El Diario del Alquimista
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Capítulo 1 Recuerdos
—No llores, pequeñita, por favor. Este… mira, un camello. ¿Verdad que es bonito? Ay, por Dios, no sé qué hacer. Niña, ya no llores, por favor. Mira, si dejas de llorar, te regalo esta bonita pulsera. ¿Qué dices?
—No es una pulsera, es una esclava —dije con la voz temblorosa que se obtiene cuando estás llorando y hablas entre sollozos.
Mientras tanto, aquel extraño sujeto que me había encontrado perdida en un mercado de Egipto, junto a una fuente que prácticamente no tenía agua, sacaba una esclava de una de las múltiples bolsitas internas de su gabardina de cuero y me la ajustaba en la muñeca derecha con delicadeza.
—¿Qué te parece si esperamos a que tus papás vengan por ti? —me preguntó con una sonrisa.
Su voz no expresó el mismo entusiasmo que su rostro cuando mencionó a mis padres. Ese fue un detalle que no logré identificar hasta mucho tiempo después; de todas maneras, en ese momento era demasiado joven como para darme cuenta de esas cosas.
—¿Y si no regresan nunca? ¿Y si me dejan y jamás regresan y me dejan solita y… y…?
Mi voz temblaba y mis ojos amenazaban con volver a llorar si continuaba, pero el hombre de la gabardina se limitó a abrazarme para consolarme mientras esperábamos a que mis papás me encontraran.
Él y su gabardina estaban impregnados de un sutil olor a café y tabaco.
—¿Quieres saber la historia de la puls… esclava que tienes?
Me limité a responder afirmativamente con la cabeza y él empezó la historia con una renovada sonrisa. Entonó una voz teatral, dispuesto a relatar lo que, según él, debía ser una muy buena historia para tratarse de una baratija.
—Bueno, antes que nada, has de saber que esta es una esclava muy especial. Es muy valiosa y además…
Hizo un gesto con la mano para que me acercara mientras volteaba hacia los lados, asegurándose de que nadie nos escuchaba y dándome a entender que se trataba de un secreto.
—Está encantada —dijo en voz baja, y continuó—: Dicen que, mientras la tengas puesta, todos tus deseos se van a hacer realidad. Fue forjada hace mucho tiempo por un poderoso alquimista.
No tenía idea de qué demonios era un alquimista, pero lo dejé hablar porque la historia, junto con su tono de voz, empezaba a interesarme y había dejado de llorar.
—Dime, pequeñita, ¿tienes algún deseo?
—Quiero a mis papás —dije inmediatamente.
—Muy bien. No creo que eso sea problema. ¿Quieres algo más, como un caballito, un pegaso o un perrito?
Pensé que estaba loco mientras miraba la esclava que me había obsequiado. Tenía eslabones delgados y plateados, y de ellos colgaban pequeñas mariposas: una verde, una azul, una verde, una azul.
—Quiero una mariposa como las que están en mi esclava. Una verde y otra azulita.
Era una tontería, pero aquel comentario me hizo reír un poco. Puede que no estuviera tan loco y solo estuviera diciendo tonterías para hacerme sentir mejor.
Pensó un poco en la petición y después contestó con la seguridad de quien sabe que mañana saldrá el sol.
—Muy bien, me parece un deseo excelente. No puedo esperar a verlas. Deben ser muy bonitas.
De pronto, entre la gente del mercado, pude ver a mis papás.
—¡Mamá! ¡Papá! —grité con verdadera emoción, y ellos corrieron hacia mí al verme.
—¡Magui!
Mis padres me abrazaron.
—¿Estás bien? ¿No te pasó nada?
—Estoy bien —dije con lágrimas en los ojos por la alegría de haberlos encontrado de nuevo—. El señor me encontró y me regaló esto.
Les mostré la esclava y después señalé el lugar donde se encontraba el hombre que me había consolado hacía unos instantes.
—¿Quién, hijita? —preguntó mi mamá mientras yo miraba extrañada el sitio donde momentos atrás se encontraba el hombre con la gabardina.
En el lugar donde él había estado sentado solo quedaban dos mariposas que alzaron el vuelo en cuanto las vi. Una verde esmeralda; la otra, azul turquesa.
Me encontré sonriendo para mí misma cuando terminé de recordar lo que me había pasado hacía catorce años, durante las vacaciones en Egipto con mis padres, cuando me perdí en ese mercado.
Lo podía recordar con toda perfección. No podía ser un sueño, y yo sabía que todo había sido real. La prueba de aquello era la esclava que aún colgaba de mi muñeca derecha y con la cual había estado jugueteando mientras recordaba.
Algo que hacía aún más extraño ese episodio de mi vida era que la esclava no resultó ser una baratija, como originalmente había pensado.
La cadena estaba hecha de plata, y las mariposas estaban adornadas con verdaderas esmeraldas y turquesas que resplandecían bajo el más mínimo rayo de luz, con todo el orgullo que una piedra preciosa puede tener.
Ahora tenía veinte años e iba a cumplir veintiuno; tenía una vida que se podría considerar normal en prácticamente todos los aspectos.
La verdad es que yo era adoptada; mis padres me lo dijeron cuando cumplí los dieciséis años.
Para ser francos, esto nunca me afectó; sabía que mis padres me amaban y yo a ellos.
La única diferencia es que ahora sabía de dónde llegaban los excéntricos regalos que recibía sin falta en cada uno de mis cumpleaños.
Aún recuerdo cómo me dijeron que ellos no eran mis padres biológicos.
Yo estaba dormida; sin embargo, una conversación más fuerte de lo normal me había despertado.
Tardé unos momentos en comprender que los sonidos que escuchaba provenían de la cocina: mis padres hablaban con una voz que mezclaba la desesperación, el miedo y la impotencia.
Jamás había escuchado a mis padres así; lo que sea que estuviera pasando en la cocina era definitivamente malo.
—Ella tiene que saberlo —dijo una voz notablemente alterada que no reconocí.
—¿Y arruinar su vida? Ella es feliz, sus poderes aún no despiertan; de momento no necesita saber nada de tu mundo ni de tu existencia —dijo mi padre, esta vez con la entonación de un reproche.
Se escuchó un gruñido casi animal, y después de eso nada. No hubo contestación.
Pasaron unos segundos. Mi madre habló con ternura, con el mismo tono de voz que empleaba cuando yo me sentía triste.
—Leo, tú lo sabías desde un principio: ella es feliz, está tranquila y vive en un mundo completamente ajeno al tuyo. ¿En verdad crees que lo mejor es aparecer un día y decirle qué eres?
No lo podía creer. ¿Mi mamá estaba consolando a esa persona?
—¿Qué soy? Creo que lo que tratamos de decirle es QUIÉN SOY —explotó nuevamente la voz que no conocía; sin embargo, resultaba extrañamente familiar, aunque ignoraba el porqué.
—No, Leo —dijo mi madre con el mismo tono paciente y tranquilizador—. Hablo de qué eres. ¿Crees que ella va a poder entender algo que ni siquiera tú entiendes?
Mi curiosidad me había ganado. No podía seguir en mi habitación escuchando eso sin acercarme más; tenía que ver a la persona que estaba alterando tanto a mis padres.
—Lil, entiéndeme, ella es lo único que me queda, es todo lo que tengo —dijo.
Me sorprendió su voz. El hombre que hasta hacía poco empleaba un tono de voz digno de cualquier película de miedo se escuchaba abatido, cansado, cargado de tanta tristeza y desesperación que me produjo un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo como si un rayo se hubiera estrellado en mí.
Nuevamente silencio. Eso no era bueno para mi plan; puede que mientras ellos hablaran me pudiera acercar sin que me escucharan; sin embargo, estando todos callados, mis posibilidades de ser descubierta mientras escuchaba a hurtadillas aumentaban.
Alguien arrastró una silla; después, el sonido de dos sillas más. Se escuchaban pasos.
—Creo que lo mejor es que me vaya, ya he causado demasiados problemas —dijo la voz del desconocido al tiempo que yo reanudaba mi avance.
Unos cuantos pasos más y, desde la escalera, tendría una imagen clara de la cocina y la puerta de entrada. Dentro de cuatro o cinco pasos, la identidad de aquel hombre me sería revelada.
—Le hablaré de ti. Te lo prometo —contestó mi madre.
—Pero no de la otra parte —dijo mi padre, con una voz cortante—. Al menos no hasta que sea completamente necesario.
—Gracias —dijo de nuevo la voz del extraño.
Lo logré: había llegado a las escaleras.
La madera rechinó bajo mi peso. Mi corazón explotó; latía como si hubiera acabado de correr un maratón.
Volteé a ver la tabla que se había atrevido a hacer ruido con una mirada asesina y contuve la respiración por un momento; sin embargo, el sonido había sido prácticamente inaudible para mí.
Ellos no podían saber que yo estaba lo suficientemente cerca como para escucharlos y verlos.
Mis ojos se movieron con rapidez al detectar algo inesperado: un resplandor, una luz como si alguien hubiera sacado una fotografía con flash.
Para cuando mis ojos enfocaron la cocina, mis padres estaban de pie, tomados de la mano. No había nadie más. Unas pequeñas motas esmeralda brillaban débilmente antes de desvanecerse segundos después.
—¿Por qué se fue? —preguntó mi padre con mirada extrañada.
Mi madre volteó hacia la escalera. Nuestros ojos se cruzaron.
Sentí que me caía una cubeta de agua helada desde la cabeza hasta los pies. Me habían descubierto y esperaba una reacción volcánica. Mi madre abrió excesivamente los ojos; contuvo la respiración durante diez latidos de mi agitado corazón.
Sus ojos regresaron a la normalidad y una sonrisa se dibujó en su cara.
—Maldito cobarde —dijo. Su voz sonó casi como si la situación le diera risa, pero yo conocía a mi madre: estaba nerviosa. Yo había escuchado lo suficiente y quería respuestas.
Fue una noche muy larga; me explicaron muchas cosas, posiblemente demasiadas.
Era adoptada; mi madre había muerto cuando nací.
Todos los regalos extraños que había recibido eran de parte del ausente padre que se suponía que tenía en algún lado y que jamás se había dignado a presentarse.
Y, como si eso fuera poco, era el mismo que había estado hacía un momento en la sala de mi casa; el maldito infeliz no se había dignado a aparecer frente a mí. Lo odié con toda mi alma.
¿Así que el desgraciado tenía tiempo de ir y venir a solo Dios sabe dónde?