Capítulo VIII #5
Valentina salió disparada como una bala de cañón, su cabello castaño volando al viento, y se lanzó contra mí con tal fuerza que casi me hace retroceder.
—¡Mami! ¡Mami! —gritó Valentina, enterrando el rostro en mi cuello—. Te extrañé tanto. ¿Por qué te demoraste tanto?
Cerré los ojos y abracé a mi hija con todas mis fuerzas, como si pudiera ocultarme en ese abrazo del mundo entero. Carolina apareció en el umbral, más reservada, pero con una sonrisa genuina que iluminó sus ojos.
—Mami, ¿estás bien? Te ves cansada.
—Estoy bien, mi amor —mentí, acariciando la mejilla de mi hija mayor—. Solo fue un viaje largo.
Ernesto estaba al fondo del pasillo, apoyado contra la pared, los brazos cruzados sobre el pecho.
No saludó. No sonrió. Sus ojos, oscuros y fríos, me atravesaron como puñales.
Sostuve su mirada apenas un segundo antes de desviarla hacia el suelo.
Sabe algo, pensé. No puede saberlo. Pero sus ojos... sus ojos lo dicen todo.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó él, con una voz plana, sin inflexiones—. ¿Se resolvió todo el asunto del trabajo?
Tragué saliva. La mentira se formó en mi garganta como una piedra.
—Sí. Todo está en orden.
Ernesto asintió lentamente. Demasiado lentamente. Luego se dio la vuelta y caminó hacia la cocina sin decir otra palabra.
—Ay, mami, papá ha estado como bravo toda la semana —susurró Valentina—. Así está desde que te fuiste. Callado. No come bien.
—Seguro está preocupado por el trabajo —respondí, algo extrañada.
Aterrada, pensé: Él sabe. No puede saberlo. No son cosas mías.
La semana transcurrió en una neblina de normalidad fingida.
Me levantaba temprano, preparaba el desayuno para mis hijas, las llevaba al colegio, respondía llamadas de trabajo, organizaba la casa.
Y en los momentos en que Ernesto no me miraba —porque él me miraba, todo el tiempo, con sus ojos fríos, sin decir nada, pero mirándome— planeaba mis escapes.
El martes fue la primera vez. Una excusa: una reunión de trabajo que se extendió hasta tarde. Santiago me esperaba en un bar discreto al otro lado de la ciudad, y cuando nuestras manos se encontraron bajo la mesa, sentí que el mundo volvía a tener sentido.
—Esta semana me he vuelto loco pensando en ti —dijo él, sus dedos entrelazados con los míos—. No puedo dormir. No puedo concentrarme.
—Yo tampoco —susurré—. Siento que estoy viviendo una doble vida.
—Porque lo estamos haciendo —respondió él, y su sonrisa triste me partió el corazón—. Pero no sé cómo parar. No quiero parar.
El miércoles fue el segundo encuentro. Esta vez en un pequeño hotel cerca del aeropuerto La Carlota, donde nadie nos conocía.
El sexo fue salvaje, desesperado, como si supiéramos que cada vez podría ser la última.
Y en el silencio posterior, mientras Santiago recuperaba el aliento contra mi pecho, hice la pregunta que había estado evitando.
—¿Qué va a pasar con Valeria?
Santiago se quedó inmóvil. Su mano, que había estado trazando círculos en mi ombligo, se detuvo.
—No lo sé —admitió al fin—. Las cosas están frías entre nosotros. Muy frías. Creo que ella sabe que salgo con alguien. Lo intuye, al menos.
—¿Le vas a decir la verdad?
—Tengo que hacerlo —dijo él, incorporándose para mirarme a los ojos—. No puedo seguir así. No puedo seguir mintiéndole. Pero al mismo tiempo...
—¿Qué?
—Tengo miedo de perderte a ti también.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Yo también tengo miedo. Tengo miedo de perderlo todo. Y sin embargo, no puedo dejar de quererte.
—¿Y Ernesto? —preguntó él después de un largo silencio, acariciando mi mejilla—. ¿Qué va a pasar con él?
Cerré los ojos. La imagen de mis hijas, Carolina y Valentina, apareció en mi mente con nitidez dolorosa.
—No lo sé. Tengo a mis hijas. Estoy en una encrucijada, Santiago. No sé cómo salir de esta. No sé qué camino elegir.
—Tal vez el camino no se elige —dijo él, besándome la frente—. Tal vez el camino te elige a ti. Y solo queda seguirlo hasta el final.
El jueves fue el último encuentro de la semana. Un paseo por un parque alejado, donde el único testigo fue el viento. Nuestras manos se rozaban constantemente, como si no pudiéramos soportar la distancia. Fue entonces cuando mi teléfono sonó. Era Carolina.
—Mami, papi está muy raro. Se quedó mirando el techo como dos horas. No me responde cuando le hablo.
Sentí un escalofrío.
—Dale el teléfono, mi amor.
—No quiere. Dijo que no quiere hablar con nadie.
Cuando cortamos la llamada, Santiago me miró con preocupación.
—¿Qué pasa?
—Ernesto está... extraño. Creo que intuye algo.
—¿Y qué vas a hacer?
Me quedé en silencio. La respuesta era la misma que la noche anterior. Y la anterior. Y la anterior. No sé.
El viernes, Valentina me llamó aparte mientras Carolina estaba en su habitación. Valentina tenía los ojos serios, demasiado serios para su edad.
—Mami, tengo que decirte algo.
—Dime, mi amor.
—Papá está muy bravo. Casi no me habla. No sé lo que es, yo creo que también está bravo contigo cuando te vas al trabajo, y con Carolina también. No nos habla. No sé qué hicimos para que se enojara. Dime, mami, ¿tú sabes qué tiene?
Sentí que el mundo se desmoronaba. Abracé a mi hija con tal fuerza que Valentina soltó un pequeño quejido.
—No te preocupes, mi vida. Mami va a arreglar todo. Papi no está enojado ni contigo ni con tu hermana. Él las quiere mucho. Ustedes son sus princesas.
—Yo también lo quiero muchísimo —dijo Valentina, aunque sus ojos decían que tenía miedo.
Sara meditaba sobre la paz de sus hijas y la suya propia. Esa noche llamó a Daniela para contarle la actitud de Ernesto, y Daniela le decía que lo que hacía era muy peligroso:
—Sara, puedes destruir a tu familia. Por favor, medita bien lo que estás haciendo. Siempre podrás tener tus aventuras, pero lejos y con gente desconocida, donde nadie salga lastimado. Pero con Santiago es demasiado arriesgado. ¿O acaso piensas irte y abandonar todo, y a tus hijas?
—Sí, lo sé, Daniela. Dios, no sé qué hacer. Amo tanto a Santiago, pero no puedo irme así nomás y olvidarme de mis hijas.
—Bueno, Sara, trata de usar la cabeza y no tanto la de abajo.
Ese comentario me causó un poquito de gracia y le contesté:
—Sí, Daniela, con la cabeza.
Y me despedí.
El martes por la mañana, tomé una decisión. Tenía que verlo. Tenía que hablar con él, aunque fuera para estar una última vez a su lado y despedirme. Le envié un mensaje: Necesito verte. Hotel Paraíso, reserva la habitación y me avisas. Espero tu respuesta.
La respuesta llegó minutos después: Voy.
Llegué al hotel con el corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo en mis oídos. Cada paso por el pasillo era una sentencia. Cada segundo que tardaba en abrir la puerta, una eternidad.
Santiago estaba allí, esperando dentro. Sin camisa.
Su torso desnudo brillaba bajo la luz tenue del cuarto, y por un instante me quedé inmóvil, observándolo.
La curva de sus hombros, la línea de su mandíbula, la forma en que su pecho se elevaba y descendía con cada respiración.
Dios, cómo lo necesito. No como a un amante. Como a un salvavidas.
No pronunciamos palabras. No hacían falta.
Él me tomó por la cintura y me besó con una intensidad que me dejó sin aliento.
Sus labios sabían a café y a deseo, y su lengua encontró la mía en un baile que era a la vez familiar y nuevo.
Sus dedos encontraron el borde de mi blusa y la deslizaron hacia arriba, y sentí el roce de su piel contra la mía, el calor de su pecho contra mis senos, y todo el resto del mundo dejó de existir.
Santiago me besó, apasionado, hambriento. Pero no era solo hambre. Había desesperación en sus labios. Como si supiera, como si ambos supiéramos, que este momento era un préstamo que el destino iba a cobrar muy pronto.
Sus manos recorrieron mi espalda, buscando el broche de mi sostén, mientras yo me aferraba a él como si fuera mi único ancla en medio de un mar tempestuoso.
Él me levantó, sosteniéndome contra la pared, y sentí la dureza de la pared fría contra mi espalda y el calor de su cuerpo contra mi frente.
Sus labios encontraron mi cuello, mis hombros, el valle entre mis senos, y cada beso era una marca, una promesa, un adiós.
—Dios, Sara —susurró, su voz ronca, rota—. Te necesito. Te he necesitado toda la semana.
—Yo también, Santiago. Yo también.
Pero mientras lo decía, sentí un nudo en el estómago. Un presentimiento. Algo que me decía que esto era demasiado bueno para ser verdad. Que el precio por este momento iba a ser más alto de lo que podía imaginar.
Él me llevó hasta la cama con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus movimientos.
La ropa fue cayendo al suelo, prenda por prenda, como capas de una realidad que estábamos dejando atrás.
Mi blusa. Su pantalón. Mi sostén. Hasta que quedé desnuda bajo la luz tenue de la lámpara, sintiendo el frío del aire acondicionado en mi piel y el calor de su mirada recorriéndome.
Él me cubrió con su cuerpo, y sentí el peso de su torso contra el mío, la dureza de su erección contra mi muslo, el latido de su corazón contra mi pecho. Y por un instante, todo fue perfecto. Todo fue como debía ser.
Pero en el fondo de mi alma, una voz susurraba: "Disfruta esto. Porque no va a durar.
Fue entonces cuando ocurrió el estruendo.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, el picaporte destrozado en el impacto. Abrí los ojos con verdadero terror y vi a Ernesto. Mi marido. El padre de mis hijas. Entrando con la pistola en alto, el rostro desencajado por la furia, los ojos brillando con un odio que nunca antes había visto.
—¡Qué bonito espectáculo! —gritó, su voz ronca, temblorosa—. ¡Qué bonito!
Santiago se apartó de mí de un salto, los brazos en alto en un gesto instintivo de rendición. Yo, desnuda, solo pude cubrirme con las manos y el borde de la sábana que alcancé a jalarme.
—Ernesto, por favor —dijo Santiago, su voz quebrada—. Hermano, cálmate...
—¿Qué me calme? —bufó Ernesto, dando un paso adelante, el cañón de la pistola apuntando directamente al pecho de Santiago—. Les estaba montando cacería, a esa desgraciada. Toda la semana. Y hoy cayeron, malditos. ¿Creen que soy pendejo?