Capítulo 5 Tregua y lecciones #3
En el momento en que la esfera de energía abandonó mis manos, explotó.
Una onda de energía me impulsó a un par de metros de mi posición y aterricé sobre mi espalda; grité a causa de la sorpresa.
Cuando aterricé, noté una fuerte punzada de dolor en mi mano.
La miré y estaba roja, con pequeñas ampollas y llagas.
Rubiel entró a la habitación y fue hasta donde yo me encontraba a tal velocidad que su figura se tornó borrosa.
—¿Estás bien? ¿Qué te hizo?
Dirigió una mirada envenenada hacia Vesta. Ella ignoró a Rubiel.
—¿Estás bien?
Yo asentí con la cabeza.
—¿Qué pasó?
Vesta se acercó hacia mí y se agachó a mi lado.
—Perdiste la concentración. Más adelante lo podrás hacer de forma instintiva, pero de momento necesitas concentrarte.
Su mano se cubrió de fuego y la acercó a mi mano. Yo la retiré automáticamente.
—No te voy a lastimar.
Después de un par de segundos acerqué mi mano.
El fuego en su mano fluyó hasta la mía. No quemaba; de hecho, era una sensación agradable, como si un líquido tibio envolviera mi mano.
Poco a poco, el dolor desapareció, y cuando el fuego se dispersó, mi mano estaba totalmente curada.
—¿Cómo es que…?
Era evidente que las heridas de mi mano no podían desaparecer tan pronto. Rubiel contestó la pregunta.
—Vesta tiene el don de curar usando el fuego.
Ella sonrió y dijo:
—Bueno, el maniquí sigue intacto y creo que la lección de hoy ha terminado.
Yo me sobresalté; tenía que destruir el maniquí para que Vesta me diera respuestas.
Me levanté, la desesperación y el coraje de que Vesta se fuera sin darme respuestas de mi mamá me invadieron.
Concentré la energía rápidamente en mi mano y la lancé hacia el maniquí. Sentí que me mareaba nuevamente, pero no me importó.
El maniquí estalló en cientos de pedazos.
Rubiel me miró con asombro y los ojos desorbitados.
—¿Ya puedes lanzar esferas de energía?
Vesta le contestó.
—Yo también estoy sorprendida, aprende muy rápido.
Rubiel sonrió.
—Entonces aprendiste muchas cosas hoy, desde controlar tu energía, proyectarla y concentrarla, increíble.
Las palabras de Rubiel hicieron que una sonrisa lobuna se dibujara en mi rostro.
—Es cierto, hoy aprendí por lo menos tres cosas; esas son por lo menos tres preguntas, ¿no?
Vesta dirigió una mirada asesina a Rubiel.
—¡LÁRGATE, PERRO, TE DIJE QUE NO TE QUERÍA VER AQUÍ!
Rubiel se fue carcajeando mientras salía de la habitación.
Vesta respiró por un momento para recuperar la calma. Me miró y habló.
—¿Qué quieres saber?
Tenía tres preguntas, y no las quería desperdiciar, aunque era probable que ella me diera una cantidad mínima de información.
—¿Cómo se llamaba?
No era la pregunta más importante, pero ni mis padres conocían su nombre.
—Se llamaba Amelia.
La siguiente pregunta salió de forma automática.
—¿Qué le pasó?
Vesta respiró profundamente.
—Murió cuando tú naciste.
Sonrió.
—De hecho yo atendí su parto. Pero no pudimos hacer nada para salvar a tu madre. Aunque conozco los detalles de lo que le pasó, supongo que es algo que Leo debe decirte cuando regrese.
—¿Cómo era y por qué tienes una deuda de honor con ella?
Antes de que Vesta pudiera decir algo, volví a hablar.
—Es una sola pregunta.
Sonreí con nerviosismo. Ella me miró por un momento.
—Es la única vez que te voy a contestar una pregunta doble, ¿entendiste?
Asentí con la cabeza.
—Amelia era una mujer muy hermosa. Tenía cabello negro y largo, ojos cafés, era un poco más alta que yo y tenía facciones delicadas.
Era una bruja celta de bajo nivel, pero con un corazón de oro; tenía una paciencia infinita, amaba con todas sus fuerzas y siempre estuvo dispuesta a sacrificarse por las personas que amaba.
Vesta sonrió ante el recuerdo de Amelia.
—La deuda que tengo con ella nació de uno de sus desinteresados actos de bondad. No te voy a decir más de lo necesario: Amelia salvó a alguien que quiero mucho.
Los ojos de Vesta se llenaron de tristeza ante el recuerdo.
—Estuvo ahí para esa persona cuando me necesitaba a mí y enseñarte magia es lo menos que puedo hacer para pagarle.
Reflexioné durante unos momentos.
—Bien, la lección de hoy terminó, te recomiendo que vayas a comer algo y te veo mañana después de desayunar, si tienes alguna duda relacionada con lo que te enseñé hoy, ve a mi cuarto, TOCA antes de entrar.
Vesta dio la vuelta y salió del cuarto de entrenamiento con un porte y un estilo inigualables. Escuché unos murmullos de Rubiel y vi un destello morado, seguido de una explosión y un grito.
Rubiel entró un par de segundos después. Su camisa tenía un agujero en el pecho con los bordes chamuscados, aun así su pecho no mostraba ninguna herida.
—¿Qué le dijiste?
La situación empezaba a parecerme casi cómica, Rubiel tenía un don para desesperar a Vesta.
—La verdad —respondió entre risas—. Tienes el mismo talento que Leo para aprender magia. Eres mucho más poderosa de lo que pensaba.
Yo no me sentía poderosa. Estaba extrañada de que en verdad pudiera hacer esas cosas. Ni en mis sueños más descabellados habría imaginado que yo pudiera hacer algo así.
—Es extraño. Hasta hace un par de días yo era una persona normal y ahora resulta que soy hija de un alquimista y que puedo destruir cosas lanzando energía de mis manos.
Lo más extraño de todo, y lo que no quise confesar, es que me sentía increíblemente cómoda haciendo todo eso que hasta hace un par de días consideraba totalmente imposible e inexistente.
—Puedes hacer mucho más que eso. Yo tardé más tiempo que tú en lograr hacer una esfera de energía, en verdad tienes talento.
Me sentí apenada.
—No soy tan talentosa, casi me explotó una mano.
Rubiel estalló en carcajadas.
—Casi me volé la cabeza; me exploté la mano, la pierna, la comida, la cama, el violín de Leo, y lo más doloroso fue cuando por error le di a Vulcan.
Se estremeció ante el recuerdo.
—No sabía que Leo tocara algún instrumento musical.
Esa declaración me causó curiosidad y alegría. Era posible que no tuviera el diario en mi poder, pero Rubiel parecía conocer muchos datos acerca de Leo.
—No solo eso, también toca el piano, la guitarra, algunas percusiones y uno que otro instrumento de viento.
Lo miré con incredulidad.
—¿En verdad sabe tocar todos esos instrumentos?
Rubiel se encogió de hombros.
—Yo sé utilizar todas esas armas y conozco prácticamente todos los estilos de pelea del mundo; Azul ha leído casi toda obra literaria que ha existido, y Vesta ha estudiado medicina como treinta veces y tiene como cuarenta y cinco especialidades.
Mis ojos expresaron la sorpresa que sentía. Rubiel continuó hablando con naturalidad.
—Cuando eres inmortal el tiempo libre se convierte en un verdadero problema, si no te mantienes ocupado en algo, el aburrimiento es… bueno, infinito.
Una nueva duda surgió en mí.
—¿Qué se siente saber que no puedes morir?
Rubiel negó con la cabeza.
—No me malinterpretes: no somos invulnerables.
Mi rostro hizo evidente mi confusión.
—Entonces, ¿pueden o no pueden morir?
—Una muerte por causas naturales es, hasta donde sabemos, imposible. Pero eso no quiere decir que no nos puedan matar.
—La cosa contra la que te enfrentaste en mi casa, ¿podría haberte matado?
Rubiel comenzó a reírse.
—Ni de broma. He matado cosas mucho más peligrosas que un triste demonio.
Hablaba de muertes con tanta tranquilidad que me hizo sentir incómoda.
—¿Podemos ir por algo de comer?
Igual que el día anterior, comenzaba a sentir los efectos del uso de la magia.
—Es buena idea, además después de comer tengo algo que mostrarte.
Decidí controlar mi curiosidad y no preguntar qué me quería mostrar.
Cuando llegamos a la cocina, Neritha ya tenía un plato de sopa, agua de Jamaica y carne asada.
—Sabía que ibas a regresar con hambre después de haber entrenado con la señorita Vesta.
Su voz tenía un toque de humor.
—Gracias, Nita.
Llevaba muy poco tiempo de conocer a esa mujer, pero era imposible no tomarle cariño por la forma en que trataba a todo mundo.
—Si aún tienes hambre, solo tienes que decirlo.
—No, Nita, muchas gracias.
Ella me miraba y sonreía tiernamente.
—Nita, déjala comer tranquila, a nadie le gusta que lo vean comer.
Rubiel rellenó mi vaso mientras miraba de reojo a Neritha.
Ella se mostró apenada y habló con ternura y arrepentimiento.
—Lo siento, es que no puedo evitarlo, tiene los mismos ojos que la señorita Amelia.
Casi me atraganto con la comida.
—¿Ustedes conocieron a mi mamá?
Un destello de esperanza brilló en mi interior. Era posible que Vesta solo aceptara darme información cada vez que lograra aprender alguna lección de magia, pero tanto Rubiel como Neritha parecían dispuestos a darme toda la información que pidiera sin ponerme condiciones de ningún tipo.
—¿Que si conocimos a la señorita Amelia?
Neritha intercambió una mirada nostálgica con Rubiel.
—Esa mujer era un sol.
Neritha me dirigió una sonrisa.
—Tu padre una vez me contó la historia de cómo se conocieron, ¿la quieres oír?
Yo asentí con la cabeza ante la mirada nerviosa de Rubiel.
—Nita, estás hablando de más, puede que Leo no te vaya a hacer nada cuando se entere de que le robaste una de las historias que más ha esperado para contarle a Magui, pero a mí me va a matar por no haberte detenido.
Neritha levantó las manos con exasperación.
—A quien van a golpear es a ti, no a mí. La niña quiere respuestas y respuestas es lo que tendrá.
Rubiel castigó con la mirada a Neritha, quien respiró profundamente.
—Está bien, dejaré que esa historia se la cuente Leo, pero no vas a poder evitar que de vez en cuando le cuente una que otra cosa.
Neritha hizo una cara misteriosa.
—Recuerda que Nita lo sabe todo.
Rubiel se levantó de la mesa.
—Ven, te voy a mostrar el cuarto de Leo, es posible que encuentres algo interesante.
Agradecí a Neritha por la comida y acompañé a Rubiel sin saber qué esperar.