Capítulo 3 El mundo de mi padre #7
—Evidentemente él hubiera querido que fuera en mejores condiciones, pero bueno, lo importante es que estás aquí.
Rubiel abrió una puerta.
Una cama de color turquesa metálico ocupaba el centro de la habitación.
Las paredes estaban finamente decoradas; la habitación tenía una enorme ventana y una guitarra colgaba de una de las paredes.
También había un espejo de cuerpo completo y un tocador con varios productos de belleza completamente nuevos.
Cerca de la ventana se encontraba un escritorio con una laptop en el centro y, sobre esta, la pequeña caja de un celular que no logré identificar.
Varias cajas de equipo de audio y grabación estaban junto al escritorio.
Al ver que no decía nada, Azul se acercó a mí y me tocó el hombro.
—No creerías que ibas a quedarte en el cuarto de invitados, ¿o sí?
—¿Todo esto es mío? ¿Por qué?
Cada vez estaba más confundida, Leo nunca había estado presente en mi vida, pero había cuidado cada detalle, como si en verdad yo viviera con él.
—Eso no es todo.
Rubiel caminó por la habitación hasta una puerta corrediza y la abrió de golpe.
Un cuarto casi tan grande como mi habitación estaba cubierto de armarios y todo tipo de ropa: ropa de descanso, pijamas, vestidos de noche, pantalones de mezclilla, faldas, playeras, etc.
—Sé que mandaron tus maletas con algo de ropa, pero si quieres algún cambio aquí hay algunas cosas. Leo no es muy hábil para vestirse, pero al parecer las cosas que hay aquí combinan.
Azul explotó en una carcajada.
—¿Recuerdas que hace un par de meses contrató a la modista esa de Nueva York?
Laura y Rubiel también se empezaron a reír.
—Eso lo explica —dijo Laura.
—Bueno, vamos a dejarte un momento sola, si necesitas algo tira de ese cordón, o ven a vernos, estaremos en la sala que te enseñé hace rato.
Le agradecí ese comentario a Rubiel, necesitaba estar un momento a solas para aclarar mis ideas.
Rubiel, Laura y Azul salieron de mi cuarto hablando de galletas y de una segunda cena, porque Rubiel y Azul ya tenían hambre otra vez.
Una vez que estuve sola, me senté en la silla frente al escritorio.
Moví la caja del celular para encender la computadora.
No esperaba que tuviera ya todos los programas instalados, ni mucho menos que hubiera conexión a internet.
Sin embargo, decidí no escribirles a mis amigos, no sabía qué decir, ni cómo justificar mi ausencia.
Por curiosidad, busqué el modelo del celular.
Encontré un artículo que decía que el estreno de ese celular estaba planeado para dentro de un año.
Cerré la computadora de golpe, con coraje.
Todos los regalos que Leo había planeado darme me encantaron; eran justo lo que quería, y me hubiera conformado con uno solo.
Abrí uno de los cajones del escritorio y encontré dos sobres en el interior. Uno contenía una tarjeta de crédito y el otro, boletos para conciertos de todos los artistas que me gustaban.
Ya era demasiado.
Leo no podía conocerme tan bien sin estar cerca de mí.
Eso quería decir que, tal y como había dicho Neritha, en realidad había estado más cerca de lo que yo jamás había sabido, y nunca se dignó a dirigirme la palabra ni a presentarse ante mí, y, aun así, seguía pensando que podía comprar mi cariño con regalos.
Sí, me encantaron y agradecía que se preocupara por mí, pero hubiera preferido hablar con él antes que tener todo lo que él me daba.
Me di una ducha e intenté dormir.
Después de media hora dando vueltas en la cama, me di cuenta de que no podía dormir en este estado, estaba enojada y quería algunas respuestas.
Me puse ropa más decente que mi pijama y fui a la sala donde Rubiel me había dicho que iban a estar.
La sala no tenía puerta y Laura fue la primera en verme.
—¿Así que tú tampoco puedes dormir?
Su pregunta me sorprendió un poco, creía que ellos no pensaban dormir porque tenían cosas de qué hablar, no porque no pudieran.
—No, tengo demasiadas cosas en la cabeza. ¿Por qué no pueden dormir?
Azul respondió mientras Rubiel traía una silla para que me sentara y me ofrecía una taza de té.
—Tú no conoces a Leo como nosotros, es normal que tenga algunos contratiempos de vez en cuando, pero nunca tarda tanto.
Me senté en la silla que Rubiel había traído para mí y le agradecí.
—¿Qué tipo de contratiempos?
Azul estaba dando un sorbo a su taza de té, así que fue Rubiel quien contestó.
—Tiene una habilidad impresionante para meterse en problemas, y muchas veces termina siendo perseguido por muchos seres, pero no te preocupes, lo he visto salir vivo de situaciones en las que las probabilidades de salir con vida eran nulas. Mientras tenga suficientes cigarros, va a estar bien.
Laura y Azul se rieron del comentario.
Nuevamente las palabras de Rubiel dejaban más dudas de las que respondían.
—Sigo sin poder creer esto. Yo pensaba que Leo solamente se molestaba en recordar mi cumpleaños y resulta que hasta había preparado una habitación para mí. ¿Por qué nunca fue a verme, o me dijo algo?
Si alguien sabía la respuesta a esa pregunta, tenían que ser ellos.
Hubo un momento de silencio incómodo hasta que Laura lo rompió.
—Leo intentó muchas veces presentarse ante ti, pero sabía que no era lo correcto.
Tu mundo es muy diferente al nuestro, como ya te has dado cuenta.
Además, ese fue el pacto que hizo con tus padres: él se encargaría de darte todas las comodidades que pudiera ofrecerte y ellos se encargarían de darte algo que Leo jamás hubiera podido darte.
Una vida normal. Sin embargo, él sabía que en algún momento tus poderes iban a despertar.
Azul continuó la explicación donde Laura se había detenido.
—Era más fácil que entendieras que él vivía en un mundo mágico, cuando la magia también despertara en ti. La magia llama a la magia, así que sabíamos que tarde o temprano tú ibas a venir.
Rubiel me tomó del hombro para captar mi atención.
—Aunque no lo creas, muchas veces estuviste en peligros parecidos a lo que pasó en tu casa o cuando evité que te atropellaran. Pero Leo siempre estaba ahí para ti, se encargaba de que no pudieras verlo, pero jamás te dejó sola.
Esa última revelación me desconcertó. Yo nunca vi nada como lo que pasó en mi casa, además, ¿por qué alguien querría atacarme?
Mi expresión debió demostrar la confusión que sentía y Rubiel contestó la pregunta antes de que la formulara.
—Eres la hija de Leo, la hija de uno de los alquimistas más poderosos que han existido. Eso te convierte a ti en alguien muy poderosa y en un blanco perfecto para todo aquel que quiera vengarse de tu padre.
Estaba confundida; era demasiada información. Todo lo que yo consideraba cuentos de hadas o simples mentiras al parecer era completamente real, y no solo eso: yo formaba parte de ese mundo y nunca lo supe.
Mientras reflexionaba acerca de la información que me habían dado, bajé la mirada para contemplar mis manos.
—¡NO!
Rubiel se acercó a mí a una velocidad increíble, Azul se levantó y un brillo azul rodeó sus manos, Laura me volteó a ver extrañada.
—¿Qué pasa? —preguntó Rubiel con preocupación.
Me di cuenta de que mi tono de voz se había prestado a una mala interpretación.
—Perdón —me excusé—. Es que no me había dado cuenta de que se me había caído mi esclava.
Sabía que era una tontería, pero le tenía un cariño especial.
Azul se relajó y se sentó nuevamente, Rubiel también suavizó sus facciones, pero habló con seriedad.
—No recuerdo que hayas llegado con ella, ¿tú, Azul?
Él lo pensó por un momento y después negó con la cabeza.
Laura respondió.
—Supongo que se le debió de caer en la casa, cuando estábamos en el avión ya no la traía.
Me sentí triste por un momento, pero con suerte mis padres la podían haber encontrado.
Sentí un sobresalto cargado de preocupación.
—¿Mis papás están bien?
Azul asintió con la cabeza y contestó:
—Ellos están informados del mundo de la magia y Rubiel mató al demonio que te atacó. Están a salvo.
Eso me tranquilizó un poco, por lo menos sabía que no corrían peligro.
—¿Cómo lograste matar a esa cosa?
Rubiel sonrió.
—Digamos que soy peor que un perro cuando se trata de defender a la familia.
Su comentario me ruborizó. Yo apenas lo conocía y él ya me consideraba de la familia.
Comenzó a sonar un celular.
Rubiel sacó su celular de la bolsa de su pantalón y vio la pantalla.
—¿Quién es? —preguntó Azul.
—No lo sé, es un número público.
Rubiel contestó:
—¿Diga?… ¡Hermano! ¿Estás bien?… Sí, no te preocupes, ella está bien, de hecho está aquí con nosotros…
Una nube de chispas color morado brilló a escasos metros de mí. Cuando la nube se despejó, Vesta emergió de ella.
—No, sigue despierta… pero ¿en dónde estás?… Ok.
Rubiel me volteó a ver y me acercó su celular.
—Es para ti.
Sospechaba quién era, aun así tomé el celular con nerviosismo.
—¿Bueno?
Una voz que reconocí de inmediato, la misma que había escuchado en sueños, habló con timidez.
—Hola, hija, soy Leo, feliz cumpleaños.
No podía creerlo, era Leo. No sabía qué decir, quería decirle tantas cosas, tenía millones de preguntas para él, quería reclamarle tantas cosas y pedirle explicación por muchas otras.
—¿En verdad eres tú?
Yo sabía que era él, pero tenía que estar segura.
—Sí, te juro que soy yo.
Su voz me indicaba que se estaba riendo un poco.
—Pruébalo.
Si en verdad me conocía tan bien, tenía que saber algo de mí.
—De acuerdo, te gustan los peces betta, te encanta cantar y tocar la guitarra, hace dos semanas tu celular estaba fallando y dijiste que querías uno nuevo, tu color favorito es el turquesa, y tienes una esclava con mariposas verdes y turquesas.
Estaba impresionada. No esperaba que Leo supiera tantas cosas de mí.
—Ya no tengo la esclava, se me cayó cuando atacaron mi casa.
No sabía qué otra cosa decir.
—¿Estás bien? ¿No te pasó nada?
Su voz reflejaba preocupación en estado puro.
—Estoy bien, Rubiel lo detuvo.
Escuché un suspiro de alivio al otro lado de la línea.
—Estoy en deuda con él.
Rubiel sonrió como si pudiera escuchar la plática que teníamos.
Hasta ese momento fui consciente de que todos me estaban mirando.