El Diario del Alquimista Capítulo 3 El mundo de mi padre #3
8%

Capítulo 3 El mundo de mi padre #3

Rubiel tenía un pantalón casual negro y una camisa blanca de manga larga, con los puños arremangados hasta los antebrazos, y varios de los botones estaban abiertos, mostrando sus marcados músculos del tórax.

Azul tenía una túnica negra, adornada con hilos dorados; debajo de esta llevaba un traje de seda negro; un pañuelo blanco asomaba una de sus puntas por el bolsillo superior del saco.

Había otra mujer que yo no había visto antes.

Su rostro tenía facciones delicadas, sus ojos eran grandes y estaban delineados con maestría en un intenso color negro; su cabello era lacio, de color castaño oscuro, y le llegaba debajo de los hombros; era delgada y sus labios estaban pintados de rojo.

Su vestido se ajustaba perfectamente a su cuerpo y dejaba ver sus piernas hasta un poco más arriba de las rodillas; sus manos estaban cubiertas por un par de guantes de color blanco.

Cuando dejé de observar su vestido, regresé la mirada hacia su rostro y nuestras miradas se cruzaron; ella entrecerró los ojos mientras inhalaba profundamente, torció un poco sus labios y suspiró con exasperación.

—Buenos días, Magali, espero que hayas dormido bien.

Me saludó Azul con educación, Rubiel me observaba con una ancha sonrisa, Laura me veía apenada y la mujer de rojo me miraba con desprecio.

—Sí, gracias. Por cierto, ¿en dónde estamos? —pregunté al tiempo que alzaba un poco los brazos para indicar que me refería a todo el edificio.

—Estamos en una de las múltiples salas del palacio familiar —contestó nuevamente Azul.

Lo miré durante unos momentos con desconfianza y después pregunté:

—¿Qué pasó ayer?

Todos voltearon a ver a Laura al mismo tiempo; la mujer de rojo la miraba con una sonrisa, Laura se sonrojó y contestó la pregunta:

—Perdóname, es que me desesperé y además me dolía la cabeza y tú estabas gritando y no lo pude evitar, lo siento.

Su rostro mostraba un verdadero arrepentimiento y yo no tenía ni idea de qué había hecho. El rostro de la mujer de rojo mostraba satisfacción cuando escuchaba la disculpa de una historia que seguramente ya había oído mientras yo dormía.

—No te preocupes —contesté—. Además, no tengo ni idea de qué pasó y creo que en ese momento no me sentía muy bien como para aguantar despierta un viaje hasta…

En ese momento me di cuenta de que no tenía idea de en qué lugar estaba el “palacio”.

—¿En dónde dicen que estamos?

Rubiel explotó junto con Azul en una carcajada.

—Estamos muy lejos como para usar algo como referencia —dijo Rubiel.

Continuó hablando sin reír, pero con una sonrisa:

—Ya, Magui, suelta las preguntas.

Explotó nuevamente en risas mientras era fulminado por la mirada de la mujer de rojo.

Por fin, alguien me iba a dar algunas respuestas y ya tenía una excelente idea de qué iba a preguntar.

—¿Quiénes son ustedes?

Parecía una pregunta simple, pero sabía que había una respuesta posiblemente demasiado compleja.

—Bueno, oficialmente solo te deberíamos de decir que somos amigos de tu papá, pero, teniendo en cuenta lo que ya has visto… —contestó Rubiel, dejando la frase en un pequeño suspenso.

La mujer de rojo hizo cara de pocos amigos, que captó la atención de Rubiel, quien ahora se dirigía a ella:

—Tiene que saberlo, además estoy seguro de que Leo se lo diría si estuviera aquí.

En ese momento, escuché la voz de aquella mujer de rojo interrumpiendo a Rubiel. Su voz era una mezcla de desprecio, rencor e ira.

—Pero Leo no está aquí, y es culpa de esta niña el hecho de que él esté perdido en solo Dios sabe dónde luchando por su vida, gracias a que a la niñita berrinchuda se le ocurrió despertar sus poderes.

No tenía idea de quién era esa mujer, pero ya estaba empezando a caerme mal; sin embargo, sus palabras despertaron mi curiosidad.

—¿Cómo que Leo no está?

Mi voz se tornó dura; llevaba tanto tiempo esperando una explicación de su parte y, ahora que estaba rodeada de sus amigos, esperaba que él también estuviera presente.

Todos se voltearon a ver con preocupación y, después de unos cuantos segundos, Azul fijó la mirada en mí y habló:

—Tu padre está desaparecido.

Pese a que no sentía un gran cariño por Leo, la noticia se sintió como una cubeta de agua helada.

—Desaparecido, ¿cómo?

Mi voz sonó un poco temblorosa.

—No sabemos en dónde está. Se supone que se tenía que poner en contacto con nosotros cuando llegara a tu casa, pero nunca llamó; le perdimos el rastro en algún punto entre Francia e Inglaterra.

Un par de horas después llegó Vulcan con una nota de él pidiendo que fuéramos cuanto antes a cuidarte y que le diéramos su equipo a Vulcan.

Rubiel, que había contestado la pregunta, fue disminuyendo la velocidad con la que hablaba al tiempo que mi cara demostraba confusión.

—¿Quién es Vulcan? —pregunté con desconfianza.

—El hipogrifo de Leo —contestó la mujer de rojo.

Recordé que un amigo al cual le gustaba la mitología me había mostrado un libro con un hipogrifo en la portada y había dedicado diez minutos a nombrar las características de ese ser mágico.

—¿El hipogrifo? Esa es una criatura de cuentos de hadas, no existe.

—Tú tampoco deberías de existir y, aun así, estás aquí.

Nuevamente, la mujer de rojo, quien evidentemente me odiaba, aunque yo ignoraba la causa.

Fue esta vez Laura quien tomó la palabra.

—Hay más cosas en este mundo de las que tú tenías conocimiento, mi niña; de hecho, todos los aquí presentes no deberíamos de existir según la historia y la ciencia moderna.

Esas personas estaban comenzando a asustarme, cosa que se proyectaba en mi cara.

—No te asustes —pidió Azul—. Te voy a explicar todo; nosotros, al igual que tu padre, somos algunos de los pocos inmortales que siguen con vida en el mundo moderno, provenimos de tiempos y lugares olvidados ya por la historia y por el hombre.

Mi rostro reflejaba mi incredulidad hacia sus palabras; sin embargo, él continuó hablando.

—Tenemos mucho que explicarte, por favor, toma asiento.

En el cuarto no había más sillas que en las que ellos estaban sentados.

Él hizo un movimiento fluido con la mano y un brillo azul cubrió su mano.

Una luz azul apareció a unos cuantos pasos de él y comenzó a arremolinarse hasta adoptar la forma de una silla. Cuando se disipó, esta quedó frente a nosotros.

—¿QUÉ DEMONIOS FUE ESO? —pregunté, asustada.

Una silla acababa de aparecer frente a mis ojos.

Todas las miradas estaban concentradas en mí y me analizaban, estudiando cada una de mis reacciones.

—Te dije que hay muchas cosas que desconocías, tanto del mundo como de nosotros y de tu padre; por favor, siéntate y te explicaremos todo.

Tardé un par de segundos en volver a tener el control de mi cuerpo, me aproximé a la silla y me senté, alejándome un poco de ellos.

—Gracias —dijo Azul, quien, al igual que los demás, parecía más sorprendido de mi reacción que del hecho de que una silla se acababa de materializar frente a nuestros ojos.

—Lo que acabas de ver es magia. Todos los aquí presentes la podemos hacer, siempre y cuando caminemos en dos piernas y no en cuatro patas.

Rubiel se rió abiertamente del comentario de Azul, pero este continuó hablando como si no lo hubiera escuchado, aunque una sonrisa se dibujó fugazmente en su rostro.

—Tu padre también sabe hacer magia y es el último de los alquimistas del antiguo orden. Puede que haya más, pero, si siguen con vida, desconocemos su paradero.

—Un momento, ¿Leo es un alquimista? ¿No se supone que eran algo así como magos que querían transformar el plomo en oro? —pregunté al recordar un documental que mi madre me había obligado a ver.

—Bueno, esa es una idea bastante cercana a la que todo el mundo tiene acerca de los alquimistas, pero el indicado para hablar de ello es Leo; de momento, yo solo te puedo explicar el motivo por el que tú estás aquí.

Azul hizo una pausa y continuó:

—Hace unos cuantos días, cuando tus poderes despertaron…

Azul me indicó con la mano que aguardara un momento en cuanto vio mis intenciones de hablar.

—Leo detectó que tu poder había incrementado más allá de los límites que él había impuesto, lo cual significaba que tus poderes estaban activos; eso fue lo que te salvó, lograste desviar un ataque antes de que nosotros llegáramos a salvarte, cosa que es bastante impresionante teniendo en cuenta tu inexistente formación mágica.

Al ver que lo miraba confundida, continuó:

—¿Alguna pregunta hasta aquí?

¿Preguntas? Claro, tenía montones de preguntas, pero no podía pensar en ninguna.

Azul continuó.

—Antes de ir a desayunar, que buena falta hace, permíteme presentarte a todos. Ella es Laura, matriarca de la tribu gitana más grande que existe en estos días, excelente adivina y artista.

Laura se levantó y se acercó a mí, yo también me levanté para saludarla cómodamente.

—Es un honor conocerte, Magali, no importa qué necesites, siempre cuentas conmigo, ¿de acuerdo?

Me dio un abrazo y me tocó la mejilla cuando terminó de hablar.

—Muchas gracias.

Su demostración de afecto me tomó por sorpresa, sabía que sus palabras eran sinceras.

—El salvaje ese se llama Rubiel o Hicoro, como lo llama tu papá; los dos formaban parte del mismo ejército, él es un licántropo, especialista en armas, combate cuerpo a cuerpo, maestro saqueador del refrigerador y mejor amigo de tu padre.

Rubiel se levantó y se acercó a mí con una amplia sonrisa y los brazos abiertos, me abrazó con fuerza y me levantó del suelo como si no pesara más que una pluma.

—Maguita, mi niña hermosa, por fin, has crecido tanto desde la última vez que te vi, yo soy, bueno, ya sabes mi nombre, yo soy el mejor amigo de tu padre y su protector, y ahora también soy tu protector.

Hasta ese momento decidió aflojar el abrazo, que empezaba a resultar doloroso, y me volteó a ver con una enorme sonrisa y los ojos como si estuviera a punto de llorar.

—Muchas gracias.

Su demostración de cariño me ruborizó.

—Bueno, ha llegado mi turno, yo soy Azul, poeta, literato, mercader, mago y escritor, y, como hombre sabio que soy, dejaré que me conozcas antes de decirte cómo soy, pero créeme, no te arrepentirás.