El diario de Sara Capítulo VIII #7
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Capítulo VIII #7

Ernesto estaba en el banquillo, con el traje que su madre le había llevado, con la cabeza rapada y los ojos hundidos.

No me miró en todo el tiempo que duró la lectura. Yo tampoco lo miré a él.

Fue Lucrecia —mi suegra, la mamá de Ernesto, la señora de los pastelitos y las conversaciones dominicales— la que no dejó de mirarme.

Desde la primera fila, con los ojos encendidos de odio, con esa mezcla de dolor y rabia que solo una madre puede sentir.

Me miró durante todo el juicio. Me miró cuando declaré.

Me miró cuando el juez preguntó si quería añadir algo.

Me miró cuando la sentencia se hizo oficial.

Y después, en el pasillo, cuando las cámaras y los periodistas se agolpaban en la puerta, ella se acercó a mí.

—No te vas a acercar nunca más a mis nietas —dijo, con una voz que no era un susurro sino una sentencia.

Era una mujer de mediana edad, con el cabello recogido en un moño apretado y una mirada que no había visto en ella hasta ese momento—.

No quiero que las veas. No quiero que les hables. No quiero que sepan nada de ti.

—Lucrecia... —empecé a decir.

—No te atrevas a pronunciar mi nombre —me cortó—. Tú le quitaste el padre a esas niñas. Tú deshiciste esta familia. Tú manchaste el nombre de mi hijo. Ahora lárgate. Lárgate y no vuelvas.

Y se fue.

Y yo me quedé allí, en el pasillo del tribunal, con el eco de sus palabras y la certeza de que tenía razón.

La custodia de Carolina y Valentina se la dieron a Lucrecia.

No hubo muchas discusiones. Mi abogado intentó plantear que yo era la madre, que tenía derecho a verlas, que podía ofrecerles estabilidad.

Pero el juez, después de escuchar todas las declaraciones, después de leer el informe psicológico que me hicieron —donde diagnosticaban "depresión mayor con episodios de ansiedad aguda"—,

después de considerar el escándalo mediático y el hecho de que había sido mi infidelidad la que desencadenó la tragedia, dictaminó que lo mejor para las niñas era quedarse con su abuela paterna.

No lo discutí.

No podía discutirlo.

Porque cada vez que pensaba en enfrentarme a Lucrecia, en pedirle que me dejara ver a mis hijas, recordaba sus ojos en la sala del tribunal y sabía que era inútil.

Y porque, en el fondo de mi alma, una parte de mí creía que ella tenía razón.

Que yo no merecía verlas. Que yo había sido la que las había puesto en esa situación, la que había roto su mundo, la que había hecho que su padre terminara en la cárcel y que su padrino —el hombre que bautizó a Valentina, que las quería como si fueran suyas— terminara en una tumba.

Los primeros meses después del juicio, intenté llamar. Intenté escribir. Intenté enviar regalos.

Carolina no respondió nunca.

No contestó mis llamadas. No respondió mis mensajes.

No aceptó los regalos que le mandaba. Una vez, a los tres meses de la sentencia, una amiga de Lucrecia me devolvió una caja con ropa nueva y un teléfono que le había comprado a Carolina.

No había nota. No había explicación. Solo la caja, devuelta, sellada, como diciendo "no queremos nada de ti".

Valentina sí contestó, algunas veces.

Era ella la que agarraba el teléfono de su abuela cuando yo llamaba, la que se ponía al aparato con una vocecita que me partía el alma, la que me decía "mami" y "te quiero" y "¿cuándo vas a venir a verme?".

Y yo, al otro lado del teléfono, tragaba saliva y le decía que pronto, que iba a verla pronto, que solo necesitaba un poco de tiempo. Pero las semanas pasaban y yo seguía en Maracaibo, sola, con el teléfono en la mano y las promesas sin cumplir.

La última vez que hablé con ella fue hace dos meses.

—Mami, ¿por qué no vienes? —preguntó, y en su voz había una tristeza que no tenía edad—. La abuela dice que no quieres venir. Que te fuiste lejos porque no nos quieres.

—No es verdad, mi amor —dije, y sentí que las lágrimas me quemaban los ojos—. La abuela sabe que no es verdad. Yo las quiero mucho. Las quiero más que a nada en el mundo.

—Entonces, ¿por qué no vienes?

No supe qué decirle. No supe explicarle que su abuela me había prohibido acercarme, que su hermana no quería verme, que el juez había dicho que lo mejor era que yo me mantuviera alejada. No supe decirle que el dolor de verla y no poder abrazarla era peor que el dolor de no verla.

—Pronto, mi amor. Pronto voy a ir.

—¿Me prometes?

—Te prometo.

—¿Como cuando le prometiste a papá que lo querías? —preguntó ella, y su voz era tan inocente que no supe si había entendido realmente lo que decía.

Esa pregunta me partió en dos. Me dejó sin aire. Me hizo recordar todas las mentiras, todas las promesas rotas, todo el daño que había causado.

—Valentina, yo...

—Abuela dice que tengo que colgar —dijo ella de repente, con una voz que ya no era la misma—. Me tengo que ir, mami.

—Mi amor, espera...

—Abuela dice que no te preocupe. Que estoy bien. Que no me hace falta nada. —Hizo una pausa, y después añadió, bajando la voz—: Mami, ¿quieres que te diga un secreto?

—Sí, mi vida. Dime.

—Abuela dice que eres una mala persona. Pero yo no creo que seas mala. Creo que te equivocaste. Y yo te quiero igual. Aunque estés lejos.

—Valentina, yo...

—Abuela dice que tengo que colgar. Te quiero, mami.

Y colgó.

Desde entonces, no he vuelto a llamar. No sé si fue miedo. No sé si fue orgullo. Solo sé que el sonido de su voz diciéndome "te quiero" en medio de la oscuridad de mi apartamento en Maracaibo fue más de lo que pude soportar.

Santiago.

Lo he escrito en este cuaderno —porque todavía escribo, aunque ya no sé para qué— más veces de las que puedo contar.

Su nombre. Su cara. Su risa. La forma en que me miraba cuando pensaba que yo no lo veía.

La forma en que sus manos recorrían mi cuerpo como si yo fuera algo precioso que había que cuidar.

Lo mataron por mi culpa.

Lo mató el hombre con el que me casé. El hombre al que engañé.

El hombre que, durante trece años, me dio todo lo que tenía y que yo, en mi insatisfacción, no supe valorar.

No fue el arma la que lo mató. Fui yo. Fue mi deseo, mi hambre, mi incapacidad de estar contenta con lo que tenía.

Fue mi decisión de buscar en otros lo que no podía encontrar en mí misma.

Y ahora él no está.

Y yo tengo que vivir con eso.

A veces, en las noches de insomnio —que son muchas—, cierro los ojos y lo veo.

Lo veo en la playa de Margarita, con la luna iluminando su cara, con el mar sonando de fondo, con sus manos en mi cintura y sus labios en mi cuello.

Lo veo en el balcón de mi antigua casa, con el teléfono en la mano, escribiéndome mensajes que no debería estar escribiendo.

Lo veo en la finca de los padres de Raúl, bajo la lluvia, diciéndome que no quería que aquello terminara.

Y después abro los ojos y solo hay silencio.

Solo hay el ruido del ventilador del techo y el calor de Maracaibo y la certeza de que nunca más voy a escuchar su voz.

Daniela fue la única que no me abandonó.

En los días posteriores al juicio, cuando el mundo se había derrumbado y yo apenas podía levantarme de la cama, ella me llamaba todas las mañanas.

A veces hablábamos horas. A veces solo me dejaba llorar en silencio mientras ella respiraba al otro lado del teléfono, esperando a que yo pudiera articular una palabra.

Ella me ayudó a conseguir el trabajo en Maracaibo, una firma que necesitaba una abogada corporativa con experiencia.

Ella me ayudó a encontrar el apartamento, a hacer las mudanzas, a establecer una nueva rutina en una ciudad que no era la mía.

Ella vino a visitarme dos veces, y las dos veces nos sentamos en el sofá de mi sala y hablamos de todo y de nada, sin tocarnos, sin cruzar esa línea que habíamos cruzado tantas veces antes.

Porque ya no soy la misma persona que era antes. Ya no busco el placer en los cuerpos ajenos. Ya no me desvivo por sentirme deseada. Ya no quiero que nadie me toque si no es Santiago, y Santiago no está.

Daniela lo entiende. Nunca lo menciona. Pero sé que lo entiende porque me conoce mejor que nadie, porque ha visto todas las versiones de mí —la esposa insatisfecha, la amante apasionada, la viuda rota— y no ha dejado de estar ahí.

La última vez que nos vimos, hace dos meses, me dijo algo que todavía resuena en mi cabeza.

—Sara, no te culpes por lo que pasó. Tú no apretaste el gatillo.

—Pero fui yo quien puso la pistola en su mano.

—No, Sara. Tú no hiciste eso. Tú hiciste lo que muchas mujeres hacen cuando están solas: buscaste calor en otro sitio. No es el fin del mundo. No es un crimen. Lo que hizo él fue un crimen. Él decidió apretar el gatillo. Él decidió matar a Santiago. Tú no tienes la culpa de eso.

—Pero si yo no hubiera...

—Si tú no hubieras, igual hubiera pasado. No te martirices con el "si hubiera". No sirve de nada. El daño está hecho. Solo te queda aprender a vivir con él.

Y tiene razón, supongo. Pero hay días en los que aprender a vivir con el daño es más difícil que otros.

Las cuentas bancarias.

Las abrí en un banco de Caracas, a nombre de cada una de mis hijas.

Una cuenta en dólares para Carolina. Otra para Valentina.

Les deposito todos los meses una parte de mi sueldo, lo que puedo ahorrar después de pagar el alquiler, los servicios, la comida.

No es mucho, pero espero que cuando llegue el momento de la universidad sea suficiente.

Lucrecia no sabe que les abrí esas cuentas.

No me atrevo a decírselo. No me atrevo a acercarme a ella ni a pedirle permiso ni a explicarle nada.

Solo deposito el dinero y espero que algún día, cuando mis hijas sean mayores, puedan usarlo para algo bueno.

Para estudiar. Para empezar una vida. Para no tener que depender de nadie.

Es lo único que puedo hacer por ellas desde lejos.

Es lo único que me queda.

Ha pasado un año. Hoy, al llegar al apartamento después del trabajo, encontré un sobre en el buzón. Sin remitente. Sin dirección de vuelta. Solo mi nombre escrito a mano con una letra que me resultó familiar.

Dentro había una foto.