el cuarto de entrenamiento seríamos neutrales, pero acababa de demostrar que en el momento en que saliéramos del cuarto de entrenamiento, la enemistad seguiría.

Rubiel puso los ojos en blanco.

—Perdónala, no sale mucho del palacio y lleva siglos buscando a alguien con quien aliarse contra Vesta.

—No te preocupes, de hecho me gusta la idea.

Aika dio unos saltitos mientras aplaudía ante la desaprobadora mirada de Rubiel.

—Amor, tú sabes que con Leo y Alexandra fuera, Vesta es la persona más poderosa del palacio. Además, ¡TENGO UNA NUEVA AMIGA!

Rubiel comenzó a reírse entre dientes.

Sospeché que había una razón detrás del comportamiento de Aika, pero no era el momento de hacer preguntas acerca de la manera de actuar de mi nueva amiga.

—¿Qué te parece si vamos de compras mañana?

Rubiel volteó a ver a su esposa, horrorizado.

—Magali está entrenando con Vesta. Además, no es seguro sacarla del palacio.

Aika contestó automáticamente.

—Estoy segura de que Leo no se molestaría si tú vienes con nosotras.

Sus ojos se abrieron y comenzó a poner carita de niña chiquita.

—Por favor, por favor, por favor.

Yo tenía ganas de salir del palacio e ir a un lugar normal, aunque no estaba segura de que hubiera algún tipo de plaza comercial en medio del desierto.

—Vamos, Rubiel, podemos ir cuando Vesta termine de darme clases.

Pude ver que casi lo habíamos convencido.

—Además, puedo estrenar mi camioneta.

Podría jurar que escuchaba el cerebro de Rubiel funcionando a toda velocidad, intentando encontrar algún pretexto para negarnos la salida.

Por fin Rubiel habló con voz derrotada.

—Está bien, pero las cosas se van a hacer a mi manera. Nada de llamadas telefónicas, nada de desaparecer ni andar solas en ningún momento. ¿Está claro?

Aika saltó a los brazos de Rubiel y le dio un beso.

—Lo prometo.

Yo también prometí comportarme.

—Bueno, me siento un poco cansada. Voy a recostarme un rato.

Sí estaba cansada; además, parecía que Rubiel y Aika necesitaban cierta intimidad.

—De acuerdo. Descansa.

Aika hizo una pequeña reverencia después de que Rubiel se despidiera de mí.

Yo caminé hasta mi habitación. Afortunadamente ya empezaba a reconocer algunos de los pasillos del palacio y solo di un par de vueltas extra antes de llegar a mi destino.

Decidí acostarme un rato. Mi vida había cambiado mucho en los últimos días, ahora sabía que la magia era real, los licántropos se casaban con mujeres gato, los alquimistas eran mucho más que pseudocientíficos que intentaban cambiar el plomo en oro y había personas inmortales.

La curiosidad me venció.

Me concentré de la manera en la que Vesta me había enseñado y comencé a reunir mi energía en las manos.

Nuevamente comenzaron a brillar en turquesa. Empecé a formar una esfera de energía.

Era fascinante saber que tenía la capacidad de hacer eso.

Intenté recuperar la energía empleada para hacer la esfera. Vesta me había dicho que necesitaba concentrarla para formarla, así que supuse que para deshacerla tenía que hacer el proceso inverso.

La esfera comenzó a hacerse pequeña, hasta que finalmente desapareció.

Alguien tocó la puerta de mi habitación.

—Adelante.

Escuché cómo abrían la puerta.

—No estabas dormida, ¿verdad?

Laura vestía nuevamente con ropa de gitana.

—Estaba descansando un poco.

Me incorporé y le ofrecí la silla de mi escritorio para que ella pudiera sentarse. Laura hizo un gesto de agradecimiento con la mano y ocupó la silla.

—Lamento que Vesta te haya atacado.

Yo me encogí de hombros.

—No importa, no me lastimó.

Laura comenzó a negar con la cabeza incluso antes de que terminara de hablar.

—No es correcto. Nosotros estamos acostumbrados a usar magia, tú la estás descubriendo. Olvidan con mucha facilidad que las cosas normales para nosotros son cosas muy extrañas para ti.

Sonreí para que Laura suavizara un poco su tono de voz.

—¿Leo también es así?

Laura comenzó a reírse.

—Creo que es el peor de todos. No tienes idea de lo divertido que es ver cómo se molestan con magia.

Una parte de mí intentó imaginar cómo sería eso. La otra parte comenzó a preguntarse si yo llegaría a ser igual en algún momento.

Laura comenzó a hablar ante mi silencio.

—Tu energía es de un color muy particular; nunca había visto una energía turquesa tan poderosa.

En ese momento recordé que cada uno había hecho magia con un color distinto.

—¿De qué color es la energía de Leo?

—Verde esmeralda. Aunque puede manipular varios tipos de energía.

Al escuchar sus palabras, tuve la sensación de estar olvidando algún detalle.

Mi estómago interrumpió mi pensamiento con un gruñido.

—Hay que hacerle caso al estómago —dijo Laura—. Vamos a cenar.

—Sí, por favor.

En el camino hacia la cocina me di cuenta de que en esta ocasión no estaba ni tan cansada ni tan hambrienta como la primera vez que usé magia.

Aun así esperaba que mi cuerpo se fuera acostumbrando al uso de la magia. De lo contrario, iba a terminar con severos problemas de sobrepeso.