Capítulo VIII #6
Sentí que el mundo se detenía. Cada palabra de Ernesto era un puñal en mi pecho.
—Tú, miserable —continuó Ernesto, apuntando a Santiago con un dedo tembloroso—. Te consideraba mi hermano. Te di mi confianza. Te confié mi casa, mis secretos, mi familia. ¿Y esto es lo que haces? ¿Te acuestas con mi esposa?
—Ernesto, escúchame —intervine, mi voz temblorosa—. Esto no es culpa de él. Fui yo. Yo lo busqué. Yo...
—¡Cállate, puta! —rugió él, girando la pistola hacia mí por un instante—. Tú también eres una maldita. Una puta que se acuesta con cualquiera mientras yo trabajo para mantener a mi familia.
—No es así —dije, las lágrimas brotando sin control—. Yo también trabajo y lucho por esta familia. Yo hablaba contigo y tú no me escuchaste. Te dije que me sentía sola. Que quería que estuviéramos juntos, que la rutina nos estaba matando. Pero tú nunca me oíste.
—¿Así que por eso te acuestas con él? —escupió Ernesto—. ¿Porque te sentías sola?
Santiago dio un paso adelante, las manos aún en alto.
—Ernesto, por favor, deja la pistola. Hablemos como gente civilizada. Esto no se resuelve así.
Ernesto se rió. Una risa amarga y destrozada.
—¿Gente civilizada? Tú no eres un hombre, Santiago. Eres una basura. Una rata que se mete en la cama de su amigo.
De repente, Ernesto dio media vuelta. Su respiración era pesada, entrecortada.
Se llevó la mano libre a la cabeza, como si estuviera luchando contra sus propios pensamientos.
Caminó hacia la puerta, tambaleándose, y sentí un destello de esperanza.
Se va a ir. Va a dejar la pistola. Va a irse y todo esto terminará.
Pero entonces llegó a la puerta. Se detuvo. Miró al techo, sudando, sus ojos fijos en un punto invisible. Pasó un minuto. Una eternidad. El silencio en la habitación era tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo.
Y entonces Ernesto pegó un grito.
Fue un sonido animal, primitivo, desgarrador. Se dio la vuelta en un movimiento rápido, la pistola en alto, y apretó el gatillo.
Tres disparos.
Tres estallidos que rasgaron el silencio como un trueno en una noche despejada.
Santiago cayó hacia atrás. Su cuerpo golpeó el suelo con un sonido sordo, y vi cómo la sangre comenzaba a manchar la alfombra, a brotar de su pecho en un charco oscuro y creciente.
—¡NO! —grité, saltando de la cama y arrodillándome junto a él—. ¡SANTIAGO! ¡SANTIAGO, NO!
Mis manos se mancharon de rojo mientras intentaba taponar las heridas. La sangre fluía entre mis dedos, caliente y pegajosa. El pecho de Santiago se elevaba en espasmos irregulares, sus ojos abiertos pero vacíos, buscando algo que ya no podía ver.
—No te mueras —susurraba, abrazándolo contra mi pecho, envuelta en la sábana que ahora estaba manchada de rojo—. ¡SANTIAGO, NO TE MUEVAS! ¡No te mueras, por favor, no te mueras!
Ernesto estaba detrás de mí, jadeando, la pistola aún humeante en su mano.
—¡Suéltalo! —gritó—. ¡Suéltalo, Sara!
—¡No! —grité, apretando el cuerpo de Santiago contra el mío, sintiendo cómo él se iba, cómo su calor se desvanecía—. ¡No me lo quites! ¡No me lo quites, maldito!
Ernesto dio un paso adelante y me puso la pistola en la cara. El cañón frío presionó mi mejilla, pero no me moví. No aparté la mirada del rostro de Santiago, que palidecía segundo a segundo.
—¡Suelta a ese desgraciado!
—¿Qué no ves que se está muriendo? —grité, mi voz convertida en un alarido—. ¿No ves que lo mataste? ¡Ya lo mataste! ¡Mátame a mí también! ¡Mátame si tienes huevos, maldito!
Ernesto bajó el arma. Sus manos comenzaron a temblar. Se llevó la pistola a la cabeza, presionándola contra su sien con dedos trémulos, y cayó de rodillas en el suelo. La pistola resbaló de sus manos y golpeó el suelo con un golpe sordo.
—¿Qué he hecho? —murmuró, su voz apenas un susurro—. Dios mío, ¿qué he hecho?
Pero yo no lo escuchaba. Solo veía a Santiago. Mis dedos acariciaban su rostro, su cabello, sus labios que ya no se movían.
—Abre los ojos —supliqué—. Por favor, abre los ojos, Santiago. Mira, soy yo. Soy Sara. Estoy aquí. No te vayas, por favor no te vayas.
Un último suspiro. Un temblor apenas perceptible. Y luego, nada.
Santiago expiró en mis brazos.
El grito que solté no era humano. Era el sonido de algo que se rompía para siempre, de un alma que se desgarraba en dos. Mi abrazo se apretó alrededor del cuerpo que ya no respiraba, y lloré con una intensidad que me quemaba la garganta, los ojos, el pecho.
—Te amo —susurré contra sus labios—. Te amo, Santiago. No te vayas. No te vayas. No te vayas.
A lo lejos, las sirenas empezaron a sonar. Alguien —otro huésped del hotel, el recepcionista, no importa— había llamado a la policía. Ernesto seguía sentado en el suelo, la cabeza entre las manos, sus hombros sacudidos por sollozos silenciosos.
Al cabo de un largo rato —¿minutos? ¿horas? Había perdido toda noción del tiempo—, Ernesto levantó la cabeza.
—¿Por qué, Sara? —preguntó, su voz rota, impotente—. ¿Por qué? Te di todo. Te di una casa, una familia. ¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué me hiciste esto?
Lo miré. Mi rostro estaba cubierto de lágrimas y de la sangre de Santiago. Mis ojos, antes llenos de deseo, ahora reflejaban un odio frío, un dolor que había transcendido la rabia y se había convertido en algo más profundo, más oscuro.
—Ya te lo dije —respondí, mi voz plana y muerta—.
Te dije que me sentía sola. Quería disfrutar mi matrimonio contigo.
Quería que estuviéramos juntos. Pero dejaste que la rutina te matara.
Dejaste que el trabajo, las facturas, el cansancio, todo eso te consumiera.
Me dejaste sola, Ernesto. Sola en mi propia casa. ¿Qué esperabas?
Ernesto abrió la boca para hablar, pero no le di tiempo.
—Y sabes qué —continué, y mi voz se llenó de veneno—.
No me estoy arrepintiendo. ¿Sabes por qué?
Porque no fue solo Santiago. Fueron varios.
Así es. Soy una puta. Una zorra infiel. He estado con otros hombres.
Todos esos días que te dije que trabajaba tarde, que tenía reuniones, que tenía que viajar...
mentiras. Mentiras y mentiras y mentiras.
—Solté una risa amarga—. ¿Qué te parece?
¿Te sientes orgulloso ahora? Anda, mátame también.
Hazlo. Ten el orgullo de matar a tu mujer infiel. Mátame, Ernesto. ¡MÁTAME!
Ernesto me miró con los ojos desencajados. Sus manos se levantaron, temblorosas, como si estuviera considerando tomar la pistola de nuevo. Pero no lo hizo. Solo se quedó allí, en el suelo, con los ojos fijos en mí, sin poder articular palabra.
—Déjame en paz —murmuró al fin, su voz apagada—. Solo déjame en paz.
En ese momento, la puerta se abrió de par en par.
La policía entró en la habitación, pistolas en alto, iluminando todo con linternas cegadoras.
Voces autoritarias. Órdenes. En cuestión de segundos, redujeron a Ernesto y lo esposaron, mientras otros agentes aseguraban la habitación y confirmaban lo inevitable.
—Fallecido en el lugar —anunció un policía.
Sentí que el mundo se derrumbaba. Mi abrazo sobre el cuerpo de Santiago se apretó aún más, como si pudiera devolverle la vida con solo la fuerza de mi amor.
—Llévenla al baño —dijo una voz más suave, una mujer policía—. Que se vista. No puede quedarse así.
Me ayudaron a levantarme. Me solté del cuerpo de Santiago con una lentitud dolorosa, como separándome de mi propia piel. La mujer policía me guió al baño y cerró la puerta.
Frente al espejo, vi mi reflejo. La sábana manchada de sangre. Mi rostro pálido, mis ojos enrojecidos, la sangre seca en mis manos.
Solté un sollozo y me dejé caer al suelo. Pero no había lágrimas. Solo un agujero negro donde antes había estado mi corazón.
—Santiago —susurré al vacío—. Santiago, ¿qué voy a hacer sin ti?
Pero el espejo no me respondió. Solo reflejó el vacío de mis ojos, el dolor de mi alma rota, y el eco de una vida que se había desgarrado para siempre en una noche de hotel, con un estruendo y tres disparos que cambiarían el curso de todo lo que venía después.
Epílogo
Un año después
Maracaibo tiene un calor distinto al de Caracas.
Es un calor que se pega a la piel como una segunda capa, que no da tregua ni siquiera a las seis de la tarde cuando el sol empieza a esconderse detrás del lago.
Yo ya me acostumbré. O eso me digo a mí misma mientras camino desde el edificio donde trabajo hasta el apartamento que alquilo en la zona residencial, cerca de la Circunvalación.
Un año.
Han pasado doce meses desde aquella noche en el hotel Paraíso.
Doce meses desde que vi a Santiago caer al suelo con tres disparos en el pecho.
Doce meses desde que su sangre se mezcló con mis lágrimas y con la sábana que me cubría.
Doce meses desde que mi vida se partió en dos mitades que ya no volverán a juntarse.
Abro la puerta de mi apartamento. Es pequeño, dos habitaciones, una sala con un sofá que compré en una tienda de segunda mano y una cocina que apenas uso porque casi siempre como en la calle o pido delivery.
No hay fotos en las paredes. No hay recuerdos.
Solo lo necesario para vivir, y a veces ni eso.
Dejo el bolso en la entrada. Me siento en el sofá. Saco el teléfono y, como todas las tardes, reviso si hay algún mensaje de ellas.
Nada.
El silencio en la pantalla duele igual que hace un año. A veces más.
El juicio duró tres meses. Fue lo que dijo mi abogado, pero en realidad duró más porque hubo aplazamientos, porque los jueces en Venezuela tienen sus propios tiempos y porque el abogado de Ernesto —un viejo conocido de la familia,
un tal doctor Maldonado— pidió tres peritajes psicológicos y dos reconstrucciones de los hechos.
Al final, Ernesto fue condenado a quince años de prisión por homicidio.
La defensa logró que se considerara la atenuante de estado de emoción violenta, lo que redujo la pena de veinte a quince.
Con buena conducta, dijo el abogado de él, podría salir en doce.
Doce años.
Doce años que no son nada comparados con el tiempo que yo paso sin Santiago. Pero también son una eternidad para nuestras hijas, para su madre, para todo lo que él dejó atrás.
Recuerdo el día de la sentencia. Estaba en la sala del tribunal, sentada en la banca de los acusados, porque en algún momento me convirtieron en parte del proceso aunque yo no hubiera apretado el gatillo.