El Diario del Alquimista Capítulo 5 Tregua y lecciones
13%

Capítulo 5 Tregua y lecciones

Esta vez reconocí la sensación al instante: nuevamente estaba dentro de los sueños que me perseguían desde hacía días. Podía sentir desesperación; también percibía cientos de cosquilleos que se acercaban a la persona que corría hacia el bosque.

Podía distinguir los olores con más claridad: pinos, humedad, tierra mojada, pasto; y por fin logré identificar el olor metálico que antes no había podido reconocer: era sangre.

Un olor putrefacto proveniente de todos lados saturó el ambiente. Quien corría por el bosque volteó a ver sus manos ensangrentadas. La espada que había conseguido hace un par de sueños se encontraba empuñada en su mano derecha, la cual emitió un destello esmeralda que subió por la espada.

Cuando el brillo desapareció, la espada había cambiado y lucía como una espada de esgrima.

Una rama se rompió detrás de la figura que empuñaba la espada. El hombre volteó rápidamente y cortó la cabeza de lo que parecía ser un cadáver que comenzó a envejecer a una velocidad excesiva para convertirse en polvo.

Podía distinguir decenas de pares de ojos entre las sombras del bosque. El hombre se agachó y colocó una mano en el suelo. Un intenso brillo dorado centelló debajo de él.

Se escuchó un aullido de dolor formado por cientos de voces; los ojos desaparecieron.

Una fría voz cargada de ira retumbó en todo el bosque:

—NO PUEDES MATARNOS A TODOS, EL REGRESO DE NUESTROS AMOS ES INEVITABLE, ESTO ES SUPERIOR A TUS FUERZAS.

Un solo par de alas revoloteó con fuerza a escasos metros del hombre agachado.

Un león del tamaño de un rinoceronte, con alas enormes y ojos de color rubí, gruñó con fuerza, haciendo temblar el suelo.

El hombre se levantó y apuntó su espada hacia el gigantesco león alado.

El león se lanzó a una velocidad sorprendente y, con un rápido zarpazo, arrojó al hombre a varios metros de distancia hasta que un árbol detuvo la inercia del golpe.

Él volteó a ver su brazo, que presentaba grandes y profundos cortes.

Escuchó al león moverse de nuevo. Un instante después, lo atrapó por el costado, enterrando sus afilados colmillos en su cuerpo.

Una serie de crujidos me indicaron que sus costillas se fracturaban bajo la fuerza de la quijada del animal.

Un grito salió de su garganta y el ambiente se cargó del característico olor a óxido de la sangre.

Desperté sobresaltada, el último ataque que había recibido ese hombre había sido tan real que podría jurar que sentí los colmillos desgarrando mi piel como si yo hubiera sufrido el ataque.

Respiré profundamente.

Había sido una pesadilla. Eso me relajaba; era imposible que alguien hubiera podido sobrevivir a un ataque de tal magnitud.

Me di una ducha para despejar mi mente.

El estómago me gruñía, así que no dediqué mucho tiempo en explorar mi nuevo guardarropa y me puse prácticamente lo primero que encontré y bajé hasta la cocina.

—Buenas tardes.

El saludo de Azul me detuvo en el marco de la puerta.

—¿Tardes?

Neritha acercó un plato de comida al lugar que yo había ocupado el día anterior y se dirigió a mí.

—Dormiste toda la mañana, mi niña.

Me sentí avergonzada.

—Perdón.

Rubiel se levantó automáticamente cuando yo me iba a sentar y habló:

—No te disculpes, ayer desprendiste una cantidad inmensa de poder; era de esperarse que necesitaras un buen tiempo en recuperarte.

Podía sentir nuevamente un cosquilleo proveniente de cada uno de ellos.

Azul habló animadamente:

—¿Se acuerdan cuando Leo tardó como cuatro meses en recuperarse de la mega golpiza que le acomodaron?

Un gesto de dolor cruzó el rostro de Vesta.

Rubiel comenzó a reírse mientras tomaba una jarra de jugo de naranja y llenaba mi vaso y el de Vesta.

—Eso no fue humano, no sé cómo aguantó tanto.

Rubiel me volteó a ver, aún con una sonrisa en la cara.

—Lo hubieras visto, nos lo entregaron en pedacitos.

Vesta golpeó la mesa con la palma de la mano y las risas cesaron al instante.

—¿Podrían cambiar de tema?

Su voz sonaba irritada. Tanto Azul como Rubiel se sonrojaron.

Decidí romper el silencio incómodo.

—¿Es normal que tenga tanta hambre?

Laura contestó con su habitual cordialidad.

—Muy normal, la magia consume mucha energía.

Pensé por un momento y decidí que, ya que ellos sabían por lo que estaba pasando, no tenía razón para contener mi apetito.

Estiré la mano para tomar un poco de pan y el vaso de Vesta, que se encontraba a más de medio metro de mi mano, se volcó sobre su ropa.

—¡PERDÓN, NO SÉ QUÉ PASÓ!

En verdad estaba apenada; sentí que la sangre se me bajaba a los pies mientras el rostro de Vesta se tornaba de color escarlata.

Rubiel fue el primero en hablar, sus palabras demostraban que estaba haciendo lo imposible para no reírse.

—No te preocupes, a todos les pasa al principio.

Vesta lo fulminó con la mirada.

—¡CÁLLATE, MALDITO PERRO!

En esta ocasión, todos en la mesa, a excepción mía y de Vesta, comenzaron a reír. Ella me volteó a ver con furia.

—Voy a cambiarme y cuando regrese más te vale que hayas terminado de comer, porque vas a entrenar todo el día.

Salió sin dar mayor explicación. Laura estaba boquiabierta.

—¿Vesta le quiere enseñar magia?

Rubiel y Azul se miraron con preocupación hasta que una sonrisa cruzó la cara de Azul.

—Suerte, perro. Tú eres el protector, ¿no?

Era impresionante la facilidad que tenían para desviarse de los temas preocupantes.

—¿Cómo lo hice?

Mi voz sonaba casi como si dirigiera la pregunta a mí misma.

—La telequinesis tiene muchos detonantes, pero dentro de los más efectivos están el miedo, el nerviosismo y el coraje, aunque casi cualquier emoción intensa la puede activar accidentalmente.

Azul dio la explicación como si la estuviera leyendo de un libro.

Me quedé pensando por un momento.

No sabía si podía hacerlo, pero deseaba que cuando regresara Vesta fuera capaz de mover algo nuevamente por “accidente” y ensuciarla de nuevo. Esa idea me produjo una mezcla de alegría y nerviosismo típica de quien planea una travesura.

Seguí comiendo mientras intentaba distraídamente mover sin éxito alguno de los cubiertos que tenía cerca de mí. El problema es que no sabía cómo hacerlo.

Cuando terminé de comer, le di las gracias a Neritha por la comida y un par de minutos después Vesta entró a la cocina. Tenía puesto un nuevo vestido.

—¿Ya acabaste o piensas seguir comiendo?

El tono de voz de Vesta me molestó.

Me concentré en un florero que se encontraba junto a la puerta e hice un discreto movimiento con la mano.

El florero se tambaleó por un momento y después se estrelló en el suelo, salpicando a Vesta con agua.

La sensación de éxito fue abrumadora, pero afortunadamente logré contener la risa y pronuncié con la voz más hipócrita que pude: “Lo siento, fue un accidente”.

—AL CUARTO DE ENTRENAMIENTO, YA.

Vesta desapareció en una nube morada mientras que Rubiel se reía y se levantaba para acompañarme.

Comenzamos a platicar en el trayecto hacia el cuarto de entrenamiento.

—¿Leo también puede hacer esto?

Al parecer, ser hija de Leo implicaba mucho más que solo recibir regalos.

—Claro, él es uno de los más poderosos en el palacio; y puede que sea el que más conocimientos tenga en relación con la magia y, evidentemente, con la alquimia.

Ya había visto a prácticamente todo mundo hacer magia en esa casa, excepto a Rubiel.

—¿Tú también puedes hacer magia?

—Muy poca —contestó—. Mis habilidades son más bien de combate cuerpo a cuerpo, soy medio salvaje.

Por la fuerza que se necesitaba para tirar una pared, hacer saltos sobrehumanos y desplazarse a velocidades imposibles, suponía que en una pelea Rubiel tendría la victoria asegurada.

Llegamos al cuarto de entrenamiento.

Cuando entramos, Vesta estaba revisando nuevamente su celular.

—¿Tú qué haces aquí? —dijo, refiriéndose a Rubiel.

—No la voy a dejar sola. Si algo le pasa, Leo nos mata a los dos.

La voz de Rubiel era jovial.

—Te mataría a ti. Además, recuerda que tengo una deuda.

Vesta habló de forma calmada.

Rubiel lo pensó por un momento.

—Voy a estar afuera. Si algo te pasa, grita y entro a salvarte.

Vesta dibujó una sonrisa en su rostro y chasqueó los dedos. Una esfera de fuego apareció sobre su mano y la lanzó hacia la posición de Rubiel.

Él se agachó con agilidad y la esfera se estrelló contra la pared, dejando una mancha de hollín. Rubiel le mostró la lengua a Vesta y salió riéndose del cuarto de entrenamiento.

Comencé a sentirme nerviosa. Estar sola con la mujer que expresaba odio hacia mí y que podía lanzar fuego con solo chasquear los dedos no era la mejor idea del mundo.

—Ok, vamos a poner las reglas. Mientras estemos aquí, cualquier tipo de hostilidad y enemistad se queda afuera, ¿de acuerdo?

Su voz sonó mucho más amable de lo que jamás había sido conmigo.

Asentí e intenté hablar, pero me arrepentí.

Vesta me miró por unos momentos.

—Habla ahora. Necesito que estés concentrada y no pensando en cualquier cosa.

Fiel a su palabra, su voz seguía sonando amable.

—Tú me odias, ¿por qué quieres enseñarme magia?

Vesta sonrió por un momento.

—No te odio, pero no eres una de las personas con las que más disfruto convivir. Sin embargo, tengo una deuda con Leo que no creo poder pagar nunca y otra deuda de honor con tu madre. Enseñarte magia es lo mínimo que puedo hacer.

Mi corazón latió con fuerza. Mis padres nunca me habían dicho nada de ella, solo dijeron que había muerto cuando yo nací y que Leo jamás hablaba de ella. No sabían ni siquiera su nombre.

—¿Conociste a mi mamá?

Ella asintió con la cabeza.

—¿Cómo era?

Nunca pensé que Vesta conociera a mi mamá hasta el punto de tener una deuda con ella.

Vesta esgrimió una sonrisa.

—Vamos a hacer algo: cada vez que logres aprender algo de magia te voy a contestar una pregunta.

Eso tenía que llevar mala intención. Desde mi punto de vista, hacer todo lo que ella hacía era imposible.

Para empezar, una parte de mí seguía creyendo que todo lo que pasaba en ese palacio era un sueño del cual iba a despertar en cualquier momento.

Aun así acepté, era mi mejor opción, teniendo en cuenta que ella estaba en posesión del diario de Leo.

—De acuerdo.