Capítulo 6 La familia del alquimista
El cuarto de Leo se encontraba detrás de una gran puerta de madera negra.
Junto a la ventana con pesadas y gruesas cortinas, descansaba un piano de cola, un violín y una guitarra. El piano tenía las partituras del primer movimiento de Claro de luna , de Beethoven.
Las paredes se elevaban por dos niveles cubiertos de libros y una escalera montada en un carril para permitir que esta se desplazara por los dos niveles de libreros.
Mis ojos se desplazaron automáticamente buscando el tercer estante del tercer librero, que tenía el espacio vacío correspondiente al tercer libro.
—Es un desperdicio.
Volteé a ver a Rubiel.
—Este cuarto podría ser una excelente armería y él la transformó en una biblioteca con cama que, según él, es un dormitorio.
Rubiel fingía estar horrorizado ante la idea de que Leo hubiera preferido hacer una biblioteca con cama en vez de una armería.
—No parece que pase mucho tiempo durmiendo aquí.
Comencé a caminar por la habitación y alcancé a ver las puertas cerradas de un armario mucho más pequeño que el mío y un estante con varias botellas de vino, otras con un alcohol verde, una cafetera y un incensario de madera ennegrecido por el uso.
—Solo el necesario. Él generalmente duerme en la mañana. Dice que la noche es el mejor momento para trabajar.
Eso me recordó la pregunta que le hice a mi mamá el día que mis poderes dieron signos de vida por primera vez.
—¿Leo en qué trabaja?
Rubiel lo pensó por un momento.
—Ninguno de nosotros tiene trabajos oficiales, aunque somos dueños de varias empresas que comercializan prácticamente de todo.
Leo actualmente le da asesoría a ciertos laboratorios e instalaciones militares cuando sus investigaciones se atascan, pero él y yo somos dueños de la división de Industrias Azul encargada de suministrar equipo a la milicia de casi todo el mundo.
—¿Ustedes les venden armas?
—Generalmente vendemos las patentes; a muy pocos países les vendemos armas directamente. Somos de los proveedores más caros y exclusivos.
Rubiel sonrió con satisfacción.
Yo seguí recorriendo el cuarto de Leo.
La cantidad abrumadora de libros despertaba mi curiosidad.
—¿Los ha leído todos?
—Varias veces. La mayoría son de consulta, pero entre ellos también están sus novelas y obras literarias favoritas.
Uno de los tomos más gastados era Romeo y Julieta .
Me detuve frente al piano.
—Es una de sus piezas clásicas favoritas. No es muy bueno tocando el piano, pero Claro de luna le sale casi tan bien como a Beethoven.
Vi de reojo los portarretratos y me dirigí hasta su escritorio.
La primera fotografía mostraba a un grupo de personas con uniforme militar. Entre ellos estaba Rubiel.
—¿Quién es Leo?
Rubiel tomó el portarretrato.
—Es el chaparro de la derecha.
Exactamente junto a Rubiel se encontraba un joven de aproximadamente veinte o veintidós años.
En comparación con las personas de la fotografía se veía pequeño, tanto en estatura como en edad.
Todos portaban su uniforme azul y algunos de ellos, entre ellos Leo, tenían una cadena que iba desde su cinturón hasta el bolsillo.
Usaba el cabello largo, amarrado en una coleta, tenía cejas pobladas y ojos café. Era la primera vez que veía a Leo.
—Eran nuestros compañeros, la mayoría eran alquimistas como tu padre.
Yo seguí viendo las fotografías.
La siguiente fotografía mostraba a Leo junto con Vesta. Ella se veía más joven; aparentaba unos veinticinco años.
Ambos se veían muy elegantes. Leo tenía puesto un uniforme parecido al que usaba en la fotografía anterior, con la diferencia de que este era negro y se veía mucho más formal.
Muchas insignias y pequeños prendedores que seguramente indicaban su rango y los méritos obtenidos adornaban el saco del uniforme.
Vesta tenía puesto un vestido negro con destellos tornasol, de tirantes, con la espalda casi totalmente descubierta.
En la espalda baja, el vestido terminaba con un corte circular.
Por la parte de enfrente, estaba ajustado y desde la cintura tenía una buena caída.
Sus aretes hacían juego con su dije con forma de una pequeña hada de cristal.
Su cabello estaba suelto, llegaba casi hasta la mitad de su espalda.
Leo estaba de frente a la cámara y Vesta estaba ligeramente de lado abrazándolo, mientras que él tenía el brazo a la altura de la cintura de Vesta. Los dos se encontraban frente a una escalera. Ambos lucían muy felices.
Me resultaba increíblemente extraño ver a Vesta irradiando felicidad, al igual que a Leo. Él parecía ser el hombre más feliz del mundo.
—¿Cuándo tomaron esta fotografía?
Rubiel vio la fotografía por unos instantes y su ceja se arqueó ante el esfuerzo de recordar.
—Me parece que fue el día de la boda de un alquimista muy querido por Leo. Él lo veía casi como a un padre.
Lancé un último vistazo a la fotografía y me concentré en la siguiente foto.
Leo se veía más viejo; ahora aparentaba unos treinta y siete años.
Tenía puesta una gabardina, una camisa blanca, pantalón de mezclilla y estaba abrazando a una hermosa joven de aproximadamente mi edad, de cabello largo y aspecto juvenil.
Lucía un vestido verde y primaveral, ambos simulaban estar recargados contra la Torre Eiffel.
—¿Quién es ella?
Rubiel sonrió al ver la fotografía y automáticamente contestó:
—Alexandra.
Sentí una oleada de ira. Leo tenía tiempo para ir de vacaciones con la hija de Vesta, pero nunca se había presentado conmigo.
La siguiente fotografía los mostraba a los dos frente a las pirámides de Egipto.
Una fotografía más enmarcaba a Leo, Vesta y Alexandra frente a unas cataratas inmensas. Frente a una de las cataratas distinguí una figura que me costó unos segundos lograr identificar.
—¿Eso es un dragón? —dije al tiempo que levantaba la fotografía para verla más de cerca.
—Sí —contestó Rubiel con naturalidad—. Fue en unas vacaciones en Diralia.
Lo miré confundida.
—Es otra dimensión.
Miré fascinada al dragón por unos instantes. No pensé que existieran, y menos que hubiera personas que se tomaran fotos con ellos.
La siguiente fotografía la reconocí inmediatamente.
Era la fotografía que me habían tomado hace un par de meses en la cena de unos amigos de mis padres.
Mi mamá había insistido en que nos dieran un duplicado de la foto.
Rubiel me tomó del hombro.
—Le gusta tener tus fotografías actualizadas, pero tiene muchas en un álbum, que debe de estar entre alguno de todos esos libros.
Sabía que Rubiel me ocultaba algún tipo de información importante acerca de las fotografías y Vesta aparecía en dos de ellas.
—¿Puedo quedarme un momento en su cuarto?
Rubiel reaccionó rápidamente.
—Claro, perdón. Este… de hecho, acabo de recordar que tengo algo que hacer, en algún lado… si necesitas algo me avisas.
Él salió rápidamente del cuarto dejándome a solas.
Mi plan había funcionado; tenía unos minutos a solas y podría ir al cuarto de Vesta para preguntarle un par de cosas.
Esperé unos minutos mientras recorría la habitación de Leo. La cantidad de libros era asombrosa y tenían temas increíblemente variados.
Me recosté un momento en la cama. Noté que en uno de los extremos de esta había un pequeño rectángulo de tela, de aproximadamente veinte centímetros, colocado a modo de hamaca.
Decidí que iba a emplear esos minutos de espera en planear correctamente mis preguntas.
¿Por qué Leo salía tanto de vacaciones con Alexandra? ¿Hace cuánto tiempo se tomó la fotografía en la que él aparecía con Vesta? Y la pregunta más importante de todas:
¿Había alguna fotografía de mi mamá?
Después de un par de minutos supuse que Rubiel ya debía de estar lo suficientemente lejos como para que fuera seguro salir del cuarto de Leo sin ser vista.
Caminé rápidamente hacia la habitación de Vesta. La puerta estaba abierta, así que supuse que no era necesario tocar.
—¿Vesta?
No hubo respuesta. Di un par de pasos dentro de su cuarto.
Era más grande que el cuarto de Leo, con grandes espejos, una cama inmensa y un par de burós en los extremos de la cama. El más cercano tenía un portarretratos que apuntaba hacia la cama, impidiéndome ver la fotografía. Junto al portarretratos se hallaba el diario de Leo.
Me aseguré de que los pasillos estuvieran vacíos y de que no hubiera nadie en la habitación. Teóricamente, yo no podía robar algo que Leo me había dado a mí y que Vesta había robado. Supuse que era posible que Vesta me diera algunas respuestas, pero obtendría muchas más de ese diario.
—¿Qué demonios haces aquí?
La voz de Vesta sonó increíblemente severa y molesta.
Cometí el error de voltear a ver hacia el lugar donde se encontraba el diario. Ella cerró los ojos y una esfera de fuego comenzó a aparecer en su mano.
Sentí que alguien me tomaba del antebrazo con fuerza.
—¡CORRE!
La dueña de aquella voz femenina y armoniosa, que denotaba preocupación, comenzó a arrastrarme por las escaleras y murmuró algo muy parecido a un gruñido en un idioma incomprensible para mí.
En el momento en que bajamos las escaleras, la mujer me tomó en brazos y corrió hasta la puerta como si mi peso no afectara su movilidad.
—¡ACABAS DE FIRMAR TU SENTENCIA DE MUERTE, MALDITA GATA!
Fue lo último que alcancé a escuchar cuando dimos la vuelta por un pasillo que conducía al enorme salón principal.
—¿Estás bien?
Volteé a ver a quien me había ayudado.
Era una mujer pequeña, casi de mi misma estatura. Vestía un kimono muy ajustado a la cintura y dejaba descubiertos dos tercios de sus muslos. Sus grandes y rasgados ojos y facciones casi felinas mostraban preocupación. Tenía cabello negro y un par de orejas de gato salían de su cabeza.
Ese detalle me hizo darme cuenta de algo que se movía rítmicamente a sus espaldas: una cola.
No pude emitir ningún sonido.
Vesta apareció a unos veinte metros de nuestra posición, caminando lenta y firmemente hacia nosotras. Formó una nueva esfera de fuego.
—¡MI VIDA, AYUDAAAAAAA!
Era demasiado tarde, Vesta había lanzado la esfera hacia nosotras.