Capítulo 2 Los amigos de tu padre #5
Intenté reírme ante las cosas descabelladas que Alika acababa de decir, pero la seriedad en su rostro me lo impidió.
—¿Es en serio?
Mi voz reflejaba incredulidad.
—Estoy segura, esta cosa vale una fortuna, además, parece ser una especie de rompecabezas.
Mientras decía esa última frase, intentó acomodar los triángulos y estos formaron un hexagrama. Sorprendentemente, embonaban a la perfección, pero cuando Alika levantó el medallón con los dos triángulos, estos se cayeron a la mesa, produciendo un pequeño ruido metálico.
—O tal vez no —contesté yo.
Ambas reímos y, después de ver la hora en la pantalla de mi celular, recordé el largo camino de regreso hasta mi casa.
—Mejor ya nos vamos, porque el tráfico va a ser una pesadilla.
—Tienes razón.
Ambas nos levantamos, salimos del restaurante y nos fuimos a nuestras respectivas casas.
—Ya llegué —grité anunciando mi llegada.
—Hola.
Mi madre se veía repentinamente nerviosa y mi papá bajó las escaleras a toda velocidad y, en cuanto me vio, soltó de golpe:
—Hola, ¿quieres pizza? Estábamos a punto de salir por una pizza. Te gusta la de pepperoni, ¿verdad?
—Sí —contesté tímidamente.
Mis papás se traían algo entre manos, seguramente no esperaban que regresara tan pronto y estaban planeando algo para mi cumpleaños.
Me sorprendió darme cuenta de que mi cumpleaños sería mañana, o, para ser exactos, dentro de pocas horas.
—¿Quieren que los acompañe? —pregunté por cortesía, aunque ya conocía la respuesta.
—No, muchas gracias, tú acabas de llegar, ahorita venimos.
Mi mamá me dio un beso en la mejilla y salió por la puerta junto con mi papá.
Sacudí la cabeza mientras subía a mi cuarto. ¿Ir por una pizza cuando te la pueden traer a tu casa?
La idea me causó risa. La habilidad de mi papá para mentir era mucho mejor que la de mi mamá, siempre y cuando se le diera cierto tiempo para planear una buena mentira.
Ya en mi cuarto, prendí la TV para tener algo de ruido de fondo, me dirigí a mi computadora y también la encendí; necesitaba revisar algunos correos.
Mientras prendía la computadora, saqué de la mochila, casi sin pensar, el medallón y los dos triángulos que me habían entregado “los amigos de mi padre”.
Estudié las extrañas inscripciones que tenían grabadas por todos lados.
Tenía que darle crédito a Alika, en verdad parecían piezas muy viejas.
Intenté armarlas para matar el tiempo. Me di cuenta de que, de una forma, los triángulos no embonaban tan bien, así que los cambié de lugar.
El primer triángulo que coloqué fue el de plata. Un rápido y suave escalofrío recorrió mi espalda. Pero tenía que ser una coincidencia.
Coloqué el triángulo de oro de tal forma que apuntara hacia arriba.
Un escalofrío más intenso que el anterior recorrió todo mi cuerpo.
Había algo hipnotizante en aquel medallón; los triángulos embonaron a la perfección, formando un preciso hexagrama, aunque me di cuenta de que estaban levemente separados de la base.
Lo presioné un poco y escuché un pequeño clic cuando los triángulos tocaron la superficie.
Nada me había preparado para lo que pasó en ese momento.
La plata y el oro de ambos triángulos empezaron a fundirse en el punto donde se tocaban; unas pequeñas vetas de plata y oro se mezclaban para darle al hexagrama un intrincado rayado que resaltaba las inscripciones en ellos.
Cuando el movimiento del metal, que ahora parecía más líquido que sólido, terminó, un pequeño destello esmeralda chispeó sobre el hexagrama y una pequeña piedra roja apareció en el centro.
Los símbolos que adornaban el medallón comenzaron a iluminarse con un intenso brillo dorado.
Yo no podía dar crédito a lo que veía; esto iba en contra de toda lógica, era simple y sencillamente imposible; sin embargo, lo estaba viendo.
La luz fue reduciendo su intensidad hasta que los símbolos se apagaron y la piedra emitió un pequeño resplandor rojo.
Yo seguía sin poder creer lo que acababa de pasar; estaba en shock y, contrario a lo que mi instinto me indicaba, tomé el medallón.
En ese momento me sobresaltó un ruido en la parte de abajo de la casa.
No había escuchado el coche de mis papás, así que bajé corriendo para recibirlos.
No vi a nadie. Caminé hacia la sala, y estaba a punto de prender la luz cuando alguien más lo hizo por mí.
Una parte de mí esperaba el grito de SORPRESA tan característico de las fiestas sorpresa, pero lo que me encontré me horrorizó.
Había una persona de pie en medio de mi sala; su cabello era grasoso y le llegaba hasta las mejillas, su mirada era asesina y vestía con una gabardina negra y lisa que caía hasta casi rozar el suelo. Su voz cortante y dura hizo temblar cada fibra de mi ser.
—Así que tú eres la hija del Alquimista.
Una carcajada hizo que me sobresaltara, pero no podía moverme; tenía demasiado miedo, no podía emitir ni el más mínimo ruido.
—Entrégame el medallón y te prometo una muerte rápida y casi sin dolor.
Instintivamente, mis dedos apretaron el medallón para evitar que lo robara, aunque suponía que mis escasas fuerzas no iban a ser suficientes para detenerlo.
—Créeme, niña, una muerte así es mucho más de lo que mereces teniendo en cuenta todo lo que tu padre ha hecho.
Quería correr, pero mis piernas no me respondían.
El intruso continuó hablando, aunque su voz se notaba alterada.
—No tengo tiempo para esto. ¡DÁMELO!
Su puño se cerró rápidamente, una ráfaga de fuego cubrió su mano y, cuando abrió el puño, las llamas se concentraron en la palma de su mano hasta formar una esfera. Aunque nos separaban unos cuatro metros, sentía el calor de aquella bola de fuego.
Entonces levantó su brazo y la lanzó contra mí. Sentía cómo el calor aumentaba mientras se acercaba. Reaccioné por instinto, levantando una mano para protegerme.
Antes de cerrar los ojos, pude ver cómo mi mano se iluminaba nuevamente de color turquesa; sentí un golpe y, a causa de este, salí proyectada a un par de metros de distancia. Aterricé de espaldas y vi cómo mi agresor dibujaba una sonrisa en su rostro y formaba una nueva esfera de fuego.
—Esto puede llegar a ser más divertido de lo que había pensado.
No tenía idea de cómo había logrado salir ilesa del primer ataque, pero en esta ocasión el impacto sería inminente.
Cerré los ojos, esperando a que esa esfera de fuego me calcinara, cuando un estruendo me hizo gritar y abrir los ojos.
La pared de la sala había quedado hecha pedazos y, entre la nube de polvo, había una persona cubierta de yeso y escombros.
Lo reconocí de inmediato: el mismo sujeto que me había salvado de ser atropellada acababa de derribar la pared y había recibido la esfera de fuego con el torso desnudo.
A una velocidad demasiado alta como para que mis ojos pudieran captarla, atravesó la habitación y golpeó en el pecho a mi agresor, el cual salió disparado hacia atrás hasta aterrizar en la mesa de centro de la sala.
Dos personas más entraron por el agujero que había en la pared; también los reconocí al momento: eran la gitana y el tipo que había pagado la cuenta en el restaurante hacía un par de horas.
Por fin pude hablar.
—¿Qué demonios está pasando? ¿Quiénes son ustedes?
Mi voz era prácticamente un chillido.
El sujeto del traje azul dijo con voz solemne:
—Somos los amigos de tu padre, Leo, el Alquimista.