El Diario del Alquimista Capítulo 3 El mundo de mi padre #6
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Capítulo 3 El mundo de mi padre #6

—Felicidades, pequeña.

—Gracias, Nita.

Ella se alejó un paso y dijo:

—Espero que te guste tu cena, preparé todos los platillos que el alquimista desnutrido de tu padre me dijo que eran tus favoritos.

—¿Leo sabe cuál es mi comida favorita?

Eso era desconcertante. ¿Cómo podía saberlo si jamás estaba conmigo?

—Desde luego —contestó Neritha—. ¿No me vas a decir que creías que tu padre no se interesaba por ti? Me he quedado muchas veces hablando con él acerca de ti; él te visitaba con más frecuencia de lo que te imaginas.

No podía creerlo; por fin estaba obteniendo información acerca de Leo y era de quien menos lo esperaba. ¿En verdad se preocupaba por mí?

Vesta habló con un tono que casi habría podido parecer tierno.

—Aya, ¿podrías dejar las historias inútiles para después y darnos algo de comer para poder largarme de aquí?

Maldita bruja; por fin alguien me empezaba a decir algo de Leo y ella tenía que interrumpir. En verdad estaba comenzando a odiarla, y me molestaba no saber por qué demonios se comportaba de esa manera conmigo.

—Desde luego, señorita Vesta.

Neritha me tomó de los hombros y me condujo hacia la silla que había ocupado en la mañana.

—Siéntate y disfruta de tu comida.

Después de casi un minuto de silencio, Neritha gritó.

—Arriba las manos.

Teniendo en cuenta la experiencia que había tenido en la mañana, levanté las manos inmediatamente y los platos volaron hacia la mesa.

Verdaderamente todos los platillos que me gustaban estaban ahí.

—Bueno, empecemos a devorar las delicias que Nita ha preparado en honor a la hija del Alquimista.

Ese fue el grito de batalla de Rubiel antes de que todos comenzáramos a comer.

La comida estaba exquisita. Al principio consideré que la cantidad de comida era excesiva; aun así, esta fue desapareciendo a una velocidad alarmante.

—¿Qué te pareció tu recorrido? —preguntó Azul, al tiempo que vaciaba una abundante cantidad de puré a su plato.

—Genial, el palacio es mucho más grande de lo que imaginaba, aunque me surgieron muchas dudas.

Era interesante ver cómo se las ingeniaban para que una plática sobre temas extraños tuviera lugar en la mesa de la cocina.

—Toda pregunta tiene una respuesta y toda duda puede ser aclarada siempre y cuando alguien conozca la respuesta. Afortunadamente, yo conozco todo lo que hay que conocer acerca de este palacio, dispara tus mejores preguntas.

Me estaba dando cuenta de que Azul solía hablar de maneras demasiado rebuscadas, pero al parecer a nadie le molestaba, o ya estaban muy acostumbrados.

—Bueno, cuando estaba volando en Vulcan, vi que estamos rodeados de desierto, pero la temperatura aquí no corresponde a la de un desierto y las plantas que hay tampoco, ¿por qué?

Azul pareció alegrarse de que lo preguntara.

—Bueno, número uno, veo que ya conociste a la bestia de tu padre.

Rubiel explotó en una carcajada y Azul rectificó sus palabras.

—Bueno, al hipogrifo de tu padre, aunque hay que aceptar que él también es un poco bestia.

Rió para sí mismo y continuó:

—Todo el terreno del palacio está bajo muchísimos encantamientos, miles de protecciones por parte de Leo, cientos por parte de mi hermanita y unos cuantos por parte mía; uno de todos esos conjuros y protecciones se encarga de regular el clima.

Aunque hay muchos más: algunos sirven para que el palacio sea imposible de rastrear, otro para que no pueda ser encontrado ni por los mejores buscadores de internet.

Hizo un gesto exagerado como si ese detalle en particular le causara molestia.

—Otro para que seamos invisibles para cualquiera que no haya entrado al palacio antes, otro para hacernos intangibles para cualquiera que no haya estado aquí antes, y solo Dios, Leo y mi hermanita saben cuántas cosas más tiene el palacio.

Rubiel tomó la palabra.

—Por eso Leo nos pidió que te trajéramos aquí. Si alguien te intentaba hacer daño, se puede decir que estás en uno de los lugares más seguros del planeta.

Azul asintió con la cabeza y tomó una hogaza de pan. La partió por la mitad y procedió a ponerle mantequilla.

—Además, necesitábamos un lugar grande para instalar todas las comodidades que requeríamos y el desierto era una excelente opción por su enorme extensión.

Las preguntas seguían brincando en mi cabeza, pero eran tantas que no sabía cuál elegir.

—¿Cómo es posible? Quiero decir, toda esta magia, las criaturas que vi, la cosa que me atacó, ustedes, lo que me pasó en la casa… ¿No se supone que es imposible?

Azul contestó nuevamente.

—Es verdad, formamos parte de un mundo que los mortales consideran imaginario: cuentos de hadas e historias de ficción. Pero lo que tú has visto es real.

Laura tomó la palabra.

—Lo que pasa es que las personas han olvidado, y nosotros aprendimos a escondernos. No necesitamos ese tipo de atención ahora; además, la gente no suele responder muy bien cuando entra en contacto con la magia. Uno de los ejemplos más clásicos es la Santa Inquisición.

Estaba analizando sus palabras cuando Azul me hizo una pregunta.

—¿Y tú tienes novio?

Vesta, que hasta ese momento había estado muy entretenida mirando cualquier lugar donde no estuviera yo, volteó a verme.

—No, no tengo.

Azul puso una expresión de incredulidad.

—¿Pero por qué? Si estás guapísima, estoy seguro de que debe de haber por lo menos algún pretendiente.

Vesta dejó salir una risita sarcástica cuando escuchó el cumplido que Azul acababa de hacer.

—Por favor, para guapas, Alexandra, además…

Laura interrumpió a Vesta.

—Magali, feliz cumpleaños. Ten, esto te va a ser útil en algún momento, confía en mí.

Me dio una bolsita de tela muy decorada que tenía algo en su interior.

Era un tarot hermoso, con los filos decorados con delicados hilos de oro y las imágenes parecían pintadas a mano.

—Muchas gracias, no tenías que molestarte.

Laura sonreía.

—No es molestia, es tu cumpleaños y por regla general se da algo. Neritha dio la comida y yo te doy un pequeño presente.

Azul se excusó por no tener nada que darme, porque no me esperaban, pero prometió que me lo daría muy pronto.

Ni siquiera me molesté en voltear a ver a Vesta, estaba segura de que iba a salir con alguna hostilidad.

—Yo me voy a tomar la libertad de entregarte tus regalos en ausencia de Leo —dijo Rubiel al tiempo que se levantaba de la silla—. Síganme, esto es digno de verse.

Todos nos levantamos y comenzamos a seguir a Rubiel.

—¿Así que por fin vamos a conocer el fruto de todo un mes de trabajo?

Azul se rascaba su prominente barba mientras realizaba la pregunta.

—Sí, así es.

Rubiel me volteó a ver y explicó:

—Tu padre y yo hemos estado trabajando desde hace un tiempo en tu regalo. Espero que te guste.

En ese momento llegamos a una amplia cochera.

Era extraño que esas personas tuvieran una cochera, teniendo en cuenta que estábamos en medio del desierto.

Rubiel hizo una rápida presentación de los vehículos que se encontraban ahí.

—Ok, este es el coche de Vesta, un bonito Jaguar XKR convertible.

El primer coche, a la entrada de la cochera, era negro. Yo no sabía mucho de coches y la verdad era que no sentía demasiada atracción por los autos lujosos.

—Este es un Rolls Royce Phantom, propiedad del señor Azul.

Azul sonrió ampliamente al ver su coche negro.

—Esta hermosísima y bellísima motocicleta es una Aprilia RSV4 R y es toda mía.

Seguramente debería de ser una máquina muy especial, pero a mí no me causaba demasiada emoción.

—Este es un Porsche 911 propiedad de tu padre.

El coche era plateado y se encontraba, al igual que los demás, en perfecto estado; incluso llegué a pensar que le dedicaba más tiempo al cuidado de su coche que a mí.

Junto a él, se encontraba una manta cubriendo un vehículo voluminoso.

Rubiel buscó algo en la bolsa de su pantalón y, cuando lo encontró, me lo aventó.

Era un llavero. Rubiel retiró la manta y pude ver el único coche que me atraía.

—Supongo que sabes qué es —preguntó Rubiel.

—Desde luego, es una Grand Cherokee.

Estaba impresionada y mi voz me delataba. La camioneta de mis sueños estaba justo frente a mí y yo tenía las llaves en las manos.

—Qué poca clase.

Escuché decir a Vesta entre dientes, pero no me importó.

—¿Cómo sabía que…?

No sabía cómo terminar la pregunta.

—Como Neritha te dijo, Leo está más pendiente de ti de lo que tú creías.

Rubiel se acercó a mi camioneta.

—¿Quieres subir?

—¡SÍ!

Salí disparada hacia mi regalo. Rubiel abrió la puerta para permitirme entrar.

—Bien, déjame explicarte un par de cosas.

Se acercó a una repisa con muchas herramientas y tomó una llave inglesa de tamaño descomunal.

—Leo estaba preocupado de que algo te fuera a pasar, así que…

Vi con horror cómo sus potentes brazos sujetaban la llave con fuerza y la estrellaban a toda velocidad contra el parabrisas de mi camioneta.

Antes de que pudiera decir algo, Rubiel tomó impulso nuevamente y con todas sus fuerzas golpeó el cofre; la llave se partió por la mitad y fue a parar a unos cuantos metros de donde nos encontrábamos.

Sentí que la sangre se me bajaba a los pies; la fuerza que empleó debería de haber destruido mi camioneta; sin embargo, estaba intacta, su pintura plateada no tenía ni el más mínimo daño y el parabrisas seguía intacto.

—¿Por qué no me sorprende? —murmuró Azul en tono burlón.

—Leo sabía que tú querías una camioneta, pero tenía miedo de que algo te fuera a pasar, así que, básicamente, la convertimos en un tanque.

Rubiel observaba la camioneta con orgullo.

—Además, a petición mía, modificamos un poco el motor.

—Está hermosa.

No podía salir de mi asombro. Leo me había regalado la camioneta de mis sueños.

—Te sugiero que la pruebes mañana, aún tienes más regalos que ver.

Las palabras de Rubiel me sacaron de mis pensamientos.

—¿Aún hay más?

No lo podía creer. Ya era un exceso.

—Claro, pero tenemos que regresar.

En el camino de regreso hacia el interior del palacio, Vesta decidió que tenía cosas mejores que hacer y se dirigió a su habitación sin decir una sola palabra.

—Bien —dijo Rubiel—. Leo tenía la esperanza de que en algún momento tú pasaras una temporada aquí.

Yo lo miré extrañada.