Capítulo VIII #2
—Dios, Sara. No es solo por lo que haces. Es por quién es él. Es de los mejores amigos de tu marido. El padrino de tu hija. Las cosas que yo he hecho contigo no han sido así. No han tenido ese riesgo. Esto, Sara, esto puede joderte la vida entera.
—No sé si la vida, pero mi relación con Ernesto ya lo está, Daniela.
El viernes llegó la noticia. Una reunión en el trabajo. Un cliente importante en Margarita. Tres o cuatro días de trabajo y podía cuadrar la manera de agarrar unos días más. Lo vi como una señal. Como una oportunidad para estar con Santiago sin excusas, sin mentiras.
Lo llamé. Nos encontramos en su carro, estacionado en el estacionamiento del sótano del centro comercial El Sambil de Chacao.
—Amor, necesito pedirte algo —dije.
—Dime.
—Tengo un viaje de trabajo a Margarita. Quiero que vengas conmigo. Una semana. Tú y yo. Solos. Ojo, tendría algunas reuniones de trabajo, pero serán rápidas.
Santiago soltó una risa.
—Sara, mi vida hermosa, estás loquita. Tengo trabajo. No puedo desaparecer una semana.
—Anda, papito. Tú puedes. —Puse mi mano sobre su pierna—. Dime que sí y te premio aquí mismo.
—Sara, alguien nos puede ver.
Hice oídos sordos. Bajé la mano. Empecé a acariciarlo por encima del pantalón. Sentí cómo se endurecía bajo mis dedos.
—Dime que sí y te premio —susurré.
—Estás loca.
—Dime que sí, mi amor. Anda, una semanita.
Mis dedos temblaban al bajarle el cierre.
No por frío. Por el vértigo de saber que, una vez que lo hiciera, ya no podría fingir que esto era solo un juego.
Saqué su miembro y lo sostuve un segundo, sintiendo su peso en mi palma, su calor contra mi piel, la forma en que latía contra mis dedos como un corazón pequeño y urgente.
Era más que carne: era la promesa de una vida que no me atrevía a imaginar.
—Dime que sí —repetí, con la boca cerca de él, mi aliento caliente contra su piel.
—Dios, Sara, me matas. Sí —jadeó—. Sí, mi vida. Voy contigo.
Me incliné. El olor a su piel —a su colonia mezclada con el cuero del asiento y un resto de sudor de la mañana— me llenó los pulmones.
Toqué la punta con mi lengua, despacio, y el sabor salado me recordó las lágrimas que no había llorado en años.
No era solo deseo. Cada movimiento de mi boca era una palabra que no sabía decir: 'te quiero', 'quédate', 'no me dejes sola'.
Santiago hundió los dedos en mi cabello, no con violencia, sino con la urgencia de quien se agarra a un salvavidas.
Tomé más profundidad. Mi boca descendió por su longitud mientras mi lengua trazaba cada vena, cada pliegue de su piel, como si estuviera leyendo un mapa de su deseo.
Escuché su respiración volverse errática, sentí sus caderas empujar apenas hacia adelante, buscando más.
Su olor se intensificó: a hombre, a necesidad, a verdad.
Aceleré el ritmo. La saliva escurría por mi barbilla, el sonido húmedo de mi boca llenaba el carro. Pero en mi cabeza no había ruido. Solo la certeza de que, por primera vez en años, yo era la que decidía. La que daba. La que controlaba el pulso de otro ser humano.
—Dios, Sara... no pares —rogó, y su voz tenía un quiebre que no había escuchado antes.
Lo sentí tensarse. Su mano en mi nuca se cerró con más fuerza. Su respiración se cortó.
—Voy a... —empezó.
Pero no lo dejé terminar. Seguí. Más rápido.
Más hondo. Quería llevarlo hasta el final, pero también quería demostrarme a mí misma que podía.
Su cuerpo se arqueó contra el asiento y entonces llegó.
Caliente. Abundante. Llenándome la boca en oleadas que no paraban, como si hubiera estado guardando ese momento durante años.
Tragué sin soltarlo, sintiendo cada pulsación contra mi lengua, cada espasmo de su cuerpo.
No por placer. Por necesidad. Porque necesitaba llevarme un pedazo de él en mi interior para poder sobrevivir al resto del día.
Cuando terminó, levanté la cabeza. Lo miré.
Todavía jadeaba, con la cabeza apoyada contra el respaldo y los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón.
Le limpié la comisura de los labios con el pulgar y sonreí.
Pero por dentro, algo había cambiado. Algo se había roto. O tal vez, algo se había armado.
—¿Ves? No es tan difícil.
Pero la frase sonó hueca hasta en mis propios oídos. Porque sabía que sí era difícil. Muy difícil. Y que acababa de cruzar una línea de la que quizá no podría volver.
Santiago me miró, todavía sin aliento.
—Eres una mujer peligrosa, Sara Tovar.
—Lo sé. ¿Y?
—Y voy a ir contigo a Margarita.
Arreglé en la semana todo para irme. Mi mamá y mi hermana me iban a ayudar con las niñas. En la oficina, alisté documentos y traté de organizar un itinerario para ser eficiente en mis reuniones y disfrutar todo el tiempo posible con Santiago.
Llegó el domingo para irnos. Me encontré con Santiago en el aeropuerto dos horas antes de nuestra salida. Me dio un beso con mucha pasión y me dijo:
—Una milésima de parte de lo que te espera. Te amo.
Pensé: Dios, qué lindo se escuchan esas palabras en su boca. Te amo.
Cumplimos todos los protocolos de salida. El avión salió con un poco de retraso, cosa que no es rara en Venezuela. Fue un vuelo tranquilo y en cuarenta minutos estábamos desembarcando.
El taxi recorrió la carretera costera durante veinte minutos. El mar aparecía y desaparecía entre los edificios, como un destello azul que me recordaba que estábamos en otro lugar, en otro mundo, en otra vida. Cuando el hotel apareció frente a nosotros, sentí algo parecido al vértigo.
Si alguien me hubiera preguntado un año atrás cuál era el lugar más feliz del mundo, habría respondido cualquier cosa.
La casa de mi mamá cuando todavía vivía mi papá.
La sala donde nacieron mis hijas.
La cama donde Ernesto me pidió que me casara con él.
Habría dicho cualquiera de esas cosas.
No habría dicho una habitación de hotel en Margarita.
Y sin embargo, ahí estaba.
Desperté el lunes antes que Santiago.
La habitación seguía oscura. Apenas una línea naranja comenzaba a filtrarse por las cortinas. El aire acondicionado zumbaba con ese ruido constante de los hoteles que terminan convirtiéndose en parte del silencio.
Santiago dormía boca abajo, con un brazo extendido hacia mi lado de la cama.
Lo observé durante varios segundos.
Dormido parecía más joven.
Menos seguro.
Menos peligroso.
Y pensé algo que me asustó.
Pensé que, si me hubieran dado a elegir entre volver a mi vida anterior o quedarme para siempre en esa habitación con él, ni siquiera habría necesitado unos segundos para responder.
Porque ya no estaba jugando a enamorarme.
Ya no estaba fantaseando.
Ya no estaba imaginando escenarios imposibles.
Estaba enamorada.
Profundamente.
Irracionalmente.
Estúpidamente enamorada.
Santiago se movió un poco entre las sábanas.
Abrió los ojos.
Me encontró mirándolo.
Y sonrió.
—¿Qué pasa?
Negué con la cabeza.
—Nada.
Era mentira.
Pasaban demasiadas cosas.
Pero por primera vez en mucho tiempo no quería analizarlas.
No quería pensar en Ernesto.
No quería pensar en Valeria.
No quería pensar en mis hijas.
No quería pensar en el desastre que nos esperaba cuando la realidad terminara alcanzándonos.
Quería quedarme exactamente donde estaba.
Aunque fuera solo esa semana.
Aunque fuera un día.
Aunque fuera una sola mañana más.
Nunca había engañado a Ernesto durante tantos días seguidos.
Lo escribo así porque cualquier otra forma de decirlo sería una mentira elegante.
No fue una aventura de una noche.
No fue una escapada de un fin de semana.
No fue un impulso.
Fue una semana entera.
Siete días.
Siete noches.
Ciento sesenta y ocho horas durante las cuales desperté y me dormí al lado de un hombre que no era mi marido.
Y lo peor es que no recuerdo haberme sentido culpable ni una sola vez durante los primeros días.
Eso también me avergüenza escribirlo.
La excusa era real. O al menos lo suficiente para que nadie pudiera discutirla.
La firma me envió a Margarita para una serie de reuniones con un grupo hotelero que estaba reorganizando varios contratos. Había correos. Había reservas. Había llamadas. Había una agenda legítima.
La mentira fue todo lo demás.
La mentira fue convencer a Santiago de acompañarme.
La mentira fue decirle a Ernesto que estaría demasiado ocupada para hablar mucho.
La mentira fue reservar una habitación para dos personas en lugar de una.
La mentira fue mirar a mi marido a los ojos la mañana del viaje y despedirme fríamente antes de salir de la casa.
Todavía recuerdo exactamente cómo ocurrió.
Eran las cinco y media de la mañana.
Carolina y Valentina seguían dormidas.
Ernesto estaba en la cocina preparando café.
Yo terminé de cerrar la maleta y bajé las escaleras intentando no hacer ruido.
Llevaba un vestido azul claro, unas sandalias bajas y una chaqueta ligera porque el aire acondicionado de los aeropuertos siempre consigue hacerme sentir frío incluso en pleno Caribe.
Ernesto levantó la vista cuando entré.
—¿Lista?
—Lista.
Se acercó.
Me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Un gesto pequeño.
Cotidiano.
Un gesto que había repetido tantas veces durante tantos años que ya formaba parte de mi definición de hogar.
—Llámame cuando llegues.
—Claro.
—Y no trabajes demasiado.
—Trataré.
Después agarré la maleta.
Salí de la casa.
El hotel estaba frente al mar.
Una construcción blanca de varios pisos rodeada por palmeras que se inclinaban suavemente bajo el viento.
Cuando entramos a la habitación sentí algo parecido al vértigo.
Una cama enorme.
Un balcón.
Una vista perfecta de la playa.
Una botella de vino sobre una mesa pequeña.
Dos copas.
Dos batas blancas colgadas junto al baño.
Todo estaba preparado para una pareja.
No para dos amantes escondidos.
No para una mujer casada.
No para el mejor amigo de su marido.
Una pareja.
Y por primera vez entendí el verdadero peligro de lo que estábamos haciendo.
Porque el problema nunca había sido el sexo.
El problema era esto.
La normalidad.
La posibilidad de imaginar una vida.
Santiago dejó la maleta junto a la pared.
Después se acercó.
Me rodeó la cintura con los brazos.
Apoyó la frente contra la mía.
Y durante unos segundos ninguno dijo nada.
Escuchábamos el sonido distante del mar.
El aire acondicionado.