El diario de Sara Capítulo VIII #4
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Capítulo VIII #4

Santiago me dio la vuelta despacio. Me miró. La luna le iluminaba medio rostro y sus ojos tenían una intensidad que no había visto antes.

—Entonces no nos vayamos —dijo.

Sonreí. Una sonrisa triste.

—No podemos quedarnos.

—Lo sé. Pero podemos fingir un rato más.

Me tomó de la mano.

—Bajemos a la playa.

Y bajamos.

La playa estaba vacía.

La luna casi llena iluminaba la arena y el agua brillaba como si estuviera llena de estrellas. El sonido de las olas era el único ruido. Todo lo demás estaba en silencio.

Caminamos descalzos por la orilla. El agua fría nos mojaba los pies. El viento movía el cabello. No hablamos. No hacía falta.

Caminamos durante un rato. Después nos detuvimos.

Santiago se giró hacia mí. Me tomó la cara con las dos manos. Me miró a los ojos con una intensidad que me cortó el aire.

—No quiero que esto termine —dijo.

—Yo tampoco.

Entonces me besó. No fue un beso suave. Fue un beso de "no quiero irme". De "quédate conmigo". De "esto es real".

Sus manos encontraron el borde de mi camiseta. Las mías el cinturón de su pantalón. No había prisa. No había urgencia. Había una necesidad de estar juntos, de sentirnos el uno al otro, de quedarnos en ese momento todo lo posible.

Nos quitamos la ropa sin prisa. Prenda por prenda. Como si cada una fuera una capa de la realidad que estábamos dejando atrás.

Quedamos desnudos bajo la luna.

La arena estaba blanda y cálida bajo mis pies. El agua nos mojaba los tobillos de vez en cuando. El viento nos envolvía.

Santiago me recostó en la arena. No era incómoda. Era suave. Como si la playa nos estuviera acogiendo para su despedida.

Me besó el cuello. Los hombros. El pecho.

Cada beso era una caricia. Cada caricia era un adiós. Cada adiós era un "te quiero" que no se atrevía a decir.

Sus manos recorrieron mi cuerpo despacio. Como si estuviera memorizando cada centímetro de mi piel. Como si supiera que esta era la última vez que podría hacerlo.

Yo hice lo mismo con él. Mis dedos viajaron por sus hombros, sintiendo la tensión de los músculos bajo la piel cálida, explorando la amplitud de su pecho donde su corazón latía con fuerza contra mi palma.

Descendí por la curva de su espalda, trazando el surco de su columna vertebral hasta la base, y subí por la línea de su mandíbula, áspera por el vello incipiente que me rozó la yema de los dedos.

Quería grabarlo todo en mi memoria con la desesperación de quien teme que el tiempo se acabe: el olor de su piel a sal marina y a deseo, el sonido de su respiración entrecortada, la textura de su cuerpo contra el mío, firme y entregado.

Dios, si esto es un sueño, que nunca despierte.

Cuando entró en mí, fue despacio. Su erección, dura y cálida, avanzó centímetro a centímetro, abriéndose camino entre mis pliegues lubricados por la humedad del mar y la mía propia.

Sentí cada milímetro de su avance, la forma en que mi cuerpo se dilataba para recibirlo, la manera en que sus manos se aferraban a mis caderas como si yo fuera su ancla en medio de la tormenta.

No había prisa. No había urgencia. Había una necesidad de estar juntos, de sentirnos el uno al otro, de quedarnos en ese momento todo lo posible, como si el universo entero hubiera suspendido su curso solo para concedernos este instante de intimidad absoluta.

El mar sonaba a nuestro alrededor, un rumor constante que se mezclaba con nuestros gemidos.

El viento nos cubría con su caricia salada, alborotando mi cabello y haciendo que mi piel se erizara.

La luna nos veía desde lo alto, cómplice y silenciosa, iluminando el espectáculo de dos cuerpos que se buscaban con desesperación.

Y yo, en ese momento, no pensaba en Ernesto.

Su rostro se desvaneció como un mal sueño.

No pensaba en mis hijas ni en la culpa que debería estar sintiendo.

No pensaba en Caracas, en sus calles y en sus heridas.

No pensaba en nada que no fuera él: sus manos en mi cuerpo, firmes y seguras; su piel contra la mía, quemándome con su calor; su respiración mezclándose con la mía en un ritmo que se volvía cada vez más urgente.

El ritmo era lento al principio, una danza de exploración donde cada movimiento era una promesa.

Después, más rápido, cuando la necesidad se impuso a la paciencia y sus embestidas se volvieron más profundas, más demandantes.

Fue entonces cuando él me giró con una destreza que me dejó sin aliento, colocándome de espaldas a él, sentada sobre su regazo mientras él se recostaba en la arena.

La posición era nueva, vulnerable, excitante.

Su pecho contra mi espalda, sus manos en mis caderas guiando el movimiento, y yo, con los dedos buscando mi propio centro mientras cabalgaba sobre él, sintiendo cómo su sexo se deslizaba fácilmente entre los flujos que empapaban mis muslos.

Mis dedos encontraron mi clítoris, y el contacto duplicó el placer, haciéndome gemir sin control.

—Dios, Santiago, te amo —susurré, y las palabras salieron de mi boca con una verdad que ni siquiera yo esperaba—. Te amo, te amo, te amo.

Él respondió con un gruñido profundo, sus manos apretando mis caderas mientras su cadera se movía con un ritmo salvaje, impredecible, que me hacía perder la noción del tiempo y el espacio.

Después, me arrodilló en la arena, con él detrás de mí, y entró en mi sexo con una fuerza que me arrancó un grito.

Su sexo se deslizaba con facilidad, lubricado por mi deseo, mientras sus manos se aferraban a mis caderas y sus embestidas se volvían cada vez más brutales, más primitivas.

Mi cara estaba enterrada en la arena, pero sentía su pecho contra mi espalda y su respiración caliente en mi nuca, y cada embestida me llevaba más cerca del borde.

—Estoy disfrutando demasiado —grité, mis dedos arañando la arena en busca de un punto de apoyo—. ¡Dios, Santiago, no pares!

Y entonces el orgasmo llegó como una ola.

Larga. Profunda. Que me recorrió entera, desde la punta de los dedos de los pies hasta la coronilla.

Mis dedos se clavaron en su espalda mientras el placer me envolvía, y sentí cómo mi cuerpo se contraía alrededor del suyo con una intensidad que no había conocido antes.

Fue entonces cuando él, con un grito ronco que se perdió en el viento, se corrió dentro de mí.

Sentí su calor llenarme, sus pulsaciones que se sincronizaban con las mías, y supe que ese momento quedaría grabado en mi memoria para siempre.

Su cuerpo se tensó contra el mío, sus brazos me rodearon y nos fundimos en un abrazo que era a la vez culminación y promesa.

Y él llegó conmigo. O yo con él. No supe distinguirlo.

Nos quedamos en la arena, abrazados.

El mar seguía sonando. La luna seguía brillando. Pero algo había cambiado en mí. Algo que no podía nombrar.

Sentía la arena pegada a mi espalda, los granos incrustados en mi piel como recuerdos. El viento, ahora más frío, me erizaba la piel y me recordaba que estábamos desnudos, expuestos, vulnerables. Pero no sentía vergüenza. Sentía una claridad que dolía.

Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en mis oídos, mezclado con el rumor de las olas. Mis piernas temblaban, y no era solo por el esfuerzo. Era por la certeza de que aquello que acababa de vivir no era una aventura. Era un punto de no retorno.

Apoyé la mano en mi pecho y sentí el latido irregular. Mi piel aún ardía donde él me había tocado, y el recuerdo de sus manos en mis caderas era más real que la arena bajo mi cuerpo. Pero también sentía un vacío en el estómago, un nudo que no sabía si era miedo o tristeza o ambas cosas.

—Estoy temblando —dije, y mi voz sonó extraña, como si no fuera mía.

Santiago me apretó contra su pecho. Su mano encontró la mía y entrelazó los dedos.

—Yo también —respondió—. Pero no de frío.

—¿De qué, entonces?

Se quedó callado un momento. El viento movía su cabello. La luna iluminaba sus ojos.

—De saber que esto se acaba. Y de no saber cómo voy a vivir sin esto.

Cerré los ojos. Sus palabras resonaron dentro de mí como un eco. Porque yo sentía lo mismo. Y por primera vez, entendí que el amor no siempre es luz. A veces es vértigo. A veces es caer sin red. A veces es saber que te estás estrellando y no querer frenar.

El mar seguía sonando.

La luna seguía brillando.

El mundo seguía girando.

Pero nosotros estábamos quietos. Suspendidos en ese momento que sabíamos que no iba a durar.

Puse una mano en mi boca entre risa y él me preguntó que me pasaba. Le dije que me causaba gracia que era la segunda vez que hacíamos el amor al aire libre y que íbamos a terminar como hippies.

Él compartió mi risa y me preguntó:

—¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé —respondí.

—Yo tampoco.

—Pero no quiero que esto se acabe.

—Yo tampoco quiero que se acabe.

Me giré para mirarlo. La luna le iluminaba medio rostro. El mar se movía detrás de él. Parecía irreal. Como si fuera un sueño del que iba a despertar.

—Cuando volvamos —dije—, todo va a ser distinto.

—Ya lo sé.

—Y no sé si voy a ser capaz de hacer lo que tengo que hacer.

—¿Qué es lo que tienes que hacer?

Me quedé callada un momento. El mar. La luna. El viento.

—Terminarlo con Ernesto.

Lo dije en voz alta por primera vez.

No era una pregunta.

No era una posibilidad.

Era una certeza.

Y esa certeza me aterraba más que cualquier otra cosa.

Santiago no dijo nada. Solo me apretó contra su pecho. Sentí su corazón latiendo contra el mío.

—Pase lo que pase —dijo—, voy a estar aquí. Cuando necesites hablar. Cuando necesites llorar. Cuando necesites gritar. Voy a estar aquí.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Me besó en la frente.

Y nos quedamos en la arena, abrazados, mirando el mar, sabiendo que eso se acababa pero que algo nuevo empezaba.

Subimos a la habitación cuando el cielo empezaba a aclarar.

No hablamos en el ascensor.

No hablamos mientras nos duchábamos.

No hablamos mientras hacíamos la maleta.

Pero nos miramos.

Y esa mirada lo decía todo.

Mañana todo iba a ser distinto.

Pero por ahora, en ese momento, todavía estábamos juntos.

El taxi se detuvo frente a la casa. Pagué al conductor con dedos temblorosos, aún sintiendo el eco de los últimos siete días en mi piel.

La puerta principal se abrió antes de que pudiera usar mi llave.