Capítulo 3 El mundo de mi padre #2
—Intentaré responder a todas las preguntas, si es que las recuerdo. La pared, bueno, he tirado paredes tres veces más gruesas que esa, así que no fue mucho problema; la espada dolió un poquito, pero no me pasó nada.
Lo interrumpí, ya que había visto claramente el delgado hilo de sangre que escurrió por su brazo.
—No es cierto, yo vi que sangraste.
Rubiel, con una ancha sonrisa, me mostró las manos. No tenían ni un solo rasguño.
—No es posible, ¡YO LO VI!
Sin embargo, no tenía ni un solo rasguño que indicara que había detenido una espada solamente con las manos, ni su rostro ni su cuerpo mostraban señales de haber recibido golpe alguno.
Volteé a ver de reojo a los demás acompañantes, los cuales me veían como si esperaran que estuviera a segundos de abrir la puerta y saltar de la limusina.
Rubiel siguió hablando como si él no considerara esa posibilidad, o pensara que, si yo lo hacía, podía detenerme y, por lo que había visto, estaba segura de que podría hacerlo.
—La cosa que te atacó, bueno, la verdad no sé bien qué era, pero no te preocupes, ya no te va a volver a molestar. Y, por último, el rugido fui yo; en otro momento y con más espacio a mí alrededor te enseño.
Sonrió nuevamente, mientras Laura y Azul movían la cabeza en forma negativa para indicar su desacuerdo con la información que acababa de confiarme.
Yo estaba analizando lo que me había dicho, confrontando todo lo que mi lógica me decía que era imposible contra lo que acababa de vivir.
La limusina frenó y Tania abrió la puerta para permitirnos salir.
—Ya llegamos.
Estábamos en un aeropuerto y un jet privado nos esperaba en una pista vacía.
Nos acercamos al jet y pude leer una inscripción en el costado del mismo: “INDUSTRIAS AZUL”.
Un hombre con una carpeta esperaba junto a las escaleras del avión.
—Tania, no lo conozco, mantente alerta. Laura, Azul, ustedes primero. Maga, tú frente a mí.
La voz de Rubiel me impresionó, tenía un increíble tono de mando, hablaba de una forma que recordaba a los militares; por la manera en que habló, estaba claro que sus indicaciones no estaban sujetas a discusión.
Azul hizo una cara que indicaba su desaprobación a recibir órdenes, pero tanto él como Laura caminaron de la forma en la que Rubiel dijo. Yo los seguí, impresionada por el hecho de que pudieran disponer de un jet privado.
—Bienvenido, señor, sus permisos de vuelo.
El hombre vestía de traje negro con camisa blanca y corbata negra; su ropa no parecía costosa; sin duda, era su uniforme de trabajo. Tenía el cabello corto y rubio, la tez clara y los ojos azules; su frente reflejaba las luces parpadeantes del jet en unas delgadas gotas de sudor.
—Gracias.
Azul subió después de Laura al jet y yo los seguí.
Sentí la mirada del hombre mientras comenzaba a subir las escaleras.
Nuevamente, todo ocurrió demasiado rápido.
Sus ojos se volvieron completamente blancos y sacó un cuchillo de entre su ropa; antes de que pudiera reaccionar, Rubiel ya estaba frente a mí y Tania había lanzado un cuchillo contra la espalda del hombre que me había intentado atacar.
El hombre comenzó a tener contracciones y a producir ruidos guturales; en sus ojos apareció una llamarada y el hombre se cubrió de fuego mientras se desvanecía rápidamente, produciendo un grito agudo.
Ahora sí estaba en estado de shock, me quedé de pie, sin hacer absolutamente nada, mirando fijamente el lugar donde hasta hacía un segundo había alguien que intentaba matarme.
Cuando el hombre desapareció, pude ver a Tania detrás de él, sosteniendo un cuchillo con extraños grabados a la altura donde el hombre había tenido el corazón momentos antes.
—Vámonos.
La voz de Rubiel nuevamente sonó a una orden que no se podía desobedecer, pero yo no podía moverme de donde estaba.
No sabía si gritar, llorar, desmayarme o salir corriendo.
Rubiel me tomó en sus brazos y me levantó sin el más mínimo esfuerzo, llevándome dentro del jet.
—¿Y ahora? —preguntó Laura mientras Tania cerraba la puerta del jet.
—No lo sé, de momento lo más importante es despegar. Tania, sácanos de aquí antes de que lleguen los amiguitos de ese demonio.
Rubiel me colocó en uno de los asientos y fue con Azul, el cual tenía un mapa sobre una pequeña mesa y lo veía fijamente mientras revisaba los papeles que acababan de entregarle.
—Ya no podemos seguir el plan original, nuestra ruta ya está comprometida, así que tenemos que buscar una nueva —le explicó Azul a Rubiel.
Tania se dirigía a los controles del jet y, después de revisar todos los medidores en un tiempo récord, comenzó a accionar una multitud de interruptores y botones.
El jet comenzó a moverse, ganó velocidad y despegó.
Solo entonces me di cuenta de que la única persona que me estaba viendo era Laura y su rostro mostraba preocupación.
Me di cuenta de que ya me sentía capaz de hablar y de moverme, me levanté.
—¿QUÉ DEMONIOS ERA ESO? ¿QUÉ PASÓ? ¿CÓMO ES QUE…? ¿QUÉ FUE ESE FUEGO? ¿Y CÓMO QUE NO SABEN A DÓNDE VAMOS?
Estaba increíblemente alterada y empezaba a tenerle miedo a esas personas.
—Ahorita te explico —contestó Rubiel—. Solo dame un momento para que planeemos una nueva ruta.
—NO —contesté—. DIME QUÉ ESTÁ PASANDO, NADA TIENE SENTIDO.
Estaba entrando nuevamente en pánico y no podía amenazar con bajarme, ya que para estos momentos nos encontrábamos a cientos de metros del suelo. Un flash amarillo detrás de mí me desconcentró por un momento.
Estaba segura de que aún tenía muchas cosas que decir, pero no recordaba ninguna.
Me empecé a sentir mareada, y mi cuerpo pesaba horrores; sentí como si mis pensamientos se hicieran diminutos y mi cabeza enorme. Mi vista empezó a ponerse borrosa.
Escuchaba voces como si estuvieran hablando dentro de una lata.
—Ay, señora, ¿qué hizo?
No logré reconocer la voz.
—Perdón, perdón, perdón, es que me desesperó y…
Eso fue todo lo que logré escuchar antes de que el sueño me venciera.
Escuchaba el crujir de la madera y el roce del viento entre los árboles. El aroma de madera quemándose y carne cocinándose impregnaba el ambiente; un círculo brillaba tenuemente en el suelo, abarcando todo el perímetro iluminado por la fogata.
Vi cómo una mano que no era la mía cerró el puño, que empezó a brillar en un resplandeciente color esmeralda.
La mano se abrió y una pequeña mariposa esmeralda y una turquesa salieron volando de ella.
Una voz cálida hizo que una oleada de sorpresa y tranquilidad atravesara mi cuerpo.
—Feliz cumpleaños, hija, te quiero mucho.
Abrí los ojos. Me encontraba en una amplia cama, aún tenía puesta la ropa del día anterior.
Ese pequeño descubrimiento me hizo recordar todo lo que había pasado y que deseaba que fuera producto de mi imaginación.
Sentí un objeto metálico en la mano.
Volteé a verlo y era el medallón que había armado en mi cuarto.
Lo estudié con tranquilidad, deseando que tuviera una cadena para poder ponérmelo. Aún no sabía cuál era la razón de que lo tuviera, pero sospechaba que, si Leo había pasado por tantas molestias para entregármelo, debería de tener algún sentido.
La piedra roja del centro del medallón destelló por un momento y una cadena se materializó alrededor del medallón.
Yo me limité a contener el aliento y esperé unos momentos, pero no pasó nada.
Consideré que no había demasiado riesgo en ponerme el medallón.
Bajé de la cama y comencé a caminar por la habitación; era por lo menos dos veces más grande que mi cuarto, tenía un espejo y un tocador.
Una maleta estaba a los pies de la cama. Decidí abrirla.
Un neceser con algunos de mis productos de aseo personal y varias prendas de ropa se encontraba dentro de la maleta.
Recordé la llamada que Azul y mi mamá habían tenido el día anterior; mi ropa había sido uno de los temas de esa fugaz conversación.
Al ver que todas las prendas de ropa hacían juego, me di cuenta de que la persona que había hecho mi maleta era justamente mi mamá, ya que mi papá jamás habría podido combinar más de tres blusas y un pantalón.
Vi una puerta entreabierta cerca de la esquina de una pared. Me asomé y la decoración interior me arrancó una sonrisa.
Había encontrado el baño. Decidí tomar una ducha antes de hacer cualquier otra cosa; el agua siempre me ayudaba cuando quería aclarar mis ideas, aunque no sabía si sería tan efectiva teniendo en cuenta mi situación actual.
Mientras me vestía, pensaba en lo mucho que había cambiado mi forma de entender el mundo.
Cosas que yo creía imposibles ahora estaban en duda: había conocido a una persona que cicatrizaba a una velocidad que iba en contra de las leyes de la naturaleza, vi cómo un hombre cambiaba el color de sus ojos y se desvanecía al tiempo que se calcinaba justo frente a mí. No tenía idea de qué más podía esperar.
Salí del cuarto y la visión fue estremecedora.
Me encontraba frente al salón más grande que jamás había visto en mi vida; mi casa hubiera cabido fácilmente dentro de él.
La decoración era antigua, había cuadros y obras de arte por todos lados; en el centro del amplio techo colgaba un candelabro que debía de tener al menos doce metros de punta a punta.
Bajé las escaleras caminando con cautela.
Los murmullos de una conversación me llevaron a través de varios pasillos alfombrados y ricamente decorados.
Frente a una puerta de madera exquisitamente pulida, cerrada, las palabras de una conversación que tenía lugar en el interior ya eran prácticamente entendibles.
Golpeé suavemente la puerta con los nudillos y esperé una contestación.
Las voces callaron.
—Adelante.
Era la voz de Azul.
Abrí la puerta y me encontré con una pequeña sala: una mesa amplia y varias sillas de madera con adornos elaborados ocupaban el lugar.
Todas las personas que había conocido estaban ahí, aunque sus vestimentas habían cambiado de una forma casi radical.
Laura se encontraba sentada en la parte más alejada de la mesa; ahora llevaba un pantalón café, una blusa blanca y un paliacate amarillo que adornaba su cabello.