Capítulo 2 Los amigos de tu padre #3
Alcé la mirada y el sujeto del chaleco había desaparecido.
¿Qué demonios pasaba estos días?
¿Por qué toda la gente seguía desapareciendo como si se desvaneciera en el aire?
Mi mano tocó algo que no identifiqué dentro de mi mochila y lo saqué para examinarlo.
Era una pequeña bolsita de cuero color café, anudada en un extremo para impedir que su contenido se saliera por accidente.
Incapaz de controlar mi curiosidad, la abrí, tirando de uno de los extremos del cordón que la sujetaba.
En su interior se encontraba un pequeño triángulo dorado y un trozo de papel doblado a la mitad.
Identifiqué el material inmediatamente; era del mismo tipo de papel que me había dado la gitana y que Leo había empleado en la carta.
Desdoblé el papel. Una caligrafía algo más tosca que las anteriores decoraba el interior de la nota.
Los amigos de tu padre siempre te ayudarán.
No era posible. ¿Leo seguía mandando a sus compañeros de parranda con regalitos sin sentido para intentar compensar el hecho de que no había llegado cuando dijo que lo haría?
Aventé todo en mi mochila y corrí hacia la escuela.
Fue un día asqueroso; al parecer, la lluvia y el viento de la noche anterior habían derribado algunos árboles, y uno de ellos había destrozado un poste de luz.
No había luz en la escuela y la única clase de ese día requería obligatoriamente el uso del salón de audiovisuales.
La clase se canceló.
—Genial —dije con desesperación—. Casi me mato para llegar a tiempo y deciden cancelar la clase.
Alika se burló de mi cara.
—Aprovechemos el día.
Sonrió.
—Vamos a comer algo y ya veremos qué se nos ocurre.
Tenía razón; siempre se piensa mejor con el estómago lleno. Además, no me sentía con demasiado entusiasmo de regresar tan temprano a mi casa.
—Bueno, ¿ya me vas a decir?
La pregunta me tomó desprevenida.
—¿De qué me hablas? —pregunté al tiempo que levantaba una ceja para acentuar mi duda.
—Sabes a qué me refiero. Has estado muy distraída estos días, como si tuvieras la cabeza en otro lado.
Maldición, Alika me conocía demasiado bien.
Suspiré.
—He tenido un par de días muy extraños.
Consideré por un momento el decirle algo acerca de mi experiencia cercana a la muerte de unas cuantas horas atrás, pero la verdad es que ni yo misma sabía qué había pasado.
—Ay, amiga, no te preocupes, ya verás que todo se va a arreglar.
Sonrió y puso su mano sobre mi brazo, haciendo un poco de presión para darme confianza en que sus palabras eran ciertas.
—Eso espero; si todo sigue igual, no creo llegar viva al final de la semana.
Ambas reímos, pero una parte de mí temió que mi comentario irónico fuera cierto.
Una vibración intermitente, acompañada del sonido del celular de Alika, interrumpió nuestras risas.
Ella sacó el celular de su bolsa.
—¿Bueno? Hola, mamá, ¿qué pasa?
Levantó la ceja y torció la boca para indicarme su desagrado por lo inoportuno de la llamada.
—Ya salí de clase… Bueno, de hecho, la cancelaron; no había luz… Ay, mamá, ¿otra vez?… Pero es que… Ash, está bien… Sí, voy para allá. Bye.
—Déjame adivinar, ¿los planes de hoy se cancelan?
Mi tono de voz no expresó emoción alguna, como si aquello no me importara ni me molestara en lo más mínimo.
—Mi mamá tiene que salir y me pidió que cuidara a mi hermanito.
Su voz dejaba ver lo mucho que le molestaba la situación.
—Perdóname, juro que lo compensaré mañana.
Alika entrecerró los ojos mientras pensaba en una forma de compensar su repentina partida.
—No te preocupes, son cosas de familia.
Ella negó rápidamente con la cabeza.
—Mañana vamos a ir a comer a tu restaurante favorito, yo invito.
Dibujó una ancha sonrisa y la mantuvo en espera de mi contestación.
Tardé un par de segundos en contestar, como si estuviera considerando seriamente la invitación.
—Pues tendría que revisar mi agenda.
Alika me interrumpió abruptamente.
—¡Excelente! Mañana, saliendo de la escuela.
Me dio un beso en la mejilla.
—Me voy. Adiós.
—Bye —contesté cuando ella ya había empezado a correr hacia la calle por donde pasaba el camión que la llevaba hasta su casa.
Mi opción para pasar el día fuera de casa había fracasado antes de empezar.
Suspiré. Bueno, podría ir a mi casa y descansar un poco; la verdad era que, debido al sueño que había tenido, no había conseguido dormir muy bien.
Inicié el camino de regreso a mi casa; me puse los audífonos de mi MP3 a todo volumen para no concentrarme en nada más que en la música.
Mi plan funcionó; llegué a mi casa concentrándome exclusivamente en dónde caminaba y en la música que escuchaba.
Abrí la puerta y anuncié mi llegada.
—Ya llegué.
No hubo respuesta.
Genial, la casa estaba sola. Decidí consagrar el resto del día a mí y a mi vanidad.
Hacía mucho tiempo que no me tomaba un rato para mí.
Me pinté las uñas de las manos y de los pies, me arreglé la manicura y, cuando terminé de todo eso, me dirigí a la cocina para prepararme algo de comer.
Después de comer y lavar los escasos platos y utensilios que había utilizado, puse unas palomitas en el microondas y subí con ellas hasta mi cuarto, encendí mi computadora y me puse a ver una de mis películas favoritas.
Mis padres regresaron hasta en la noche. Había olvidado que ese día era su aniversario.
Sus planes para ese día incluían salir desde temprano y hacer un maratón de todas aquellas cosas que disfrutaban durante su noviazgo.
—¿Cómo les fue? —pregunté al tiempo que bajaba las escaleras para recibirlos.
—Muy bien —contestó mi mamá—. Tu padre sigue tan encantador como cuando lo conocí.
Sin embargo, mentir no formaba parte del ramillete de virtudes de mi madre.
Sabía que ambos habían hecho lo imposible para pasar un buen día, pero ambos seguían preocupados acerca de la ausencia de Leo; los había descubierto un par de veces hablando acerca de lo extraño que era su ausencia.
Incluso, una vez me pareció oír a mi madre hablando por teléfono con alguien que al parecer conocía a Leo.
—Excelente.
Compuse una sonrisa que increíblemente se vio mucho más convincente de lo que esperaba.
—Ojalá hubiera más hombres así.
Mi padre se sonrojó levemente y, para dejar de ser el centro de atención, desvió la plática.
—Vamos a ir a cenar. ¿No quieres venir?
Hice como si estuviera considerando la idea, pero la verdad es que no tenía muchas ganas de salir con mis padres a arruinarles su aniversario.
—No, muchas gracias, además yo también tendré una comida en un restaurante dentro de poco.
—¿Cómo está eso? —preguntó mi papá al tiempo que mi madre subía por las escaleras para cambiarse de ropa.
—Alika prometió llevarme mañana a comer —dije con un tono desanimado, como si no me importara, aunque la verdad era que mi estómago estaba deseoso de que llegara el día de mañana.
—De acuerdo, pero no comas demasiado; ya casi es tu cumpleaños y no te la quieres pasar en cama con dolor de estómago por comer en exceso, ¿verdad?
Los dos reímos con su comentario.
—Bueno, voy a subir a cambiarme, porque, si no, tu madre me va a ganar y tú sabes cuánto detesta esperar. Eso sí, cuando se trata de esperarla porque ella se está arreglando, soy un desesperado.
Se rió de su propio comentario y continuó:
—Aun así, la amo.
Yo solo sonreí y lo seguí con la mirada hasta que desapareció por las escaleras.
Era algo que nunca me había atrevido siquiera a poner en duda: el amor de mis padres.
Parecía casi ilógico que en verdad mis padres biológicos fueran otras personas.
Era una estupidez preocuparme por cosas como Leo cuando ellos estaban en mi vida.
Así que mi papá, sin saberlo, me había liberado de forma casi inmediata de todas las preocupaciones que me acosaban en esos días.
Para cuando ellos salieron, mi estado de ánimo estaba francamente mejor.
—Diviértanse mucho —grité desde la ventana mientras el coche de mis padres se alejaba.
Estaba a punto de dejar volar mi imaginación para preguntarme si mis padres biológicos alguna vez se habían llevado tan bien como mis padres. Pero, ante la posibilidad de que regresara aquel sentimiento del que acababa de liberarme, interrumpí ese pensamiento.
Subí a mi cuarto y me puse a perder el tiempo en internet, viendo vídeos y chateando con mis amigos.
El reloj marcó la una de la mañana y mis padres aún no regresaban; eso era una buena señal, seguramente se estaban divirtiendo.
Apagué la computadora y me fui a dormir.
Nuevamente tuve la sensación del sueño en el cual yo no era la protagonista.
Pero algo había cambiado.
Yo podía verlo todo en primera persona, aunque sabía que no era yo; era como si estuviera dentro de la mente de aquella persona, sin tener interacción alguna, solamente viendo y sintiendo lo que él sentía.
Ahora no me encontraba en un bosque; hacía mucho frío, el suelo era duro, posiblemente de piedra, no había ni el más mínimo rayo de luz que iluminara la escena.
Las gotas de agua que se filtraban y caían al suelo producían un sonido rítmico, magnificado por el eco del lugar.
Podía escuchar mi respiración agitada, tenía hambre y sed, mi boca sabía a metal.
Yo no lograba distinguir nada entre las sombras de la noche; sin embargo, el dueño del cuerpo desde el cual contemplaba la escena se movía con toda seguridad, estaba en alerta y sus ojos escudriñaban la oscuridad como si pudiera ver algo.
Después de un par de minutos de caminar en aquellas penumbras, mis manos tocaron algo frío y metálico. Empujé con fuerza y una puerta se abrió.
Era de noche; sin embargo, el cielo estaba lo suficientemente despejado para que la luz de la luna y las estrellas me permitieran ver.
Estaba en un prado, y dos tipos me esperaban: uno tenía un traje sastre color gris y una corbata plateada; el otro vestía unos jeans negros y una camiseta blanca sin mangas.
Ambos tenían espadas en sus manos.
El sujeto del traje hizo una señal con la cabeza y el tipo de los jeans se acercó demasiado rápido para ser considerado un movimiento normal hacia mí.
Sabía que me iban a matar, no había posibilidad de que pudiera esquivar un movimiento tan rápido.