Capítulo 2 Los amigos de tu padre #4
Mi cuerpo se agachó, esquivando la espada que pasó zumbando y cortando el aire a pocos centímetros de mi cabeza. Mi mano, brillando en un débil verde esmeralda, tocó el pecho del agresor.
Mi sorpresa fue descomunal. ¡Yo no podía hacer eso! Jamás me hubiera movido tan rápido y con tanta precisión, y mi mano… no, la mano de la persona con la que estaba soñando… Estaba tan inmersa en el sueño que había olvidado que yo no era la protagonista, era una simple espectadora.
Antes de que terminara mi reflexión, el protagonista del sueño tomó la espada de la mano del agresor y giró su cuerpo para poder defenderse del sujeto del traje.
Aparentemente, no se preocupaba de que el dueño de la espada se fuera a levantar para reclamarla.
La persona desde la cual veía todo blandió la espada a sus costados, trazando complejos movimientos en el aire, el cual zumbaba mientras los realizaba.
—Esta espada es un asco. Me hubiera traído la mía. No sé por qué demonios le hice caso.
La voz sonaba ronca, tranquila, como si estuviera en total control de la situación.
Extrañamente, su voz me hizo sentir tranquila a mí también. La misma voz volvió a hablar:
—Supongo que siempre puedo cambiar de espada. La tuya está mucho mejor hecha que este pedazo de metal torcido.
—Desde luego —contestó el sujeto del traje con una voz tan fría que me heló la sangre—. Si sobrevives.
Hasta ese momento, no había notado que los aleteos de la noche anterior habían regresado y se encontraban peligrosamente cerca.
Un olor nauseabundo fue arrastrado por una débil brisa que llegó desde mi espalda.
Alguien se acercaba hacia mí, o hacia la persona desde la cual yo veía todo.
Jamás había visto a alguien así: sus ojos eran de un negro apagado, su caminar demasiado fluido y desigual como para pasar inadvertido, su dentadura estaba incompleta, pedazos de piel faltaban en su rostro y brazos.
Aquella cosa nos volteó a ver con una mirada perdida, emitió un gruñido y saltó hacia nosotros. Sentí que las piernas del protagonista del sueño se movían a gran velocidad.
Yo, por instinto, cerré los ojos y grité.
Cuando los abrí, me encontraba de regreso en mi cama, bañada en sudor frío, con mi respiración agitada, y podía sentir cómo mi corazón latía desesperadamente.
Hice una profunda inhalación.
—Fue una pesadilla.
Mi voz fue algo muy cercano a un susurro. Pero había sido tan real que una parte de mí en verdad dudaba que fuera una pesadilla.
Volví a respirar profundamente con el fin de normalizar mi respiración y mi corazón.
El sonido del despertador me sobresaltó.
Retiré las cobijas que me cubrían y me fui a dar una ducha rápida. Para cuando bajé, mi mamá ya me había preparado algo de desayunar; lo comí, me despedí de ella y me fui a la escuela.
Ese día presté más atención al camino y llegué a la escuela sin ningún incidente.
La jornada escolar fue tan normal y rutinaria como todos los días.
Al salir, Alika se adhirió a mi brazo.
—¿Lista para vaciar las cocinas?
—¡Sí! —contesté con emoción; la verdad es que moría de hambre, ese era el día que más tarde salía de la escuela y el horario no me permitía escaparme a comer algo.
Así que, sin más preámbulos, nos dirigimos al restaurante.
Pedí mi comida favorita, ambas comimos postre, charlamos de temas intrascendentes y de los últimos chismes que rondaban por los pasillos de la escuela.
Pero, cuando pedimos la cuenta, sucedió algo que yo creía que solamente ocurría en las películas.
La mesera nos explicó de nuevo lo que acababa de suceder al tiempo que señalaba a una mesa en la esquina del restaurante.
—Ese caballero pagó la cuenta, y, para ser honestos, dejó una excelente propina.
Alika me volteó a ver con una cara que expresaba tanta confusión como la que seguramente proyectaba yo.
—¿Lo conoces? —preguntó Alika.
—En mi vida lo había visto. ¿Tú?
Su cabeza se movió hacia los lados indicando su negativa a mi pregunta. La mesera continuó con la explicación:
—Además, el caballero me pidió que le entregara esto.
Me entregó un pequeño pañuelo de seda color azul, anudado a manera de sobre, dentro del cual se encontraba una hoja de papel que reconocí de inmediato. La desdoblé adivinando su contenido.
Los amigos de tu padre siempre te ayudarán.
Dentro del sobre también se encontraba un triángulo plateado.
Volteé rápidamente a ver al hombre que había pagado nuestra cuenta y que me había mandado el extraño presente.
Honestamente, no sé cómo esa persona no había captado mi atención desde antes.
Era alto, incluso para estar sentado; su ropa se veía muy fina: un traje azul rey, y en el reposabrazos de la silla de junto se encontraba una capa del mismo color.
Sus gruesas manos tenían por lo menos un anillo en cada dedo; ostentaba una barba perfectamente recortada, de color castaño claro, con reflejos azules, que le llegaba hasta el cuello.
Su cabello estaba muy bien peinado y resplandecía del mismo modo que su barba cuando el sol se reflejaba en ella.
Su rostro reflejaba tranquilidad y su mirada se hallaba enmarcada por un par de anteojos semirectangulares.
Levantó su copa de vino cuando nuestras miradas se encontraron, me sonrió abiertamente y dio un sorbo a su copa.
Una de las meseras se cruzó en mi campo visual por una fracción de segundo.
Cuando pude volver a ver el lugar en donde se encontraba la persona que había pagado la cuenta, emití un sonido inconsciente de incredulidad.
Había desaparecido.
—¿Qué, demonios, pasó? —dijo Alika, remarcando una pausa exagerada en cada una de sus palabras.
Yo también me estaba preguntando lo mismo.
—No lo sé —contesté con desesperación—. Toda la semana ha sido igual, es la tercera nota que recibo y el tercer dije raro que me dan.
La mesera se despidió de nosotras y fue a continuar con sus labores.
Alika retomó la plática:
—¿Cómo que toda la semana, y qué demonios te dieron?
Si no la interrumpía en este momento, me iba a ahogar en un mar de preguntas.
—¿Recuerdas cuando fuimos a la plaza?
Ella asintió con la cabeza y yo continué:
—Bueno, pues ese día una gitana me dio una carta que decía lo mismo que esta y me dio un medallón; después, al otro día, casi me atropellan.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, al igual que su boca, pero yo continué con mi relato.
—Evidentemente no me pasó nada, un tipo enorme y con un cuerpo como de medallista olímpico me rescató, me cargó y me llevó a la banqueta a una velocidad imposible; después de eso dijo que, si algo me pasaba, mi padre lo iba a matar, y lo peor es que creo que no se refería a mi papá, sino a Leo.
Ok, ya sabía que había empezado con la verborragia, pero en verdad necesitaba contarle a alguien todo esto y Alika era la indicada para escucharme.
—Y entonces, en una bolsita de cuero, me dio una nota con el mismo mensaje que la de la gitana y dentro de la bolsita venía un triangulito dorado y además el tipo iba solamente con un pantalón delgadito y un chaleco y no traía zapatos, y eso que estaba haciendo un frío infernal, y ahora el tipo este raro que nunca había visto en toda mi vida llega y paga la cuenta de las dos y me da otra notita que dice exactamente lo mismo que las otras dos y un triangulito plateado y sé que todo tiene relación con Leo, pero no logro ver la relación, porque a ninguno de ellos los había visto en toda mi vida y además ninguno se queda lo suficiente como para darme alguna respuesta y todos desaparecen en un parpadeo y las notas dicen lo mismo que decía la última frase de la carta que Leo le había dejado a mis papás para que me la dieran y y y no sé qué demonios pasa.
Listo, lo había sacado todo, incluyendo todo el aire de mis pulmones. Hice una rápida y profunda inspiración y esperé a que Alika dijera algo, pero el silencio se prolongó por más de diez segundos.
—Debes pensar que estoy loca, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza, aunque su boca continuaba abierta.
Cerró la boca, tragó saliva y por fin habló, separando nuevamente cada una de las palabras con una pausa innecesaria.
—Eso es increíble.
Después de esa frase, habló muy rápidamente:
—¿Por qué no me habías dicho nada?
Lo pensé durante un momento; generalmente le contaba todo, pero no podía decirle que toda aquella cadena de sucesos extraños se había originado a partir de un evento mucho más extraño, que no estaba dispuesta a mencionar.
De todas maneras, ¿qué podía decirle? Todo empezó porque me enojé y mi mano se iluminó de color turquesa y cerré la puerta de mi cuarto de una manera misteriosa.
El simple hecho de pensar en esa patética explicación me hacía sentir que merecía terminar en un cuarto acolchado, con una camisa de fuerza y rodeada de personas con batas blancas.
—Supongo que estaba confundida, pero ahora ya lo sabes.
Alika me atacó con una nueva pregunta:
—¿Tienes las cosas que te dieron?
—Sí, todas están en mi mochila, ¿por qué?
—¿Puedo verlas?
Torcí los labios por un momento; sin embargo, acepté: después de todo, había sido yo la que había echado a andar su curiosidad.
—Está bien —dije con desgano y saqué los artículos de la mochila.
Los puse en su mano y ella los observó maravillada.
—Parecen muy viejos, y además deben de ser valiosísimos.
La miré extrañada, pero recordé que su padre había trabajado un tiempo en una casa de antigüedades y le había enseñado una que otra cosa a mi amiga. Ella continuó con su examen y, adivinando mi pregunta, la respondió antes de que esta fuera formulada.
—El medallón no sé de qué está hecho, pero los triángulos son de oro y de plata, y no son ligeros. Y, en cuanto a su antigüedad, deben de tener varios cientos de años, más de quinientos con toda seguridad.
—¿Quinientos años? —pregunté con incredulidad.
—Por lo menos, aunque no me sorprendería que fueran dos o tres veces más antiguos; determinar la antigüedad de los objetos nunca ha sido mi fuerte, pero las marcas que tienen grabadas son de un alfabeto muy antiguo.
Ni siquiera sé cuál es. Además, estos símbolos, según yo, eran utilizados por alquimistas.