El Diario del Alquimista Capítulo 3 El mundo de mi padre #4
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Capítulo 3 El mundo de mi padre #4

Todos los presentes voltearon a verlo con una mirada que indicaba lo inconformes que estaban ante tan magna presentación.

—De acuerdo, intentaré hacerme una idea de cómo eres —contesté y reí al final de mi frase.

Esperaba saber el nombre de la mujer de rojo, así por lo menos sabría quién me odiaba.

—Ella es mi queridísima y guapísima hermanita, Vesta.

Vesta me volteó a ver con porte y esplendor, pero yo solo vi una enorme montaña de orgullo, así que para hacerla enojar me acerqué y le tendí la mano.

Ella me observó y, después de un breve suspiro, me estrechó suavemente la mano.

Acto seguido, se dio la vuelta; mientras caminaba hacia la puerta, se quitó los guantes, los lanzó a un pequeño bote de basura que se encontraba junto a la puerta, cerró y abrió su mano rápidamente en dirección al bote.

Unas intensas llamas rojas aparecieron en el bote de basura, quemando los guantes.

Después, y sin mirar hacia atrás, salió de la sala.

Yo aún no me acostumbraba al hecho de que esos seres pudieran hacer lo que ellos llamaban magia.

—Pues ya dio hambre, ¿no? Vamos a desayunar, Maga, espero que te gusten los hotcakes —dijo Azul con una ancha sonrisa, ignorando la escena que acabábamos de presenciar.

Recorrimos algunos pasillos, el palacio parecía un lugar enorme, aunque todavía no podía imaginar lo grande que era en realidad.

Llegamos a una amplia cocina con una larga mesa de madera y varias sillas.

Una señora de aspecto jovial nos recibió con una sonrisa.

—Buenos días, señorita Magali, yo me llamo Neritha, y soy la encargada de mantener vivos a esta bola de muertos de hambre; pero tú me puedes decir Nita. Es un honor poder conocer por fin a la hija del Alquimista, espero que tú tengas mejor diente que él.

La manera en que se dirigía a mí era casi maternal.

—Si no te gustan los hotcakes, te puedo preparar lo que desees, solo necesitas pedirlo.

Sonrió nuevamente y todos entonaron una sonora carcajada a coro.

—Ella es Neritha —dijo Azul.

—Como bien lo dijo, ella es la que se encarga de mantenernos a todos gorditos y contentos. Ha estado con nuestra familia desde hace demasiados años, aunque solo aparente unas quince primaveras; se podría decir que es la mamá gallina del palacio.

Todos se rieron nuevamente y Neritha se acercó a despeinar con la mano al imponente caballero Azul, que junto a Neritha parecía un niño pequeño.

—Ya quisiera tener yo quince primaveras, mi querido Azulito, pero te recuerdo que yo ya era una mujer fuerte y trabajadora cuando tú te me colgabas de las faldas buscando un aperitivo antes de la hora de comer.

Azul se tapó la cara con su capa al tiempo que dijo:

—Basta, por favor, Aya, me vas a sonrojar.

Nuevamente reímos y cada quien se empezó a sentar, yo tomé un lugar al azar.

Rubiel me tomó del brazo antes de que lograra sentarme.

—Ese es el lugar de Vesta, te recomiendo que te mantengas alejada de él, pero siéntate ahí, ese es el lugar de Leo.

Tenía que agradecerle a Rubiel ese gesto de amabilidad, no sentía ningún tipo de cariño hacia una mujer que había sido tan descortés conmigo, pero no quería hacer enojar a una persona que podía incendiar cosas a distancia y con un simple movimiento de mano.

—Gracias.

Me senté en el lugar que era de Leo y coloqué las manos sobre la mesa.

—Arriba las manos.

Azul tenía levantadas las manos, al igual que Rubiel y Laura. Supuse que íbamos a realizar algún tipo de rezo o plegaria, así que levanté las manos por educación.

Varios platos pasaron zumbando ante nosotros hasta colocarse frente a cada uno de los que estábamos sentados a la mesa.

Grandes torres de hotcakes se erguían ante mis ojos.

Nuevamente, varios frascos con mermeladas de diferentes sabores, mantequilla y miel de maple aterrizaron a toda velocidad sobre la mesa.

Rubiel se frotó las manos y habló mientras miraba su torre de hotcakes casi con adoración.

—Genial, tengo tanta hambre que podría comerme un caballo.

Su comentario me causó gracia y, después de soltar una pequeña risita, Laura habló.

—Créeme, cuando la montaña de testosterona habla de comer caballos, lo hace en sentido literal.

Intenté reírme de nuevo, pero la seriedad en sus palabras me lo impidió.

Todos empezaron a tomar varios hotcakes para colocarlos en sus platos.

Yo imité la acción, tomé un hotcake y comencé a ponerle mantequilla y miel de maple.

Azul se limpió la comisura de su boca con una servilleta y se dirigió a mí.

—No te limites, aquí el único hereje en cuestiones alimentarias es tu padre, fuera de eso todos comemos como Dios manda.

Rubiel se incorporó a la plática mientras ensartaba un hotcake con el tenedor.

—Pobre Leo, entiéndelo, con su tamaño no puede comer demasiado.

Después de dar un trago a su jugo de naranja, Laura contestó.

—Bueno, Vesta es más pequeña que él y, sin embargo, come el triple que Leo.

Azul habló con indignación.

—Lo que pasa es que no se ha logrado quitar el trauma que le causaron en el ejército, te juro que comer esas asquerosas raciones que les daban era inhumano, nadie puede sobrevivir con solo eso; afortunadamente, tú te has vuelto civilizado.

En ese momento, Rubiel había clavado una torre de diez hotcakes que dirigía hacia su boca; Azul me volteó a ver con un gesto que indicaba su vergüenza ante tal escena.

—Es posible que decir civilizado sea demasiado, así que me limitaré a decir que simple y sencillamente has aprendido a comer sin límite.

Laura, Azul y yo explotamos en una sonora carcajada mientras Rubiel devoraba con maestría la colosal torre de comida.

Neritha se acercó a mí y puso su mano sobre mi hombro.

—En verdad, pequeña, puedes comer y pedir lo que desees, como podrás ver no hay nada que pueda ser peor que ver a esos dos en una guerra para ver quién puede comer más.

—Muchas gracias.

Su actitud era sincera, así que me propuse comer sin limitarme; ese detalle pareció alegrar a Neritha.

Terminamos de desayunar y, para ser honestos, todo había estado delicioso.

Azul habló mientras se levantaba de su silla.

—Rubiel, Laura y yo tenemos algunas cosas que arreglar, ¿serías tan amable de mostrarle el palacio a Maga?

—Claro.

Rubiel me volteó a ver.

—¿Estás lista para el tour?

—Desde luego —contesté.

La verdad es que deseaba ver el palacio para descubrir si era tan grande como yo creía.

Mi sorpresa fue descomunal cuando llegamos al salón principal.

Los gruesos muros sostenían una bóveda gigantesca. Buena parte del suelo estaba alfombrado; las obras de arte decoraban las paredes; grandes y brillantes armaduras flanqueaban los pasillos; escaleras conducían a diferentes niveles llenos de habitaciones con las puertas cerradas.

Rubiel iba haciendo un resumen de todo lo que íbamos viendo, yo intentaba prestar toda la atención que me fuera posible.

—¿Hasta aquí tienes alguna pregunta?

Después de considerar su pregunta por un momento, contesté.

—¿En dónde decías que estaba el baño?

Rubiel se rió por un momento y contestó.

—Cada habitación tiene el suyo y, afortunadamente, hay uno al final de cada pasillo.

—Ok, otra pregunta, ¿qué hago si me pierdo?

Al ver la magnitud del palacio, esa era una pregunta más que prudente.

—Esos listones al final de cada pasillo son para llamar al servicio del palacio, así que, si tienes cualquier problema o necesidad, solo necesitas tirar de ellos, también hay listones en todas las habitaciones.

Rubiel habló del servicio del palacio con tanta naturalidad que me impresionó. ¿Quiénes eran en realidad estas personas? Y, ¿cómo es que podían darse tantos lujos y libertades?

—Ven, te voy a enseñar uno de los lugares donde paso más tiempo y que espero visites de vez en cuando conmigo.

Yo lo seguí por varios pasillos, hasta que llegamos a un amplio salón con una pesada puerta de metal que Rubiel abrió sin dificultad.

Una gigantesca habitación con varios obstáculos, sacos de boxeo, estatuas con forma humana y estantes con cientos de armas hizo sonreír a Rubiel.

—Bienvenida al cuarto de entrenamiento y gimnasio.

Su voz denotaba un profundo orgullo ante el lugar en el cual nos encontrábamos. Él siguió hablando:

—Estas son mis armas, puedo enseñarte cualquier estilo de pelea que desees, así como a usar cualquiera de las armas que están aquí.

—Impresionante —contesté, pero puede que mi tono de voz no mostrara el entusiasmo que él deseaba.

—Perdón, es que me gusta demasiado este cuarto, creo que me dejé llevar, pero te prometo que lo que viene sí va a ser de tu agrado, sígueme.

Mientras él me conducía hacia algún otro punto del palacio, intenté entablar una conversación.

—Rubiel, ¿te puedo hacer una pregunta?

—Las que quieras, mi niña hermosa.

Resultaba extraño que casi todos en ese palacio me trataran con tanto cariño.

—Bueno, cuando te presentaron dijiste que eras el protector de Leo, y ahora también el mío, ¿cómo está eso?

Rubiel se rascó la cabeza con la mano antes de contestar.

—Bueno, como escuchaste en el desayuno, tu padre estuvo en el ejército, al igual que yo, aunque eso fue hace demasiado tiempo.

Sonrió con nostalgia y continuó:

—Para no aburrirte con la historia, te puedo decir que él ocupaba un cargo bastante importante, aunque no lo envidio, las responsabilidades de su cargo eran demasiadas y muchas veces monstruosas; en donde él y yo vivíamos, los alquimistas eran muy importantes, tenían cargos en grandes compañías y algunos estaban en el ejército, prestando sus conocimientos, poderes y habilidades para proteger a la nación.

La incredulidad se proyectó en mi rostro; Leo ni siquiera había podido cuidar a su propia hija, me parecía imposible que pudiera cuidar a una nación. Rubiel se detuvo durante un momento y, al ver mi confusión, decidió explicar la última parte.