Capítulo 3 El mundo de mi padre #5
—Los alquimistas al servicio del ejército causaban una enorme controversia.
Muchos los veían como héroes, pero otros los veían como a una verdadera amenaza.
Eran odiados por muchos, hasta tal punto que muchas veces los alquimistas eran atacados por las personas o eran víctimas de la venganza.
Ellos solo seguían órdenes de arriba, pero los afectados veían en ellos la forma perfecta para descargar sus frustraciones y problemas.
Yo era un soldado. Ellos eran considerados armas humanas, perros del ejército, perros que tenían un gran valor para nuestro estado, así que, cuando el número de alquimistas desaparecidos aumentó, se dio la orden de que todos los alquimistas debían tener un protector, un guardaespaldas asignado.
La mayoría de los alquimistas odiaban a sus guardaespaldas; ellos sentían que tener protección era un signo de debilidad.
Pero tu padre y yo entablamos una amistad muy estrecha, nos volvimos prácticamente familia: él es como mi hermano, y yo soy como el suyo, así que se podría decir que, de una forma algo retorcida, soy como tu tío perdido.
Rió suavemente de su propio comentario.
Yo lo pensé por un momento.
—Sí creo que, en una forma algo retorcida, lo eres.
Estaba a punto de preguntarle algo más cuando él dijo con una voz teatral.
—Hemos llegado.
Abrió la puerta y un enorme jardín se extendía ante nosotros: tenía árboles enormes y frondosos, pasto increíblemente verde, flores de todos los tipos y colores imaginables. Intenté reconocerlas, pero no podía identificar ni a la mitad de la enorme variedad que había.
De pronto, mi mirada se topó con una montaña de color gris. Alcé la mirada e identifiqué de qué se trataba.
—¿Eso es un elefante?
Mi voz proyectó toda la sorpresa que sentía en ese momento; era el elefante más grande que jamás había visto, por lo menos duplicaba el tamaño de cualquier otro elefante que recordara, y estaba decorado con piezas de oro y grandes piedras que brillaban bajo la luz.
—Así es, se llama Tecton, es el medio de transporte preferido de Azul, como podrás ver es una persona bastante…
Hizo una pausa para elegir bien sus palabras.
—Ostentosa.
—Increíble.
No podía dejar de ver a ese titánico elefante.
—Te diría que dieras una vuelta en él, pero es un animalejo bastante celoso, Azul lo ha malcriado bastante.
—Es hermoso, no pensé que existieran elefantes de ese tamaño.
Comencé a seguir a Rubiel, que había empezado a caminar nuevamente.
—Todo es proporcional, necesita un elefante así de grande para que su prominente barriga parezca pequeña.
Rubiel se doblaba de la risa de su propio comentario y, cuando se repuso, me hizo señas para que me acercara a él.
—Si te gustó el elefante tamaño familiar, esto te va a enloquecer.
Señaló a un corral en donde se encontraba una criatura oculta entre las sombras.
—Quédate aquí —me ordenó.
Se acercó al corral y abrió la puerta, regresó hasta donde yo estaba y me advirtió.
—No te asustes, es completamente inofensivo siempre y cuando no lo agredan.
Me coloqué detrás de él.
—Vulcan.
Un resoplido salió del interior del corral.
—Vulcan, sal de ahí, tienes visitas.
Rubiel me volteó a ver.
—Está un poco enojado porque Leo lo envió de regreso, no le gusta perderse la acción.
Volteó a ver nuevamente al corral.
—¡VULCAN!
Escuché a un animal levantarse.
Un pico enorme se asomó de entre las sombras, una cabeza de águila lo siguió.
—¿QUÉ DEMONIOS ES ESO?
El extraño animal siguió caminando y dejó ver dos enormes garras negras, rodeadas de plumas del mismo color que relucían bajo la luz del sol.
Continuó avanzando, revelando un cuerpo grande y musculoso, cubierto de pelo y plumas. Un par de alas permanecían plegadas contra su lomo, mientras que la parte posterior de su cuerpo terminaba en fuertes patas de caballo.
El animal nos volteó a ver con sus grandes ojos dorados.
Rubiel habló con tranquilidad.
—Él es Vulcan, el hipogrifo de tu padre. Él fue quien nos trajo el mensaje de que Leo no había podido llegar contigo y que necesitaba que fuéramos a protegerte, si no fuera por él seguramente ahora no estarías aquí.
—Esto es imposible.
Estaba boquiabierta. Rubiel se acercó a saludar al hipogrifo.
—Imposible es una buena palabra para describir a la mayor parte de los que vivimos en este palacio; imposible, pero lo estás viendo.
—¿Es peligroso?
Rubiel se acercaba a él con tanta naturalidad como quien acaricia a un cachorro.
—Muchísimo, seguramente podría arrancarme el brazo de una mordida, y sus garras pueden partir a un hombre por la mitad sin ningún esfuerzo.
Mis ojos reflejaron el horror que sentí.
—Pero no tienes de qué preocuparte, este animal es increíblemente fiel. No tienes idea de cuántas veces nos ha salvado la vida a tu padre y a mí. Además, Vesta es mucho más peligrosa que Vulcan y ya sobreviviste a tu primer encuentro con ella.
Me burlé de su comentario.
—Claro, solo murieron los guantes.
Esta vez ambos nos reímos.
—¿Quieres acariciarlo? —preguntó Rubiel mientras extendía su mano hacia mí.
—Sí, pero prefiero tener mis brazos pegados a mi cuerpo.
Él negó con la cabeza.
—Ven, no te va a pasar nada, solo te va a oler.
Dudé por unos segundos, pero las oportunidades para tocar a un animal mitológico no se presentaban todos los días.
—¿Estás seguro de que no moriré?
Rubiel se rió.
—Estoy seguro.
Suspiré y comencé a caminar lenta y cuidadosamente hacia Vulcan.
—Estira tu mano y no la muevas, primero necesita reconocer tu olor.
Seguí las instrucciones de Rubiel.
El majestuoso animal fijó su mirada en mí, después de unos segundos acercó su pico hacia mi mano.
Podía escuchar cómo olfateaba, el aire que exhalaba era muy caliente.
Después de un momento, apoyó su cabeza en mi mano.
—Le caes bien.
Al escuchar las palabras de Rubiel, exhalé con alivio.
Comencé a mover la mano muy despacio para acariciarlo, sus plumas eran suaves.
Era increíble, una vez que te acercabas a él y que se comportaba de esa forma, no parecía tan terrorífico, no podía imaginarme a ese animal en situaciones mortales.
Vulcan se arrodilló suavemente.
Por precaución, di un paso atrás.
—¿Hice algo mal? —le pregunté con miedo a Rubiel.
—Todo lo contrario, te está invitando a dar un paseo.
—¿QUIERE QUE SUBA EN ÉL?
—Claro, te quiere dar la bienvenida a su manera.
—NO, NO, NO, ESPERA.
Rubiel, haciendo caso omiso a mis palabras, me cargó sin ninguna dificultad y me colocó sobre el lomo de Vulcan.
—Agárrate fuerte, no tengas miedo, arrancarle una pluma a esa cosa es prácticamente imposible.
Antes de que pudiera contestar, Rubiel le dio una palmada en los cuartos traseros.
Vulcan se incorporó de inmediato y comenzó a correr.
Yo me tomé con firmeza de las plumas de su cuello.
Él extendió las alas y, con un fuerte aleteo, nos separamos del suelo. Sentí que el estómago se me quedaba en el suelo. Nos movíamos a una velocidad increíble; yo cerré los ojos con fuerza.
Después de unos segundos, el viento golpeaba en mi rostro. Me atreví a mirar, abrí los ojos y me encontré con la escena más maravillosa que jamás había visto.
Bajo mis pies se extendía el palacio. Era mucho más grande de lo que había pensado; grandes y hermosos jardines serpenteaban, y algo parecido a una pista de carreras se hallaba en un extremo.
Vulcan giró un poco su cuerpo y nuestra trayectoria cambió. Nos acercábamos hacia el palacio. Pude apreciar la construcción en todo su esplendor: grandes torres se mezclaban con gigantescos domos y alcancé a distinguir más jardines de los que había alcanzado a ver.
Fijé mi vista hacia el horizonte, un manto dorado se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Estábamos en el desierto; sin embargo, la temperatura en los jardines y el palacio no correspondía a un clima desértico.
El viaje sobre Vulcan duró una hora aproximadamente. Al parecer, se empeñaba en mostrarme a detalle todo el palacio.
Me di cuenta de que bastaba inclinar mi cuerpo hacia algún lado para que Vulcan se dirigiera hacia ese lado.
Vi que regresaba hacia el jardín del cual habíamos salido.
Comenzó a bajar a una velocidad casi vertiginosa, y aterrizó con fuerza.
—¿Qué tal el viaje?
Rubiel se encontraba sentado cuando llegué.
—Magnífico, fue algo…
No tenía palabras para describirlo.
—Mágico.
Rubiel me dedicó una ancha sonrisa y me ayudó a descender de Vulcan.
—Gracias.
Volteé a ver a Vulcan y lo acaricié.
—Gracias a ti también, fue increíble.
Un gruñido salió del estómago de Rubiel. Él se tocó el abdomen con la mano y después me volteó a ver.
—¿No tienes hambre?
Hasta ese momento fui consciente de lo hambrienta que me sentía.
—Muchísima.
Vulcan regresó a su corral y Rubiel comenzó a caminar hacia el interior del palacio. Yo lo seguí y dejamos a nuestras espaldas el jardín, el cual, para ese momento, era bañado por la rojiza luz del atardecer.
Un olor delicioso flotaba en el aire; sin embargo, todo se encontraba en penumbras.
Estaba a punto de preguntar qué pasaba cuando las luces se encendieron y varias voces gritaron simultáneamente.
—¡FELIZ CUMPLEAÑOS, MAGUI!
No sabía qué decir, la verdad es que, con todo lo que había vivido en los últimos dos días, había olvidado por completo que era mi cumpleaños.
Alcé la mirada para poder ver a Rubiel a los ojos. Rubiel colocó rápidamente sus brazos a mi alrededor y me levantó con facilidad. Di un pequeño grito.
—Feliz cumpleaños.
Su voz denotaba emoción.
—Gracias.
Sabía que empezaba a sonrojarme.
El siguiente en felicitarme fue Azul; al acercarse, me hizo notar algo que antes había pasado por alto: olía a jazmín, rosas, maderas y otras fragancias que no logré identificar.
Laura me felicitó y susurró a mi oído.
—Sé que tu padre daría lo que fuera por estar aquí y abrazarte en este momento.
Me volvió a abrazar.
—Este va de su parte.
No estaba segura de que en realidad Leo hubiera dado lo que fuera por estar presente en este momento, pero aun así agradecí el gesto.
Vesta me barrió con la mirada y se fue a sentar al lugar en el que casi me había sentado por error en la mañana.
Neritha se acercó para abrazarme con entusiasmo.