Capítulo 2 Los amigos de tu padre #2
Saliendo de la escuela, una de mis amigas sugirió que fuéramos a una pequeña plaza comercial que se encontraba a escasos minutos de la escuela.
Yo no tenía muchas ganas de ir, pero esa perspectiva era mejor que regresar a mi casa.
—¡Cuidado, señora! ¿Está bien?
Una mujer con ropas que parecían sacadas de una compañía de teatro ambulante se había tropezado justo frente a mí.
Sus ropas parecían gitanas ahora que me fijaba con más detenimiento mientras la ayudaba a levantarse, al tiempo que ella me examinaba con la mirada y dibujaba en su rostro una ancha sonrisa.
—Estoy muy bien, no te preocupes, mi niña.
¿Mi niña? ¿Quién hablaba así en estos tiempos? Ignoré el comentario y le pregunté:
—¿Se lastimó?
Ella se miró como si estuviera haciendo un examen visual de su cuerpo y sus ropas.
—Todo está completo.
Sonrió nuevamente.
—Gracias por tu ayuda, ¿puedo leerte la mano en agradecimiento?
La pregunta me tomó desprevenida, y antes de que pudiera decirle que no, ella tomó mi mano y la empezó a observar con el interés que demuestra un coleccionista al descubrir una nueva pieza que podría completar su colección.
—No tengo dinero.
Ok, lo admito, era una mentira pésima; estaba a punto de entrar a una plaza comercial, pero no quería darle dinero a la gitana que posiblemente había simulado su caída solamente para que alguien le ayudara a levantarse y poder estafarla.
—Yo no te he pedido dinero, ¿verdad?
Tenía razón, así que con cierta cautela la dejé continuar. Puse una mano sobre mi mochila, previendo la posibilidad de que la fuera a tomar y a echarse a correr.
—Qué destino más maravilloso tienes, mi niña.
Mis amigas me llamaron. Hasta ese momento fui consciente de que me habían estado esperando en la entrada de la plaza. Sentí algo frío y pesado en la palma de mi mano, y encima, otro objeto rugoso.
Bajé la mirada hacia mi mano, donde ahora se encontraba una hoja de papel doblada por la mitad, del mismo tipo que la utilizada en la carta que Leo le había dejado a mis padres.
Busqué a la gitana con la vista, pero esta había desaparecido.
El objeto que había dejado era un dije en forma de círculo, grabado con lo que parecían ser letras; sin embargo, estaban en un lenguaje que no fui capaz de reconocer.
Desdoblé la hoja; una sola línea estaba escrita con una caligrafía artísticamente trazada.
Los amigos de tu padre siempre te ayudarán.
Una de mis amigas se acercó.
—¿Qué onda, Mags, vienes o no?
—Claro —contesté automáticamente mientras guardaba la nota y el dije en mi mochila.
Maldito Leo. Había pasado el día intentando olvidar todo lo que había pasado la noche anterior y ahora tenía que enviar a una desconocida para seguir atormentándome.
—¿La conocías? —preguntó Alika, una de mis mejores amigas.
—Nunca la había visto —contesté con honestidad y hostilidad—. Pero creo que conoce a Leo.
—¿Tu papá?
La fulminé con la mirada, pero ella siguió hablando antes de que pudiera recordarle que un padre es alguien que se preocupa por ti y que está al pendiente de tu vida más allá de la fecha de tu cumpleaños.
—Ya sé que tú no lo ves de esa forma, pero seguramente tiene sus razones, ¿no?
Claro, uno de los pasatiempos favoritos de Alika era defender las causas perdidas.
—Ayer dijo que iba a venir a verme.
Mi voz sonó extrañamente triste.
—¿En verdad? ¿Qué pasó? ¿Cómo es? ¿Qué te dijo? ¿Por qué fue?
Demasiadas preguntas y no tenía respuesta para ninguna de ellas.
Me encogí de hombros.
—No sé, nunca llegó.
Ella abrió exageradamente los ojos.
—¿Le habrá pasado algo malo?
Descarté esa posibilidad automáticamente.
—No, Alika. Simple y sencillamente hizo lo mejor que sabe hacer: estar lejos de mi vida y encontrar formas de lastimarme.
Alika me abrazó y después cambió el tema de la conversación con rapidez.
Era algo que siempre me gustó de Alika: siempre estaba ahí para mí, sabía escuchar y, lo más importante, sabía cuándo callarse.
Regresé a mi casa cuando ya había oscurecido. Esperaba un buen regaño por mi hora de llegada y por no haber contestado ninguna de las llamadas de mis padres en todo el día.
—Muy buenas noches, extraña inquilina, su habitación es la doscientos dos, ¿gusta cenar algo? —dijo mi madre con un tono burlón.
—Sí, por favor —contesté despacio y con cautela.
En verdad estaba esperando un regaño, pero mi madre intentaba hacerme sentir bien. Eso me produjo un remordimiento de conciencia enorme; seguramente ella había estado preocupada por mí todo el día y yo la estaba castigando como si ella tuviera la culpa de la ausencia de Leo.
—Perdón.
Mi voz sonó verdaderamente arrepentida. Su máscara se rompió y entonces pude ver reflejada en su cara toda la preocupación a la que la había sometido a lo largo del día.
—Entiendo por qué lo hiciste, pero, por favor, no lo vuelvas a hacer.
Caminó hasta donde yo me encontraba de pie, con la mirada clavada en el suelo. Me abrazó y me besó en la frente.
—Para el próximo arranque que tengas, por lo menos, promete que vas a contestar el teléfono.
—Si contesto el teléfono, no sería un buen berrinche, ¿no crees?
Ambas reímos. Pero su cara aún mostraba preocupación, así que me obligué a mí misma a sacar el tema:
—¿Aún no saben nada de aquel?
Mi madre negó con la cabeza.
—No es propio de él hacer esto.
No necesitaba más información. Terminamos de cenar y subí a mi cuarto para hacer la tarea que me habían dejado, contesté un par de correos electrónicos que me habían mandado y, después de bañarme, decidí irme a dormir.
Alguien corría por un bosque de vegetación densa; sabía que no era yo: los movimientos eran demasiado ágiles.
Quienquiera que estuviera corriendo estaba escapando de algo, pero también estaba cazando.
Era muy extraño; jamás había tenido un sueño como ese.
Sabía que no era su protagonista; aun así, sentía todo como si yo fuera la que estaba en ese bosque.
El sonido de docenas de alas a cientos de metros sobre las copas de los árboles rompía el silencio de la oscuridad.
Olía a tierra mojada, a corteza de árbol; cada uno de los tipos de árboles tenía un olor distinto, cada planta tenía un aroma distinto. ¿Cómo era posible distinguir todos esos aromas al mismo tiempo y saber de dónde provenían? Un sonido intermitente iba en aumento, aunque no supe de dónde provenía.
Detecté otro aroma. Olía como metal oxidado. ¿Hierro tal vez?
Volteé con rapidez mientras contenía la respiración al escuchar el crujir de una rama; una esfera de luz incandescente me deslumbró mientras se acercaba a una velocidad increíble.
El sonido aumentaba su intensidad. No tenía a dónde correr, no me daba tiempo de escapar hacia ningún lado; el contacto con esa esfera era inminente.
Abrí los ojos y, después de un par de segundos, identifiqué el sonido que había escuchado en sueños.
Apagué el despertador e intenté relajarme.
No recordaba haber tenido nunca un sueño así. ¿Qué habría significado todo eso? Se suponía que todos nuestros sueños tenían un significado.
Revisé la hora en mi celular. Me levanté de mi cama y corrí a prepararme para ir a la escuela; había llovido toda la noche. Ya iba cinco minutos tarde para cuando salí de mi casa. El tráfico iba a ser una pesadilla.
Tal y como lo había sospechado, esos cinco minutos, sumados a la intensa lluvia que había caído la noche anterior, hicieron de la ciudad un verdadero caos.
Seguía pensando en el sueño que había tenido, intentando encontrarle sin éxito algún significado.
Cuando iba a la mitad de la calle con el semáforo en rojo, una luz, acompañada del sonido de un motor que no reducía su velocidad ante el paso peatonal, me sacó de mis pensamientos.
Alcancé a ver a través del parabrisas del carro una mano que sostenía el volante, mientras que el cuerpo del conductor se encontraba encorvado sobre el asiento del copiloto.
Seguramente estaba buscando algo que se le había caído e imprudentemente había decidido buscarlo mientras conducía a toda velocidad.
Yo estaba justo en la trayectoria del automóvil.
Mi corazón latió con fuerza, como si supiera que le quedaban breves momentos de vida.
Intenté quitarme del camino del coche, pero las suelas de mis tenis, mojadas a causa de caminar sobre los charcos que había dejado la lluvia de la noche anterior, resbalaron con un pequeño chirrido. Cerré los ojos y esperé la inminente colisión del coche contra mi cuerpo.
Sentí una súbita presión que rodeó mi tórax e inmovilizó mis brazos. Mis pies dejaron de tocar el suelo y el aire helado zumbó con furia a mi alrededor por unos instantes.
De pronto, tan rápido como había comenzado, ese movimiento se detuvo. Escuché cómo mi mochila golpeó contra el suelo.
Abrí los ojos y enfoqué la mirada hacia la calle. El coche acababa de pasar justamente en el lugar donde yo me encontraba de pie hacía menos de un segundo.
—¡Ten cuidado, mujer! —dijo una voz grave y profunda—. Tu padre me mataría si algo llegara a pasarte.
Hasta que escuché esa voz, reparé en la persona que estaba de pie junto a mí.
Era mucho más alta que la mayoría de las personas, debía de medir más de dos metros, los músculos de su cuerpo se marcaban poderosos, y su abdomen completamente desarrollado mostraba cuadros que serían la envidia de cualquier fisicoculturista. Su piel tenía un bronceado cobrizo.
¿Su abdomen?
El tipo tenía puesto solamente unos pantalones de manta y no usaba más ropa que un chaleco de cuero, pese a que era una mañana increíblemente fría después de toda una noche de lluvia.
—¿Estás bien?
Esa pregunta me hizo reaccionar y analizar lo que el extraño sujeto acababa de decir.
—¿Quién eres? —pregunté aún confundida y con algo de vértigo debido al rápido movimiento que acababa de sufrir.
Él se rió.
—La mayoría de las personas dicen gracias —contestó con un tono socarrón y continuó—. Ten, se te cayó la mochila.
Se agachó y levantó mi mochila con fluidez para entregármela después.
Me percaté de un detalle que había pasado por alto. Estaba descalzo.
—Gracias —contesté mientras revisaba que aún tenía todas mis pertenencias. Seguía confundida.
No hubo respuesta.