El Diario del Alquimista Capítulo 3 El mundo de mi padre
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Capítulo 3 El mundo de mi padre

El sujeto que había intentado calcinarme se levantaba y volvía a batirse a duelo con el tipo que me había salvado de ser atropellada, mientras la gitana corría para protegerme, cubriéndome con sus brazos.

—Tranquila, mi niña, todo va a estar bien. Deja que ellos jueguen a matarse solos.

Me sorprendía la tranquilidad de sus palabras: era como si todo esto fuera para ella algo común y cotidiano.

Los golpes de ambos aumentaban en fuerza y violencia; la mitad de la batalla se desarrollaba a velocidades que mis ojos no podían captar; sin embargo, podía distinguir que mi defensor iba ganando.

Un fuerte golpe en el abdomen hizo que mi agresor escupiera sangre. Era impresionante: llevaban solamente unos momentos peleando y, aun así, el tipo de la gabardina negra se veía con demasiadas heridas.

Mi defensor sonreía y daba pequeños saltitos, trasladando su peso de un pie al otro en espera de que lo volvieran a atacar.

—Maldito perro imbécil.

El tipo de la gabardina habló con una voz cargada de ira.

—¡TE VOY A MATAR! —gritó mientras se quitaba su gabardina.

Debajo de esta solo tenía sus pantalones y una ancha correa de cuero cruzaba sobre su pecho, sujetando a su espalda una espada casi tan grande como él.

Emitió un grito gutural y su cuerpo empezó a temblar, mientras que sus ojos cambiaban a un rojo mezclado con negro. Mi atacante comenzó a aumentar de tamaño, sus músculos crecían de una manera descomunal y su estatura superó a la de mi defensor; tomó la espada entre sus manos y me volteó a ver.

Su mirada me heló la sangre. Él levantó la espada y arremetió a toda velocidad contra mí.

Mi defensor no tuvo problemas en detener la espada entre las manos, aunque un hilo de sangre bajó por su brazo durante un momento; después, el combate se reanudó, solo que esta vez se hacía cada vez más violento.

—¡Azul! —gritó mi defensor.

El sujeto del traje azul se había entretenido contemplando la decoración de mi casa, observando las fotografías familiares, y estaba casi segura de que se dirigía a la cocina cuando mi defensor lo llamó.

—¿Te ayudo? —preguntó el sujeto al que se habían referido como Azul mientras se acercaba hacia nosotros.

—No, idiota, pero, si no las sacas de aquí, no puedo pelear bien.

Pese a estar peleando, su voz sonaba estable, sin muestras de cansancio.

—Tienes razón. Señoritas, ¿serían tan amables de acompañarme?

Todo esto era completamente irreal: era imposible que, frente a esos dos titanes que estaban intentando matarse, la gitana y el tipo del traje estuvieran tan calmados.

—Azul —dijo la señora que se mantenía abrazada a mí para protegerme—. ¿No crees que va a necesitar algo más que la ropa que trae puesta?

¿De qué estaban hablando? Yo no pensaba ir a ningún lado, pero antes de que pudiera expresar mi opinión, el sujeto que me había salvado de ser atropellada gritó.

—¡CARAJO, EN EL CAMINO LE COMPRAMOS ALGO O QUE SUS PAPÁS NOS LO ENVÍEN DESPUÉS! ¿YA SE PUEDEN LARGAR?

La batalla se estaba poniendo cada vez más violenta.

—Laura, tiene razón, vámonos.

La gitana asintió y, levantándome, me arrastró hasta el agujero donde momentos atrás había estado la pared de la sala.

—¿Cuánto te damos? —preguntó el tipo del traje azul.

—¡DOS MINUTOS, Y DILE A TANIA QUE SE PREPARE! —gritó el titán que arriesgaba su vida para defenderme.

—Olvídalo, ella es mía y tú estás casado.

Mi defensor gritó nuevamente con una pizca de risa en su voz:

—NO, GORDOOOO, PARA IRNOS DE AQUÍ.

El tipo del traje y la gitana se fueron riendo mientras me conducían hacia una limusina estacionada. En ese momento, empecé a tener miedo de un posible secuestro y comencé a gritar.

—¿A DÓNDE DEMONIOS ME LLEVAN? ¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ? ¿QUIÉNES SON USTEDES?

Mis preguntas se hallaban cargadas de miedo y de coraje.

La gitana fue la primera en contestar.

—Por favor, entra al carro y te lo explicaremos todo; te prometo que nada malo va a pasarte. Vamos a llevarte a donde vive tu padre y a asegurarnos de que estás a salvo.

Era ilógico, pero su voz sonaba tan sincera que me convenció.

Nos acercamos a la limusina y una mujer con una belleza extraordinaria nos abrió la puerta para permitirnos entrar.

Ella tenía puesto un traje sastre de chofer.

Era alta, su cabello rubio y perfectamente peinado caía como cascada por debajo del sombrero de su uniforme, levemente inclinado, detalle que le brindaba un aspecto inocente.

Su uniforme se pegaba a su cuerpo, un cuerpo por el que cualquier supermodelo habría vendido su alma.

Una falda que le llegaba a medio muslo dejaba ver sus largas y bien torneadas piernas.

Sus facciones eran increíblemente finas y sus ojos eran de un morado intenso.

La gitana y yo entramos.

—Mi amor, espera dos minutos para que salga Rubiel; después de eso nos vamos tan rápido como puedas.

—Desde luego, señor Azul.

Su voz era increíblemente hermosa. Después de eso, Tania también entró a la limusina.

Un sonido parecido a un gruñido, proveniente del interior de mi casa, rompió con la calma de la noche. Me crucé de brazos y esperé una respuesta.

—Yo me llamo Azul, ella es Laura, quien está peleando adentro es Rubiel, aunque tu padre suele llamarlo Hicoro, y la belleza que nos abrió la puerta se llama Tania.

Hizo una pausa; al ver que yo no decía nada, continuó:

—Somos amigos de Leo desde hace mucho tiempo. Estamos aquí para ayudarte.

Lo interrumpí.

—¿Y en dónde se supone que está Leo?

Mi voz estaba cargada de rencor. Sin embargo, nadie me contestó.

En ese momento, la puerta se abrió y, después de mi sobresalto inicial, Rubiel entró a la limusina y esta arrancó en cuanto cerró la puerta.

Azul sacó un celular de uno de los bolsillos internos de su saco y marcó un número.

—Hola, Gerardo, ¿cómo estás?… También bien, gracias.

Oye, mi amigo, prepara todo, por favor, vamos a ir dentro de unos minutos y necesitamos todo listo para salir de inmediato…

Ajá… Bueno, aún no sabemos a dónde, es posible que tengamos que dar una pequeña vuelta, pero ya conoces el destino final… Ajá… Ok, nos vemos pronto, gracias.

Después de colgar, volvió a guardar el celular.

—¿A dónde vamos? —pregunté francamente asustada.

—Tenemos que llevarte a un lugar seguro —contestó Rubiel—. Y para lograr eso tenemos que sacarte del país.

Yo estaba al borde de un ataque.

—¿Protegerme de qué? ¿Y mis padres?

Esta vez fue Azul el que respondió.

—Estamos intentando protegerte de las personas que quieren matarte, y tus padres sabían que este día iba a llegar tarde o temprano, aunque creo que por lo menos merecen una llamada.

Sacó nuevamente su celular y marcó un número.

—Mohamed, soy Azul… Sí, verás, se presentó una situación y tuvimos que intervenir.

Rubiel dio un respingo cuando escuchó que Azul hablaba en plural, pero este lo ignoró y siguió con la plática:

—No te asustes cuando llegues, te juro que vamos a pagar por todos los daños, pero ya conoces al perro este, no se puede controlar.

Esta vez, Rubiel y Laura rieron levemente.

—Está muy asustada y creo que está a punto de llamar a la policía… Sí, te la comunico.

Azul me entregó el teléfono; contrario a lo que esperaba, la voz de mi madre fue la que salió del auricular.

—¿MI VIDA, ESTÁS BIEN? ¿NO TE PASÓ NADA?

—Estoy bien, mamá, pero no entiendo qué demonios está pasando.

En esta ocasión, la voz de mi mamá sonó mucho más tranquila y relajada.

—Estarás bien, mi vida, créeme, esas personas son amigos de tu papá, de Leo, ellos se van a encargar de cuidarte y van a darte respuestas que nosotros jamás podríamos darte, no tengas miedo.

Sentía que estaba a punto de llorar. Un pensamiento cruzó por mi mente.

—¿Ustedes están bien?

Tenía miedo de que lo que sea que había estado en la casa pudiera hacerles daño.

—Sí, mi vida, no te preocupes, Leo se encargó de nuestra seguridad desde el día en que te trajo a nuestras vidas.

Estaba confundida de nuevo: ¿cómo Leo podía proteger a mis padres contra algo como lo que me atacó si no estuvo presente ni para protegerme a mí?

Mi mamá volvió a hablar:

—¿Me pasas a Azul, por favor?

Le entregué el celular de manera casi automática.

—Ajá… ajá… claro, te avisaremos en cuanto lleguemos… Sí… pensábamos comprarle algo, pero esa es una buena idea, mañana uno de mis empleados va a ir por ella… No te preocupes, no lo hemos olvidado… De acuerdo, adiós.

Colgó el teléfono y me volteó a ver abriendo mucho los ojos.

—PERDÓN, se me olvidó preguntar si te querías despedir, pero no es seguro hablar tanto tiempo, y además muy pronto vas a hablar con ellos de nuevo.

Asentí en silencio y, al igual que los demás, permanecí inmóvil, de modo que lo único que evitaba un silencio sepulcral era el suave y continuo ronroneo del motor de la limusina.

Pasaron algunos minutos en los cuales decidí no poner atención al trayecto que seguíamos y me concentré en analizar lo que había pasado; intenté recordar cada uno de los detalles para encontrar aquello que me hacía sentir incómoda.

Por fin lo encontré; mi mente poco a poco estaba saliendo del estado de shock.

Me dirigí hacia la persona musculosa a la que Azul se había referido como Rubiel.

—¿Cómo lo hiciste?

Sabía que mi pregunta no había tenido mucha sutileza, pero supuse que alguien que había detenido una espada entre las manos sería lo suficientemente fuerte como para soportar una pregunta sin tacto.

—¿A qué te refieres? —preguntó Rubiel con una sonrisa.

—Tiraste una pared, detuviste una espada con las manos, vi cómo sangraste, te golpearon, y el psicópata ese creció y te golpeó, aunque después de que nosotros salimos tú nos alcanzaste un par de minutos después y estoy segura de que escuché un gruñido que venía de la casa y, por último, ¿qué le pasó al loco ese?

Ahora entendía a Alika: cuando tenías demasiadas dudas era casi imposible dejar de hacerlas; sin embargo, yo esperaba una respuesta para todas esas preguntas.

Rubiel se rió abiertamente.