Capítulo 2 Los amigos de tu padre
—¿Magui? Hija, ¿me escuchas? ¿Estás bien? ¿Qué te pasó?
La voz de mi mamá sonaba lejana, como si estuviera hablando desde dentro de un bote, y sus palabras carecían de sentido.
Sentía todo el cuerpo acalambrado; me pesaba como si tuviera cien kilos sobre mí y estaba tan cansada como si hubiera subido corriendo una montaña.
Intenté abrir los ojos, pero la luz me lastimaba.
—Ya está despertando.
Ese era mi papá; su voz dejó ver un alivio casi palpable.
—¿Estás bien?
¿Por qué seguían preguntando lo mismo una y otra vez? Intenté recordar qué había pasado. Estaba en mi cama, y, a juzgar por la superficie que se encontraba debajo de mí, suponía que debía seguir en ella. Ok, hasta ahora todo normal.
Me esforcé por recordar qué había pasado después.
Desde luego, la puerta estaba abierta y, de pronto, se… ¿cerró? ¿Sola?
Mi mente por fin se estaba aclarando y empezaba a recordar lo que había pasado: efectivamente, la puerta se había cerrado sola, pero había algo más, algo que me había asustado al punto de desmayarme.
—¡MI MANO!
Me levanté de golpe pese a la sensación de mareo y el dolor de cabeza.
Mi mamá soltó un pequeño grito ahogado y dio un pequeño salto; mi papá solamente saltó. No me importó. Yo seguía buscando mi mano, como si esperara que esta hubiera desaparecido; sin embargo, ahí estaba, justo donde debía estar y sin ningún brillo ni nada fuera de lo normal.
—¿Qué demonios pasó? —pregunté con un hilo de voz y los ojos abiertos como platos.
Mi papá puso su mano en mi espalda, como si esperara que me fuera a desmayar nuevamente, y mi mamá puso su mano sobre la mía para captar mi atención.
—¿Qué recuerdas?
Sus ojos decían que estaba más preocupada de lo que en verdad me quería hacer saber.
—La puerta —alcancé a balbucear— se cerró sola y después mi mano…
Fui bajando el tono de voz hasta que fue inaudible. ¿Qué le iba a decir? Ni yo misma sabía qué había pasado; intentaba comprenderlo, pero nada tenía sentido.
Mi mamá interrumpió mi pensamiento. Solamente dijo una palabra, o más bien susurró, pero para mí sonó como si la hubiera gritado.
—¿Brilló?
No sabía qué decir. Abrí la boca en un intento de decir algo, pero no hubo ningún sonido. Cerré la boca y me limité a asentir lentamente.
Mis padres se voltearon a ver como si acabaran de ver un fantasma.
No sé cuánto tiempo se quedaron viéndose, pero me pareció una eternidad.
Me di cuenta de que ya era capaz de articular palabras nuevamente.
—¿Qué está pasando? —exigí saber, aunque no estaba completamente segura de querer escuchar la respuesta.
—Tenemos que llamar a Leo —contestó mi madre, aunque no estaba segura de que se estuviera dirigiendo a mí.
—¿A LEO? ¿Él sabe qué está pasando?
Mi padre cerró los ojos, sacó su celular del bolsillo de su pantalón y salió de mi habitación, mientras mi mamá me abrazaba al tiempo que repetía que todo iba a estar bien. Antes de que pudiera hablar o pensar cualquier cosa, mi papá regresó a mi cuarto y mi mamá exigió una respuesta con la mirada.
—Viene en camino. Salió en el momento en que lo sintió.
Mi madre asintió con la cabeza y preguntó:
—¿Cuándo llega?
El escaso color que quedaba en la cara de mi padre desapareció mientras contestaba.
—En dos horas.
Sentí un nudo en el estómago. La persona que se había rehusado a verme durante toda mi vida iba a aparecer en mi casa en dos horas.
Sentí que me empezaba a marear nuevamente.
—La carta —dijo mi madre con tono de preocupación mientras se levantaba y salía del cuarto.
Yo estaba en shock, no sabía qué pensar y mucho menos qué hacer. Volteé a ver a mi padre esperando una respuesta.
—No te preocupes.
Cruzó el espacio que nos separaba y me besó la frente con ternura.
—Él sabrá qué hacer; al fin de cuentas, él es el experto en estos temas.
No contesté; estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar, y cualquier distracción o intento de hablar amenazaba con romper mi escasa concentración, así que hice lo único que podía hacer en ese momento: me quedé callada.
Un par de minutos después, mi madre regresó con un sobre en la mano, lágrimas en los ojos y una sonrisa en el rostro.
—Leo quería darte esto la noche que nos espiaste por las escaleras.
La miré extrañada, como si no pudiera entender sus palabras; sin embargo, ella sonrió nuevamente y continuó con entusiasmo al tiempo que me entregaba un sobre de papel amarillento, varias veces más grueso de lo normal, con un sello de cera en el que estaba marcado un símbolo que estaba segura de haber visto en algún lugar, pero que en ese momento no podía ubicar.
Estaba dirigido a una sola persona, con tres palabras al reverso: Para mi hija .
Mi madre sonrió nuevamente mientras abrazaba a mi padre, quien se había repuesto lo suficiente como para poder hablar nuevamente.
—Jamás lo abrimos, y él nunca nos dijo nada acerca del contenido de esa carta.
Volví a ver a mi padre a los ojos. Me contestó con una sonrisa forzada y continuó:
—Solamente nos dijo que te la diéramos si en algún momento sucedía algo extraordinario, y bueno…
Su voz comenzó a temblar.
—Creo que este es un momento extraordinario. ¿No crees?
Volví a ver el sobre que se encontraba en mis manos. ¿Era posible? ¿Leo sabía que esto iba a pasar?
Rompí el sello y saqué una hoja del mismo grosor que el sobre; estaba casi tan amarilla como el sobre.
—Te dejamos leer la carta —dijo mi madre, y, antes de que yo pudiera responder, salió junto con mi papá de mi cuarto, cerrando la puerta detrás de ellos.
Las manos me temblaban.
Desdoblé la hoja con cuidado.
Miré la carta durante unos momentos sin leer aún nada de su contenido.
Estaba escrita en letra cursiva: la caligrafía era muy adornada, aunque algo torpe en sus trazos; la tinta parecía de pluma fuente y parecía que cada letra hubiera sido escrita lenta y cuidadosamente, como si tuviera miedo de equivocarse.
Una parte de mí se preguntó cuántas veces había intentado escribir la carta que ahora sostenía en mis manos.
Llené mis pulmones con aire para reunir valor; después, dejé salir el aire rápidamente.
Comencé a leer.
Hija mía:
Sé que en estos momentos no entiendes qué está pasando. Seguramente estás muy asustada y confundida; no puedo culparte por ello. Naciste en un mundo muy diferente al mío.
Quieres respuestas y te juro que las tendrás. Tu vida acaba de cambiar de formas que no puedes ni imaginar. No espero que perdones todos mis años de ausencia y mucho menos espero que me quieras; no lo merezco.
Sin embargo, nunca has estado sola; siempre he estado cerca cuando me has necesitado.
Entregarte a Lil y a Mohamed ha sido la decisión más difícil de toda mi vida, y sin duda la más dolorosa. Pero era necesario; no espero que lo comprendas, pero te lo explicaré todo, te lo juro.
Eres más especial de lo que jamás llegaste a sospechar. Tienes toda la belleza de tu madre y todo mi poder.
Para cuando leas esta carta, seguramente estaré en camino de encontrarme contigo.
Si algo llegara a pasarme antes de que tus poderes despierten, recuerda: mis amigos siempre te protegerán.
Te amo con toda mi alma.
Tu padre,
Leo
El Alquimista
1989
Tuve que leer la carta varias veces para que sus palabras tuvieran sentido; mis pensamientos daban vueltas, y las frases se estrellaban contra mi conciencia sin lograr acomodarse.
¿Poderes? ¿Alquimista? ¿Amigos de mi padre?
¿Él sabía que esto iba a pasar? ¿Era posible que estuviera en camino mientras yo leía la carta? Leo estaba completamente loco.
Las lágrimas empezaban a convertir mi visión en algo borroso.
Pero muy pronto Leo iba a llegar. Volteé a ver el reloj; faltaba una hora y media.
Lo había esperado por años; podía resistir una hora y media más, y entonces me escucharía; tenía tanto que reclamarle y él tenía tantas cosas que explicar que se iba a arrepentir de haber venido. No, mejor aún, de haber nacido.
Esperé, o al menos intenté esperar pacientemente, haciendo una lista mental de todas las cosas que estaba a punto de decirle a Leo en el momento en el que cruzara la puerta.
Era verdad, tenía dudas, muchas, posiblemente demasiadas, pero podían esperar; primero tenía que descargar toda mi ira en contra de él. Después, él tendría que contestar todas mis preguntas; me lo debía.
Pero, tal como había pasado durante todos los años que llevaba de vida, Leo jamás apareció.
Transcurrieron las dos horas y simplemente no apareció.
Mis padres se miraban nerviosamente. Yo iba de mi cuarto a la sala y después a la cocina. Después de un tiempo, me di cuenta de que era inútil seguir esperando a alguien que jamás había aparecido en mi vida.
Regresé a mi cuarto con la esperanza de que no estuviera demasiado enojada como para poder dormir. Al fin de cuentas, al otro día tenía que ir a la escuela; la vida seguía su curso normal con o sin Leo.
De hecho, ansiaba que el día siguiente llegara rápidamente. Eso significaba el inicio de la semana, y, a su vez, el inicio de compromisos que me mantendrían ocupada y con la mente lejos de mi casa. Lejos de esta locura.
Esos fueron los últimos pensamientos de los que fui consciente antes de que el sueño me venciera.
El molesto sonido de la alarma de mi celular me despertó sobresaltada.
Mi respiración estaba agitada y mi frente, llena de una delgada capa de sudor frío. Intenté recordar qué había estado soñando. No pude, pero recordé el episodio del día anterior. Sentí nuevamente un nudo en el estómago.
Me fui a bañar y salí sin desayunar. Mis padres no me vieron salir o, al menos, fingieron que no me habían visto. Sus caras denotaban preocupación y mi madre tenía ojeras. Supuse que no habían dormido en toda la noche.
Pero eso ya no me importaba; iba camino a la escuela y tenía que concentrarme en otras cosas, como no morir atropellada por algún conductor imprudente o ser asaltada por alguien que hubiera decidido hacer del robo su profesión.
Llegué a la escuela sin complicaciones y el día transcurrió como de costumbre, sin ningún evento que no pudiera explicar, sin esperanzas rotas y, sobre todo, sin Leo.