Capítulo 4 El despertar
Un rayo delgado de color esmeralda comenzó a dibujar un círculo en la pared; desde su borde se formó un hexagrama.
—Increíble.
Mi sorpresa era descomunal; en verdad no esperaba que algo así pasara.
—Se los dije.
Laura sonreía con satisfacción.
El rayo esmeralda se condensó hasta formar solo la línea que trazaba el círculo que encerraba al hexagrama.
Vesta apareció nuevamente rodeada de su nube de chispas moradas.
Un pequeño y grueso libro, con tapas de cuero muy gastado, se encontraba firmemente aferrado entre sus manos. La cinta de cuero que impedía abrirlo seguía en su lugar.
—¿Qué van a hacer en el laboratorio?
Su voz expresaba curiosidad y molestia.
—Leo dijo que los poderes de Magui van a despertar antes de que acabe el día —contestó Rubiel con toda naturalidad.
Apuntó con su mano hacia la pared.
—Después de ustedes.
Azul y Laura caminaron sin preocupación hacia el muro.
Esperaba que se estrellaran contra él, pero lo atravesaron como si el muro, que hasta hacía unos instantes era sólido, se hubiera convertido en humo.
Vesta me volteó a ver.
—Esto no me lo pierdo.
Ella, al igual que Azul y Laura, caminó directamente hacia el muro, sin detenerse. El muro volvió a comportarse como si fuera gaseoso en vez de sólido.
—No te preocupes, es seguro —dijo Rubiel tocando mi hombro.
No estaba del todo convencida; aun así, caminé hacia el muro con los brazos extendidos.
Seguramente para Rubiel y los demás, mi actitud debía de parecer muy estúpida, pero según lo que yo sabía del mundo, los muros eran sólidos y no podían ser atravesados burlando las leyes de la física.
Contrario a lo que esperaba, crucé el muro sin ninguna dificultad. Rubiel entró después de mí.
Había visto cosas increíbles en ese palacio, pero el laboratorio de Leo era fascinante.
El laboratorio, en forma de torre, tenía una escalera que serpenteaba por el extremo de la pared y se levantaba hasta un enorme domo con un telescopio que hacía la función de observatorio; varias ventanas apuntaban a diferentes puntos de los trece niveles de la torre.
Grandes pizarrones repletos de símbolos que desconocía y fórmulas de una complejidad asombrosa rodeaban los muros y las proximidades de las mesas de trabajo.
Había una cantidad asombrosa de vitrinas en cada nivel, que contenían desde el material de laboratorio común hasta misteriosos e hipnóticos frascos cuyo contenido desprendía luz propia.
Había algunos con pequeñas piedras que cambiaban de forma y otros que también cambiaban de color, contenedores que retenían sustancias extrañas que pasaban del sólido al líquido y después al gaseoso, y otros que parecían contener luz en estado líquido.
Grandes torres de destilación emitían pequeños silbidos.
Uno de los niveles incluso tenía varios monitores de computadoras.
Una cantidad fastuosa de libreros cubrían las partes que no estaban ocupadas por vitrinas.
Una cafetera, una taza y un cenicero estaban sobre una pequeña mesa junto a uno de los equipos de destilación que estaban en funcionamiento.
Mapas estelares, diagramas del cuerpo y un cuadro del Hombre de Vitruvio de da Vinci se encontraban en la pared más cercana.
—¿ESTO es el laboratorio de Leo?
Jamás había visto un laboratorio de esas dimensiones y características.
—Así es —contestó Rubiel—. Estás en uno de los lugares donde tu padre pasa más tiempo.
Me reí suavemente.
—Es en serio, Leo pasa más tiempo aquí que en cualquier otra parte del palacio. Llega a pasar semanas enteras sin salir.
La voz de Azul carecía de cualquier nota de humor.
—¿Cuánto falta? —preguntó Laura.
Rubiel sacó nuevamente su celular para ver la hora.
—Diez minutos.
Rubiel comenzó a caminar hacia el fondo del laboratorio, hasta llegar a una pequeña cámara con una puerta metálica y pequeñas ventanillas.
—¿Qué es eso?
Era un espacio reducido y yo no era fanática de los lugares pequeños.
—Es la cámara de contención.
Rubiel abrió con facilidad la pesada puerta metálica, la cual emitió un chirrido.
Mi mirada delató mi incomprensión.
—Leo suele realizar experimentos capaces de destruir la mitad del palacio con toda facilidad, así que prácticamente lo obligamos a construirla cuando sus experimentos comenzaron a poner en riesgo nuestras vidas.
—¿Y qué tanto puede resistir?
Me habían dicho que eran inmortales, así que lo que fuera que Leo estuviera haciendo debía de ser muy peligroso. Rubiel, que al parecer era el que estaba mejor enterado de la vida de Leo, resolvió mi duda:
—Solo tu padre tiene una idea clara de lo que puede soportar la cámara de contención, pero sabemos que ha realizado varios experimentos nucleares ahí dentro y sigue en pie.
Mi corazón comenzó a latir con rapidez. ¿Qué iba a pasarme que necesitaba una cámara capaz de contener una bomba atómica?
Laura nos recordó la hora.
—Faltan siete minutos.
Rubiel hizo un gesto caballeroso para indicarme que entrara. Mi nerviosismo era notorio.
—¿Qué pasa? —preguntó Rubiel.
—No me gustan los lugares encerrados, tengo un poco de claustrofobia.
Escuché a Vesta murmurar con desesperación:
—Ay, por favor.
Rubiel fulminó a Vesta con la mirada.
—No te preocupes, yo voy a entrar contigo.
Eso me relajó un poco, por lo menos tendría alguien con quien hablar y mi mente no se iba a concentrar en hacerme creer que las paredes se caerían sobre mí.
—Gracias.
En condiciones normales no hubiera aceptado esa oferta. Hubiera intentado luchar contra mis miedos, pero en este momento ya tenía suficientes preocupaciones como para agregar una más.
Entramos a la cámara de contención y Rubiel cerró la puerta a sus espaldas.
El interior de la cámara estaba iluminado, pese a que no había nada que indicara de dónde provenía la luz.
Varias partes del blindaje interno de la cámara mostraban manchas de hollín, causadas seguramente por algunos de los experimentos de Leo. Pude ver a través de las pequeñas ventanas cómo Laura, Azul y Vesta se acercaban para ver.
—¿Es peligroso lo que me va a pasar?
Tantas precauciones no podían ser solo por gusto.
—No para ti, de hecho tú eres quien menos tiene que preocuparse por su seguridad.
Nuestras voces creaban eco y rompían el silencio sepulcral de la cámara.
—Si es peligroso para los demás, ¿por qué estás aquí adentro conmigo? Puedo luchar contra mi miedo por unos momentos.
Puede que eso fuera una mentira, pero no quería poner en riesgo a Rubiel.
—No me va a pasar nada. Además, si Leo estuviera aquí, él estaría ocupando mi lugar, y te recuerdo que te dije que ahora también soy tu protector.
Eso me hizo recordar la conversación de la mañana.
—¿Es cierto lo que dijo Vesta?
Rubiel me miró confundido.
—¿Leo está desaparecido por mi culpa?
Puede que yo no le tuviera un gran aprecio porque no había convivido con él, pero por lo poco que sabía, parecía una buena persona y sus conocidos estaban notablemente preocupados por él.
Rubiel se relajó y adoptó un tono casi paternal.
—Desde luego que no. Leo siempre se mete en problemas; la única diferencia es que esta vez iba solo. Si hubiéramos estado todos juntos, es posible que ya estuviéramos de regreso. Lo único que lamento es que él se esté llevando toda la diversión.
Una sensación extraña interrumpió mi oleada de preguntas.
—Ya comenzó.
Rubiel dio un paso hacia atrás.
La sensación era completamente extraña y desconocida; sentía un cosquilleo generalizado que comenzaba en el centro de mi pecho y se extendía hacia mis extremidades. Mi pulso comenzó a ganar velocidad. Volteé a ver mis manos.
Nuevamente se encontraban cubiertas de un intenso resplandor turquesa.
Pequeñas chispas, como diminutos diamantes, se desprendían de mis manos y se disolvían antes de tocar el suelo.
Estaba completamente fascinada, ya no tenía miedo, ahora estaba hipnotizada por el bello resplandor que emitían mis manos.
Poco a poco, el resplandor fue cubriendo todo mi cuerpo; a su paso despertaba sensaciones en mí que antes no podía detectar.
Sentía con mayor claridad el roce de la ropa con mi piel.
Cuando el resplandor turquesa cubrió mi cabeza, el efecto fue impresionante.
Una fuerte ventisca se formó a mi alrededor; delgados rayos turquesa golpeaban las paredes de la cámara dejando marcas por donde pasaban.
Estos fueron aumentando su intensidad y rapidez mientras el brillo crecía.
Sentía cómo zonas de mi cerebro que jamás había utilizado se activaban con fuerza.
Mi vista podía distinguir los contornos con mayor claridad y el resplandor turquesa se veía aún más brillante.
Veía cada una de las pequeñas chispas turquesa; podía escuchar con más claridad de la que jamás hubiera creído posible.
De pronto comencé a sentir un cosquilleo en mi cabeza y en la espalda; percibí otro, caótico y poderoso, muy cerca de mí, y otros tres permanecían muy cerca unos de otros.
El resplandor turquesa aumentó de intensidad hasta el punto en que una explosión de luz cubrió la cámara, cegándome por un momento.
Pude sentir el suelo temblando bajo mis pies.
Cuando abrí los ojos, solo mis manos centelleaban débilmente. Todo mi cuerpo vibraba; estaba fuerte y más llena de vida de lo que jamás me había sentido. Me sentía completa, como si una parte vital que hubiera estado ausente toda mi vida ahora formara nuevamente parte de mí.
Sentí una variación en el cosquilleo que correspondía a la posición de Rubiel y lo volteé a ver antes de que alcanzara a moverse.
—Magali, ¿cómo te sientes?
Dio un par de pasos muy lentos para acercarse a mí, yo me volví a concentrar en mis manos, que aún brillaban.
—¿Maga?
Él estiró su mano para tocarme.
Yo levanté mi mano izquierda hacia él para pedirle con señas que me diera un poco de espacio y un momento para poder analizar todo lo que había pasado.
Sentí cómo aquella energía se concentró en mi mano a una velocidad increíble. El resplandor de mi mano izquierda cobró fuerza por un instante.
Rubiel salió despedido con una fuerza brutal hacia la pared de la cámara de contención y produjo un ruido seco al estrellarse contra ella.
Alcancé a escuchar la voz de Vesta estallando en una sonora carcajada.
Laura y Azul emitieron sonidos de exclamación.
Mis manos dejaron de brillar en cuanto Rubiel se estrelló contra la pared.
—¡PERDÓN!
No sabía qué había pasado, pero sabía que era mi culpa.
Rubiel parpadeó un par de veces, sacudió su cabeza, explotó en una carcajada y comenzó a levantarse. Habló una vez que logró contener su ataque de risa.
—No esperaba menos de ti.
Volvió a reírse, pero esta vez de una forma más controlada.
—¿Te lastimé?
Yo estaba preocupada pese a que Rubiel se mostraba increíblemente feliz.
—Para nada, estoy sorprendido. Está bien que seas hija de Leo, pero que me dejes fuera de combate por accidente es casi insultante para mí.
Nuevamente la risa se apoderó de él.
Yo empecé a sentirme mareada y una gran debilidad y pesadez comenzó a vencerme.
Rubiel se acercó rápidamente para evitar que me cayera.
—Vamos, necesitas dormir.
Él abrió la puerta y tanto Azul como Laura expresaron su admiración hacia mi despertar.
—Sorprendente, no solo eres bella, sino que también eres poderosa. Tus encantos no terminan nunca.
Azul seguía incomodándome con su forma de hablar.
—Turquesa, qué interesante. Sin duda Leo estaría orgulloso.
Laura siempre se refería con cariño acerca de Leo.
Vesta revisó rápidamente su celular e hizo un gesto de preocupación, me volteó a ver y exclamó:
—No estuvo mal. Alexandra lo hubiera hecho mejor.
Hizo una pausa y continuó:
—Si ella hubiera necesitado pasar por ese proceso.
No tenía ni idea de quién era Alexandra, pero odiaba que me compararan con otras personas. Sin embargo, estaba demasiado cansada como para reclamar cualquier cosa.
—¿Puedes caminar?
Rubiel parecía estar en perfecto estado pese al golpe que acababa de recibir.
—Puedo caminar, gracias.
Todos comenzaron a salir del laboratorio. Yo tomé discretamente el brazo de Rubiel; las piernas me temblaban.
—Adelántense. Yo le voy a decir a Magui cómo cerrar el laboratorio y la acompaño a su cuarto.
Vesta se fue sin despedirse, cosa que no me sorprendió. Azul y Laura caminaron en dirección opuesta a mi habitación después de despedirse.
—¿Y ahora cómo lo cierro?
Mi voz reflejaba el cansancio que sentía.
—Pon la mano de nuevo en el seguro.
Llegué hasta el seguro casi arrastrándome y coloqué la mano sobre él.
El círculo y el hexagrama desaparecieron rápidamente al tiempo que el ladrillo regresaba a su posición original.
—Ya se fue Vesta, puedes dejar de hacerte la valiente.
Miré a Rubiel levantando una ceja.
—Estás haciendo un esfuerzo sobrehumano para caminar.
Me cargó entre sus brazos con facilidad y estaba a punto de reclamarle cuando nuevamente habló.
—Déjame hacerlo, no es justo hacerte caminar de regreso a tu cuarto.
Rubiel atravesó el salón de un solo salto y mi expresión delató mi sorpresa.
—Ya no tenemos necesidad de esconder nuestras habilidades.
Hablaba tranquilamente mientras cruzábamos los pasillos del palacio a una velocidad vertiginosa.
—¿Antes se estaban controlando?
Rubiel se rió.
—Lo siento, no estamos acostumbrados a limitarnos cuando estamos en casa.
Escuché cómo se abría la puerta de mi habitación.
Rubiel me dejó justo en la puerta.
—Descansa, mañana va a ser un día muy interesante.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Rubiel asintió con la cabeza.
—¿Quién demonios es Alexandra?
La pregunta pareció sorprender a Rubiel por un momento y me observó como si considerara las implicaciones de responderme.
—Es la hija de Vesta.
Desde luego, la bruja hostil tenía amor de cuervo.
—Hasta mañana.
Yo contesté a su amabilidad con las mismas palabras y entré a mi cuarto.
Los ojos se me cerraban del cansancio mientras me ponía mi pijama. Seguía sin poder creer lo que acababa de pasar; ese había sido uno de los días más raros, magníficos y atemorizantes que había tenido en toda mi vida.
Afortunadamente, en cuanto toqué la suave almohada de mi amplia cama, el sueño me tomó entre sus brazos de inmediato.