Capítulo VIII #3
Nuestra respiración.
Nada más.
—Hola —susurró.
—Hola.
—Ahora sí estamos solos.
No sé por qué esa frase me golpeó tan fuerte.
Quizá porque era verdad.
Completamente verdad.
Por primera vez desde que todo había comenzado.
Sin oficinas.
Sin llamadas.
Sin amigos.
Sin excusas.
Sin relojes.
Sin miedo a encontrarnos a alguien conocido.
Solos.
Él y yo.
Y el resto del mundo a cientos de kilómetros de distancia.
Y sin embargo, en algún rincón de mi cabeza, una voz susurraba: ¿Y si esto no es amor? ¿Y si es solo el cansancio de estar sola en un matrimonio que ya no te sostiene? Pero no quise escucharla. No quería escucharla. Porque por primera vez en años, sentía que podía respirar.
Entonces me besó.
Y yo dejé de pensar.
Porque a veces el amor no entra como una tormenta.
A veces entra como una rendición.
Y yo llevaba demasiado tiempo cansada de resistirme.
Los días siguientes se fundieron unos con otros.
Desayunos en la cama con el mar de fondo, la brisa entrando por la ventana abierta, el sabor a sal en los labios.
Caminatas por la playa al atardecer, con la arena caliente bajo los pies y el sol hundiéndose lentamente en el horizonte.
Cenas en restaurantes pequeños donde nadie nos conocía, donde podíamos tomarnos de la mano sin miedo, donde podíamos reírnos sin que nadie nos preguntara quiénes éramos.
Noches enteras haciendo el amor hasta que el sol empezaba a aclarar el horizonte, como si cada vez fuera la última, como si supiéramos que estábamos acumulando recuerdos para los meses que vendrían.
Hicimos el amor en la cama, en la ducha, contra la ventana que daba al mar.
Hicimos el amor como si el mundo se fuera a acabar, como si cada orgasmo fuera un adiós.
Y quizás lo era. Quizás los dos sabíamos, sin decírnoslo, que esta semana era un préstamo, y que tarde o temprano la realidad vendría a cobrarlo.
Fue en una de esas noches, después de hacer el amor, cuando la conversación se volvió hacia el principio.
Estábamos en la cama, desnudos, con las sábanas enredadas alrededor de nuestras piernas y la brisa del mar entrando por el balcón abierto.
Santiago tenía un brazo detrás de la cabeza y yo estaba apoyada en su pecho, escuchando los latidos de su corazón mientras mis dedos trazaban círculos distraídos en su piel.
—¿Nunca te preguntaste por qué esa noche no te hablé? —dijo de repente.
Levanté la cabeza. Lo miré.
—¿Qué noche?
—La del cumpleaños de Adriana. La primera vez que nos vimos.
Sonreí. Recordaba esa noche con una claridad que todavía me sorprendía. El vestido negro. La botella de whisky. Ernesto. Los tres hombres en la puerta.
—Sí, me pregunté —dije—. Varias veces, de hecho.
Llegaste con ellos, me saludaste, me diste la mano.
Y después desapareciste. Te vi hablando con Adriana un rato, y luego con otras personas, pero nunca volviste a acercarte a mí.
Y yo no entendía por qué. Pensé que no te había gustado, o que ya tenías novia, o que simplemente no era tu tipo.
Santiago se rió. Una risa baja, casi para sí mismo.
—No era ninguna de esas cosas.
—¿Entonces?
Se incorporó un poco en la cama. Apoyó la espalda contra el cabecero y me atrajo hacia él. Yo me acomodé entre sus brazos, con la mejilla apoyada en su pecho.
—Cuando entré a la fiesta y te vi, me quedé sin aire —dijo—.
En serio. No es una frase hecha. Abriste la puerta y eras tan hermosa que no supe qué hacer conmigo mismo.
Pero no me acerqué a ti porque vi que Ernesto ya te había visto.
Y cuando lo vi mirarte de esa manera, supe que él ya había decidido que quería conocerte.
—¿Cómo sabías que él me había visto?
—Porque lo conozco desde que éramos niños. Y nunca lo había visto mirar a una mujer así. No con esa intensidad. Como si hubiera encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando.
Me quedé callada un momento. Procesando.
—Y por eso no me hablaste —dije al fin—. Por respeto a él.
—Sí —dijo—. Por respeto a él. Y también porque pensé que no tenía ninguna oportunidad. Que si Ernesto te quería, tú te ibas a fijar en él. Que para qué intentarlo.
—Pero hablaste con Adriana.
—Sí. Hablé con Adriana para no quedarme mirándote como un idiota. Para tener algo que hacer con las manos. Para no mirar hacia el rincón donde estaban ustedes dos, riéndose, como si ya se conocieran de toda la vida.
—Y yo pensé que no te había gustado.
—Al contrario. Me gustaste tanto que no supe cómo acercarme.
—Y después, en la boda...
—En la boda ya era tarde —dijo—. Ya estaban comprometidos. Ya habías decidido. Ya no había nada que hacer. Así que me dediqué a ser el mejor amigo de Ernesto. A querer a Valentina como si fuera mi sobrina. A estar presente sin desear nada más.
—¿Y funcionó?
Santiago me miró. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra.
—Funcionó durante años. Hasta que empezaste a mirarme distinto.
Hasta que te vi en el balcón con el teléfono en la mano, escribiéndome a escondidas.
Hasta que me diste las pantaletas en el restaurante.
Hasta que me dijiste que querías verme con Valeria.
Hasta que me dijiste que esto tenía que terminar, y supe que no ibas a poder hacerlo.
—¿Cómo sabías que no iba a poder?
—Porque yo tampoco podía. Y porque desde la primera vez que te vi, supe que eras la mujer de mi vida. Solo que me equivoqué de tiempo.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no me importa el tiempo. Ahora solo me importa que estés aquí.
Esa noche hicimos el amor despacio. Sin la urgencia de los otros encuentros. Sin el miedo a que alguien nos viera. Con la certeza de que teníamos tiempo, de que no había prisa, de que podíamos tomarnos todo lo que necesitáramos.
Santiago me besó el cuello, y sentí el calor de sus labios como una marca.
Descendió por mis hombros, mis brazos, la curva de mis caderas.
No tenía prisa. Cada beso era una pregunta, y yo respondía con un suspiro, un gemido, un arqueo de mi cuerpo hacia el suyo.
Cuando llegó a mis muslos, sentí el contraste entre el aire frío de la habitación y el calor de su boca. Cerré los ojos y me dejé ir.
Pero no era solo placer. Era algo más. Cada vez que sus labios tocaban mi piel, sentía que me devolvía un pedazo de mí que había perdido en los años de silencio, en las noches de espaldas en la cama, en las facturas y el cansancio. No estaba haciendo el amor. Estaba volviendo a nacer.
Y yo hice lo mismo con él. Mis dedos viajaron por sus hombros, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la piel cálida.
Descendí por la curva de su espalda, trazando el surco de su columna vertebral hasta la base, y subí por la línea de su mandíbula, áspera por el vello incipiente.
Quería grabarlo todo en mi memoria con la desesperación de quien teme que el tiempo se acabe: el olor de su piel, mezcla de sal y de deseo; el sonido de su respiración, que se volvía más rápida a medida que mis manos exploraban; la textura de su cuerpo contra el mío, firme y entregado.
Cuando entró en mí, fue con una lentitud que me desarmó. Sentí cada milímetro de su avance, la forma en que mi cuerpo se dilataba para recibirlo. No buscaba el placer inmediato. Buscaba algo más. Conexión. Intimidad. Permanencia. Como si cada centímetro de su penetración fuera un juramento.
El ritmo era lento al principio, una danza donde cada movimiento era una promesa. Después, más profundo. Más intenso. Sentí cómo su cuerpo se movía sobre el mío, y supe que este momento no era solo sexo. Era un antes y un después.
El orgasmo fue distinto a los anteriores.
No fue explosivo. Fue profundo. Largo. Como si el placer viniera de dentro, de un lugar que no había explorado antes.
Sentí cómo mi cuerpo se contraía alrededor del suyo, y cada pulsación era una revelación.
Cuando llegué, lloré. Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.
No de tristeza. No de culpa. Lloré porque entendí, en ese momento exacto, que no iba a poder volver a mi vida sin él.
Que había cruzado un umbral del que no se vuelve.
Santiago me abrazó. No dijo nada. No hacía falta. Su pecho contra mi espalda, su respiración que poco a poco se calmaba. Pero yo seguía llorando. Porque sabía que esto era real. Y que lo real siempre duele.
—¿Estás bien? —preguntó al fin, su voz ronca.
—No —respondí, y mi voz temblaba—. Pero es la primera vez en años que me siento viva.
Santiago me abrazó. No dijo nada. No hacía falta.
El quinto día fue el que no quería que terminara.
Caminamos por la playa. Comimos en un restaurante frente al mar. Fuimos a una plaza donde había músicos callejeros y Santiago me tomó de la mano y me hizo bailar. No era un buen bailarín. Pero yo no quería bailar con nadie más.
Nos reímos. Mucho. De cosas que no importaban. De cosas que sí importaban.
Y por un momento, todo fue perfecto.
Fue entonces cuando me contó lo que le había dicho a Valeria para poder venir.
—Le dije que tenía que viajar con un cliente al Zulia para cerrar un contrato importante. Que llevaría varios días y que probablemente no podría hablar mucho.
—¿Y ella se lo creyó?
—Valeria y yo tenemos un acuerdo. No nos metemos en los asuntos del otro cuando no estamos juntos.
—¿Y eso te parece bien?
—Antes sí. Ahora no estoy tan seguro.
Me detuve. Lo miré.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que ya no estoy contento con lo que tengo. Quiero decir que esto que estamos haciendo no es solo una aventura. Quiero decir que estoy enamorándome de ti.
El viento movía su cabello. El mar sonaba a lo lejos. Las palabras colgaron en el aire, suspendidas entre nosotros, esperando que yo hiciera algo con ellas.
—Yo también —dije.
Y eso fue suficiente.
Esa noche no pude dormir.
Sabía que era la última noche y eso me pesaba más de lo que quería admitir.
Me levanté sin hacer ruido, salí al balcón y me quedé mirando el mar oscuro.
El viento traía olor a sal y a arena. Las olas sonaban con ese ritmo constante que parece prometer que todo va a estar bien, aunque sepas que no es cierto.
No sé cuánto tiempo pasé ahí.
Escuché los pasos de Santiago antes de que llegara. Se puso detrás de mí. Me abrazó por detrás. Apoyó la barbilla en mi hombro.
—No puedo dormir —dije.
—Yo tampoco.
—Mañana nos vamos.
—Lo sé.
—No quiero irme.