El Diario del Alquimista Capítulo 1 Recuerdos #2
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Capítulo 1 Recuerdos #2

¿Sabía perfectamente de mi existencia y en dónde vivía y nunca se dignó a aparecer?

¿Jamás una carta o una llamada telefónica, ni un correo electrónico?

¿Creía que podía llegar a exigir que se me informara de su presencia y no dar la cara?

¿Se sentía con derecho a llegar a destruir el mundo que conocía y desaparecer antes de verme?

¿Cómo había logrado escapar de mí? Nadie podía tener tan buen oído. Estaba segura de que no había salido por la puerta principal, y la cocina no tenía ninguna puerta que llevara al exterior de la casa.

Esa noche lloré, grité, me levantaba, me volvía a sentar; era demasiado para asimilarlo. Pero yo sabía que había más cosas.

Cosas que no me querían decir para protegerme. Cosas que yo no quería preguntar ni saber. Era demasiada información para un solo día. Me quedé dormida entre sollozos; esa noche esperaba que mis sueños fueran un remolino de pesadillas. Soñé con mariposas: una color esmeralda y la otra turquesa.

Los primeros rayos del día me despertaron.

Rogué que todo hubiera sido un sueño. Corrí al espejo de mi cuarto. Mi cabello estaba enredado, mi piel pálida y mis ojos rojos de tanto llorar.

No había sido un sueño. Regresé por inercia a mi cama, abracé mi almohada y cerré los ojos con fuerza, como si eso pudiera hacer desaparecer mi realidad.

El sentimiento que había intentado enterrar en sueños volvía a la superficie.

Enterré la cara en la almohada; grité furiosa con todas mis fuerzas hasta que me dolió la garganta. Odiaba llorar, no lo iba a permitir; pero me picaban los ojos, mi garganta se cerraba más y más con cada segundo que pasaba.

Volví a llorar.

El tiempo cura todas las heridas, o al menos casi todas. Algunas veces, el tiempo solamente anestesia esas heridas, las vuelve más tolerables, hasta que solo se vuelven algo incómodas; ya no duelen, solo molestan un poco si te concentras demasiado en ellas.

Año tras año recibía regalos de aquel ser que jamás se había presentado.

Ok, lo acepto, eran regalos increíbles: una laptop, joyas, un reproductor de MP3. Año tras año recibía varios regalos, todo aquello que había deseado a lo largo del año y que por una u otra razón no había logrado obtener.

Tenía que darle cierto crédito, no ponía límites en cuanto a mis obsequios; incluso me llegué a preguntar qué pasaría si yo llegara a pedir algo increíblemente costoso, o inexistente, y me encaprichara con que solo aceptaría eso como regalo.

Podría pedir un poni como pedían las niñas mimadas en las películas y las telenovelas. Podría pedir un coche, o un avión.

Pero no, sabía que nunca haría algo así; yo no era de ese tipo de niñitas mimadas.

Me conformaba con saber que tenía unos padres que me amaban y alguien lejano que se acordaba esporádicamente de mí y que intentaba estúpidamente compensar su ausencia y su incompetencia como padre con extravagantes regalos.

No entendía por qué jamás me había dado la cara.

Un día, ya mucho más tranquila después de enterarme de la existencia de esa persona, a quien me rehusaba rotundamente a llamar padre, papá o cualquier término que indicara familiaridad, decidí preguntar por él.

Yo me limitaba a llamarlo por su nombre de pila: Leo.

—Mamá —dije algo nerviosa, como siempre que trataba algún tema relativo a él.

—¿Qué pasa? —preguntó mientras levantaba una ceja ante la expectativa de la pregunta.

—Bueno, ¿cómo es que…? Lo que quiero saber es, básicamente, este… mmm… ¿cómo te lo explico?

—Ya suéltalo, mujer —dijo ella entre risas—. No estás confesando un crimen. ¿O sí?

Volvió a alzar la ceja con desconfianza y eso hizo que me relajara.

—Ok, ahí va: ¿tú conoces a Leo, verdad?

Respondió afirmativamente con la cabeza y continué:

—Entonces, en teoría, podrías decirme una que otra cosa de él.

—¿Es pregunta o afirmación? —inquirió mi madre.

—Un poco de ambas, supongo.

Y me adelanté a contestar lo que había oído tantas veces cuando hacía preguntas acerca de Leo:

—Ya sé que hay cosas que no me pueden decir y, bueno, la verdad, no entiendo por qué tanto misterio y respeto hacia alguien que brilla por su ausencia.

Mi mamá suspiró. La ignoré olímpicamente y continué:

—Pero me gustaría saber algo inofensivo.

Mi mamá me vio durante unos instantes, como si intentara entrar en mi mente y anticiparse a mi pregunta. Pero evidentemente no podía.

—Ok —dijo—. Dispara.

Era todo lo que necesitaba; había aceptado contestar mi pregunta.

—¿A qué se dedica? Quiero decir, según lo que ustedes me han dicho, él mensualmente manda dinero para mi educación y mis gastos, además de los regalos que me hace para compensar su ausencia y comprar mi cariño.

Mi madre hizo un gesto de desaprobación, pero seguí hablando antes de que pudiera interrumpirme.

—Sabes que es cierto, y no me importa; lo único que quiero saber es: ¿de dónde sale todo eso? ¿Vende drogas o algo por el estilo?

Mi madre explotó en carcajadas, aunque a mí no me hacía ni pizca de gracia.

—Solo te puedo decir que no está metido en nada ilegal.

Pensó un momento y continuó:

—Al menos, nada que yo sepa.

Sonrió, pero, al ver mi cara de pocos amigos, desdibujó la sonrisa y siguió hablando:

—Tu papá…

Levanté la ceja y estaba a punto de reclamar acerca de la forma en que se había referido a él, pero ella levantó la mano para indicarme que guardara silencio un momento y se corrigió a sí misma:

—No estoy segura de que Leo tenga lo que podrías considerar un trabajo.

Genial, pensé para mí misma. Es un vago que se ganó la lotería o un agente secreto. Aunque para ser honestos, la idea del vago me hacía sentir mejor, por lo menos me causaba gracia.

—¿Entonces qué es lo que hace?

La había acorralado, tenía que contestar la pregunta.

Me vio por unos instantes hasta que un sonido nos sobresaltó a las dos. Mi mamá se levantó rápidamente mientras yo sentía cómo la cara se me enrojecía de coraje.

—Estúpido teléfono idiota —murmuré mientras me levantaba de la mesa y me dirigía a mi cuarto.

Azoté la puerta y me acosté en mi cama mientras me ponía los audífonos de mi MP3 a todo volumen con música bastante estridente que en ese momento iba de acuerdo con mi estado de ánimo.

Cerré los ojos y me concentré en la música, aunque las preguntas golpeaban mi mente una tras otra.

No bastaba con que nadie me pudiera dar una respuesta directa acerca de cualquier tema que tratara de Leo, sino que además el desgraciado tenía buena suerte.

Era un clásico: ¿cada vez que estaba a punto de obtener alguna respuesta tenía que pasar algo que mantuviera su velo de misterio intacto?

Era injusto. Ya tenía veinte años y estaba exactamente a cuatro días de cumplir los veintiuno.

Ya estaba en edad de que me dejaran de esconder cosas como si fuera una niña chiquita que podían distraer dándole un helado o amenazándola con quitarle la tele.

Mi cabello se movió por culpa de una ráfaga de aire que entró desde la ventana. Abrí los ojos buscando la causa y la encontré al instante: la maldita puerta no se había cerrado.

Solo faltaba eso: hasta las puertas estaban en mi contra ese día, como si supieran que el hecho de no cerrarse me iba a hacer enojar y lo hubieran hecho con el explícito propósito de molestarme.

—Maldita puerta —dije para mis adentros mientras cerraba el puño de mi mano derecha con fuerza. Quería con toda el alma que la puerta se cerrara; no quería levantarme, apenas estaba empezando a relajarme.

Vi a la puerta con odio, como si ella fuera la causante de todo lo que sentía en ese momento.

Moví la mano derecha, que seguía firmemente apretada en forma de puño, y simulé cerrarla desde donde estaba, aproximadamente a tres metros de distancia.

Nada podría haberme preparado para lo que venía. Una nueva ráfaga de viento cruzó la habitación con violencia, levantando y desacomodando todos los papeles que estaban en mi escritorio.

Estaba atónita; no sabía qué hacer. Mi coraje desapareció instantáneamente y, de pronto, me sentí débil.

No entendía absolutamente nada; mi mente estaba en blanco.

Seguramente, si alguien hubiera visto mi cara en ese momento, se hubiera revolcado en el suelo de la risa.

Pero para mí eso era todo menos divertido.

No podía haber sido yo, era una coincidencia, TENÍA QUE SER UNA COINCIDENCIA.

Lentamente, volteé a ver mi mano derecha.

Brillaba débilmente con pequeñas chispitas turquesas.

No recuerdo si grité; lo que sí recuerdo es que mi MP3 se deslizó de la cama hasta que el suelo detuvo su movimiento, produciendo un ruido sordo.

Después de eso, me desmayé.