El Diario del Alquimista Capítulo 3 El mundo de mi padre #8
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Capítulo 3 El mundo de mi padre #8

Laura analizaba mis expresiones, Azul se mostraba interesado y Vesta parecía dispuesta a acercarse y arrancarme el celular junto con el brazo en cualquier momento.

No me importó, por fin estaba hablando con Leo e iba a obtener respuestas.

Antes de que pudiera formular la primera, Leo habló.

—Perdón.

—¿Por qué?

No entendía por qué se disculpaba.

—Me gustaría estar ahí contigo y me hubiera gustado que las cosas hubieran sido diferentes entre nosotros.

Mi corazón empezó a latir rápidamente. Sabía que Leo estaba diciendo la verdad, su voz no sonaba como si estuviera mintiendo.

—Pero yo no podía darte una vida normal. Dejarte ir era lo único que podía hacer, solo podía cuidarte a la distancia.

—Fuiste un día a mi casa, cuando me asomé desde las escaleras.

No fue una pregunta, estaba segura de que él había sido.

—Sí, ese día le pedí a tus padres que te informaran de mi existencia.

Mi mente se estaba quedando en blanco.

—¿Qué va a pasar?

Era una pregunta con trampa, no sabía específicamente qué preguntar, pero esperaba que, con una pregunta tan general, Leo me diera alguna información importante.

—Tus poderes van a despertar completamente cuando termine el día.

Separé un momento el teléfono de mi oído. Sentí cómo mi corazón comenzó a latir frenéticamente, faltaba media hora para la medianoche.

—¿Qué va a pasar? ¿Me va a doler?

Escuché cómo Leo se reía entre dientes.

—No te va a doler, es una experiencia que no quisiera perderme, es algo único y…

Leo se quedó callado por un momento. Un ruido crecía rápidamente, se escuchaban pasos y el batir de cientos de alas.

—MALDICIÓN, hija, el tercer libro del tercer estante del tercer librero, en mi cuarto, no lo olvides, te quiero muc…

El teléfono emitió una serie de crujidos por unos segundos, después la llamada se cortó.

Todos guardaron silencio por un momento.

Yo seguía mirando el celular.

Vesta habló con una voz extrañamente preocupada.

—¿Y?

Yo la volteé a ver con cierta confusión.

—¿Te dijo en dónde estaba?

No, no me había equivocado, en verdad sonaba preocupada.

Yo negué con la cabeza.

Los ojos de Vesta brillaron en color morado y me apuntó con la mano.

Mis pies se levantaron del suelo aproximadamente un metro. Estaba muerta de miedo.

Rubiel se acercó a mí, como si me pudiera caer en cualquier momento.

Azul se acercó para intentar controlar a Vesta.

—Hermanita, bájala por favor.

Vesta habló nuevamente consumida por la ira.

—LEO SE LOGRA COMUNICAR CON NOSOTROS Y TÚ TE DEDICASTE A MALGASTAR EL TIEMPO EN ESTUPIDECES, ¿POR LO MENOS ALCANZÓ A DECIRTE ALGO IMPORTANTE?

Yo me encontraba suspendida a un metro de altura, paralizada por el miedo.

—Dijo algo de un libro.

Mi voz temblaba por la desesperación.

El rostro de Vesta cambió; ahora mostraba interés.

—¿Qué libro?

—No lo sé, solo dijo que era el tercer libro del tercer estante del tercer librero.

Estaba desesperada, nunca me había encontrado en una situación así.

Vesta mostró sorpresa por un momento, pero regresó casi de inmediato a su rostro hostil.

—¿QUÉ MÁS DIJO, POR QUÉ SE CORTÓ LA LLAMADA?

No tenía respuesta para eso.

Rubiel contestó por mí.

—Se tardó demasiado tiempo. Lograron rastrear su llamada.

Vesta seguía mirándome con odio.

—Vesta.

Ella volteó a ver a Rubiel.

—Te recuerdo que tengo buen oído, te puedo decir todo lo que hablaron.

La sorpresa volvió a atravesar el rostro de Vesta.

Sentí que la fuerza que me mantenía suspendida en el aire desaparecía de improviso.

Rubiel me tomó en sus brazos y Vesta desapareció nuevamente en el estallido de una nube de chispas moradas.

—¿Estás bien?

Le asentí a Rubiel con la cabeza, salvo por el susto, estaba en perfecto estado.

—¿Qué libro quería Leo que viera Maga?

Azul se rascaba la barba como si intentara hacer memoria.

Rubiel habló con una voz carente de emoción.

—Su diario de viajes.

Azul puso cara de entender por qué su hermana había actuado así.

Yo lo miré confundida.

—Se podría decir que conocer el contenido de su diario es prácticamente la única cosa que Leo le ha negado a Vesta; incluso una vez intentó leerlo sin su permiso y él lo escondió en su biblioteca.

—¿Escondió un libro en una biblioteca?

Rubiel sonrió al escuchar mi pregunta.

—La única forma de encontrarlo es conociendo el lugar exacto en donde está. Leo quería que tú lo leyeras para que conocieras un poco de él.

Yo terminé su frase.

—Pero ahora lo tiene Vesta.

Rubiel me bajó al suelo.

—Sí, pero va a terminar regresándotelo.

—¡Claro! Después de leerlo —exclamé con exasperación.

Rubiel negó con la cabeza.

—No lo va a poder abrir, necesita una llave y no sabe en dónde está.

Azul se incorporó a la plática con tono sarcástico.

—Como si mi hermanita necesitara llaves para abrir algún candado.

Rubiel lo volteó a ver.

—¿Apuestas?

El rostro de Azul se iluminó con una sonrisa.

—Cuando mi hermanita consiga abrir el diario, serás mi fiel esclavo por una semana, vas a tener que besar el suelo por el que pase.

Rubiel apenas podía controlar la emoción en la voz.

—Me parece perfecto, pero en el momento en que Magui logre abrir el diario, tú serás mi esclavo.

Se estrecharon la mano para cerrar el pacto.

Laura exclamó con exasperación.

—¡Por Dios! ¿Se podrían comportar como los adultos que se supone que son?

Rubiel me volteó a ver.

Mi rostro comenzó a reflejar preocupación: acababa de recordar lo que Leo me había dicho.

Mis poderes estaban a menos de una hora de despertar.

Tanto Azul como Rubiel recuperaron la compostura.

—¿Qué más dijo Leo?

Extrañamente, Azul dirigió la pregunta hacia Rubiel.

—Sus poderes van a despertar al terminar el día.

La voz de Rubiel sonaba seria, pero con un toque de emoción.

—¿Qué tanto podemos esperar? —preguntó Laura.

—En condiciones normales, nada espectacular, pero…

Azul me observó como si intentara analizarme.

—Es la hija de Leo —contestó Rubiel al tiempo que me veía con cariño.

—¿Qué me va a pasar?

Su conversación me empezaba a poner nerviosa.

Azul me dirigió una sonrisa tranquilizadora.

—No te preocupes, será una experiencia inolvidable que cambiará tu manera de ver el mundo.

—¿La llevamos a la sala de entrenamiento? —preguntó Laura.

—Sería mejor al laboratorio de Leo.

Azul y Laura asintieron.

—Espero que lo haya dejado abierto.

—¿Para qué tenemos que ir al laboratorio de Leo?

La situación y el misterio de su plática me ponían cada vez más nerviosa.

—Ya lo verás.

Rubiel me abrazó. Al parecer estaba increíblemente emocionado con lo que estaba a punto de ocurrirme.

Caminamos de nuevo por los intrincados pasillos del palacio.

Después de caminar durante aproximadamente quince minutos, llegamos a un amplio salón.

—¿Este es el laboratorio de Leo?

El salón estaba prácticamente vacío, siempre y cuando no se considerara el decorado de las paredes y varias mesas pegadas a la pared con jarrones y pequeñas estatuillas de animales mitológicos.

—No —contestó Rubiel—. Está ahí.

Señaló a una parte de la pared que carecía de cualquier decorado.

Nos acercamos hacia esa pared.

Un solo ladrillo verde, acomodado en forma vertical, desentonaba con el color arena uniforme de la pared.

Azul colocó su mano sobre el ladrillo verde.

—MALDICIÓN, ESTÚPIDO LEO PARANOICO, ¿POR QUÉ DEMONIOS SIEMPRE TIENE QUE CERRAR SU MALDITO LABORATORIO?

Azul golpeó la pared con el puño mientras maldecía.

Rubiel me apartó un par de pasos y se comenzó a desabrochar la camisa.

—Ahorita lo arreglo.

No tenía idea de qué planeaba.

—Espera —dijo Laura—. Deja que ella lo intente.

Todos voltearon a verla por un momento.

—Teóricamente, ella tiene su sangre, ¿no?

Rubiel volvió a abotonarse la camisa.

—Es una buena idea y no tenemos nada que perder —contestó Azul.

—Ni tiempo que perder.

Rubiel se acercó a mí.

—Magali, estamos luchando contra el tiempo.

Me acerqué hacia la pared.

—¿Qué se supone que tengo que hacer?

Seguía sin entender por qué teníamos que entrar al laboratorio de Leo, pero al parecer era algo de vital importancia.

—Solo pon la mano sobre el seguro.

Supuse que lo que yo consideraba un ladrillo, ellos lo consideraban un seguro.

—No tienes que hacer nada, la idea es que, al tener la sangre de Leo, el dispositivo te reconozca como compatible y abra la puerta.

Seguía sin entender cómo funcionaba el proceso.

Aun así, coloqué la mano sobre el ladrillo verde.

El ladrillo emitió un resplandor esmeralda y se hundió un par de centímetros.