El diario de Sara Capítulo VIII #8
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Capítulo VIII #8

Era una foto de Valentina. Sonreía, con su cabello castaño recogido en una cola de caballo, con su uniforme del colegio y una mochila al hombro.

Detrás de ella, Carolina, con el mismo uniforme, pero sin sonreír.

Carolina me miraba a la cámara con una expresión seria, adulta, como si estuviera diciendo "aquí estoy, pero no soy tuya".

En la parte de atrás, alguien había escrito:

"Valentina preguntó por ti. Carolina dijo que no la buscáramos. Lucrecia no sabe que te mando esto. No vuelvas a llamar. Te lo pido por favor."

No había firma. Pero reconocí la letra. Era la letra de Andrea, la esposa de Raúl. La mujer que siempre había sido amable conmigo, que me había visto en las cenas y los cumpleaños y que, a pesar de todo, seguía queriendo ayudarme.

Guardé la foto en mi cartera, junto a la única otra foto que tengo de mis hijas: una selfie que nos tomamos en la playa de Margarita hace tres años, cuando todavía éramos una familia, cuando todavía no sabía que todo se iba a desmoronar.

Y mientras guardaba esa foto, mientras tocaba el rostro de Valentina en la imagen, sentí que el nudo en la garganta se apretaba un poco más. Sentí que las lágrimas, esas viejas conocidas, volvían a asomarse.

Pero no lloré.

Porque he aprendido que el llanto no sirve para nada.

Porque he aprendido que las lágrimas no devuelven a los muertos ni reparan lo que está roto.

Porque he aprendido que vivir con el dolor es la única forma de honrar a Santiago, y que si él me viera desde donde sea que esté, no querría verme hundida.

Nunca más voy a tocar a otro hombre.

Lo decidí esa noche en el hotel, con el cuerpo de Santiago en mis brazos. Lo decidí cuando sentí su último suspiro, cuando vi cómo sus ojos se apagaban. Lo decidí cuando entendí que el amor que yo había estado buscando no tenía que ver con el sexo ni con la pasión ni con la adrenalina.

El amor era él.

Era Santiago. Sus manos. Su voz. Su forma de mirarme.

El amor era la certeza de que, aunque todo se derrumbara, él iba a estar ahí.

Y ahora no está.

Y no quiero a nadie más.

Daniela lo sabe. Cuando vino a visitarme la última vez, me preguntó si había conocido a alguien. Le dije que no. Le dije que no quería conocer a nadie. Le dije que el deseo, ese impulso que me había movido durante años, se había ido con Santiago.

Ella me miró con esos ojos amigables suyos, los mismos que me vieron en mis mejores y peores momentos, y me dijo:

—Algún día vas a querer volver a sentir. Y eso está bien.

—Tal vez —respondí—. Pero hoy no.

Y ella no insistió.

Porque sabía que yo no estaba mintiendo. Sabía que el dolor que llevaba dentro era demasiado grande como para llenarlo con otra persona. Sabía que yo necesitaba tiempo. Mucho tiempo. Tanto tiempo como hiciera falta.

A veces, en las noches calurosas de Maracaibo, salgo al balcón y miro el lago. Las luces de la ciudad se reflejan en el agua y, por un momento, me parece ver a Santiago en ellas. Me parece ver su sonrisa. Me parece escuchar su voz diciendo mi nombre.

Y entonces, como todas las noches, me digo a mí misma que no fue culpa mía. Que el amor no mata. Que la pasión no es un crimen. Que todo lo que hice fue sentir, y que sentir no debería ser un delito.

Pero no me lo creo del todo.

Porque sé que si no hubiera sentido tanto, si no hubiera buscado tanto, si no hubiera estado tan hambrienta de algo que no sabía nombrar, Santiago estaría vivo.

Y mis hijas tendrían un padre.

Y yo tendría una familia.

Pero las decisiones no se deshacen. Las vidas no se devuelven. Las heridas no se cierran del todo, solo se aprenden a vivir con ellas.

Y yo, Sara Tovar, ex esposa, ex madre, ex amante, he aprendido a vivir con las mías.

A veces mejor.

A veces peor.

Pero siempre, siempre, con Santiago en el corazón.

Ha pasado un año.

Y hoy, como todos los días, me despierto sola, voy al trabajo, vuelvo al apartamento, ceno algo rápido y me siento en el balcón a mirar el lago hasta que el sueño me vence.

Hoy, como todos los días, pienso en mis hijas y me pregunto si estarán bien. Si Carolina habrá empezado a perdonarme. Si Valentina recordará el día que le prometí que iría a verlas.

Hoy, como todos los días, escribo en el cuaderno de tapas vino —el mismo que compré hace un año y medio en una librería de la avenida Francisco de Miranda— y trato de poner en palabras todo lo que siento.

Pero hoy, por primera vez en meses, no escribo sobre el dolor.

Escribo sobre la esperanza.

Porque, a pesar de todo, a pesar de la oscuridad, a pesar de las noches sin dormir y los días sin sentido, sé que tengo que seguir adelante.

No por mí. Por ellas. Por mis hijas que no me hablan pero que algún día, espero, entenderán.

Por Santiago, que me pidió que no me rindiera aunque él ya no estuviera.

Cierro el cuaderno. Apoyo la cabeza en el respaldo de la silla y miro el lago.

El viento de la noche me trae el olor a sal y a distancia.

Y por un segundo, solo un segundo, creo sentir a Santiago a mi lado, susurrándome al oído:

"Te amo, Sara. No importa lo que pase. Siempre te voy a amar."

Y entonces abro los ojos.

Y sé que tengo que seguir viviendo.

Por él.

Por ellas.

Por mí.

Fin